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martes, 11 de junio de 2013

Huella

Vuelve la sombra cierta y cobarde, agobiante, de lo que en otro tiempo fue certeza física a mis espaldas, palabras y movimientos sonrientes bajo el resguardo de una mayoría creciente y aburrida, monótona y voraz, muerta de ansia sobre aquellas tristes demostraciones de un juicio velado y despreocupado, cambiante, cruel en ocasiones.

¡A veces dudo por tu culpa, me revuelco en mis indecisiones, cambio! Y podría haber sido otro blanco aquel que señalaban tus letras, tus frases desordenadas. 

Podría yo haber quedado al margen y hacer olvidar lo que nunca correspondió a esta mente retorcida y singular, o simple y mayoritaria, pero propia y por tanto sensible a mis lágrimas, a tus índices acusatorios -dirigidos hacia un mar embravecido donde muchos residimos y por tanto todos nos damos por aludidos. 

Y tú y tus intrigas danzantes eran tan seguras y tan acertadas que igualmente me hundí en aquel pozo mío de inmundicias apagadas adonde me arrojaste, ente cruel. Tú y mi estilo fuisteis almas engendradas en opuestos y antagónicos puntos del lugar donde moran las personalidades nonatas. Y el tuyo fuerte y angosto dobló lo que fue creado para romperse, para quebrar. 

AHORA SOY CIEGA Y ME DETENGO.

He perdido la ilusión fuerte y valiente que me guiaba allá por donde iba, ahora estoy muerta y perdida sin fuerza ni razón, y sigo allá a quien dice tener razón por no tener yo fuerzas para razonar sus argumentos. SOY UN DESPOJO PORQUE TÚ SIN RAZÓN ROMPISTE LO QUE ERA MÍO.

Arrollabas por el mundo lo que se te ponía ante tu cuerpo atronador, todo lo querías bajo tus pies, bajo tus garras, juzgando, apisonando y dejando atrás a quienes como yo abrazamos al silencio y nos escondemos huyendo de un tornado tan fuerte que lo arrastra todo, que no deja razonar porque lleva a temer ser inferior. Todos tenían que seguirte. Y yo tenía que ser hundida.


Pero esto no quedará así. No se suprime el orgullo feroz y aquella ambición que en otros tiempos me llevó a querer ser mejor y a superarme, porque esos son las virtudes que prevalecen y que de ti me guardan, aunque menguadas y a la espera de una llama que las reviva, porque ahora agonizan como únicas supervivientes de una guerra cuyas principales víctimas fueron todos mis sueños y la fuerza necesaria para llevarlos a cabo.

Sí. DEJARÉ MI HUELLA EN EL MUNDO. Y si no soy capaz de ello, tú irás detrás de mí y tampoco lo lograrás, porque reivindicaré lo que el mundo me niega por ser tan cortos -"azogues, almas cortas"- y tan ciegos y tan débiles.

¿Crees que no? Ahora empiezan tus juicios, tus mentiras multicolores. Tus palabras atropelladas, esa facilidad tan grande para decir las cosas con tanta seguridad.

Como si supieras. Como si supiéramos.

Pero aquella promesa... la pienso llevar a cabo como si en ello me fuera la vida, Y DEJARÉ UNA HUELLA MUCHO MAYOR DE LA QUE JAMÁS IMAGINASTE.


Sí. Con la rabia se es capaz de llegar lejos. Y lo siento. Pero es así.



domingo, 12 de mayo de 2013

Lo siento


Perdón. Lo siento. Perdón.
Podría haberlo dicho hace mucho tiempo, años atrás, pero me venció la cobardía. Lo podría decir ahora, pero me falta el valor. Y podré decirlo en el futuro, pero callaré. Y yo lo sé.
No bastó aquella noche cuando encendí la vela con el perdón en los labios delante de una treinta de gente que no podía entenderlo. Fue lo máximo a lo que llegué.
No bastaron ni bastan las buenas maneras de ahora, las ayudas, las palabras de consuelo, el estar con esas personas intentando ser un apoyo.
No bastan los remordimientos, vuestras caras apagadas, vuestra moral hundida. Yo muero y vosotras también. No es justo.

Porque la vela se apagó.
Las buenas maneras se esfuman cuando mi orgullo reaparece.
Y los remordimientos no os ayudan.

No servirán los actos de humildad. Las palabras fueron dichas y mis labios las enunciaron, de manera repetitiva, mis gestos, mis miradas, mis manos, mis palabras. Mis palabras escritas, mi palabra hablada. Cuántas palabras, cuánto he hablado. Todos los días digo algo, saludos, diálogos, monólogos. Sí. Monólogos. Conversaciones en grupo: perdidas, tristes, obscenas, terribles. Cuánto orgullo he derrochado, cuánta crueldad he desperdigado a mi paso, a cuánta gente he dejado atrás. Cuánto horror y cuánta guerra de silencios en las que ya tenía la batalla ganada.
Cuántas miradas gachas, cuánto egoísmo en mi ambición.
Y qué poca utilidad, qué desperdicio, si a nadie le importa, a nadie le mueven mis anhelos, nadie quiere mis deseos.
Estaré sola hasta que muera. Y moriré perdida y olvidada bajo sábanas roídas y con el corazón tambaleante, el estómago vacío, el dormitorio frío. Y será un premio ganado a pulso en un combate que duró toda mi vida y en el que realmente solo luché yo.
    
Lo siento. No sabéis cómo. Sé que sabéis a qué me refiero, y sé que me odiáis en ocasiones, cuando lo pensáis y os dais cuenta, y que a veces querríais que yo nunca hubiera estado, y que lo pensáis como una solución, un hecho, un pensamiento, una constatación. Para poder hablar.

Porque debe ser eso. Si yo hablo, hay alguien que no podrá hacerlo.
Así que la solución debe ser callar y callar para siempre y sin remedio, sin reír y sin hablar, sin cantar y sin llorar, sin buscar más aquellos ojos azules, sin rehuir la vergüenza de su proximidad, sin moverme y sin temblar cuando esté rodeada y quiera ser como antes, y no poder hacerlo, y querer morir, y acabar muerta por dentro.

Y sentirse sucia y carcomida, y querer borrar un pasado que me hace como soy, y borrarme a mí misma cuando lo haga, y romper lo que me rodea y matar para no morir sola.

Y reír y hablar y cantar y llorar y buscar sus ojos azules y rehuir su proximidad y moverme y temblar.

Y entonces vuelta a empezar.


domingo, 28 de abril de 2013

Bellas Letras

Aquí estamos. Sin ese equilibrio necesario que nunca existió y que ahora se inclina hacia el otro lado, hacia el popularmente coherente y tan necesario como este lado de acá en el que yo me siento tan a gusto y que ahora es desechado y falseado, calumniado, mirado con prepotencia. Sí. Qué bellas las Letras, y qué inútiles ahora, las palabras, y los cuadros, la música y su sonido embriagador que te hace sollozar, y esas pinceladas carmesíes que hipnotizan al alma adecuada, y esas notas furiosas que estremecen los sentidos, y esas palabras que tocan el fondo del deseo y de la humanidad, de la rabia, y del odio y del horror. 

¡Qué ciudades antiguas allá donde todo esto primaba por las calles y por las plazas repletas de poetas y de filósofos sabios, de pintores afamados y reclamados! ¡Qué envidiables aquellos paseos que nunca viví donde la búsqueda de la belleza era un sentimiento aceptado a la idiosincrasia humana! 

Y ahora... ¿dónde están los escultores? ¿Dónde viven los pintores? ¿En qué guarida moran los filósofos, que solo cuatro o cinco son capaces de salir adelante y vivir por su virtud? 

¡Cuántos jóvenes y letrados ansían seguir con su talento y con su pensar divino y portentoso, y es terrible la inmensa mayoría de ellos que acaba sumisa en una muchedumbre que trabaja para lo que no vale y no conoce, y repugna... por ese miedo innato de no tener con qué ganarse la vida! 

Es atroz cómo somos enseñados. Se lucha por acabar siendo técnico en cualquier cosa, sin importar para qué sirve ni para qué se usará, preocupados por llevar un jornal a casa, cansados y aburridos, y sin saber (y sin importar, en el fondo) si con nuestro invento se matará o se destruirá, o si servirá para construir cualquier artilugio inmundo y chapucero, que se romperá a los cuatro días y que mientras tanto sepultará bajo piedras la posible curiosidad por el mundo de un niño. A saber. Estamos, digo yo, demasiado hartos y derrotados.


