jueves, 6 de septiembre de 2012

El corazón que goteaba agua

Él estaba allí como símbolo y representación de la indiferencia en su forma más apocalíptica, como un arma de destrucción masiva que, por alguna razón, tan solo me afectaba a mí. Y su mirada cristalizada  me perseguía en sueños, me acosaba. Deseaba verlo reírse aunque solo fuera para ahogar mis sospechas... sobre su corazón.

Tenía esa horrible sospecha hurgando en mi alma, removiéndola, haciéndome caer una y otra vez en un círculo vicioso de la preocupación, el intento de consolación y la caída de nuevo en la desesperación. No dejaba de ser curioso, aquellos ademanes fríos y un vale como respuesta universal a lo más conmovedor. Hay personas, pensé, que lo miran todo desde un lugar aparte, como si contemplaran como le pegan una paliza a alguien desde el salón de su casa, y se limita a llamar a la policía sin necesidad de meterse con los garrulos de turno. La policía llega, los arresta y esa persona mira desde su balcón apoyado en la balaustrada de hierro pintado de negro, algo desconchado por el tiempo. Finalmente, la calle queda vacía y él desaparece tras las blancas cortinas de su salón, seguro y satisfecho de haber cumplido su deber, sin que nadie le hubiera visto, sin que nadie supiera su nombre, su identidad. Y tampoco parece importarle mucho el estar satisfecho, porque tiene la completa seguridad de que, si se los hubiera encontrado en la calle, se habría encogido de hombros y habría cambiado de dirección. O de acera, quién sabe. Si llamó a la policía fue porque, al fin y al cabo, el teléfono estaba a mano. La paliza a él no le afectaba.

Hubo una noche en la que le visité en sueños. Estaba inmóvil, contra la pared, y yo sabía (con esa total e irrefutable certeza que únicamente se puede obtener en los sueños, esa maravillosa seguridad, esa placentera falta de indecisión) que esperaba a que yo confirmara mis sospechas. 

Alargué la palma de la mano y la dirigí hacia su pecho, sin florituras ni caricias, apenas deteniéndome un segundo para comprobar si su corazón latía. Sí, ahí estaba. A un ritmo constante y regular, casi indiferente. Como él. Y lo hice, sí. Hundí mi mano en su pecho, desgarrándole la carne y él apenas se movió. Hurgué un poco más hondo, sintiendo la sangre palpitar entre mis dedos al compás que las venas y los tendones. Quise retirarme y huir de aquel suplicio sangrante, pero él no se movía y no parecía dolido ni moribundo, tan solo curioso. Tal vez también él quisiera saber qué secretos escondía su pecho.

De manera que me armé de valor y mi mano rompió con facilidad aquel tejido mágico de vida, y por fin, lo rocé. Rocé su corazón latente y palpitante, rebosante de vida y energía, que aún quería sobrevivir a mi mano condenatoria. 

Envolví con mi palma el órgano vital, empapado, blando y agonizante, sin mirar. De un brusco tirón lo arranqué de su cuerpo y él aún continuaba allí, apoyado contra la pared. Miraba a mi mano y lo que ella contenía, y una viva curiosidad ardía en su rostro. Era la única emoción que jamás le había visto demostrar.

Cerré los ojos, y sabía que al abrirlos hallaría una mezcla sangrante en mi mano, un órgano, el corazón, las venas, las arterias, todo lleno de sangre, manchado, mancillado. Empecé a arrepentirme, pero la curiosidad me carcomía a mí también y quería ver la razón de mi crimen. 

Miré... en mis manos un órgano aparentemente limpio y reluciente, y seguía palpitando como si desoyera a la Naturaleza. No había sangre, pero todo estaba mojado. Y entonces lo vi...

Era un corazón que goteaba agua.

(Hallé la razón y confirmación de su indiferencia en un simple sueño...)




No hay comentarios: