lunes, 17 de septiembre de 2012

Simple cuestión de objetividad

No es por ti, ni por tus maneras. Piensas que mi indignación gira en torno a tu locura, y no es cierto, no es verdad, lo tuyo no es nada comparado con lo que he visto.

Crees que te injurio por ser tú, crees que miro por encima del hombro. Pero no hay nada de eso, no hay odio, ni resentimiento, y menos aún concernientes a ti. Eres tan diferente, pero te respeto y te admiro por tu fuerza. No creas, pues, que me dirigí a ti en ese momento.

He visto la pena personificada en una sola persona. He visto un castillo derrumbado tras unas murallas intactas, he visto una bella princesa oteando en las almenas, en busca de alguien que rehaga su castillo. He visto la desolación en su rostro, y la soledad oculta tras sus múltiples compañías, que poco a poco rompían la piedra de su palacio, que despreciaban todo lo que había dentro. Era el castillo y su princesa quien motivaba mis palabras, no tú.

Es tan fácil sentirse aludido. Es tan fácil caer en el supuesto injurio de quien crees que te odia. Es tan increíblemente fácil ceder a las palabras hirientes, el pensar que sabes el por qué de las acciones de alguien a quien no conoces, a quién ves y juzgas, pero con el que no hablas.

Sé que piensas que hablé demasiado rápido, pero dime, ¿de dónde sacas la confirmación? ¿Por qué replicaste tan rápido? ¿No entiendes que tengo sueños y ambiciones? ¿Por qué hieres lo que no entiendes? Siempre te admiré, a ti y a tu fuerza, pero a veces pienso que hablas demasiado rápido...

Tenemos tanto que ofrecer, todos, tantísimas cosas que dar... Somos tan frágiles cuando nos volcamos en una meta y alguien nos dice, directa o indirectamente (y las segundas casi son las peores), que no servimos para eso, que nuestra vida va a volcar porque no tiene sentido, que no somos nada, que nunca nos recordarán, que debemos seguir la senda del olvido, porque la del recuerdo nos queda grande.

¿Crees que mis sueños son más desechables que los tuyos? ¿He despreciado alguna vez los tuyos? ¿Puedes acaso decirme el verdadero significado de mis palabras? ¿Por qué te niegas a ello? 

No quieres dejarme ascender, o por lo menos intentarlo, pero tantas personas caen... ¿quieres que sea yo una de ellas? ¿No has hecho ya daño suficiente? Ya me hiciste pensar en mis palabras como algo inútil, y ahora dudo de mi lucha anterior. ¡Ahora me pregunto si realmente sirve para algo! 

Ya está. Muerta y desolada, soy un espíritu sin nombre. ¿Deseas una disculpa? ¡Aquí la tienes! Perdona mi supuesto y aberrante injurio. 

Pero no me hagas pensar que no soy nadie, o que mis sueños no son más que restos de cristales rotos. ¿Qué te hizo pensar que mis opiniones no son válidas?

A veces necesito que alguien más me apoye. Alguien que no critique lo que no sabe juzgar. 

(Es una simple cuestión de objetividad...)




1 comentario:

Carlos Barba Carrillo dijo...

Felicidades. Esto se merece un hueco en mi estanteria.