Tenemos miedo. Yo también. En mi caso, también siento asco. Este mundo nunca nos dará oportunidades. La ciencia se vuelve fría e inhumana cuando empieza a preguntarse: ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, se puede hacer. ¿Todo lo que se pueda se ha de hacer? ¿Quién establece los límites cuando se descontrola la frivolidad del hombre? 

Y, sin embargo, toda esa emoción del hombre del laboratorio ante un descubrimiento inminente, no es más que esa virtud que siempre aparece de querer saber la verdad y de poseer y crear belleza, aunque no lo admita. Pero esa exaltación, créanlo o no, es la esperanza súbita y repentina de encontrarse ante otra oportunidad de encontrar la verdad de este mundo. 

Y eso, sí, son humanidades.


Mientras tanto, mi vida queda relegada a las opciones de supervivencia. No te obligamos a nada, me dicen. Pero ten bien presente que si quieres vivir con desahogo, si quieres llevar una familia adelante sin que se hunda, si quieres estar tranquila, elige esto. Y luego añaden dulcemente: no es mala opción. Es bonito. ¡Mentira! 

¿Estoy condenada a morir zarrapastrosa si elijo para mi futuro el entrar de lleno en el bando de los perdedores? ¡Parece ser que sí! Cada vez son menos los requeridos para ocupar las filas de los trabajadores del arte, cada vez prima menos, es una decadencia inevitable por haber roto el equilibrio fundamental, ahora nos estamos ahogando y yo quiero remontar las olas, pero no tengo fuerza, no la tengo yo sola y jamás seré escuchada, ni leída, ni tomada en consideración. Porque son muchos los que como yo creen poder salir adelante y de repente un muro insalvable de gente les dice -eso sí, con el cariño y la voz dulce de quien se rindió y dejó de luchar- déjalo, ven a vivir de rodillas con nosotros.

Porque es así: estamos viviendo de rodillas en vez de morir de pie.

Y esa decisión es dura y terrible porque no implica una muerte valerosa en el campo de batalla, sino una vida hundida y miserable. 


Y (sobre todo) muchas, muchas miradas condescendientes.



jueves, 21 de febrero de 2013

La colectividad depredadora

Ay. Tengo miedo.


Mis ilusiones... rotas, vanas, inútiles, hazmerreíres. Pequeñas e insignificantes, eran alimento  prolongado de pasiones y mesuras que exaltaban mi alma a alturas inconmensurables, que componen un futuro utópico y ficticio sin posibilidad de realizarse, y sin ella se plagará de esperanzas que ansían cumplirse aún sabiendo que nunca llegarán a buen término.


Cualquier acción en el presente implica una decisión basada en el futuro que tengo a bien imaginar o tratar de planificar, como si eso fuera posible, como si supiera donde me dejarán los años, si varada bajo un puente, acariciada por la seda, mimada por los besos, perdida tras fronteras lejanas... desaparecida y sola, tal vez, arrancada por la muerte a la fría tumba que persiste en tomarnos la mano para guiar nuestros pasos con un cariz suave, sin que nos demos cuenta. Tan suave, tan melosa es la muerte cuando camina a nuestro lado, que a veces nos olvidamos de ella y damos por hecho nuestra vida en los próximos instantes, cuando perfectamente podría ser que nos fuera arrancada. 

Y aún así, qué tranquilidad. Qué dominio para ignorar a la Parca.

Y pese a la muerte, yo quisiera llevar a buen término lo que en un principio me fue dado para ser desarrollado, para la pasión intelectual que llena el corazón y la mente, y la hace reír y llorar y hacer que viva y lata como si de un órgano llameante se tratara mi alma.

Yo, que me doy cuenta de la que gente que se adormece voluntariamente, que cierra los ojos y se abandona sin pensarlo porque están ciegos, ciegos, ciegos. Ellos se arrojan a una superficialidad de la que no anhelan salir, sino que se encierran, se envuelvan, la respiran, la besan. Y que todos estamos de lleno en una gran superficialidad, sí. La diferencia está en quien intenta salir de ella y quien se queda encallado, como esos grandes, descomunales, barcos de rozan las piedras y allí se quedan y se hunden, sin que se les ocurra la posibilidad de echar los botes al agua para salvar la vida...

Yo, que sufro por estar trabada y ser consciente, muy consciente, de lo que me espera por ser quien soy y haber dicho insensateces que ahora pasan factura amenazando con arrancarme la vida.

Yo, que solo deseo crear líneas bajo líneas y saber y contar y explicar y entender.

Y correr, zafarme, escapar de las condiciones que me crea la colectividad depredadora...


Yo, que quisiera y soy consciente, no puedo.


Ay. Tengo miedo... de acabar mis días habiendo tomado la decisión equivocada y haberme condenado así a noches de futuras lágrimas, que son causa de una vida políticamente correcta.



domingo, 10 de febrero de 2013

1. Retazo de la novela


(Adjunto aquí el primer retazo subido a este blog de la novela que estoy escribiendo. Pertenece a la segunda página. Es posible que en un futuro acabe cambiando, pero de momento así lo he escrito).

          –Qué sentimiento tan despreciable, la crueldad –le comento al dibujo. No habla, no siente, pero calla y no dice nada, tan solo me da la sensación de escuchar, que es lo importante y lo que me reconforta. Ni sus líneas malgastadas le hacen parecer menos real. Él es el depositario de mis penas y así fue desde siempre, desde que la última persona de este mundo me dio de lado y me olvidó o por lo menos quiso hacer que me olvidaba para no meterse en líos y salir bien parada de mí, la carne de cañón por excelencia–. Lo odio, lo odio, es el que más me repugna, el que me asquea y el que me hace llorar. Es la causa de todos los males, la crueldad en todas sus formas: la indiferencia consciente, las burlas en público, el cariño que da la espalda a sabiendas de lo que hace y sin motivos. Ojalá nadie fuera cruel, no es necesario, es inútil, es fuente de lágrimas amargas, amarguísimas, y a mí me destroza la vida. A otros, en cambio, les hace subir en un pódium social del que aún no se ha demostrado su utilidad, porque el que por él trepa al final acaba desecho y ciego, muerto por dentro. Ancianos encorvados se inclinan sobre el suelo, hacen recuento de su vida y desean: ‘ojalá nunca hubiera sido cruel. Si no lo hubiera sido ahora no estaría aquí, solo y carente, llorando por quién en su momento la vida destrocé y lo ahora no puedo arreglar’. Y otros en cambio mueren inflados en su crueldad y con la sonrisa en los labios hinchados de frases desalmadas: ‘Ah, qué bien muero, muero como un rey, habiendo pisoteado hasta el final las vidas que por delante se me pusieron en el camino y que no tuvieron la prudencia de alejarse. O más bien, algunas las busqué yo deliberadamente, para imponer mi poder y hacer saber al mundo que tengo la virtud (¿virtud?) de imponer mi voluntad y mi deseo aunque éste sea innecesario o atormentador. Y no se trata más que una forma de asegurar mi territorio’. Y así, el cruel expira y muere. Con sus últimas palabras huecas en la boca desdeñable.
          Empiezo a reír con convulsiones histéricas: los monólogos frente al boceto son desde hace algún tiempo cosa usual en mi persona y a menudo me hacen llorar o reír falsamente, una risa amarga y desprovista de alegría, porque no hay monólogo en el que no exprese sentimientos acerbos que despierten el odio y la rabia en mi persona.
          –“Soy un ente de ficción” dijo Unamuno –proseguí tras mi arrebato–. Y lo dijo porque llegados a un momento de vida pensó, y pensó, y pensó, y tuvo un arrebato, una locura (como la que yo acabo de experimentar) y sintióse solo y perdido en la verdad, sintió que nada puede ser cierto porque ningún argumento en jamás irrebatible, y eso hace que nuestra existencia sea cuestionable, o que tal vez dependamos de la ficción ajena. Quién sabe y quién entiende. Nadie, yo no, desde luego. Ni tú, Liz. Pequeño muñeco inerte, como escuchas y como entiendes, porque tú eres yo y tú eres mí y solo mía. Con querer apenas podría romperte en pedazos y sin embargo seguirías existiendo, porque tu alma no depende de ese trozo de papel en el que estás pintada, sino de mi mente que nunca podrá romperse. Espera, ¿nunca, digo? Quién puede saber lo nunca será… Y así, aunque en trozos te encuentres, e incluso quemada en la lumbre, tú seguirás existiendo y tu historia seguirá vigente en mi cabeza, porque es allí donde se desarrolla tu historia, en mi mente. Tu papel, mi carne… todo es una excusa, una manera de dar forma a nuestra mente. Somos invenciones espirituales de alguien superior, y la vida nos fue dada en un cúmulo de huesos que nos limita. Como tú, pequeña Lizzy, que no puedes sonreír porque la tinta ya está trazada y te muestra seria, por lo que siempre te verán así los necios que tan solo se fijen en mis trazos. Pero yo, que puedo y sé ver lo que hay en ti, sé eres capaz de sonreír, y de besar y de llorar. No somos carne, no somos papel. Somos alma, pero eso sí, alma de cuento y ficción inventada por quien de momento no podemos conocer.
         >> ¡Muérome a veces, triste y sola, no mi carne, sino mi alma! A veces, sola y quebrada por aquellos que me insultan, caigo y muero sin morir. Y en el pozo inmundo, infecto, de los horrores mi alma cae y piensa en quién será su dueño y quién creó su vida y sus pasiones que me hacen ser quien soy, yo y nadie más que yo… y tan insignificante y odiada por todos, ¡que desearía que mi carne también dejara de latir para desaparecer yo sola y no dejar más lastres de mi paso!



