lunes, 17 de diciembre de 2012

Érase un dominante deleznable

          Érase el dominio impuesto por los modales llamativos, los gritos, los ademanes violentos. Érase todo aquello carente de gracia alguna, belleza o dominio real, no más que una forma de usar el miedo ajeno para imponer la propia persona. Se usan así las palabras desdeñosas, las risas crueles, las miradas hostiles, el puño en alto, la amenaza implícita en cada paso. 

          El dominante más extendido es aquel que se rodea de cobardes allegados reunidos en torno a él para sentirse protegidos de su iniquidad y pretender llegar a ser un abyecto villano de su estatura o nivel algún día. Este dominante se aposenta frente a ti y busca tu ridículo inmediato, recurriendo a tu atuendo o aspecto físico, es decir, una forma sucia, fácil y barata de regodearse y ponerse sobre ti.

          En cuanto intentes plantarle cara o simplemente decir esta boca es mía, el dominante se echará a reír ridiculizando tus palabras, como si no fueras digno de escuchar o no merecieras ni una mínima atención (que él, por supuesto, tratará de acaparar al máximo). Pero, sobre todo, haciendo constar que lo que él ha dicho queda muy por encima de tus propias observaciones, aunque éstas nunca hayan llegado a su realización final.

         Son seres egocéntricos, simples y ridículos que se distinguen por sus risas desaforadas en alta voz (para que el mundo sepa que están rodeados de una amplia multitud y que para nada están socialmente marginados), por la exposición de sus más llamativos planes para el fin de semana de una forma harto grotesca y exagerada, enumerando el número ingente de personas que acudirán y la exuberancia de chorradas que se llevarán a cabo en ese momento. Todo esto tiene como fin, claro está, que el resto del mundo (ay, qué triste es la vida de nosotros, pobres dominados de turno) se entere de que son personas sumamente solicitadas y que tienen planes, amigos y alguna botella de vodka guardada para la ocasión (generalmente cercana) en el fondo de algún cajón poco frecuentado. 

        Érase un millar de salidas lingüísticas absolutamente fuera de contexto, léase "¿Qué miras?" o "¿Eres tonto?" o alguna broma absurda, de mal gusto y por descontado mal narrada, que no viene a cuento y que delata como nadie la idiotez máxima y expresa de quien la cuenta entre risas y rebuznos que chorrean basura disfrazada tras la ropa de moda, las observaciones maleducadas y dañinas o de la mirada que quiere decir "soy más que tú".  Rebuznos alimentados por los programas de televisión absurdos, por una publicidad de porquería que casi te obligan a metértela por los ojos, de ese estereotipado explícito que siempre llevan en el porte, en las palabras, en los modales.

       Ese orgullo sistemático y dañino que sienten tras haber herido las almas ya pisoteadas y tras saberse inútilmente dominantes...

          Como pavos reales que se hinchan y alzan las colas, y su sonido al abrir el pico resulta ridículo y penoso por pensar que en realidad es glorioso y magnífico...


          Y, finalmente, érase la muerte del alma de quien finalmente acabó creyendo, pobre víctima, que realmente era la basura que continuamente le repetían que era, a fuerza de ese incesante vaivén de insultos y risas crueles, enfermizas, que acabas degenerado por dentro, roto y quebrado...

            Descanse en paz la mente frágil que una vez murió fracturada sin cimientos que la contuvieran y que ahora yace en algún lugar de la memoria que quien no pudo aguantar lo que no era más que la cola de colores de un dominante deleznable.
           


domingo, 2 de diciembre de 2012

Feliz cumpleaños

No sé qué fijación indefectible tenemos con los cumpleaños, el celebrar haber nacido hace nosecuántos años, y rematarlo con un "y que cumplas muchos más". Y me siento igualmente presa de ese masivo jolgorio cuando alguien querido cumple años o cuando yo misma llego al día decisivo, aunque analizado fríamente sea algo improcedente (pero para qué analizar las cosas fríamente, si nuestra conciencia y nuestro corazón acaban poniendo objeciones a tal frialdad). 

No me queda otra, en fin, que felicitarte yo también.

Aunque tengas que pasar por baches inabarcables, aunque tengas que romperte los huesos sosteniendo tus ideales, aunque mueras, vivas o caigas en el barro, aunque tengas que llorar bajo los brazos acusatorios de quien no sabe nada... feliz cumpleaños.

Imagino que tendrás que librar un sinfín de batallas que ahora ni tan siquiera intuyes, el súmmum de lo inesperado, que tendrás que abandonar lo que tienes para tal vez conseguir algo mejor, que lucharás por quimeras que no sabes si llegarán, que protegerás a quién luego te traicionará... feliz cumpleaños. 

Que no todo será así, tan nefasto, puede ser lo contrario o ninguno, el punto medio por el que discurre la normalidad. Pero quién sabe en qué situaciones te encontrarás o qué vivirás, si algo te trastocacará indefinidamente, quién sabe, el polvo de camino a veces se cansa de marchar siempre por el mismo sendero. Que te encontrarás cabeza abajo donde deberías estar cabeza arriba y puede que te hundas en la agonía o puede que intentes solucionar tamaño problema, no lo sé, puede que te bloquees y puede, probablemente, que sigas adelante incluso con la cabeza donde no debería estar.

En todo caso, si alguna vez te vez en cualquier situación controvertida (qué sé yo, que un par de trolls quieran merendarte o un abigarrado vericueto judicial) recuerda siempre que alguien te dijo... feliz cumpleaños.


Imagino que también cuenta todo lo que has andado, el camino repleto de pisadas ya acabadas y remiradas por excelencia, todo lo que te sustenta el alma y el discernimiento de tu conciencia. Lo que te condujo a sendas más o menos adecuadas y te formó para bien o para mal en lo que eres, y quienes en ti influyeron y te quisieron o te despreciaron, y de una manera u otra te hicieron reaccionar y saber decidir, o te hicieron sentirte querida y reír, y por ello los amas o con los que simplemente simpatizas... en fin, por todo ello y mucho más.. feliz cumpleaños.


Y, finalmente, rindo homenaje a esa parte de ti misma que nadie atisba ni tú insinúas por ignorancia de la misma, tu alma en sus más profundas y ardientes entrañas de donde todo surge y eres tú y nadie nadie más como un único ser incomparable e irrepetible que hace años surgió del cálido limbo de los recién nacidos, ese dibujo sempiterno que surge de tus manos...


Por todo ello y por todo lo que sería utópico describir... feliz cumpleaños. 





domingo, 18 de noviembre de 2012

"Poderoso caballero..."

Se busca, trama y alimenta, se mata, se vive y se perdura. Se vuelven locos y suicidas, felices o entrañables, melosos, tristes y adorables. Todo gira, rota y se detiene si hiciera falta... por afán del dinero.

Oxidado y alevoso metal, sucio engendro de pasiones inhumanas, rompe y tritura a su antojo, maltrata países, vidas y situaciones, a todos nos hace dudar bajo su eterna tentación, titubeamos si anteponerlo ante nuestras familias, ante la dignidad de quien está a nuestro cargo.

Postra a sus pies a políticos infames, los seduce y los reduce, al dinero le gusta ser robado y nos hace pensar... en cuantas cosas podríamos obtener con él, cuanta gloria, fama y poder, cuantas casas, lujo y blancos colchones de plumas sobre los que reposar nuestro inflado cuerpo de manjares y delicias. Ellos se ven frente a cantidades ingentes de riquezas, pertenecientes a ajenos, pero para ellos no importa, siempre piensan que quedará disimulado, que no se notará... Pensamientos insuflados por la avaricia que el propio metal produce, su tan sola presencia, sin necesidad de que hable o estimule, que diga o que pronuncie, nuestra propia imaginación es más que suficiente para robarlo y ansiarlo, para matar y morir por él.

Hace sufrir a desamparados, humildes sin recursos, su carencia origina muertes, desgracias y pérdidas, flaquezas y tristezas de familias completas. Su privación provoca el olvido, el pensamiento masivo de que no se es nadie sin dinero, sin pieles y sin diamantes, sin un smartphone o sin la ropa de moda que no nos podemos permitir. Nos hace llorar porque nos provoca miedos, que no somos nadie sin su presencia ingrata y devastadora.

El dinero es el rey más absolutista de todos cuantos han existido jamás, todos ellos doblegados ante él, el dios del reino material en el que todos se vuelcan, dueño indiscutible del mundo y sus consecuencias, impedimento para empresas urgentes, patrocinador innato de catástrofes humanas.

Que el mundo se rompe y no se hace nada, porque no hay dinero para ello. Que las familias amanecen en las calles porque les han quitado su casa. Que todo se quiebra, se zahiere y se hunde, pero se cruzan de manos porque no hay dinero para arreglarlo.

Hace ladrón al más honrado, bello al más espantajo, cambia, torna y enmudece. Entierra sentimientos, dados por muertos y sepultados bajo polvo. Él gobierna y es señor indiscutible de vidas, tierras y personas. Cogidos por la cuerda, somos vasallos directos e indirectos, todo lo hacemos por su causa y señorío, nuestro sacrificio por su gloria.

Lágrimas y agravios nublarán nuestra mente por su causa, seremos mofa y escarnio de quienes lo posean en abundancia. Pero hasta ellos se someten sin quererlo, y son arrastrados hasta sus pies, jadeando como perros por conseguir su favor.

Ya lo decía Quevedo en su momento:

"Poderoso caballero
es Don Dinero".




miércoles, 14 de noviembre de 2012

Monólogo de soledad

En el interior de un espacio paralelo, o tal vez tangente, la mente de una niña vuela y se pierde, se va y vuelve, emerge y se sumerge, está indecisa, no sabe, no entiende, no comprende. No sabe si está llorando porque ya no tiene consciencia física, ahora solo es capaz de pensar y de buscar un por qué que realmente jamás entenderá, o tal vez sí, depende de cómo lo mire. Esta niña es un ejemplo global de todas aquellas que sufren acoso por sus propios compañeros de colegio, o instituto, da igual, la inmadurez cada vez engloba más edades y ahora no tantos niños de doce años son tan inocentes como antaño. Pongámosle trece años, no hace falta el nombre, ella no es más que un ejemplo representativo.  Habla consigo misma. 
Tal vez escuchar su voz le calme o le haga ser más lúcida ante la irreverente realidad.

