Con el fin de evitar posibles malentendidos, quisiera aclarar que no es este un texto de fines melancólicamente fatales, con razones de una supuesta vida hundida de manera irremisible en el fango, o el no tener modo alguno de seguir llevándola de manera más o menos decente hacia un puerto seguro, para nada, no se trata de una carta de desesperado desamor ni de tristes razonamientos nublados por la pena, sino nada más que una reflexión marcada por la sorpresa y el sobrecogimiento, basadas ambas en la facilidad expresa con la que se pueden llevar a cabo actos tan drásticos como un suicidio.
Nuestra vida camina en una continua oscilación basada fundamentalmente en la necesidad de evitarles a nuestros seres más allegados cualquier peligro, por otro lado nada más comprensible, en qué lugar quedaríamos nosotros si nos despreocupáramos de algo tan importante, si nos dejáramos llevar por la indiferencia, qué seríamos sino desecho social. Niño, por la acera, que pasan coches. Y así. Y al final acabas pensando si ese discernir de lo peligroso o no peligroso acaba teniendo alguna recompensa, puesto que cualquier cosa podría acarrearnos la muerte, casi cualquier objeto, casi cualquier palabra en unas determinadas circunstancias, todo es peligroso, arriesgado.
Si el suicidio es llamativo por alguna razón, es por romper la regla del instinto humano, la terquedad hacia la continua duración de las cosas, de aquel pensamiento constante e hipócrita consistente en un "ojalá nada de esto acabe y siempre sea así" es decir, estático y duradero, que permanezca sin cambios, que no avance ni decrezca, todo por el estoy bien así, y es que cambiar conllevaría desventajas añadidas que no necesito para nada, quisiera que todo perdurara así tal y como está ahora, en este momento, firme y continuado como un bello cuadro. Que el perro fiel jamás se muera, que la abuela continuara para siempre en su sempiterna mecedora, que mi juventud nunca se hiciera vieja. Que la vida siguiera eterna en su mejor momento.
Y es por ese miedo a perder lo que tenemos, que nos preguntamos hastiados y asqueados como puede alguien tomarse cierta pastilla, como se puede cortar de golpe algo que fue hecho para durar muchos años más, es como una mancha, una aberración de la que apartamos de vista, nos resulta mucho más cómodo así. Jamás queremos llenarnos los ojos de mierda, para eso están los demás, los familiares, los amigos. Porque a nosotros no nos a tocado vivir el suicidio, ni propio ni ajeno, y eso nos reconforta, y este pensamiento colectivo es, de alguna manera, bastante triste.
Pero es que es tan fácil. Por fácil entiéndase el hecho en sí de llevar a cabo el suicidio, aunque no se quiera y no hayan razones para ello, pero de repente te levantas de la mesa y coges el cuchillo (cuya finalidad inicial no era más que la de cortar jamón) y acabas pensando casi sin querer "mira por donde, yo podría hacerlo, aquí y ahora, sin esperar, podría cortarlo todo. Los que ahora están sentados a la mesa nada podrían hacer, ya que no necesito tiempo, apenas dos segundos para presionar mi corazón y ya no habría vida alguna que soportar sobre los hombros, ni preocupaciones, ni pena, ni hambre, ni dinero. Nada de nada. Nada a cambio de la muerte. Diría que compensa". Digamos que tienta, tienta la facilidad y tientas esas consecuencias tan embriagadoras, decirle adiós a todo y a todos, y que el resto de la humanidad se coma el marrón que es el mundo, que yo, por poder, puedo irme ahora y dejarlos tirados. Esperando inútilmente el jamón, para más inri. A lo bestia, sin miramientos. Mira que lo hago, que no me corto. Que les dejo con un bello espectáculo de sangre y carne desgarrada.
Lo que pasa es que, al final, fulano coge el jamón, lo corta y deja el cuchillo, porque la constancia de la naturaleza humana imperan sobre todo lo demás, sobre todo si las razones que se tenían para abandonar el mundo son nulas, falsas, escasas o simples bravuconadas para con uno mismo.
Muchos le llamarían cobardía, pero creo que la vida y nuestra mente actúan como dos imanes de polos opuestos, se atraen y se codician, porque la vida sería vana sin la inteligencia humana, pero de nada serviría ésta última si la vida estuviera muerta, podrida, inservible. Por eso son minorías las que optan por morir, por eso se acaba rechazando tal posibilidad.
Porque antes de hacerlo, nos preguntamos si no valdrá la pena lo que vendrá un segundo después de habernos suicidado, aunque se trate simplemente del jamón o de los comensales que te aguardan impacientes a la mesa, contando contigo y los cuales verían injusto y egoísta que desaparecieras sin más, sin preguntar y sin supuestos motivos, dejándolos más solos si cabe frente a un mundo cruel y mal ajusticiado, en el cual los que puedan han de hacer piña como mayormente se pueda, y en el que abandonarlo constituye un acto de ingratitud y cobardía hacia los que se quedan, formando como pueden esa piña que cada vez va decreciendo más y más...
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