martes, 15 de enero de 2013

Las pequeñas libertades

Es indudable lo razonablemente rápido que las personas (o la gran mayoría) son capaces de ponerse de acuerdo en una serie de conceptos básicos y, por ello, difícilmente discutibles. Hablo de esa serie de valores que todo el mundo defiende con pasión cuando se exponen de manera teórica, aunque bien es cierto que los más básicos (matar, robar, insultar) generalmente son rechazados en sus niveles más simples porque, como todo el mundo sabe, matar está mal. Por suerte.

Hay, sin embargo, un conjunto de libertades más ambiguas, mas sutiles y más complejas que por su misma fragilidad son anuladas por la sociedad, quebradas y rotas hasta la saciedad o, más bien, ocultas como si no valieran la pena y fueran basura que no mereciera consideración alguna. La masificación irreverente al alma que maneja los hilos de las masas, tan volubles y a la vez tan simples y tan constantes, tan charlatanas y tan vacías de significado... esa masificación es la que anula voluntades y suprime libertades. 

Cuántas veces habrán podido negarme esto, ojos de chabacana y plagiada madurez irreal, sabedores por su expresión de todos los misterios del mundo y, al parecer absolutamente conscientes de la diferencia entre el bien y el mal, sin darse ni la más remota cuenta de su figura de peleles rotando en el viento y dejándose llevar, pensadores innatos de que van en contra de las masas cuando en realidad las siguen con obsesión casi ciega y carente de valor, interés o sentido alguno.

Estas libertades no son en sí misma impedidas, ni paralizadas por medio físico alguno, sino que son despreciadas. Relegadas. Burladas de tal manera que nuestro instinto inherente de permanecer en grupos, en una sociedad, acompañados, escuchados, tomados de la mano, sabedores de compañía, de que para nosotros la soledad no existe, nos hace huir de esas libertades que en fondo ansiamos pero que son tenidas a menos por el grupo. No son abiertamente negadas, pero sí extrañadas. Son el anzuelo natural de las miradas extrañas. Y qué osadía ha de tenerse para seguir adelante afrontando soledades inciertas pero posibles, para negar lo mundialmente aceptado. Y no son diferencias pequeñas, de las que actualmente todo el mundo defiende, orgullosos de ser distintos, de ser raros. Y ya de por sí es moda, lo cual puede sonar paradoja pero ni de lejos lo aparenta, porque realmente no es más que un círculo que rota y rota y rota de mayorías que jamás cambian las condiciones elementales de ese contrato al que someten sus vidas. 

Son libertades ínfimas y tenues, vaporosas y menudas como esas sedas límpidas que constituyen la belleza de las vestiduras... o en este caso del alma.


En una clase cualquiera de un instituto cualquiera de una localidad cualquiera, un niño no habla nunca con nadie y permanece siempre sentado a la espera de enseñanzas, sin amigos (o al menos allí, en su instituto), sin compañía, siempre mirando al frente y con los brazos cruzados, en sempiterno silencio.

En un caso teórico, todos convendríamos en que lo último que debería hacerse es meterse con él. Porque el hablar o no hablar, se argumenta, es cosa suya y de nadie más. 

Cuando esto ocurre en la vida real, esa libertad se suprime y queda anula, como si el chico X estuviera en la obligación de trabar amistad con sus compañeros. Entonces se juzga rápido y mal, se le tacha encuadrándolo en una serie de etiquetas de las que no puede escapar. Marginado y antisocial. Raro. Burla. Chanza. Desecho. Diferente. 

Y ay la de razones que se tienen para hacer las cosas, ay la de pensamientos que surcarán la mente de ese niño, los motivos de su silencio y de su mutismo, de su aislamiento, ay el dolor de ser tan rechazado cuando se es por causa propia y ay cuando se empieza a creer todo lo que se le dice.

Marginado y antisocial. Raro. Burla. Chanza. Desecho. Diferente. 

Estás obligado. Obligado a reír, obligado a salir, a beber y a ser idiota. Obligado a cantar y a bailar y a hablar y dejar tu voluntad a un lado, obligado a ser arrastrado como un muñeco y a no poder elegir, y a comportarte como todos los demás para no ser burlado ni insultado. Para no ser tratado con la suficiencia de quien nada sabe y todo dice aunque no suelte más que huecos por la boca.

Obligados, sí. O no. Ojalá yo pueda recuperar las pequeñas libertades de las que aún soy consciente.

Las otras estarán perdidas para siempre, al igual que un pedazo de dignidad desprendida y ahogada por la presión de un mundo transformado en una masa dominada, ciega y obsoleta.



lunes, 17 de diciembre de 2012

Érase un dominante deleznable

          Érase el dominio impuesto por los modales llamativos, los gritos, los ademanes violentos. Érase todo aquello carente de gracia alguna, belleza o dominio real, no más que una forma de usar el miedo ajeno para imponer la propia persona. Se usan así las palabras desdeñosas, las risas crueles, las miradas hostiles, el puño en alto, la amenaza implícita en cada paso. 

          El dominante más extendido es aquel que se rodea de cobardes allegados reunidos en torno a él para sentirse protegidos de su iniquidad y pretender llegar a ser un abyecto villano de su estatura o nivel algún día. Este dominante se aposenta frente a ti y busca tu ridículo inmediato, recurriendo a tu atuendo o aspecto físico, es decir, una forma sucia, fácil y barata de regodearse y ponerse sobre ti.

          En cuanto intentes plantarle cara o simplemente decir esta boca es mía, el dominante se echará a reír ridiculizando tus palabras, como si no fueras digno de escuchar o no merecieras ni una mínima atención (que él, por supuesto, tratará de acaparar al máximo). Pero, sobre todo, haciendo constar que lo que él ha dicho queda muy por encima de tus propias observaciones, aunque éstas nunca hayan llegado a su realización final.

         Son seres egocéntricos, simples y ridículos que se distinguen por sus risas desaforadas en alta voz (para que el mundo sepa que están rodeados de una amplia multitud y que para nada están socialmente marginados), por la exposición de sus más llamativos planes para el fin de semana de una forma harto grotesca y exagerada, enumerando el número ingente de personas que acudirán y la exuberancia de chorradas que se llevarán a cabo en ese momento. Todo esto tiene como fin, claro está, que el resto del mundo (ay, qué triste es la vida de nosotros, pobres dominados de turno) se entere de que son personas sumamente solicitadas y que tienen planes, amigos y alguna botella de vodka guardada para la ocasión (generalmente cercana) en el fondo de algún cajón poco frecuentado. 

        Érase un millar de salidas lingüísticas absolutamente fuera de contexto, léase "¿Qué miras?" o "¿Eres tonto?" o alguna broma absurda, de mal gusto y por descontado mal narrada, que no viene a cuento y que delata como nadie la idiotez máxima y expresa de quien la cuenta entre risas y rebuznos que chorrean basura disfrazada tras la ropa de moda, las observaciones maleducadas y dañinas o de la mirada que quiere decir "soy más que tú".  Rebuznos alimentados por los programas de televisión absurdos, por una publicidad de porquería que casi te obligan a metértela por los ojos, de ese estereotipado explícito que siempre llevan en el porte, en las palabras, en los modales.