-Me gustaría saber qué les he hecho, en qué les llamé la atención como para que me eligieran a mí y solo a mí de blanco de sus dardos fríos, como si no hubieran más personas en el mundo más culpables que yo, de cualquier cosa, no importa, yo no soy nadie y no significo más que diversión, jamás les hice nada, ni les insulté ni me rebelé. Imagino que no fue más que instrumento para quedar bien, pero no soy capaz de razonarlo y menos aún de justificarlo, como me he sentido querer morir y no poder hacerlo, nunca ser capaz de cerrar los ojos para siempre, nunca me moría, no era capaz, mi cuerpo testarudo aún seguía latiendo contra mi voluntad. Y lo pensaba de verdad, me odiaba a mí misma, me odiaba y mi propia persona me generaba pensamiento de desprecio, por no encararme a ellos ni ser feliz, de dejarme someter y arramblar sin razón, que realmente no había pretextos válido, era su inmadurez y su falta de conocimiento lo que les hace humillarme, realmente no es que piensen que soy fea, patosa o imbécil, sino que en su reducida cabeza los insultos y las risas crueles les crecen ante los ojos de sus amigos, de manera que les imponen su poder, es un aviso: 'mira lo que le hago, si no te andas con cuidado el próximo serás tú y no pienso cortarme, este es mi territorio y no tengo intención de perderlo'. No siempre soy capaz de pensar tan lúcidamente como ahora, normalmente les creo, me creo sus mentiras, me creo que soy una birria humana y que no le gusto a nadie, me creo que no tengo amigos y que todos me dan de la lado, que a la hora de verdad no hay hombros sobre los que apoyarte, en resumen, que nadie me quiere. 

>>Me siento como una sombra que nadie es capaz de apoyar porque no vale la pena, me siento el blanco de las miradas curiosas y prudentes, siento que algunos quieren ayudarme pero tienen miedo, noto sus miradas asustadas, el rechazo que les produce la sola idea de acabar como yo, que soy la marginada, el desecho social, la que nadie acepta, la que todos rehúsan. Ése es el problema, en realidad. El sentirnos aceptados es lo que todos queremos, en el fondo siempre sale a relucir nuestro instinto animal de ir en manadas, de no quedar excluidos. Y no quiero estar sola, no quiero, de verdad, siento un terror cerval nada más de pensar en ello, no soy capaz de soportarlo, lloro, empapo la almohada con mis lágrimas, me ahogo entre las sábanas (ojalá me ahogara de verdad), siento la boca seca e inservible, como nunca más pudieran volver a salir palabras de ella.


Silencio. 

-En realidad no lo entiendo, no puedo llegar al fondo de la cuestión, pero lo peor es que creo que si me sentara y reflexionara, todo cobraría un sentido, su inmadurez, sus ganas de alardear, todo se lo achacaría a algo lógico e irremediable, lo vería con objetividad y sería más capaz de soportarlo por pura comprensión del asunto, pero ahora no puedo, me siento cegada, tan solo puedo pensar en ellos desapareciendo de la faz del mundo, de la venganza, es inevitable, todo es fruto de buscar soluciones al problema, y la vía más rápida es acabar con ellos. Que no volvieran a existir, ni a hablar, ni a pensar, ni a señalar, ni a empujar. Empezar de cero, me harían un gran favor.

>>Sé que no debería pensarlo, que no es propio de alguien bien educado, alguien como yo, una niña buena. Pero no puedo evitarlo, sería tan fácil y tan perfecto, realmente la muerte sería una bonita conclusión.

>>Calla, mente cruel. No te rebajes a su nivel. No pienses más en ello. Yo valgo más, mis sueños no serán hundidos ni arrastrados por ellos ni sus maneras, no deben, no es justo. No sería equiparable que sus palabras lacerantes me destrozaran la vida, nada de lo que me puedan decir o hacer podrá conmigo, yo soy más, me puedo dominar, podría matarles cuando quisiera, nada más fácil, pero no lo haré, seré una persona y dejaré para ellos el nivel de los animales. Pero me siento tan poco capaz de aguantarlo, esta presión, el saberme despreciada, eso es lo peor, estar sola, la soledad, inhumana soledad, ambiguo amor que surge cuando le conviene, así me siento. Me hundo y a pesar de mis palabras de apoyo (¡eso es lo peor, que el apoyo jamás viene de fuera, tengo que sacarlo de mí y eso ya de por sí me hunde!) no puedo evitarlo, no soy feliz, no rozo ni tan siquiera el estado de normalidad en la que la mayoría están sumidos, tan solo quiero morir, no vivir, dormir para siempre arropada por quién me quiera, estar en un lugar donde no se me juzgue, que yo no he hecho nada, soy inocente, una víctima, sombra del polvo desperdigado, apenas eso, no soy nada.

Silencio.


-Es que soy tan invisible...

Llora.



(Con esta entrada me solidarizo con cualquier persona que sufra o haya sufrido bulling. Pese a no ser mi caso, puedo entender cual es la desesperación rotunda que implica esta situación. Nada de lo que se diga sobre vosotros puede ser cierto porque no hay nadie, ni vosotros mismos, que pueda saber cual es la esencia de vuestra alma, ni nadie exploró jamás las entrañas de vuestro miedo... de manera que cualquier palabra insultante deja inmediatamente por debajo de ti, como persona que siente y ama y razona, a quién la pronunció.)



lunes, 5 de noviembre de 2012

Supuesto razonamiento para un suicidio

Con el fin de evitar posibles malentendidos, quisiera aclarar que no es este un texto de fines melancólicamente fatales, con razones de una supuesta vida hundida de manera irremisible en el fango, o el no tener modo alguno de seguir llevándola de manera más o menos decente hacia un puerto seguro, para nada, no se trata de una carta de desesperado desamor ni de tristes razonamientos nublados por la pena, sino nada más que una reflexión marcada por la sorpresa y el sobrecogimiento, basadas ambas en la facilidad expresa con la que se pueden llevar a cabo actos tan drásticos como un suicidio.

Nuestra vida camina en una continua oscilación basada fundamentalmente en la necesidad de evitarles a nuestros seres más allegados cualquier peligro, por otro lado nada más comprensible, en qué lugar quedaríamos nosotros si nos despreocupáramos de algo tan importante, si nos dejáramos llevar por la indiferencia, qué seríamos sino desecho social. Niño, por la acera, que pasan coches. Y así. Y al final acabas pensando si ese discernir de lo peligroso o no peligroso acaba teniendo alguna recompensa, puesto que cualquier cosa podría acarrearnos la muerte, casi cualquier objeto, casi cualquier palabra en unas determinadas circunstancias, todo es peligroso, arriesgado. 

Si el suicidio es llamativo por alguna razón, es por romper la regla del instinto humano, la terquedad hacia la continua duración de las cosas, de aquel pensamiento constante e hipócrita consistente en un "ojalá nada de esto acabe y siempre sea así" es decir, estático y duradero, que permanezca sin cambios, que no avance ni decrezca, todo por el estoy bien así, y es que cambiar conllevaría desventajas añadidas que no necesito para nada, quisiera que todo perdurara así tal y como está ahora, en este momento, firme y continuado como un bello cuadro. Que el perro fiel jamás se muera, que la abuela continuara para siempre en su sempiterna mecedora, que mi juventud nunca se hiciera vieja. Que la vida siguiera eterna en su mejor momento. 
Y es por ese miedo a perder lo que tenemos, que nos preguntamos hastiados y asqueados como puede alguien tomarse cierta pastilla, como se puede cortar de golpe algo que fue hecho para durar muchos años más, es como una mancha, una aberración de la que apartamos de vista, nos resulta mucho más cómodo así. Jamás queremos llenarnos los ojos de mierda, para eso están los demás, los familiares, los amigos. Porque a nosotros no nos a tocado vivir el suicidio, ni propio ni ajeno, y eso nos reconforta, y este pensamiento colectivo es, de alguna manera, bastante triste.

Pero es que es tan fácil. Por fácil entiéndase el hecho en sí de llevar a cabo el suicidio, aunque no se quiera y no hayan razones para ello, pero de repente te levantas de la mesa y coges el cuchillo (cuya finalidad inicial no era más que la de cortar jamón) y acabas pensando casi sin querer "mira por donde, yo podría hacerlo, aquí y ahora, sin esperar, podría cortarlo todo. Los que ahora están sentados a la mesa nada podrían hacer, ya que no necesito tiempo, apenas dos segundos para presionar mi corazón y ya no habría vida alguna que soportar sobre los hombros, ni preocupaciones, ni pena, ni hambre, ni dinero. Nada de nada. Nada a cambio de la muerte. Diría que compensa". Digamos que tienta, tienta la facilidad y tientas esas consecuencias tan embriagadoras, decirle adiós a todo y a todos, y que el resto de la humanidad se coma el marrón que es el mundo, que yo, por poder, puedo irme ahora y dejarlos tirados. Esperando inútilmente el jamón, para más inri. A lo bestia, sin miramientos. Mira que lo hago, que no me corto. Que les dejo con un bello espectáculo de sangre y carne desgarrada.

Lo que pasa es que, al final, fulano coge el jamón, lo corta y deja el cuchillo, porque la constancia de la naturaleza humana imperan sobre todo lo demás, sobre todo si las razones que se tenían para abandonar el mundo son nulas, falsas, escasas o simples bravuconadas para con uno mismo.

Muchos le llamarían cobardía, pero creo que la vida y nuestra mente actúan como dos imanes de polos opuestos, se atraen y se codician, porque la vida sería vana sin la inteligencia humana, pero de nada serviría ésta última si la vida estuviera muerta, podrida, inservible. Por eso son minorías las que optan por morir, por eso se acaba rechazando tal posibilidad.

Porque antes de hacerlo, nos preguntamos si no valdrá la pena lo que vendrá un segundo después de habernos suicidado, aunque se trate simplemente del jamón o de los comensales que te aguardan impacientes a la mesa, contando contigo y los cuales verían injusto y egoísta que desaparecieras sin más, sin preguntar y sin supuestos motivos, dejándolos más solos si cabe frente a un mundo cruel y mal ajusticiado, en el cual los que puedan han de hacer piña como mayormente se pueda, y en el que abandonarlo constituye un acto de ingratitud y cobardía hacia los que se quedan, formando como pueden esa piña que cada vez va decreciendo más y más...




viernes, 26 de octubre de 2012

¿Es lícita la vanidad por el talento?

Las personas disponen de talentos, todas ellas, poco o ya de por sí potencialmente desarrollados, insignificantes o deslumbrantes, pero todos contamos con ellos, en cualquier medida. Con esto quiero decir que, por muy patéticamente mal que se te den las matemáticas, serás capaz de entender lo que son 2+2. Tal vez no más que eso, pero ya es algo. Se podría decir que tienes el talento necesario como para entender por qué 2+2=4. 

Habitualmente, las personas que cuentan con un talento de desarrollo normal, no destacable ni por su enormidad ni por su pequeñez, sino que es usual, lo que la mayoría tenemos, hacen florecer en sí un cierto sentimiento de envidia (sana o podrida, qué más da) hacia aquellas cuyos talentos superan la barrera de lo habitual, sobre todo si forman parte de su entorno cercano, ya que éstas suelen crear un cierto efecto de eclipsar los talentos ajenos.

La cuestión es: ¿es lícita esta envidia?
La respuesta es: no.

Y, ¿es lícita la vanidad por el talento?
La respuesta sigue siendo no.

El genio que así nace no lo es por mérito propio. El genio capaz de situar su razón, su conciencia y su talento en una posición considerablemente más elevada que el resto del mundo no se otorga a sí mismo esa facultad, por tanto, no es realmente nadie meritorio, ya que realmente y por sí mismo no ha hecho nada de lo que pueda estar orgulloso. 

Pero sigamos desarrollando esta hipótesis. Cuando una persona es plenamente consciente de que posee una don fuera de lo común (una maravillosa visión de las matemáticas, de la literatura, de la pintura...) siente el deseo innato e irrebatible de ponerlo en funcionamiento, de dar a conocer su obra al mundo, su inteligencia, sea del tipo que sea, que el mundo lo vea y comprenda, que genere pensamientos y genere razonamientos en un mundo generalmente demasiado dormido. Si la persona, X, tiene realmente una capacidad formidable, indudablemente acabará sintiéndose orgulloso de lo que sus manos han creado. Pero ¿debe sentirse orgulloso? ¿Acaso es la capacidad de pintar algo que X creara y situara en su propia persona? ¿Puede X achacarse a sí mismo el mérito de saber pintar? ¿Es realmente ese cuadro suyo? ¿Lo pintó él o no fueron sus manos más que una herramienta de un ser muy superior? Así pues, ¿se podría decir que Dalí, por ejemplo, fue el verdadero autor de sus maravillosas obras? ¿No fueron éstas un resultado directo de su talento? ¿O no era su talento? ¿Fue ese don creado para él? ¿Y no adapta X sus obras a su personalidad? En un cuadro puede discernirse claramente la mentalidad y personalidad de su autor, impresa en cada pincelada puesta de tal o cual forma, el mismo significado del cuadro es una variante directa de su forma de ser. Dalí es un magnífico ejemplo, conocido por su extraña personalidad y el surrealismo de sus cuadros. Fue objeto de una crítica que aún hoy perdura y sus obras son testigos y causa de ello. 

Pero es que la personalidad también viene dada de fuera, como el talento. Y no podemos descartar que ambas no sean una sola cosa. Una influye fuertemente en la otra, y viceversa, pero tal vez sean lo mismo y nada influya en nada, sino que ambas sean un solo todo que viene junto, sin posibilidad alguna de separación.

Así pues, concluyo. El talento es un don concedido por un ente superior y en cuya designación nosotros no tuvimos nada que ver. Por tanto, no somos más que un instrumento para traer belleza al mundo a través de los talentos. Moldeamos el talento a nuestra personalidad, pero no somos sus creadores, ni tan siquiera podemos ostentar el considerarnos meritorios de tenerlo...

Ni el más afamado artista del mundo, aquel que más talento retuvo entre sus venas, puede considerarse alguien meritorio.

Al fin y al cabo, ¿qué hacemos nosotros para merecerlo?






domingo, 21 de octubre de 2012

El absurdo de ser real

Qué absurdo lo irreal y ya de por sí abstracto. Qué absurdo lo real y no por ello cierto. Es tan fácil creer, y no es nada reprochable, la intensidad de sentir la rugosidad de un árbol bajo las yemas de los dedos es tan terriblemente convincente que el planteamiento de no ser cierto es susceptible de ser factible. Lógico. La posibilidad de un mundo inventado o irreal es agobiante y triste, para qué entonces pensar en ello si de cualquier forma el árbol ahí continúa sin modificar su apariencia. Si nosotros somos sueños, es mejor vivir en el sueño junto al árbol y disfrutar de sus flores, que desesperarse pensando que no es más que una ilusión.

Pero es que nos resulta tan increíblemente sencillo creer... creemos realmente en todo. Creemos en la vida y creemos en la muerte, en el odio, en el amor y en la corrupción, en la amistad y en el chocolate... confiamos en nuestros sentidos con la fe ciega de los niños en sus madres, una terrible derivación de la falta de curiosidad, una abominación el no querer ni tan siquiera preguntarse si eso es realmente lo que pensamos o por el contrario no tiene nada que ver. Hemos visto tantísimas veces una piedra caer al suelo que en realidad nunca nos cuestionamos que eso es lo que va a volver a ocurrir si la tiramos de nuevo. Pero no lo hacemos, ya que carece de interés. La causa de su caída es tan evidentemente clara para nosotros... ya no nos cuestionamos absolutamente nada.

Imagina que en algún lugar fuera o dentro de este universo, hay un niño. Tiene nueve años y una imaginación fértil. Está durmiendo en su cama, afectuosamente arropado entre las sábanas dulcemente colocadas por su madre. El sitio en el que vive guarda cierto parecido con el nuestro, y su aspecto, también. Sus sueños son largos, profundos y detallados. En ese momento su mente imagina un mundo llamado Tierra que, en algún lugar del Universo, alberga en su interior muchos seres de apariencia semejante a la suya. Tal vez con las orejas un poco más pequeñas. Su madre suele advertirle de que tanta ficción no es buena y que debería centrarse en cosas más reales. Pero, sin embargo, el tierno niño sigue creando el sueño.

Dentro de la Tierra, una niña escribe delante de un ordenador. El país en el que se encuentra se llama España, que es un nombre bonito y que, además, se encuentra más o menos en el centro del mapamundi. Esto, por su supuesto, es un capricho del niño. Los niños pequeños, ya lo sabéis, gustan de saber que sus cosas y principalmente ellos mismos son el centro del mundo. Así pues, España no era más que un capricho.

El sueño sigue y la niña sigue escribiendo. A veces suspira exasperada por la falta de ideas, pero otras, las palabras surgen innatas como un reguero de pólvora que acaba por explotar. El niño crea toda una vida para ella: su colegio y sus amigos, les pone nombre y personalidad. Piensa en sus padres y cómo serán, si tendrá hermanos y familiares. Finalmente, esa niña tiene identidad propia dentro del sueño y su vida crece rica en detalles. Mientras tanto, sigue escribiendo en el ordenador.

Por fin ha encontrado un tema del que hablar. Ella se pregunta angustiada si realmente existe o no es más que una ilusión. El niño visualiza su rostro preocupado, sus dedos tecleando febriles sobre el teclado. Tiene las uñas pintadas de violeta, un detalle que decide añadir para darle color al sueño. Sigue escribiendo y las lágrimas nublan un poco su mirada, no más de lo necesario, pues se pregunta qué ocurriría si no fuera más que una imagen dentro de un sueño de un niño. Ésa es otra característica del carácter del infante. Él mismo quiere aparecer en su sueño.

Finalmente, la chica acaba su escrito y decide subirlo a un espacio en Internet para que todo el mundo pudiera leerlo. Duda de si el mundo compartirá sus temores o, por el contrario, los ignorarán como ignoran a la piedra que cae. Lo sube.

En ese momento, el niño se despierta.

La vida de la niña explota y desaparece, y ya no es más que el vestigio de un sueño pasado, como tantos otros. Carece de interés, se sueñan tantas cosas a lo largo de la vida...


En algún otro lugar del universo, o tal vez en otra dimensión o espacio, la vida de una niña desaparece como el cuerpo danzante de la llama de una vela... una llama extinguida por el soplido de un niño en en un lugar lejano. Ella ya no existe, aquellas dudas que plasmó sobre un teclado ya no son nada, y todos aquellos detalles que durante un momento fueron más o menos reales pasaron a no ser absolutamente nada, nada ni tan siquiera dentro del subconsciente del niño, que olvida su sueño igual que olvidó tantos otros.

Y todo aquello que creía saber que existía solo por haberlo tocado y sentido, desapareció de igual manera que sus temores, sus uñas pintadas de violeta y la vida que creía haber tenido...


(Mientras tanto, en el mismo lugar donde vive el niño, otras tantas personas sueñan con otras vidas, y las crean con todos sus obstáculos y ambiciones para, luego, al despertar, hacerlas explotar y desaparecer, al tiempo que olvidan ese planeta llamado Tierra, donde unos seres ilusos llamados humanos tienen la ilusión de ser reales.)






lunes, 8 de octubre de 2012

La diferencia del crear y el saber

¿Cuál es la diferencia entre un filósofo y un literato? ¿Son la filosofía y la literatura las partes de un solo todo o, por el contrario, son independientes la una de la otra? ¿Tienen ambas ramas algo más en común aparte de que suelan, solo suelan, ponerse por escrito? No es habitual que el hombre de a pie se ponga a  pensar en tales cuestiones, para él ni procede ni es cuestión práctica, o al menos en la frágil y vulnerable apariencia. Y sin embargo, cuando se hace tal pregunta, la gente asocia tales conceptos, filosofía y literatura, piensan que van unidos, ambos son vistos como partes indisolubles de la noble rama de las Letras. ¿Y es así? ¿Es realmente así?, pregunto yo.

