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miércoles, 12 de septiembre de 2012

No hay tumbas con mi nombre solo porque aún vivo

Tengo una bala de plomo, pesada y certera, ingresada en lo más hondo de mi corazón. Es una inquietud leve  pero constante, un sonido inmutable y agudo, persistente en mi cabeza, que no me deja dormir, ni pensar, ni desear, ni ser feliz. 

Es una triste forma de soledad, una sensación de no saber, de no entender, de no querer, de no ser querida. Una montaña de evidencias en forma de duda, una avispa diminuta y densa, que me zumba en el oído y me hace pensar que no soy necesaria.

Pienso a veces que desechan mi voz como si mis palabras no merecieran atención, como si el criterio ajeno decidiera, sin malicia, solo con objetividad, que no soy digna de ninguna mirada, de ninguna curiosidad. Saber que tu voz es livianamente escuchada pero jamás aceptada, nunca realmente considerada, un molesto vaivén del viento entre las hojas, una nube más en el paisaje, que se mira pero se olvida. Un vacío en la memoria, nada meritorio de ser recordado, una flor marchita de la cual nadie lamenta su falta de vida.

Mi voto se esfuma, no tiene valor, mi criterio no es suficiente, no existe, no vale, no sirve. Es un grano de arena que se hunde en el mar y no regresa a a superficie, es algo ilusorio.

Soy irreal como un ave fénix, ardo en llamas y renazco en mi propio mundo, y al despertar ya no hay alas, ya no hay fuego, no hay emoción, no hay vida. Tan solo hay una sombra sin nombre en la que nadie se fija. 

No hay tumbas con mi nombre solo porque aún vivo.
No hay tumbas con mi mente solo porque aún razona.
No hay tumbas con mi cuerpo solo porque aún articula.

Tan solo hay vacío donde mis pasos se marcan, tan solo palabras olvidadas, no dignas de tumbas porque aún flotan en el aire, no dignas de atención porque nadie las necesita.

Que esas palabras y actos ajenos que levantan grandes expectaciones en mis labios doloridos no son más que polvo que desaparece al viento.

Soy un solo ente sin finalidad conocida, soy una quimera de los sueños olvidados, soy un trasto desechado, un árbol sin oxígeno. Nunca imprescindible. La hierba muere pero nunca se le hecha de menos, siempre surge otra, siempre evoluciona, más fuerte, más feliz, con más posibilidades. Surge y es recordada, es brillante, es llamativa, es felizmente aceptada.

La omisión marca mi camino, y yo lo sigo, yo continúo, siempre al frente, buscando almas perdidas como yo que me ayuden, que me den la mano y me sonrían...

Almas perdidas e innecesarias que me puedan recordar.







sábado, 10 de marzo de 2012

En nuestra secreta y fabulosa complicidad eran "nuestras estrellas"...

Paredes blancas, suelos grises moteados de blanco. Grandes estanterías repletas de libros que nadie leía. Sillas grandes, cutres, de plástico blanco semejantes a las de los bares. Mesas cuya superficie estaba ribeteada de grabados hechos con tijeras o con compases. Porque la biblioteca de mi colegio es así de deprimente. Porque con tanta “originalidad”, al tratar de estudiar, la cabeza no se mantiene en su sitio. Porque echa a volar…

Y es que pensar que no puedes perder la concentración es ya de por sí un paso para perderla. Pensar que no puedes continuar es un buen método para hundirte en el camino. Pensar que todos te odian es lo mejor que puedes hacer para conseguirlo.

Sueles pensar que lo que dices o piensas no sirve para nada o que tan solo es un simple pensamiento que otras miles de personas han experimentado a la par que tú, antes o después. Porque no hay nada nuevo bajo el sol. Y dejas de ver ese pensamiento tan único y maravilloso como algo íntimo y personal para convertirlo en un vulgar trapo viejo y sucio.

Intentas escapar de un círculo vicioso. Ah… eso es odioso, todos lo sabéis. Tratas de escapar del aburrimiento, del tedio y de la realidad que se masca a tu alrededor. De la rutina, de la normalidad. Tratas de buscar lo fantástico, lo irreal, lo hermoso, lo creativo, lo asombroso, lo sutil, lo fascinante… Y tratas de encontrar todo eso en la tu vida normal. Todo esto es la descripción más fiel de un soñador. De mí, por ejemplo.

Pero no debería estar pensando estas cosas. Debería estar centrada en la libreta de Matemáticas. Debería estudiar para el examen de mañana. Pero las matemáticas son aburridas, y los números son tan fríos y tan faltos de expresión…

"Así encontraba difícil explicar porqué no me sentía capaz, ni tan siquiera por un segundo, de sentirme triste tras lo que había pasado, de pensar que en un segundo había ocurrido el cambio más grande de mi vida, que él ya no iba a estar conmigo, y que su sonrisa ya no me iba a ser destinada... Que aquello tan perfecto había decido esfumarse sin darme una explicación coherente, dejándome en las puertas de la miseria tan absoluta y sin sentido que mi mente fuera capaz de imaginar... Porque no quería pensar que aquellos últimos abrazos ya no había sido sinceros, que aquellas estrellas que habíamos mirado juntos, y que en nuestra secreta y fabulosa complicidad eran "nuestras estrellas", ya solo eran puntos brillantes en el cielo sin significado para él. Decidió ser humo que se deja llevar por el viento, decidió ser algo que nunca debió ser, quiso ser las ambas partes de algo imposible y eso le llevó a una situación indescriptible. Quiso pensar que disponerme a su antojo era parte del trato... Intentó convencerse de que yo podía ser el eterno clavel que espera sin moverse de su sitio, y no entendió que yo era la rosa capaz de herirle con mis espinas de fuego. Amigo... no cuentes más conmigo".

Dios mío… sálvame. No podía pensar ahora en el libro. Pero sabía que él me esperaba en un rincón de mi ordenador, dentro de una carpeta llamada “novela”. Sabía que el ordenador estaba lejos, en mi casa, y que yo estaba encerrada en el colegio, tratando de convertir esta hora muerta en algo productivo.