       Ese orgullo sistemático y dañino que sienten tras haber herido las almas ya pisoteadas y tras saberse inútilmente dominantes...

          Como pavos reales que se hinchan y alzan las colas, y su sonido al abrir el pico resulta ridículo y penoso por pensar que en realidad es glorioso y magnífico...


          Y, finalmente, érase la muerte del alma de quien finalmente acabó creyendo, pobre víctima, que realmente era la basura que continuamente le repetían que era, a fuerza de ese incesante vaivén de insultos y risas crueles, enfermizas, que acabas degenerado por dentro, roto y quebrado...

            Descanse en paz la mente frágil que una vez murió fracturada sin cimientos que la contuvieran y que ahora yace en algún lugar de la memoria que quien no pudo aguantar lo que no era más que la cola de colores de un dominante deleznable.
           


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Monólogo de soledad

En el interior de un espacio paralelo, o tal vez tangente, la mente de una niña vuela y se pierde, se va y vuelve, emerge y se sumerge, está indecisa, no sabe, no entiende, no comprende. No sabe si está llorando porque ya no tiene consciencia física, ahora solo es capaz de pensar y de buscar un por qué que realmente jamás entenderá, o tal vez sí, depende de cómo lo mire. Esta niña es un ejemplo global de todas aquellas que sufren acoso por sus propios compañeros de colegio, o instituto, da igual, la inmadurez cada vez engloba más edades y ahora no tantos niños de doce años son tan inocentes como antaño. Pongámosle trece años, no hace falta el nombre, ella no es más que un ejemplo representativo.  Habla consigo misma. 
Tal vez escuchar su voz le calme o le haga ser más lúcida ante la irreverente realidad.

-Me gustaría saber qué les he hecho, en qué les llamé la atención como para que me eligieran a mí y solo a mí de blanco de sus dardos fríos, como si no hubieran más personas en el mundo más culpables que yo, de cualquier cosa, no importa, yo no soy nadie y no significo más que diversión, jamás les hice nada, ni les insulté ni me rebelé. Imagino que no fue más que instrumento para quedar bien, pero no soy capaz de razonarlo y menos aún de justificarlo, como me he sentido querer morir y no poder hacerlo, nunca ser capaz de cerrar los ojos para siempre, nunca me moría, no era capaz, mi cuerpo testarudo aún seguía latiendo contra mi voluntad. Y lo pensaba de verdad, me odiaba a mí misma, me odiaba y mi propia persona me generaba pensamiento de desprecio, por no encararme a ellos ni ser feliz, de dejarme someter y arramblar sin razón, que realmente no había pretextos válido, era su inmadurez y su falta de conocimiento lo que les hace humillarme, realmente no es que piensen que soy fea, patosa o imbécil, sino que en su reducida cabeza los insultos y las risas crueles les crecen ante los ojos de sus amigos, de manera que les imponen su poder, es un aviso: 'mira lo que le hago, si no te andas con cuidado el próximo serás tú y no pienso cortarme, este es mi territorio y no tengo intención de perderlo'. No siempre soy capaz de pensar tan lúcidamente como ahora, normalmente les creo, me creo sus mentiras, me creo que soy una birria humana y que no le gusto a nadie, me creo que no tengo amigos y que todos me dan de la lado, que a la hora de verdad no hay hombros sobre los que apoyarte, en resumen, que nadie me quiere. 

>>Me siento como una sombra que nadie es capaz de apoyar porque no vale la pena, me siento el blanco de las miradas curiosas y prudentes, siento que algunos quieren ayudarme pero tienen miedo, noto sus miradas asustadas, el rechazo que les produce la sola idea de acabar como yo, que soy la marginada, el desecho social, la que nadie acepta, la que todos rehúsan. Ése es el problema, en realidad. El sentirnos aceptados es lo que todos queremos, en el fondo siempre sale a relucir nuestro instinto animal de ir en manadas, de no quedar excluidos. Y no quiero estar sola, no quiero, de verdad, siento un terror cerval nada más de pensar en ello, no soy capaz de soportarlo, lloro, empapo la almohada con mis lágrimas, me ahogo entre las sábanas (ojalá me ahogara de verdad), siento la boca seca e inservible, como nunca más pudieran volver a salir palabras de ella.


Silencio. 

-En realidad no lo entiendo, no puedo llegar al fondo de la cuestión, pero lo peor es que creo que si me sentara y reflexionara, todo cobraría un sentido, su inmadurez, sus ganas de alardear, todo se lo achacaría a algo lógico e irremediable, lo vería con objetividad y sería más capaz de soportarlo por pura comprensión del asunto, pero ahora no puedo, me siento cegada, tan solo puedo pensar en ellos desapareciendo de la faz del mundo, de la venganza, es inevitable, todo es fruto de buscar soluciones al problema, y la vía más rápida es acabar con ellos. Que no volvieran a existir, ni a hablar, ni a pensar, ni a señalar, ni a empujar. Empezar de cero, me harían un gran favor.

>>Sé que no debería pensarlo, que no es propio de alguien bien educado, alguien como yo, una niña buena. Pero no puedo evitarlo, sería tan fácil y tan perfecto, realmente la muerte sería una bonita conclusión.

>>Calla, mente cruel. No te rebajes a su nivel. No pienses más en ello. Yo valgo más, mis sueños no serán hundidos ni arrastrados por ellos ni sus maneras, no deben, no es justo. No sería equiparable que sus palabras lacerantes me destrozaran la vida, nada de lo que me puedan decir o hacer podrá conmigo, yo soy más, me puedo dominar, podría matarles cuando quisiera, nada más fácil, pero no lo haré, seré una persona y dejaré para ellos el nivel de los animales. Pero me siento tan poco capaz de aguantarlo, esta presión, el saberme despreciada, eso es lo peor, estar sola, la soledad, inhumana soledad, ambiguo amor que surge cuando le conviene, así me siento. Me hundo y a pesar de mis palabras de apoyo (¡eso es lo peor, que el apoyo jamás viene de fuera, tengo que sacarlo de mí y eso ya de por sí me hunde!) no puedo evitarlo, no soy feliz, no rozo ni tan siquiera el estado de normalidad en la que la mayoría están sumidos, tan solo quiero morir, no vivir, dormir para siempre arropada por quién me quiera, estar en un lugar donde no se me juzgue, que yo no he hecho nada, soy inocente, una víctima, sombra del polvo desperdigado, apenas eso, no soy nada.

Silencio.


-Es que soy tan invisible...

Llora.



(Con esta entrada me solidarizo con cualquier persona que sufra o haya sufrido bulling. Pese a no ser mi caso, puedo entender cual es la desesperación rotunda que implica esta situación. Nada de lo que se diga sobre vosotros puede ser cierto porque no hay nadie, ni vosotros mismos, que pueda saber cual es la esencia de vuestra alma, ni nadie exploró jamás las entrañas de vuestro miedo... de manera que cualquier palabra insultante deja inmediatamente por debajo de ti, como persona que siente y ama y razona, a quién la pronunció.)



lunes, 5 de noviembre de 2012

Supuesto razonamiento para un suicidio

Con el fin de evitar posibles malentendidos, quisiera aclarar que no es este un texto de fines melancólicamente fatales, con razones de una supuesta vida hundida de manera irremisible en el fango, o el no tener modo alguno de seguir llevándola de manera más o menos decente hacia un puerto seguro, para nada, no se trata de una carta de desesperado desamor ni de tristes razonamientos nublados por la pena, sino nada más que una reflexión marcada por la sorpresa y el sobrecogimiento, basadas ambas en la facilidad expresa con la que se pueden llevar a cabo actos tan drásticos como un suicidio.

Nuestra vida camina en una continua oscilación basada fundamentalmente en la necesidad de evitarles a nuestros seres más allegados cualquier peligro, por otro lado nada más comprensible, en qué lugar quedaríamos nosotros si nos despreocupáramos de algo tan importante, si nos dejáramos llevar por la indiferencia, qué seríamos sino desecho social. Niño, por la acera, que pasan coches. Y así. Y al final acabas pensando si ese discernir de lo peligroso o no peligroso acaba teniendo alguna recompensa, puesto que cualquier cosa podría acarrearnos la muerte, casi cualquier objeto, casi cualquier palabra en unas determinadas circunstancias, todo es peligroso, arriesgado. 