No. El ser humano alberga en su interior dos instintos innatos y siempre latentes, en mayor o menor medida (ocultos, semiocultos o visiblemente abiertos) que son la necesidad de saber el por qué  de las cosas y luego, por otra parte totalmente distinta, la necesidad de crear.

Empecemos por el menester singular de saber el por qué de las preguntas. La persona que indaga en sí mismo y en la naturaleza, buscando respuestas que no se encuentran en la ciencia, sino tan solo en nuestra inexplorada e inhóspita mente, es un filósofo.El filósofo busca revivir en su ser esa necesidad acuciante y furiosa de saber, ese modo de curiosidad que habitó en él cuando era un niño que aún estaba descubriendo el mundo. Con el tiempo la curiosidad se calmó, porque todo empezó a ser habitual. Las piedras caen si las tiras al aire, los peluches no hablan, los platos se rompen si los tiras. Al cabo de haber tirado muchas piedras al aire, dejas de asombrarte cuando ves que caen una y otra vez. Es algo natural, piensas. 
Pero el filósofo se para a pensar un día en que las cosas han de tener una razón, y van más allá de las cuestiones físicas, como pueden ser la piedra que cae o el plato que se rompe. El filósofo sigue adelante y trata de buscar una explicación a su propia persona. De dónde viene, adónde va. Quién es, qué quiere, por qué lo quiere, qué siente y por qué... siempre el por qué. El filósofo elabora teorías, aún sabiendo que la verdad (la verdad, eso es lo que busca un filósofo) se le escapa entre los dedos una y otra vez, que jamás le deja atraparla porque es mil veces más rápida que él. Y sin embargo, aunque no halle la verdad, solo por el hecho de buscarla ya sabe algo sobre ella: que es compleja, rápida e innata en nosotros. Y eso es algo.


Pasemos a la necesidad de crear. Dejemos al filósofo y vayamos al literato. 
El literato (así como el pintor y otros tipos de creadores, pero en este caso centrémonos en el literato) es una persona que ansía hacer que algo surja de la nada, y que además tenga una belleza que el resto del mundo pueda admirar para su disfrute y que, además, se pueda sentir identificado con esa creación, para que ayude la comprensión de su propia persona. Crear una historia ha de tener unos elementos armónicos y hermosos, una historia compleja o sencilla, no importa, siempre que sea capaz de despertar admiración y una serie de sentimientos tales como la comprensión, la identificación, etc.
El literato crea para los demás. Lo que escriba no ha de ser necesariamente verdadero, la mayoría de las historias surgen fruto de una maravillosa imaginación. De esta manera su función también abarca el disfrute ocioso de los demás, de forma que si esta persona se guarda lo que ha creado para sí... ¿cómo podría ser feliz? ¿Para qué sirve su talento si no es para que se pueda compartir, multiplicar, evolucionar? Un talento encerrado es puro egoísmo melancólico, propulsor de tristezas y agonías sin fin, tal solo destruidas cuando tu obra es conocida y alguien (¡aunque solo sea una persona!) te sonríe y te dice que lo que has escrito le ha ayudado a pensar y a cavilar. Que le ha ayudado. Eso es lo importante.


Creo que hasta aquí queda claro, en mayor o menor medida, la diferencia básica y lógica entre un filósofo y literato. 

El filósofo ansía descubrir el por qué.

El literato ansía crear.


(Me gustaría poder considerarme literata y filósofa, pero no me atrevería a juzgar si poseo el suficiente talento o necesidad de saber y crear como para ello, pero que fuera así sería una realidad francamente hermosa.)





sábado, 6 de octubre de 2012

El vicio de la ficción

Caes y no te levantas: es un tópico, un hecho irremediable, la caída en el barro y el dolor, las heridas y el fracaso, el sabor del polvo en la boca, la sal de los ojos en los labios, la sangre escapando de las venas, inundando la piel marchita. Ya para nosotros todo es triste, todo es terrible, el mundo, la gente, otra vez el mundo y otra vez la gente, porque le damos vueltas a todo aquello calificable en la columna de lo malo, de tal manera que los pensamientos rotan y nada permanece.

Caemos en ese vicio tan continuamente, el vicio de la ficción, atractivo y poderoso, siempre latente, presente y constante. Qué hay más lógico que soñar cuando lo real ya no nos vale, cuando nuestra vida se hunde. Qué le vamos a hacer, si de vez en cuando no hay nada que arregle nuestros rostros ni nuestras almas, si todo está roto ya a nuestro alrededor, si la amistad ya no nos arranca la sonrisa (la sonrisa que no consigue florecer, que ya no surge en nuestros labios, que ha muerto y marchitado su esencia hasta languidecer y morir), que el amor ya no nos da besos, ni la familia nos brinda apoyo. 

En el momento del decaimiento de nuestro ser, la depresión, el momento en el que caes hundido en el acantilado del horror, es cuando más ególatras nos volvemos. Pasamos a pensar, a todas horas, en nosotros y en nuestra desgracia, y la estiramos y moldeamos para hacerla aún más grotesca, más terrible, de manera que caemos con más profundidad en la tristeza del abandono. 

Entonces ese instinto de supervivencia feroz e implacable sale a luz y nos aparta, de alguna manera nos dice que nos podemos retirar y que no nos preocupemos, que él se encarga de todo, de que no sigamos sucumbiendo de esa manera tan ridícula, que eso es lo que realmente es, ridícula, todos lo somos, ridículos y absurdos y por tanto más que normales.

La ficción nos acuna y nos hace soñar, nos canta nanas que manipulan nuestra vida hasta hacerla aceptable. Todo se rebaja a un mero intento de no abrir los ojos, en cualquier caso. Todo se reduce a no querer mirar la destrucción, algo así como decir que para qué mirar el cadáver si puedes girarte y contemplar una flor.


Es comprensible, hasta cierto punto. El problema es que de vez en cuando no se puede evitar despojarse un rato de la ficción y examinar la realidad, que suele caer sobre el sujeto como un peso de plomo. Piensa que cómo ha podido estar tan ciego, y entonces se vuelve a sumergir en la irrealidad, diciéndose a sí mismo que no es real, no lo es, que la vida es hermosa... sin atreverse a volver a mirarla a los ojos, sin embargo.

El desengaño le pesa, está solo, ya no existe, es un fantasma. Sus dedos blancos traspasan las mentes como si no tuvieran ya carne, la sangre abandonó hace tiempo sus venas y ahora por ellas tan solo se arremolinan volutas de humo, humo de su piel quemada por la soledad.

Está vacío y su mente se torna blanca, una luz le ciega el pensamiento, ya no hay otra cosa en su interior, ya solo una luz disparatadamente blanca. Y él se entrega a ella, le abraza, su cuerpo de aire acaricia la luz, es suave y su tacto es como el agua, se mueve en ondas, es escurridiza, juguetona, amable. Él cierra los ojos, pero la luz sigue ahí y ya no le molesta, porque ya no importa, ahora él es de esa luz, ahora ella es su dueña eterna e inmortal.

Ya está. Ha muerto.





jueves, 4 de octubre de 2012

Una vez soñé

Una vez soñé que se moría. Es decir, que su presencia pasaba a ser simplemente un cuerpo sin vida ni objeto y que jamás podría volver a verla reír. Recuerdo sentir terror (fue hace años), calor, agobio, y llorar largo y tendido nada más abrir los ojos, para darme cuenta de que en realidad ya había llorado mientras soñaba y que la almohada estaba empapada. Todos soñamos algo así en algún momento de nuestras vidas, porque las pesadillas existen y nos vigilan, para saltar en las noches más inesperadas como fieras en busca de sangre. 
Lo curioso es, sin embargo, que aquello cambió algo en mi mente. Había llegado a sentirla como algo muy presente en mi vida y, por tanto, como algo muy normal, muy habitual, una columna que siempre está ahí, que no cambia, que es inmutable. Que pasa no exactamente desapercibida, pero sí como por descontado, que no se teme su ausencia, formaba parte de mi rutina. Y nos pasa de manera constante, con cualquier cosa, con nuestra casa, con nuestra familia, que siempre están ahí con su vida o su rutina, y nuestra valoración sobre ellos decae porque pasamos a pensar que jamás faltarán. Y es mentira. Por lo menos, en ocasiones. Yo me di cuenta el día de la pesadilla, cuando me desperté sollozando por razones  del todo lógicas, es decir, que de repente pasé de considerar su presencia como algo habitual a no poder parar de preguntarme qué ocurriría si ella no estuviera, si no representara el papel de mejor amiga y fuera simplemente una extraña o si muriese y ya no pudiera volver a hablar con ella jamás.

Es curioso, porque realmente pienso que me sería casi imposible superar su pérdida. ¿Qué haría si no estuviera? Cuando sonara el teléfono, pensaría inconscientemente que es ella, como siempre, porque eso es algo que me suele pasar, siempre pienso que es ella por la fuerza de la costumbre, y el darse cuenta de golpe de que no lo es porque ya no está sería como un sinónimo de vacío, de incoherencia y de perplejidad casi imposible de convertir en dolor, porque... ¿¿cómo sería eso factible??

Tengo muchos recuerdos de todos estos años como amigas, muchísimos, como telarañas que a nada amenazan con romperse, con quebrar, pero que aguantan el tirón del viento. Recuerdo todas sus ideas y su competitividad para conmigo, aunque tal vez la que fuera realmente competitiva era yo, no lo sé, tantos años han pasado que me pregunto si realmente fue una realidad. 