Si el suicidio es llamativo por alguna razón, es por romper la regla del instinto humano, la terquedad hacia la continua duración de las cosas, de aquel pensamiento constante e hipócrita consistente en un "ojalá nada de esto acabe y siempre sea así" es decir, estático y duradero, que permanezca sin cambios, que no avance ni decrezca, todo por el estoy bien así, y es que cambiar conllevaría desventajas añadidas que no necesito para nada, quisiera que todo perdurara así tal y como está ahora, en este momento, firme y continuado como un bello cuadro. Que el perro fiel jamás se muera, que la abuela continuara para siempre en su sempiterna mecedora, que mi juventud nunca se hiciera vieja. Que la vida siguiera eterna en su mejor momento. 
Y es por ese miedo a perder lo que tenemos, que nos preguntamos hastiados y asqueados como puede alguien tomarse cierta pastilla, como se puede cortar de golpe algo que fue hecho para durar muchos años más, es como una mancha, una aberración de la que apartamos de vista, nos resulta mucho más cómodo así. Jamás queremos llenarnos los ojos de mierda, para eso están los demás, los familiares, los amigos. Porque a nosotros no nos a tocado vivir el suicidio, ni propio ni ajeno, y eso nos reconforta, y este pensamiento colectivo es, de alguna manera, bastante triste.

Pero es que es tan fácil. Por fácil entiéndase el hecho en sí de llevar a cabo el suicidio, aunque no se quiera y no hayan razones para ello, pero de repente te levantas de la mesa y coges el cuchillo (cuya finalidad inicial no era más que la de cortar jamón) y acabas pensando casi sin querer "mira por donde, yo podría hacerlo, aquí y ahora, sin esperar, podría cortarlo todo. Los que ahora están sentados a la mesa nada podrían hacer, ya que no necesito tiempo, apenas dos segundos para presionar mi corazón y ya no habría vida alguna que soportar sobre los hombros, ni preocupaciones, ni pena, ni hambre, ni dinero. Nada de nada. Nada a cambio de la muerte. Diría que compensa". Digamos que tienta, tienta la facilidad y tientas esas consecuencias tan embriagadoras, decirle adiós a todo y a todos, y que el resto de la humanidad se coma el marrón que es el mundo, que yo, por poder, puedo irme ahora y dejarlos tirados. Esperando inútilmente el jamón, para más inri. A lo bestia, sin miramientos. Mira que lo hago, que no me corto. Que les dejo con un bello espectáculo de sangre y carne desgarrada.

Lo que pasa es que, al final, fulano coge el jamón, lo corta y deja el cuchillo, porque la constancia de la naturaleza humana imperan sobre todo lo demás, sobre todo si las razones que se tenían para abandonar el mundo son nulas, falsas, escasas o simples bravuconadas para con uno mismo.

Muchos le llamarían cobardía, pero creo que la vida y nuestra mente actúan como dos imanes de polos opuestos, se atraen y se codician, porque la vida sería vana sin la inteligencia humana, pero de nada serviría ésta última si la vida estuviera muerta, podrida, inservible. Por eso son minorías las que optan por morir, por eso se acaba rechazando tal posibilidad.

Porque antes de hacerlo, nos preguntamos si no valdrá la pena lo que vendrá un segundo después de habernos suicidado, aunque se trate simplemente del jamón o de los comensales que te aguardan impacientes a la mesa, contando contigo y los cuales verían injusto y egoísta que desaparecieras sin más, sin preguntar y sin supuestos motivos, dejándolos más solos si cabe frente a un mundo cruel y mal ajusticiado, en el cual los que puedan han de hacer piña como mayormente se pueda, y en el que abandonarlo constituye un acto de ingratitud y cobardía hacia los que se quedan, formando como pueden esa piña que cada vez va decreciendo más y más...




viernes, 26 de octubre de 2012

¿Es lícita la vanidad por el talento?

Las personas disponen de talentos, todas ellas, poco o ya de por sí potencialmente desarrollados, insignificantes o deslumbrantes, pero todos contamos con ellos, en cualquier medida. Con esto quiero decir que, por muy patéticamente mal que se te den las matemáticas, serás capaz de entender lo que son 2+2. Tal vez no más que eso, pero ya es algo. Se podría decir que tienes el talento necesario como para entender por qué 2+2=4. 

Habitualmente, las personas que cuentan con un talento de desarrollo normal, no destacable ni por su enormidad ni por su pequeñez, sino que es usual, lo que la mayoría tenemos, hacen florecer en sí un cierto sentimiento de envidia (sana o podrida, qué más da) hacia aquellas cuyos talentos superan la barrera de lo habitual, sobre todo si forman parte de su entorno cercano, ya que éstas suelen crear un cierto efecto de eclipsar los talentos ajenos.

La cuestión es: ¿es lícita esta envidia?
La respuesta es: no.

Y, ¿es lícita la vanidad por el talento?
La respuesta sigue siendo no.

El genio que así nace no lo es por mérito propio. El genio capaz de situar su razón, su conciencia y su talento en una posición considerablemente más elevada que el resto del mundo no se otorga a sí mismo esa facultad, por tanto, no es realmente nadie meritorio, ya que realmente y por sí mismo no ha hecho nada de lo que pueda estar orgulloso. 

Pero sigamos desarrollando esta hipótesis. Cuando una persona es plenamente consciente de que posee una don fuera de lo común (una maravillosa visión de las matemáticas, de la literatura, de la pintura...) siente el deseo innato e irrebatible de ponerlo en funcionamiento, de dar a conocer su obra al mundo, su inteligencia, sea del tipo que sea, que el mundo lo vea y comprenda, que genere pensamientos y genere razonamientos en un mundo generalmente demasiado dormido. Si la persona, X, tiene realmente una capacidad formidable, indudablemente acabará sintiéndose orgulloso de lo que sus manos han creado. Pero ¿debe sentirse orgulloso? ¿Acaso es la capacidad de pintar algo que X creara y situara en su propia persona? ¿Puede X achacarse a sí mismo el mérito de saber pintar? ¿Es realmente ese cuadro suyo? ¿Lo pintó él o no fueron sus manos más que una herramienta de un ser muy superior? Así pues, ¿se podría decir que Dalí, por ejemplo, fue el verdadero autor de sus maravillosas obras? ¿No fueron éstas un resultado directo de su talento? ¿O no era su talento? ¿Fue ese don creado para él? ¿Y no adapta X sus obras a su personalidad? En un cuadro puede discernirse claramente la mentalidad y personalidad de su autor, impresa en cada pincelada puesta de tal o cual forma, el mismo significado del cuadro es una variante directa de su forma de ser. Dalí es un magnífico ejemplo, conocido por su extraña personalidad y el surrealismo de sus cuadros. Fue objeto de una crítica que aún hoy perdura y sus obras son testigos y causa de ello. 

Pero es que la personalidad también viene dada de fuera, como el talento. Y no podemos descartar que ambas no sean una sola cosa. Una influye fuertemente en la otra, y viceversa, pero tal vez sean lo mismo y nada influya en nada, sino que ambas sean un solo todo que viene junto, sin posibilidad alguna de separación.

Así pues, concluyo. El talento es un don concedido por un ente superior y en cuya designación nosotros no tuvimos nada que ver. Por tanto, no somos más que un instrumento para traer belleza al mundo a través de los talentos. Moldeamos el talento a nuestra personalidad, pero no somos sus creadores, ni tan siquiera podemos ostentar el considerarnos meritorios de tenerlo...

Ni el más afamado artista del mundo, aquel que más talento retuvo entre sus venas, puede considerarse alguien meritorio.

Al fin y al cabo, ¿qué hacemos nosotros para merecerlo?






lunes, 17 de septiembre de 2012

Simple cuestión de objetividad

No es por ti, ni por tus maneras. Piensas que mi indignación gira en torno a tu locura, y no es cierto, no es verdad, lo tuyo no es nada comparado con lo que he visto.

Crees que te injurio por ser tú, crees que miro por encima del hombro. Pero no hay nada de eso, no hay odio, ni resentimiento, y menos aún concernientes a ti. Eres tan diferente, pero te respeto y te admiro por tu fuerza. No creas, pues, que me dirigí a ti en ese momento.

He visto la pena personificada en una sola persona. He visto un castillo derrumbado tras unas murallas intactas, he visto una bella princesa oteando en las almenas, en busca de alguien que rehaga su castillo. He visto la desolación en su rostro, y la soledad oculta tras sus múltiples compañías, que poco a poco rompían la piedra de su palacio, que despreciaban todo lo que había dentro. Era el castillo y su princesa quien motivaba mis palabras, no tú.

Es tan fácil sentirse aludido. Es tan fácil caer en el supuesto injurio de quien crees que te odia. Es tan increíblemente fácil ceder a las palabras hirientes, el pensar que sabes el por qué de las acciones de alguien a quien no conoces, a quién ves y juzgas, pero con el que no hablas.

Sé que piensas que hablé demasiado rápido, pero dime, ¿de dónde sacas la confirmación? ¿Por qué replicaste tan rápido? ¿No entiendes que tengo sueños y ambiciones? ¿Por qué hieres lo que no entiendes? Siempre te admiré, a ti y a tu fuerza, pero a veces pienso que hablas demasiado rápido...

Tenemos tanto que ofrecer, todos, tantísimas cosas que dar... Somos tan frágiles cuando nos volcamos en una meta y alguien nos dice, directa o indirectamente (y las segundas casi son las peores), que no servimos para eso, que nuestra vida va a volcar porque no tiene sentido, que no somos nada, que nunca nos recordarán, que debemos seguir la senda del olvido, porque la del recuerdo nos queda grande.

¿Crees que mis sueños son más desechables que los tuyos? ¿He despreciado alguna vez los tuyos? ¿Puedes acaso decirme el verdadero significado de mis palabras? ¿Por qué te niegas a ello? 

No quieres dejarme ascender, o por lo menos intentarlo, pero tantas personas caen... ¿quieres que sea yo una de ellas? ¿No has hecho ya daño suficiente? Ya me hiciste pensar en mis palabras como algo inútil, y ahora dudo de mi lucha anterior. ¡Ahora me pregunto si realmente sirve para algo! 

Ya está. Muerta y desolada, soy un espíritu sin nombre. ¿Deseas una disculpa? ¡Aquí la tienes! Perdona mi supuesto y aberrante injurio. 

Pero no me hagas pensar que no soy nadie, o que mis sueños no son más que restos de cristales rotos. ¿Qué te hizo pensar que mis opiniones no son válidas?

A veces necesito que alguien más me apoye. Alguien que no critique lo que no sabe juzgar. 

(Es una simple cuestión de objetividad...)




lunes, 3 de septiembre de 2012

Las pompas de la soledad

Las personas se encierran en burbujas, en burbujas de colores, pompas frágiles pero jamás destruidas que flotan hacia el cielo y se dejan llevar por el viento, que dan vueltas sobre sí mismos y guardan en su interior un mundo enclaustrado y aislado del exterior. Todos lo hacemos. Vivimos aislados y limitamos adrede nuestro mundo a las curvas bellas e irisadas de nuestra burbuja particular. Retenemos en ella el dolor, el afecto y las emociones; y las sopesamos y criticamos sin dejarlas escapar, por lo que crecen sin que nadie se pueda dar cuenta salvo nosotros, y llegado el momento, explotan y nos arrasan a nosotros, dejándonos tirados contra el suelo de nuestra esfera, rotos de dolor y sin que nadie pueda consolarnos. 

He aquí unos ejemplos de entes pensantes que cierran los ojos y se recluyen bajo la férrea llave de su propia personalidad:


A es una persona puntillosa, de maneras metódicas y de grandes ambiciones. Su mente se centra única y exclusivamente en aquello que le pueda servir para el futuro, sin que realmente aprecie lo que hace. Para A todo es mero pragmatismo, nadie importa salvo ella y su futuro, y todo aquello que supuestamente es de su agrado queda irremisiblemente relegado a un segundo plano al que jamás se digna a mirar.

B es sonriente y afable, de maneras tranquilas y siempre pensativa. Desde una visión ajena e incluso exhaustiva da una sensación de simpatía y animosidad que siempre agradan. Pero en su inquieto interior, B piensa y analiza todos los gestos, todas las palabras, las frases y las entonaciones de los que la rodean. Está convencido de ser blanco constante de burlas y chismorreos, y eso le hace sufrir y llorar. B mira a su alrededor como un tigre en tensión, aguardando el momento de defenderse de lo que en realidad no existe. Está aislado irremisiblemente y su existencia se limita al dolor.

C es consciente de su talento y disfruta haciendo lo que le gusta, pero se siente continuamente amenazada por si es eclipsada por cualquier persona ajena a ella, alguien que pudiera tener un talento superior y dejarle por los suelos, sin que jamás pueda llegar a alcanzar sus sueños.

D es una de esas personas que piensa que todo es perfecto, que jamás pasará por un mal trago y que si en algún momento de su vida alguien busca consuelo por haber sufrido una desgracia, intentará apartar a dicha persona para que su dolor no le pueda afectar a él.

E trata de seguir la moda desesperadamente, buscando una y otra vez las frases y gestos que le hagan parecer más guay, y solo sigue a los grupos musicales que son mayormente aceptados y alabados por aquellas personas de su edad. Su vida es una existencia vacía, y cualquier insinuación a dejar de ser así lo pone sobre aviso y es rechada inmediatamente.

F, por último, es una persona que jamás escucha a los demás, porque piensa que solo ella es destinataria de todas las desgracias del mundo y que absolutamente nadie le puede comprender. Una conversación con F tratará única y exclusivamente de su persona, y cualquier desvío de ese tema que puedas intentar será rechazado como si no tuviera la suficiente importancia o como si no quedara a la altura de las penurias de F.

Estas, en fin, son personas aisladas del mundo, cegadas por su propia persona y supuesta importancia, son personas que viven en burbujas que reflejan los colores del mundo pero que les impiden verlo en su totalidad. 

Algún día sus respectivas burbujas se romperán, y la cruel y desgarradora fuerza del mundo podrá con ellos. Y el choque será brutal, quedarán aniquilados y ese será su fin. 

Pero no es fácil juzgarlos, sobre todo sabiendo lo hermosas que son las burbujas, y lo terriblemente difícil que se hace romper una especialmente bella y grande.

Sobre todo cuando no se sabe de su existencia.





sábado, 1 de septiembre de 2012

Carta a mi yo del futuro

Estimada yo del futuro:

Te hablo como un simple salvoconducto que puede servirte para ayudarte a traspasar esas fronteras de obstáculos inhumanos que tan continuamente nos empujan a hundirnos en el lodo. No es que crea que no vas a poder superarlos, más bien intuyo que te servirán de refuerzo para más problemas futuros. Pero temo la transición del problema a la salvación. Temo por ti cuando mires hacia delante, y tus ojos no vean más que nieblas y tormentas en el horizonte. Temo por ti cuando una noche te acuestes y piensas que qué jodida es la vida, menudo asco tener que levantarse mañana cuando, al fin y al cabo, tan solo te levantes para ir a empeorar algo que ya de por sí está acabado. Me levanto, pensarás, para hacerlo con dignidad, porque quedarme entre las sábanas llorándole a la almohada a punto de empaparla entre lágrimas saladas no es una opción factible, no es digno. 

Temo también por ti cuando te mires al espejo, y tu rostro ya adulto esté enrojecido por el llanto y falto de vida, cuando tus párpados caigan en pesada somnolencia, cuando te odies por haber nacido, cuando mueras de dolor sobre el suelo de tu casa, sola y angustiada.

Temo por ti cuando no seas más que un alma en pena, desganada y descolorida, que está en el mundo por mísera obligación, mientras tu mente caiga en las tinieblas del valle de la pena y la depresión.

Por eso vengo a decirte, y espero ahora la ingenuidad o la inexperiencia que no tengo más remedio que soportar por mis escasos años de edad no interfieran en mi declaración, que fuera de cualquier observación malintencionada que provenga de ajenos, fuera de obstáculos y depresiones, fuera de cualquier ente aparte que te haga pensar en ti como algo inferior... lo cierto es que jamás podrán aprisionarte, nunca podrán hacerte suya en sus desvaríos. 

Eres fuerte, portentosa, más que eso, eres única. No hay presunción, ni modestia, en tal afirmación. Todas las personas lo son. Y como la que más, vales tu peso en polvo de estrellas, tu mente en astros del espacio superior. Ninguna niebla puede enfriar tu ánimo, ninguna cuerda áspera ni delicada atará tu cintura contra un árbol. Jamás debes dejarte caer en ese abismo profundo de la depresión, porque sobre el abismo siempre hay cuerdas errantes que te ayudarán en tu camino a la ascensión.