Tengo la mente llena de ideas sobre ella. ¿Qué es lo que realmente pasa por su mente? A veces me cuesta entenderlo, porque ella es distinta, es la amiga que me frena o que me anima, pero sus razones son suyas y distintas a las mías, me hace pensar, me obliga a cuestionarme el por qué de ciertas cosas que habría creído innegables. Siempre con las ideas tan claras, en pos de lo que realmente creía, siempre con esa facultad de enseñarme cosas nuevas, curiosidades de todo, como si yo viviera aislada de la vida y ella fuera la encargada de revelarme lo que para ella es obvio y para mí un nuevo mundo.

Prefiero que sea así, con ese entendimiento que nos profesamos pero sin llegar nunca a la comprensión completa. Prefiero que sea siempre así, que siempre me haga reír, y que siempre afloren esas conversaciones infinitas que podrían no acabar nunca, tantas palabras, tanto intercambio de risas, las mandíbulas doloridas de tanto reír, la sangre hirviendo por la alegría de estar hablando con una persona que te provoca tal sensación de felicidad y complicidad, que no cuesta nada sonreír cuando hablo con ella, ni burlarse del mundo y de nosotras mismas, porque ella me enseñó que eso es posible.

En algunos momentos llegué a pensar que me había olvidado y desechado como amiga, que había encontrado mejor compañía en otras personas, cosa totalmente lógica y factible, sucede continuamente, personas que nos llenan más por dentro que otras y que, por tanto, pasan a sustituir tristemente a las anteriores. Otras veces pienso que no puede ser, que me necesita como yo la necesito a ella, pero realmente nada de eso importa, porque toda su persona siempre va a ser importante para mí, eso no cambiará jamás y su opinión sobre mí no cuenta para nada en ese aspecto.

Ella es mi mejor amiga y punto.


(Si no hubiera sido por aquella pesadilla, aún serías algo habitual en mi vida, pero ya he comprendido que no lo eres y por tanto te valoro de una manera muy especial a todas horas, como la maravillosa persona que eres. Y siempre voy a estar dando gracias por aquella inmensa e incomprensible casualidad del destino que un día nos reunió en un mismo lugar al mismo tiempo y a partir de la cual surgió esta hermosa e imprescindible amistad. Sobre todo imprescindible.)




lunes, 1 de octubre de 2012

La reacción al efecto

¿Efecto? ¿Qué efecto? ¿Realmente causo algo en los demás? La respuesta ceñida a la más estricta realidad es clara e indiscutible: sí. Todos causamos reacciones en los demás, poco importa si son de indiferencia, de odio o recelo, nuestra presencia por sí sola es suficiente para despertar las miradas ajenas, breves o largas, curiosas o aburridas; las diferencias de este este tipo no importan si tan solo se trata de responder a esa simple cuestión... ¿causamos algo en los demás? 

Se puede llegar, no obstante, un poco más lejos. Podemos matizar el grado de intensidad de las reacciones producidas o, más bien, si éstas tienen un efecto prolongado en la vida del ente ajeno. Es decir, si el simple hecho de que X nos mirara produjo una fuerte impresión en su ser, una indiferencia instantáneamente olvidada o una curiosidad duradera en forma de simple anécdota cotidiana. Esto se debe, básicamente, a que no todos reaccionamos de la misma manera ante determinada visión de una persona, que ciertos colores puestos de una forma concreta añadidos a aquel peinado pueden hacer resurgir en nosotros una serie olvidada de recuerdos o ideas que nos sacudan el alma de una manera harto particular, y que deleguen en nosotros una huella indeleble o como mínimo persistente que de vez en cuando acuda a nuestra mente haciéndonos relegar de ciertos pensamientos que podrían parecer más importantes.

Las personas, en la gran y amplia mayoría pero no totalidad, llegan a sentirse más alegres cuando sienten o confirman que sus actos han tenido consecuencias visibles en el mundo o en ciertas personas. No soportamos la soledad de lo invisible. Es decir, sentirse como una sombra sobre la cual las miradas resbalan no es plato del gusto de nadie y por buenas razones. Y es que no se trata de llamar la atención, esa no es la raíz, como mayormente se cree. La raíz de este asunto consiste en que la soledad es casi palpable a nuestra simple vista, y el deseo de controlar que la misma no se extienda a más nos lleva a querer ser el centro de atención o por lo menos la razón por la cual varias miradas se giran y te observan, con lo cual queda demostrado que cierto número de personas en un determinado momento han estado pensando en ti. Y eso nos satisface porque nos calma. Como un sedante. No hay que tenerle miedo a la soledad si varias personas están riéndote la gracia en ese momento, pensamos. Y en parte es cierto, no es nada reprochable. Huimos de la soledad como gatos escaldados, ansiamos la compañía, y para asegurarnos de vez en cuando de que no estamos solos, buscamos los ojos ajenos de una forma fundamentalmente llamativa. Y es algo lógico e instintivo, diría yo.

Es obvio, pues, que nos importe sobremanera el qué dirán por miedo al aislamiento. También es algo instintivo. La compañía se halla en las masas y si las masas considera tal cosa como algo bueno... ¿qué ocurriría si alguien se atreviera a afirmar lo contrario? ¿Quedaría desechado? ¿Marginado? Eso para nosotros no es factible. Amamos hablar con la gente, relacionarnos, hacerlos reír, que nos hagan sonreír. Solos y aburridos somos como polluelos sin nido y sin madre, unas cáscaras vacías que jamás podrán rehacerse. Queremos tocar la piel del vecino, pero nos faltan centímetros. Nunca se puede. 
Y a eso le tenemos miedo, no a más. Al rechazo.

El rechazo...

Que a veces nos tachen de ovejas que se mueven en manadas es lógico. Lo original es nulo y la sinceridad, escasa y oculta. Pero en el fondo todo lo mueve el miedo, la vergüenza. El horror de no ser nadie a ojos ajenos y el quedar solos para siempre.

Y es por eso por lo que hay que ser abierto a las opiniones y creencias de los demás.

Porque imagina que el alma, la forma de ser, el pensamiento fundamental, de una persona estén en contra de lo que piensa la mayoría. En ese caso hay que llevar cuidado antes de hacer juicios de valor ( sobre todo si son despreciativos, esos son del todo inaceptables) piensa que, por miedo a quedar sola, esa persona podría cambiar su mente y su forma de ser, y quedar transformada en algo que jamás fue y que el fondo nunca será.

En resumen, algo tan simple como una risa irónica en respuesta a la opinión ajena puede alterar considerablemente una vida completa.

Piénsalo.





miércoles, 19 de septiembre de 2012

La conexión de la complementación

La conexión de la complementación es el sentir que ante ti hay una persona que, de alguna manera ajena a ella y a ti, tiene la facultad hacerte pensar que digas lo que digas quedará en un contexto adecuado, o que será comprendido, o confirmado o generosamente bien recibido. Por decirlo de alguna forma, algunas personalidades tienen la bendita cualidad de encajar con la tuya de una manera maravillosamente exacta, como si de dos piezas de reloj se trataran.

Ahora bien, ¿cuáles son las circunstancias que deben darse para que tal cosa suceda? No hay medidas exactas, es algo arbitrario, porque ¿cómo vas a esperar que tal o cual persona reúna tales condiciones? La fórmula de la amistad o amor perfectos no existe porque no entendemos el sentimiento en sí, de alguna manera ese tipo de respuestas se nos escapan (y no precisamente de entre los dedos, sino que nos llevan una considerable ventaja), se nos han estado escapando durante siglos, durante esos innumerables años buscando la explicación a nuestra mente y a nuestra conciencia. No ha sido, sin embargo, una fructífera busca, y la razón de ese fuego que alimenta a nuestros pensamientos y a nuestras emociones ha permanecido notablemente oculto. Y era, por decirlo de alguna manera, un fuego que no desprendía humo que pudiera delatar su posición. Y puesto que sin la razón de nuestra alma no podemos saber la razón de nuestras emociones, dejémoslo para más tarde y centrémonos en los hechos.

Hay gente que piensa que dos personalidades plenamente opuestas pueden generar este tipo de relaciones, una dependencia, el uno tiene lo que al otro le falta y de esta manera dos sentimientos contrarios hallan el respaldo mutuo en el otro. La prepotencia es cautivada por la humildad, y viceversa. Con alguien así a tu lado, el mundo es distinto y se hace menos monótono y más variado, porque tu mente se abre a un punto de vista distinto, a otra forma de ver la realidad.

Yo a veces creo que tal extremo no llega a producirse, aunque jamás podría decirlo con seguridad (¡estas cosas son tan aleatorias e imprevistas!). Sin embargo creo que la clave de esa conexión entre dos personas (que no por ello tiene que acabar ni tan siquiera en amistad) es más bien un equilibrio entre ambas personalidades, dos opuestos pero no extremos, distintos grados de sentimiento. 

¿Acaso el orgullo es orgullo sin más? ¿No hay distintos grados de orgullo? ¿No está el orgullo por la humillación, el orgullo de la competitividad, el orgullo invisible que puede surgir furioso en el momento más imprevisto, el orgullo aparente y descomunal que finalmente se traduce en nada, el orgullo que ciega, el orgullo sano?  ¿No deberían acaso complementarse dos tipos de orgullo distintos y opuestos, para aprender el uno del otro?

Pero, surgen más complicaciones a la hora de analizar el por qué de este tipo de atracciones. Siguiendo el ejemplo del orgullo, hay que tener en cuenta que la compatibilidad de dos sentimientos depende de también de otros innumerables terceros. De manera que toda nuestra gama de sentimientos, pongámosle de A, tendrían que estar en perfecta consonancia con los de B, y el orgullo de ambos tendría que estar adecuadamente equilibrado con los suyos propios y con los del otro. Esto, suponiendo que se busque a la persona perfecta. Podríamos dejar pasar, sin embargo, algunos defectos de compatibilidad entre ambos porque es bien sabido que pocas veces se encuentra tanta perfección en la persona amada, bien por vínculos de amistad o por vínculos de amor o familiares, esto es irrevelante.