Utilizo esto como mera forma de visión objetiva cuando no tengas a nadie que te ayude a comprender tu  belleza. Cuando pienses que no eres nadie, que no existes; que en realidad es todo lo contrario, que estás viva y eres alguien pensante, con capacidades e ideas, sueños y alegrías que nadie jamás podrá arrebatarte.

Que las palabras hirientes no son más que mierda en boca de necios, las zancadillas en terreno resbaladizo son puestas por patas de asnos , y el odio no es más que un sentimiento vulgar que para nada afecta a tu forma de ser.

Ni una sonrisa burlona deberá aparecer en tu rostro cuando seas mayor y leas esto, porque la naturaleza está siempre cortada por el mismo patrón y todos los problemas son igual de difícilmente superables a todas las edades. Cualquier depresión pequeña en una edad a su vez pequeña puede ser tan horrible como una depresión grande en una edad grande, y tan superable como una pequeña a una edad grande.

Puedes ser la reina de lo que tú quieras, llegar tan lejos como lo desees, y frenar cuando lo consideres oportuno. La vida debe ser vista con objetividad y, al contrario de lo que se piensa, nadie nace con ventajas, ni riquezas ni talentos pueden ser superiores.

El mal no te busca, tan solo arrolla a su paso lo que encuentra y, una vez destruido, siempre se puede volver a construir. Y recuerda que empezar de cero hace rectificar los errores.

Y el mundo es grande, brillante y hermoso como un sueño suspirado al cielo una noche de verano. Como el mar, como las olas que en cada pliegue de su superficie reluce la luna como una pincelada blanca en un retal de terciopelo negro.

(Y nada, recuerda, nada, puede evitar que tú nades entre las olas...)






lunes, 30 de julio de 2012

Valle a cielo abierto

Casas en orden inconexo abren ante mí un mar de mareas pequeñas pero intensas, mareas de vidas entremezcladas y avasalladas con tejados y ladrillos.

No hay nada en ellas que merezca destacar; los colores pastel, los marrones lisos y feos naranjas desganados y enmudecidos por el tiempo... atrofian cualquier vestigio de belleza pasada o ficticia que tal vez en un pasado remoto adornó tales edificios.

Son cajas de zapatos, amontonadas en un cuarto trastero perdido en lo más bajo de un valle. Ladrillos puestos unos sobre otros, en perfecta y armoniosa monotonía, que forman y sostienen paredes frías y espantosas, paredes quejumbrosas manchadas de graffitis desconchados, y desgarradas por el puñal del tiempo, dejando a su paso la seca sangre de su herida.

Alumbran vidas ajenas, y contemplan en su pasivo plano las familias, familias como todas, familias como ninguna en sus desvaríos, virtudes, defectos y elegancias. Paredes rellenas de hombres cansados, exhaustos del trabajo, personas inteligentes que ocultan su chispa bajo una mirada indiferente. De personas ambiciosas,   de pobres desgraciados de mirada retorcida y maliciosa, de niños y niñas que se preguntan (en su indecible inocencia) el porqué de esas señales de tráfico rotas y mancilladas.

Albergan en su seno ancianos tranquilos que deambulean por las calles con las manos a la espalda, y juzgan a las nuevas generaciones con el rigor de las suyas ya pasadas. De ancianas chismosas que se paran en los portales a echar una partida de parchís con la dueña de la casa, a la que conocen desde que eran niñas.


Son calles de adoquines desgastados y tortuosos, de ese sol haciendo arder con rabia el hierro oxidado de las barandillas de los balcones. De esos geranios coloridos que aportan su granito de arena para intentar embellecer su entorno. De las esquelas de difuntos en la pared del ayuntamiento, del ama de la casa barriendo con saña su puerta para borrar de su calle los tormentosos y horribles restos de papeles y cáscaras vacías de pipas.

Son personas y más personas que caminan juntas sin verse, sin entenderse.

Son vidas y más vidas, hechas polvo del cansancio, del trabajo que conlleva llevar las cosas adelante, el dolor de la muerte, los huesos doloridos y los hijos de marcha entre risas, porque saben que al volver la comida estará caliente en la mesa.

Son personas de alma y corazón, inescrutables a los ojos ajenos, bellas personas malas y buenas, sin derecho a juzgar pero haciéndolo constantemente, con las cualidades y las penas de un león rugiente. 

Son personas, entre el yeso y los ladrillos ahuecados, dentro de cajas de zapatos con el cartón arrugado por la humedad de las lágrimas. En un valle a cielo abierto que todas las mañanas presenta su sol por el este y lo esconde por el oeste, y les deja el regalo de las estrellas sobre el terciopelo negro de la noche.

El mundo les observa y cada paso que dan se lo dificulta. El mundo conspira para que los delicados tacones de aguja resbalen entre los adoquines y quiebren... para tornarlos más fuertes o hacerlos perecer en la batalla.





lunes, 9 de julio de 2012

No sois damas en apuros

No sois damas en apuros. No sois princesas rubias de hipnóticos ojos azules y vestidos de seda. No sois poseedores de el secreto de la humanidad, no sois los aguerridos príncipes de una hermosa ciudad que hay que salvar de las llamas de la guerra.

No sois hadas de alas delicadas, de cabellos volátiles y de cuerpos de dos pulgadas. No vivís en el País de las Maravillas, ni sois ángeles victoriosos, ni vuestras manos desprenden magia cuando rozan las flores...

No sois magos poderosos, de barbas blancas o inmadura juventud. No os batís con dragones de escamas doradas, que protegen tesoros tan antiguos como el mundo. 

Rubíes escarlatas que se desvanecen cuando piensas en ellos. 

Tampoco sois estudiantes de vidas perfectas, con amigos perfectos y una familia perfecta. No tenéis la perfección que se necesita para vuestra felicidad, no tenéis el cariño ni todo el amor que todos anheláis.

No sois personas de mentalidad estable, porque caéis una y otra vez en los altibajos del destino, deprimidos por un destino incierto y una indómita cantidad de problemas difícil de despejar de vuestro camino. 

No sois lo que deseáis, porque vuestros deseos se elevan al cielo y vuestro cielo está muy lejos. 

Vuestro ideal de vida queda drásticamente empañado una y otra vez por los nimios y aberrantes detalles. Los detalles que ora sí y ora también te machacan el alma, porque quiebran levemente pero sin descanso la vida que siempre has deseado tener. 


No sois perfectos, pero lo intentáis y al no conseguirlo, es eso lo que os carcome las entrañas. 

Sois y soy yo también, somos todos nosotros lo que no somos. 

No somos perfectos, no lo somos, no vivimos entre sedas blancas ni palacios de marfil. Siempre habrá algo que distraiga nuestra dicha. 

Somos personas, somos imperfectos, somos almas en pena encerradas en una envoltura de hierro que como una jaula nos aprisiona.

Pero somos humanos y lo intentamos, sí. Intentamos escapar de nuestra envoltura, con empeño y voluntad, y lo demostramos con frustada irritación cuando una y otra fallamos en nuestro empeño. 

Es lo horrible y crudamente hermoso de ser humano.





miércoles, 20 de junio de 2012

Qué alma más dulce la suya

A lo largo de mi corta vida no he podido encontrar más que a una persona con la inocencia suficiente como para que se la pueda tildar de inocente.

Fuera de lo que todo esto implica (la decadencia humana a edades aberrantemente tempranas y el gozo extinguido de la simple sonrisa que cualquier vecino pudiera ofrecerte) dicha mente tan sorprendentemente inocente (pero no por ello ingenua, aunque admitamos que la ingenuidad en esta persona no está especialmente mermada, sino más bien agradablemente desarrollada) ha sido una de las cosas que más confundida me ha dejado. ¿Bajo qué pretexto sonríe tan amablemente? ¿Qué maquiavélico plan se esconde tras esos ojitos grandes? Pero no se tarda mucho en comprender que toda sonrisa en ella es sincera.

La envidia que todos sentimos más de una vez en poco tiempo, envidia que nos come y nos carcome, que nos ata y nos aprieta sin dejarnos respirar y por ello no dormir tranquilos; por los méritos ajenos que nos devoran el alma y el orgullo... no han sido experiencias asiduas o simplemente jamás han sido experimentados por ella. Ha sido observado este sentimiento por sus propios ojos, pero nunca experimentado por ella misma. Ha mirado y entendido, entrecerrado los ojos en busca de entender el conmportamiento de esas personas que constituyen el resto de la humanidad y que tan egoístamente se comportan. Pero es tan inocente que no es capaz de entenderlo.