Cuando encontramos a una persona así (y, repito, no tiene por fuerza tener que alcanzar el estadio ideal, rozándolo basta para iniciar una relación de entendimiento) solemos con frecuencia caer en un estado de perpleja felicidad, que puede llegar a arruinarlo todo si se hace demasiado pesada y duradera, que se acaba traduciendo en una feliz rutina basada en el apoyo en la otra persona. 

En realidad, a veces no se sabe si es así, si te apoya. A veces solo es una relación de palabras en momentos determinados, palabras que te hacen pensar y te hacen responder sacando lo más intrincado de ti. A veces la simple visión de esa persona te hace reflexionar y plantearte la vida, como si sus sentimientos estuvieran de tal forma combinados que chocan con los tuyos produciéndoles un cierto temblor importante. Y sabes que esa persona entiende y comprende lo que piensas, de la misma inexplicable forma que tú la entiendes y la comprendes a ella.

La conexión de la complementación es ciertamente algo muy complejo, una serie de casualidades que tienen a bien congregarse en cierto momento de tu vida.


Lo curioso es que, por muy complicado que resulte, siempre acaba surgiendo en algún momento de la vida.





lunes, 17 de septiembre de 2012

Simple cuestión de objetividad

No es por ti, ni por tus maneras. Piensas que mi indignación gira en torno a tu locura, y no es cierto, no es verdad, lo tuyo no es nada comparado con lo que he visto.

Crees que te injurio por ser tú, crees que miro por encima del hombro. Pero no hay nada de eso, no hay odio, ni resentimiento, y menos aún concernientes a ti. Eres tan diferente, pero te respeto y te admiro por tu fuerza. No creas, pues, que me dirigí a ti en ese momento.

He visto la pena personificada en una sola persona. He visto un castillo derrumbado tras unas murallas intactas, he visto una bella princesa oteando en las almenas, en busca de alguien que rehaga su castillo. He visto la desolación en su rostro, y la soledad oculta tras sus múltiples compañías, que poco a poco rompían la piedra de su palacio, que despreciaban todo lo que había dentro. Era el castillo y su princesa quien motivaba mis palabras, no tú.

Es tan fácil sentirse aludido. Es tan fácil caer en el supuesto injurio de quien crees que te odia. Es tan increíblemente fácil ceder a las palabras hirientes, el pensar que sabes el por qué de las acciones de alguien a quien no conoces, a quién ves y juzgas, pero con el que no hablas.

Sé que piensas que hablé demasiado rápido, pero dime, ¿de dónde sacas la confirmación? ¿Por qué replicaste tan rápido? ¿No entiendes que tengo sueños y ambiciones? ¿Por qué hieres lo que no entiendes? Siempre te admiré, a ti y a tu fuerza, pero a veces pienso que hablas demasiado rápido...

Tenemos tanto que ofrecer, todos, tantísimas cosas que dar... Somos tan frágiles cuando nos volcamos en una meta y alguien nos dice, directa o indirectamente (y las segundas casi son las peores), que no servimos para eso, que nuestra vida va a volcar porque no tiene sentido, que no somos nada, que nunca nos recordarán, que debemos seguir la senda del olvido, porque la del recuerdo nos queda grande.

¿Crees que mis sueños son más desechables que los tuyos? ¿He despreciado alguna vez los tuyos? ¿Puedes acaso decirme el verdadero significado de mis palabras? ¿Por qué te niegas a ello? 

No quieres dejarme ascender, o por lo menos intentarlo, pero tantas personas caen... ¿quieres que sea yo una de ellas? ¿No has hecho ya daño suficiente? Ya me hiciste pensar en mis palabras como algo inútil, y ahora dudo de mi lucha anterior. ¡Ahora me pregunto si realmente sirve para algo! 

Ya está. Muerta y desolada, soy un espíritu sin nombre. ¿Deseas una disculpa? ¡Aquí la tienes! Perdona mi supuesto y aberrante injurio. 

Pero no me hagas pensar que no soy nadie, o que mis sueños no son más que restos de cristales rotos. ¿Qué te hizo pensar que mis opiniones no son válidas?

A veces necesito que alguien más me apoye. Alguien que no critique lo que no sabe juzgar. 

(Es una simple cuestión de objetividad...)




miércoles, 12 de septiembre de 2012

No hay tumbas con mi nombre solo porque aún vivo

Tengo una bala de plomo, pesada y certera, ingresada en lo más hondo de mi corazón. Es una inquietud leve  pero constante, un sonido inmutable y agudo, persistente en mi cabeza, que no me deja dormir, ni pensar, ni desear, ni ser feliz. 

Es una triste forma de soledad, una sensación de no saber, de no entender, de no querer, de no ser querida. Una montaña de evidencias en forma de duda, una avispa diminuta y densa, que me zumba en el oído y me hace pensar que no soy necesaria.

Pienso a veces que desechan mi voz como si mis palabras no merecieran atención, como si el criterio ajeno decidiera, sin malicia, solo con objetividad, que no soy digna de ninguna mirada, de ninguna curiosidad. Saber que tu voz es livianamente escuchada pero jamás aceptada, nunca realmente considerada, un molesto vaivén del viento entre las hojas, una nube más en el paisaje, que se mira pero se olvida. Un vacío en la memoria, nada meritorio de ser recordado, una flor marchita de la cual nadie lamenta su falta de vida.

Mi voto se esfuma, no tiene valor, mi criterio no es suficiente, no existe, no vale, no sirve. Es un grano de arena que se hunde en el mar y no regresa a a superficie, es algo ilusorio.

Soy irreal como un ave fénix, ardo en llamas y renazco en mi propio mundo, y al despertar ya no hay alas, ya no hay fuego, no hay emoción, no hay vida. Tan solo hay una sombra sin nombre en la que nadie se fija. 

No hay tumbas con mi nombre solo porque aún vivo.
No hay tumbas con mi mente solo porque aún razona.
No hay tumbas con mi cuerpo solo porque aún articula.

Tan solo hay vacío donde mis pasos se marcan, tan solo palabras olvidadas, no dignas de tumbas porque aún flotan en el aire, no dignas de atención porque nadie las necesita.

Que esas palabras y actos ajenos que levantan grandes expectaciones en mis labios doloridos no son más que polvo que desaparece al viento.

Soy un solo ente sin finalidad conocida, soy una quimera de los sueños olvidados, soy un trasto desechado, un árbol sin oxígeno. Nunca imprescindible. La hierba muere pero nunca se le hecha de menos, siempre surge otra, siempre evoluciona, más fuerte, más feliz, con más posibilidades. Surge y es recordada, es brillante, es llamativa, es felizmente aceptada.

La omisión marca mi camino, y yo lo sigo, yo continúo, siempre al frente, buscando almas perdidas como yo que me ayuden, que me den la mano y me sonrían...

Almas perdidas e innecesarias que me puedan recordar.







jueves, 6 de septiembre de 2012

El corazón que goteaba agua

Él estaba allí como símbolo y representación de la indiferencia en su forma más apocalíptica, como un arma de destrucción masiva que, por alguna razón, tan solo me afectaba a mí. Y su mirada cristalizada  me perseguía en sueños, me acosaba. Deseaba verlo reírse aunque solo fuera para ahogar mis sospechas... sobre su corazón.

Tenía esa horrible sospecha hurgando en mi alma, removiéndola, haciéndome caer una y otra vez en un círculo vicioso de la preocupación, el intento de consolación y la caída de nuevo en la desesperación. No dejaba de ser curioso, aquellos ademanes fríos y un vale como respuesta universal a lo más conmovedor. Hay personas, pensé, que lo miran todo desde un lugar aparte, como si contemplaran como le pegan una paliza a alguien desde el salón de su casa, y se limita a llamar a la policía sin necesidad de meterse con los garrulos de turno. La policía llega, los arresta y esa persona mira desde su balcón apoyado en la balaustrada de hierro pintado de negro, algo desconchado por el tiempo. Finalmente, la calle queda vacía y él desaparece tras las blancas cortinas de su salón, seguro y satisfecho de haber cumplido su deber, sin que nadie le hubiera visto, sin que nadie supiera su nombre, su identidad. Y tampoco parece importarle mucho el estar satisfecho, porque tiene la completa seguridad de que, si se los hubiera encontrado en la calle, se habría encogido de hombros y habría cambiado de dirección. O de acera, quién sabe. Si llamó a la policía fue porque, al fin y al cabo, el teléfono estaba a mano. La paliza a él no le afectaba.

Hubo una noche en la que le visité en sueños. Estaba inmóvil, contra la pared, y yo sabía (con esa total e irrefutable certeza que únicamente se puede obtener en los sueños, esa maravillosa seguridad, esa placentera falta de indecisión) que esperaba a que yo confirmara mis sospechas. 

Alargué la palma de la mano y la dirigí hacia su pecho, sin florituras ni caricias, apenas deteniéndome un segundo para comprobar si su corazón latía. Sí, ahí estaba. A un ritmo constante y regular, casi indiferente. Como él. Y lo hice, sí. Hundí mi mano en su pecho, desgarrándole la carne y él apenas se movió. Hurgué un poco más hondo, sintiendo la sangre palpitar entre mis dedos al compás que las venas y los tendones. Quise retirarme y huir de aquel suplicio sangrante, pero él no se movía y no parecía dolido ni moribundo, tan solo curioso. Tal vez también él quisiera saber qué secretos escondía su pecho.

De manera que me armé de valor y mi mano rompió con facilidad aquel tejido mágico de vida, y por fin, lo rocé. Rocé su corazón latente y palpitante, rebosante de vida y energía, que aún quería sobrevivir a mi mano condenatoria. 

Envolví con mi palma el órgano vital, empapado, blando y agonizante, sin mirar. De un brusco tirón lo arranqué de su cuerpo y él aún continuaba allí, apoyado contra la pared. Miraba a mi mano y lo que ella contenía, y una viva curiosidad ardía en su rostro. Era la única emoción que jamás le había visto demostrar.

Cerré los ojos, y sabía que al abrirlos hallaría una mezcla sangrante en mi mano, un órgano, el corazón, las venas, las arterias, todo lleno de sangre, manchado, mancillado. Empecé a arrepentirme, pero la curiosidad me carcomía a mí también y quería ver la razón de mi crimen. 

Miré... en mis manos un órgano aparentemente limpio y reluciente, y seguía palpitando como si desoyera a la Naturaleza. No había sangre, pero todo estaba mojado. Y entonces lo vi...

Era un corazón que goteaba agua.

(Hallé la razón y confirmación de su indiferencia en un simple sueño...)




lunes, 3 de septiembre de 2012

Las pompas de la soledad

Las personas se encierran en burbujas, en burbujas de colores, pompas frágiles pero jamás destruidas que flotan hacia el cielo y se dejan llevar por el viento, que dan vueltas sobre sí mismos y guardan en su interior un mundo enclaustrado y aislado del exterior. Todos lo hacemos. Vivimos aislados y limitamos adrede nuestro mundo a las curvas bellas e irisadas de nuestra burbuja particular. Retenemos en ella el dolor, el afecto y las emociones; y las sopesamos y criticamos sin dejarlas escapar, por lo que crecen sin que nadie se pueda dar cuenta salvo nosotros, y llegado el momento, explotan y nos arrasan a nosotros, dejándonos tirados contra el suelo de nuestra esfera, rotos de dolor y sin que nadie pueda consolarnos. 

He aquí unos ejemplos de entes pensantes que cierran los ojos y se recluyen bajo la férrea llave de su propia personalidad:


A es una persona puntillosa, de maneras metódicas y de grandes ambiciones. Su mente se centra única y exclusivamente en aquello que le pueda servir para el futuro, sin que realmente aprecie lo que hace. Para A todo es mero pragmatismo, nadie importa salvo ella y su futuro, y todo aquello que supuestamente es de su agrado queda irremisiblemente relegado a un segundo plano al que jamás se digna a mirar.

B es sonriente y afable, de maneras tranquilas y siempre pensativa. Desde una visión ajena e incluso exhaustiva da una sensación de simpatía y animosidad que siempre agradan. Pero en su inquieto interior, B piensa y analiza todos los gestos, todas las palabras, las frases y las entonaciones de los que la rodean. Está convencido de ser blanco constante de burlas y chismorreos, y eso le hace sufrir y llorar. B mira a su alrededor como un tigre en tensión, aguardando el momento de defenderse de lo que en realidad no existe. Está aislado irremisiblemente y su existencia se limita al dolor.

C es consciente de su talento y disfruta haciendo lo que le gusta, pero se siente continuamente amenazada por si es eclipsada por cualquier persona ajena a ella, alguien que pudiera tener un talento superior y dejarle por los suelos, sin que jamás pueda llegar a alcanzar sus sueños.

D es una de esas personas que piensa que todo es perfecto, que jamás pasará por un mal trago y que si en algún momento de su vida alguien busca consuelo por haber sufrido una desgracia, intentará apartar a dicha persona para que su dolor no le pueda afectar a él.

E trata de seguir la moda desesperadamente, buscando una y otra vez las frases y gestos que le hagan parecer más guay, y solo sigue a los grupos musicales que son mayormente aceptados y alabados por aquellas personas de su edad. Su vida es una existencia vacía, y cualquier insinuación a dejar de ser así lo pone sobre aviso y es rechada inmediatamente.

F, por último, es una persona que jamás escucha a los demás, porque piensa que solo ella es destinataria de todas las desgracias del mundo y que absolutamente nadie le puede comprender. Una conversación con F tratará única y exclusivamente de su persona, y cualquier desvío de ese tema que puedas intentar será rechazado como si no tuviera la suficiente importancia o como si no quedara a la altura de las penurias de F.

Estas, en fin, son personas aisladas del mundo, cegadas por su propia persona y supuesta importancia, son personas que viven en burbujas que reflejan los colores del mundo pero que les impiden verlo en su totalidad. 

Algún día sus respectivas burbujas se romperán, y la cruel y desgarradora fuerza del mundo podrá con ellos. Y el choque será brutal, quedarán aniquilados y ese será su fin. 

Pero no es fácil juzgarlos, sobre todo sabiendo lo hermosas que son las burbujas, y lo terriblemente difícil que se hace romper una especialmente bella y grande.

Sobre todo cuando no se sabe de su existencia.





sábado, 1 de septiembre de 2012

Carta a mi yo del futuro

Estimada yo del futuro:

Te hablo como un simple salvoconducto que puede servirte para ayudarte a traspasar esas fronteras de obstáculos inhumanos que tan continuamente nos empujan a hundirnos en el lodo. No es que crea que no vas a poder superarlos, más bien intuyo que te servirán de refuerzo para más problemas futuros. Pero temo la transición del problema a la salvación. Temo por ti cuando mires hacia delante, y tus ojos no vean más que nieblas y tormentas en el horizonte. Temo por ti cuando una noche te acuestes y piensas que qué jodida es la vida, menudo asco tener que levantarse mañana cuando, al fin y al cabo, tan solo te levantes para ir a empeorar algo que ya de por sí está acabado. Me levanto, pensarás, para hacerlo con dignidad, porque quedarme entre las sábanas llorándole a la almohada a punto de empaparla entre lágrimas saladas no es una opción factible, no es digno. 

Temo también por ti cuando te mires al espejo, y tu rostro ya adulto esté enrojecido por el llanto y falto de vida, cuando tus párpados caigan en pesada somnolencia, cuando te odies por haber nacido, cuando mueras de dolor sobre el suelo de tu casa, sola y angustiada.

Temo por ti cuando no seas más que un alma en pena, desganada y descolorida, que está en el mundo por mísera obligación, mientras tu mente caiga en las tinieblas del valle de la pena y la depresión.

Por eso vengo a decirte, y espero ahora la ingenuidad o la inexperiencia que no tengo más remedio que soportar por mis escasos años de edad no interfieran en mi declaración, que fuera de cualquier observación malintencionada que provenga de ajenos, fuera de obstáculos y depresiones, fuera de cualquier ente aparte que te haga pensar en ti como algo inferior... lo cierto es que jamás podrán aprisionarte, nunca podrán hacerte suya en sus desvaríos. 

Eres fuerte, portentosa, más que eso, eres única. No hay presunción, ni modestia, en tal afirmación. Todas las personas lo son. Y como la que más, vales tu peso en polvo de estrellas, tu mente en astros del espacio superior. Ninguna niebla puede enfriar tu ánimo, ninguna cuerda áspera ni delicada atará tu cintura contra un árbol. Jamás debes dejarte caer en ese abismo profundo de la depresión, porque sobre el abismo siempre hay cuerdas errantes que te ayudarán en tu camino a la ascensión.

Utilizo esto como mera forma de visión objetiva cuando no tengas a nadie que te ayude a comprender tu  belleza. Cuando pienses que no eres nadie, que no existes; que en realidad es todo lo contrario, que estás viva y eres alguien pensante, con capacidades e ideas, sueños y alegrías que nadie jamás podrá arrebatarte.

Que las palabras hirientes no son más que mierda en boca de necios, las zancadillas en terreno resbaladizo son puestas por patas de asnos , y el odio no es más que un sentimiento vulgar que para nada afecta a tu forma de ser.

Ni una sonrisa burlona deberá aparecer en tu rostro cuando seas mayor y leas esto, porque la naturaleza está siempre cortada por el mismo patrón y todos los problemas son igual de difícilmente superables a todas las edades. Cualquier depresión pequeña en una edad a su vez pequeña puede ser tan horrible como una depresión grande en una edad grande, y tan superable como una pequeña a una edad grande.

Puedes ser la reina de lo que tú quieras, llegar tan lejos como lo desees, y frenar cuando lo consideres oportuno. La vida debe ser vista con objetividad y, al contrario de lo que se piensa, nadie nace con ventajas, ni riquezas ni talentos pueden ser superiores.

El mal no te busca, tan solo arrolla a su paso lo que encuentra y, una vez destruido, siempre se puede volver a construir. Y recuerda que empezar de cero hace rectificar los errores.

Y el mundo es grande, brillante y hermoso como un sueño suspirado al cielo una noche de verano. Como el mar, como las olas que en cada pliegue de su superficie reluce la luna como una pincelada blanca en un retal de terciopelo negro.

(Y nada, recuerda, nada, puede evitar que tú nades entre las olas...)






miércoles, 1 de agosto de 2012

Y para qué

Y todo está ahí, ¿sabes? le dijo la maestra al niño, todo está ahí, en ese libro de tapas de colores tan fácil, tan bonito. Tan simple. Lo sumas y lo restas, y abajo pones tu nombre y si te apetece pintas esa flor tan bonita de color rosa. Pero todo está ahí en ese librito, los mapas, las matemáticas y la lengua. ¿Quieres aprender? Pues ahí lo tienes. Todo para ti.


... ¿Cuánto tiempo pasó desde eso?...


Y ahora esas peleas de mala muerte,  que al día siguiente no son más que esbozos de la nada, y ese café que te deja la lengua áspera. Y para qué, si no te gusta, si no es lo tuyo, si lo repeles. ¿Camiseta ancha, ajustada, larga, corta? ¿Cuál de ellas impresionará al personal? Si le añado un cigarrillo atracado entre unos labios escarlatas, como de sangre y dolor, tal vez consiga sus miradas. Tal vez. Y es que se ahoga entre la presión, que no hay sangre sin lágrimas, que ellos están ahí, tras las botas de tacón de aguja y las motos destrangis en la noche. 

Qué grotesco el maquillaje, a raudales corriendo por las mejillas, sobre los párpados, y no es sutil como una hoja, sino cruel y estrambótico. Manchas de sangre en un rostro originalmente bonito, delicado, hermoso. 

Y el espejo ante ella,  y al final quién le dice su belleza, quién le reserva una caricia, quién le enseña a salir a la calle con esa falda sobre los muslos, cohibida y segura a la vez, pensando que levanta expectación. Y tal vez lo hace. Y qué horror, qué enorme falta de dignidad, tanta gente, tanto sudor sobre la carne al descubierto, la morena y sudada piel una sobre las otras, todas juntas al compás de una música que no merece llamarse así.

Y qué, qué más da, piensa ella, qué más da si se apaga una estrella. Porque las estrellas están ahí, y de todas formas qué más da, qué importa si una se apaga, qué importa, si habrá otras cientos de ellas ahí esperando su turno a que alguna divinidad apague ese interruptor que les da la luz. Y qué más da esa flor entre el asfalto, si total no ayuda a nadie. 

Y todo eso lo piensa ella, piensa "qué más da todo", enfundada en un bonito abrigo de plumas negro, o una camiseta de tirantes azul celeste, sobre unas botas negras de tacón que cortan la respiración. Se relame los labios, esa lengua redondeada y sonrosada, tan natural como respirar, sobre sus labios de sangre, descoloridos por los besos y la noche, artificiales y chillones, una alucinación desagradable a la vista. Yo vivo, la noche es mía, soy la reina, tengo amigos y...

Y se derrumba.

Porque no tiene nada, y esas noches de cigarros bajo las luces de neón, los cafés intempestivos, la boca inundada de besos sin sentido, las risas delante de los parkings, borrachos de algún néctar defectuoso a más no poder... no eran más que ilusiones.

Se derrumba sobre las baldosas, ese granito usual y endurecido, que le aguarda como si ya supiera lo que iba a ocurrir. Ahora lo entiende, lo asimila, se juzga a sí misma, se entiende. No era nadie, un títere, un muñeco de colores chillones que enseñaba los muslos, que se odiaba cada vez más mientras que trataba de guardar las apariencias, que para ella lo eran todo. Mira, ¿ves?, se dice a sí misma con el rostro contra el suelo maloliente, aquí tienes lo que te esperaba desde hacía siglos: una caída, un golpe en la cabeza y el retorno a la dura realidad.

Eres tan bonita, se asombra a sí misma, un pájaro que aún no ha aprendido a volar, que se desvive por el alimento, chillando y alborotando, aunque tenga la comida al alcance de la mano. Podría llegar tan lejos, ella y sus energías, pero las ha desperdiciado en las noches de locura, y en esas lágrimas caídas en la almohada cuando no se sentía satisfecha, porque todo en su vida era igual, una locura insípida. Los cigarrillos sabían todos igual, y esos besos sin amor no eran más que un roce de labios sin significado.

Tantas palabras derrochadas...


¿Quieres aprender, verdad? Hay distintas formas de hacerlo. Derróchalo todo, núblate la vista de drogas, embota tus sentidos y vuélvete sordo a los ruegos ajenos. Cae entonces sobre la calle, humillado sobre el frío y sucio suelo, siéntete a su nivel sabiendo lo que has sido y lo que eres, date cuenta de todo lo que has hecho, júzgate y entiéndete a ti mismo, hundido en una dignidad inexistente.

Todo está ahí. Y entonces ya lo has aprendido.







lunes, 30 de julio de 2012

Valle a cielo abierto

Casas en orden inconexo abren ante mí un mar de mareas pequeñas pero intensas, mareas de vidas entremezcladas y avasalladas con tejados y ladrillos.

No hay nada en ellas que merezca destacar; los colores pastel, los marrones lisos y feos naranjas desganados y enmudecidos por el tiempo... atrofian cualquier vestigio de belleza pasada o ficticia que tal vez en un pasado remoto adornó tales edificios.

Son cajas de zapatos, amontonadas en un cuarto trastero perdido en lo más bajo de un valle. Ladrillos puestos unos sobre otros, en perfecta y armoniosa monotonía, que forman y sostienen paredes frías y espantosas, paredes quejumbrosas manchadas de graffitis desconchados, y desgarradas por el puñal del tiempo, dejando a su paso la seca sangre de su herida.

Alumbran vidas ajenas, y contemplan en su pasivo plano las familias, familias como todas, familias como ninguna en sus desvaríos, virtudes, defectos y elegancias. Paredes rellenas de hombres cansados, exhaustos del trabajo, personas inteligentes que ocultan su chispa bajo una mirada indiferente. De personas ambiciosas,   de pobres desgraciados de mirada retorcida y maliciosa, de niños y niñas que se preguntan (en su indecible inocencia) el porqué de esas señales de tráfico rotas y mancilladas.

Albergan en su seno ancianos tranquilos que deambulean por las calles con las manos a la espalda, y juzgan a las nuevas generaciones con el rigor de las suyas ya pasadas. De ancianas chismosas que se paran en los portales a echar una partida de parchís con la dueña de la casa, a la que conocen desde que eran niñas.


Son calles de adoquines desgastados y tortuosos, de ese sol haciendo arder con rabia el hierro oxidado de las barandillas de los balcones. De esos geranios coloridos que aportan su granito de arena para intentar embellecer su entorno. De las esquelas de difuntos en la pared del ayuntamiento, del ama de la casa barriendo con saña su puerta para borrar de su calle los tormentosos y horribles restos de papeles y cáscaras vacías de pipas.

Son personas y más personas que caminan juntas sin verse, sin entenderse.

Son vidas y más vidas, hechas polvo del cansancio, del trabajo que conlleva llevar las cosas adelante, el dolor de la muerte, los huesos doloridos y los hijos de marcha entre risas, porque saben que al volver la comida estará caliente en la mesa.

Son personas de alma y corazón, inescrutables a los ojos ajenos, bellas personas malas y buenas, sin derecho a juzgar pero haciéndolo constantemente, con las cualidades y las penas de un león rugiente. 

Son personas, entre el yeso y los ladrillos ahuecados, dentro de cajas de zapatos con el cartón arrugado por la humedad de las lágrimas. En un valle a cielo abierto que todas las mañanas presenta su sol por el este y lo esconde por el oeste, y les deja el regalo de las estrellas sobre el terciopelo negro de la noche.

El mundo les observa y cada paso que dan se lo dificulta. El mundo conspira para que los delicados tacones de aguja resbalen entre los adoquines y quiebren... para tornarlos más fuertes o hacerlos perecer en la batalla.





lunes, 23 de julio de 2012

El ciclo

El cielo. Por el día, el sol cambiante, en línea recta su camino de metros humanos que esconden años luz tras su simpleza aparente. Es el corazón del mundo tornado en blanco cegador, de brío poderoso que no nos permite contemplarlo a los ojos. Él no quiere, no le gusta. Prefiere marcar su poder, su territorio, su dominio de nuestro mundo para que todos sepamos que a él le debemos la vida y que por él estamos aquí.

Las nubes son damas caprichosas, de gustos caros y vistosos. Enroscan sus cabellos en torno a sus ojos de luz, que revolotean en torno a sus rostros como una tormenta de arena, y se entretienen adoptando formas acordes con el viento.

El viento se retuerce sobre sí mismo, y los miles de hombrecillos invisibles que lo forman corren, gritan y juegan en perfecta sincronización mientras cantan una canción suave o furiosa, mientras abofetean los rostros de las personas, hacen volar los papeles o remueven con desgana el rubio cabello de un mozo del pueblo. Son traviesos y en ocasiones maleducados, como aquellos chiquillos que gozan de la libertad absoluta y hacen lo que les mejor les parece, causando así estragos a su alrededor.

Los duendecillos del viento tienen en un poder una carpeta invisible que contiene un sinfín de dibujos invisibles, creados por ellos. Solo las nubes tienen el poder de ver esos dibujos. Ellas se entretienen seleccionando los dibujos en los que van a tornan sus cuerpos escurridizos. Gozan con los trazos suaves, las curvas anchas, los detalles casi imperceptibles... Las texturas esponjosas, la suavidad del algodón... Aman los colores claros, y el blanco impregna sus cuerpos cuando el sol brilla con todas sus fuerzas y el tiempo es bueno. Aman el rosa claro y el naranja atardecer para las puestas de sol, embellecen sus tonos y sus miles de formas recién adquiridas con los cálidos tonos pastel.

Se visten con opulentos trajes con forma de cocodrilos, de dioses, de manos extendidas, de perros juguetones, de flores paradisíacas, de dulces margaritas blancas...


Sin embargo... ¿cuánto dura una nube con la misma forma? Apenas nada. Malos como el demonio, los duendes que forman el viento empujan el vapor, el agua imperceptible que forma las nubes. Sus manos diminutas deforman las raíces del cielo. Acaban con sus propias creaciones. Sus dibujos hechos realidad acaban arrancados, disueltos, empujados hacia cualquiera de las direcciones que tan acertadamente la rosa de los vientos nos señala.


En ocasiones, la cálida y amable calma y de las nubes se revuelve por esa razón. Sus vestidos, copiados con tanto detalle y tanto cuidado, son destrozados por el viento, machacados por su furia, destrozados por su odio.

El esponjoso algodón rosado de las nubes se torna en pinchos de hierro. El blanco inmaculado de sus curvas desaparece hasta tornarse en gris. En gris frío, de lluvia, de neblina. Las nubes se acumulan sobre sí mismas, se tornan más fuertes, se oscurecen, se robustecen. Se vuelven  de dimensiones colosales.

Hartas de las travesuras del viento y de sus destrozos causados, la lluvia cae, impertérrita, como castigo natural, con su ira contenida suelta otra vez sobre los campos, las ciudades, sobre las personas que no acertaron a protegerse contra las fauces del tiempo.

Y el viento contraataca con su enfado, sus rabietas de niño pequeño. Todos los duendes invisibles surgen como un torbellino que trata de atravesar las lanzas de plata pura que son la lluvia lanzada por las encolerizadas nubes.

Tarde o temprano hay un pacto. Las nubes se aclaran, relajan sus músculos, se dispersan. El viento amaina, la lluvia hace una pausa. Como un buen niño, el viento se retira durante un rato y las nubes pueden vestirse tranquilamente con sus dibujos, experimentando telas, colores y formas.

El viento, como buen niño travieso, volverá tarde o temprano y el ciclo, como en todos los casos que suceden en la naturaleza, volverá a repetirse, una y otra vez.

En todos los casos, después de la tempestad viene la calma y después de esa calma, la misma tempestad de nuevo.