Qué alma más dulce la suya, capaz de caer al fango empantanado siempre que a cambio alguien pueda salir de él, que triste su mirada apenada cuando su vida se vuelve triste y no es capaz de echarle a nadie la culpa de su pena.

Yo, a pesar de la poquita inocencia que aún me queda (guardada en un frasco de nácar entre las ramas cariñosas de un sauce llorón) no soy capaz de entender la tierna mirada que una y otra vez aflora a sus pupilas cuando su persona es ocultada tras la sombra de alguien momentáneamente más grande.

Cuando le imagino y no está delante, veo siempre su rostro riéndose, con la cabeza echada levemente hacia atrás, y los ojos cerrados o mirada baja y párpados entrecerrados. Las manos sobre el rostro o en su defecto la boca, en un intento de ocultar con timidez su hermoso jolgorio.

Qué mente más sana la de esa persona sin igual, curiosa ante el mundo cruel y desalmado que la rodea sin reparar en su crueldad, que no envidia más que lo inevitable y de la forma más inocente posible.

La flor que ayuda a otra flor a desarrollar sus pétalos y no le importa la muerte de los suyos mientras los ajenos sigan brillando.

A veces me da pena la poca picaresca de sus ojos, la tranquilidad de sus dedos y la sonrisa dulce e ingenua que florece en su boca cada breves instantes y que solo se abre para cantar canciones en voz baja mientras apunta distraídamente las letras de la música sobre los renglones de su agenda.


Qué sonrojo más especial el suyo al ser halagada.



Y qué mirada más dulce empañada únicamente por la habitual tristeza que muchos no saben consolar.







martes, 12 de junio de 2012

Guarda tus mentiras bajo la alfombra del salón

La muñeca cruzada sobre el pecho detrás del puño cerrado con fuerza, y tensada con la fuerza de quién sabe lo que le espera. Le busco alas a mi espalda y no encuentro más que las costillas. Y desesperada por pulsar el botón inexistente que desconecte mis orejas y las deje caer al suelo, porque igualmente escucho las palabras que flotan en el aire surgidas de tu maldita boca endemoniada. Rebuscas en tu mente la frase más adecuada para tan solemne momento, tu saliva ponzoñosa no puede aguardar más para salir. Y tus palabras envenenadas descolocan mi mundo y me impiden hablar. 

Y tienes esa pinta de niño pequeño, de no enterarte de nada, de rabiar por las cosas más nimias, de impartir inmadurez cuando deberías derrochar lo contrario... 

No dices nada entre tanta palabra.

Tus labios solo sueltan basura, ironías sin sentido, palabras estúpidas, y buscas el afecto de la forma más patética inimaginable. 

Mientras tú dices eso, yo callo, consciente de que cualquier palabra puede costarme cara; mientras que tú dices eso yo me muerdo los labios y los hago sangrar. Porque quiero gritar que te calles y te vayas, huir de ese pequeño infierno que debería haber sido nido de la victoria, y en vez de eso tu presencia me hizo rechinar los dientes con un odio que no había sentido antes. 

Me pregunto qué cosas sabes tú, cuantas veces has llevado a la práctica lo que dices defender con tanta pasión, y si tus discursos mezclados con risas en medio del jolgorio sirven para algo más que para disfrazar lo que realmente eres. 

Cállate y deja vivir. Porque he oído tus palabras y luego he visto tus acciones, y ninguna de ellas es tan similar a la otra como un día dijiste que serían. 


Así que cierra la boca y guárdate tus mentiras de niño pequeño bajo la alfombra del salón. 


A lo mejor ahí nadie las encuentra.




martes, 5 de junio de 2012

Querido plato roto

Querido plato roto:

Te digo que podrías tomarme como loca sin un mero reproche por mi parte en cuanto te diga que tu superficie irisada en mis manos no es más que metáfora cada vez que te sujeto.

Si te digo que adoro el momento en el que te resbalas de entre las palmas de mis manos y caes al suelo rompiéndote en mil pedazos... ¿qué pensarás? Con razón podrás mirarme con el recelo del que se sabe en peligro pues tu sufrimiento es mi pasatiempo. 

No niego que cuando caes y estallas, y el suelo se vuelve blanco de tus pedazos, y las flores azules que enmarcaban en bello dibujo tus bordes ondulados quedan esparcidas por las losas del suelo rotas a la mitad y despojadas cruelmente de sus pétalos, sonrío. 

¿Sabes por qué sonrío? No es por tu sufrir en la caída hacia tu perdición, ni por las hermosas flores deshojadas. Sonrío cuando miro al suelo y tus pedazos han quedado rotos de tal manera que los más grandes tienen en sus bordes las caras tan suaves que tocarlas, aún a riesgo de hacerme daño, me fascina por la suave peligrosidad hipnótica de la misma. 

Otros más medianos hienden el suelo como agujas de plata afiladas como dagas, brillantes como el marfil. Y los más pequeños cubren las baldosas de polvo fino y blanco como si la nieve pudiera molerse y esparcirse por entre mis pies descalzos. 

Admito que ante el espectáculo de tu derrota puedo sonreír embelesada, acercarme a ti y coger con cuidado un trozo con sus aristas perfectas brillando al sol del mediodía y admirar el resultado de tu pena y tu muerte.


Entonces, y solo entonces, alzo la mano al sentir una punzada de dolor, porque una aguja de porcelana, rota de dolor y de pena, se ha hendido en la palma de mi mano, haciéndola sangrar.


Comprenderás entonces, querido plato roto, dónde queda la metáfora de las debilidades humanas en las que tan frecuentemente tú yo y cualquiera hemos caído sin reparar en las consecuencias.




domingo, 20 de mayo de 2012

Querer alterar el alma de cualquiera que lea tus palabras

Curiosamente, en honor a lo que no podemos aclarar, nuestra vida está tan enrevesadamente repleta de elecciones sin causa y sin sentido que en ciertas ocasiones lo mismo da hacer una cosa u otra, alegando así que las consecuencias ambas opciones son tan efímeras o nos son tan indiferentes que finalmente pasamos de pensar en ello, sino simplemente dejándonos llevar.

Otras veces, sin embargo, tenemos algo, una cuestión, una idea, un don... tan increíblemente preclaro en nuestra mente que todo lo concerniente a él se convierte en una obviedad en nuestra vida, en nuestra mente y en nuestra forma de pensar así como en la de expresarnos.

Con esto quiero llegar a un punto muy concreto. Crear. Rescatar de la nada lo que nunca existió, explicar con palabras los sollozos de un recuerdo perdido, alterar el corazón del desconocido haciendo vibrar el alma de cualquiera que lea tus palabras.

Palpita así, flojito, dentro de ti, como un alma en miniatura situada entre tus costillas. Camina por tus venas camuflado entre tu sangre, pero deja a su paso una espiral infinita de genialidad y comprensión. 

Te hace entender y comprender lo que te rodea, ya no hay cuerdas que te atan, sino cuerdas que impiden tu salto al vacío y por eso las comprendo. 

Me siento viva sintiendo esto, y de cualquier otra forma no podría ser, de cualquier otra forma me haría pensar que no soy yo. ¿Cómo podría ser así? Entendedme. No puedo cabrearme con el mundo cuando soy capaz de entenderlo. Cuando sus porqués y sus razones quedan al desnudo ante mi curiosidad infinita por él, yo no soy capaz de enfadarme cuando el destino me es adverso. 

Me gusta crear algo jamás expresado por nadie de la misma forma que yo antes. Para mejor o peor, combinar las letras para expresar situaciones y reflexiones, haciéndolo porque lo deseas, es sentirte libre de una forma maravillosa y fuera de mentiras. Estás tú y las palabras, lo demás sobra. 

Si pudiera expresar lo que siente cuando viajas en coche, miras por la ventanilla y un paisaje de tierra rojizas y flores anaranjadas se extiende ante ti, cuando lo miras e ipso-facto tu mente cavila sobre todo lo que podrías decir sobre ese paisaje, no fuera de lo normal pero sí inspirador, y todo ese torbellino de palabras, ideas y expresiones que pasan por tu mente como un soplo de aire helado y tonificante, que espera unos segundos antes de desaparecer por completo... palabras que desaparecen cuando apartas la mirada y las flores ya no están, porque tienes que plasmarlas en algún sitio para que alguien las lea, y sientes esa necesidad acuciante de ser leída, de serle útil al mundo. 

Sin embargo, aunque las palabras hayan volado, yo sé que han estado allí, amparadas en la tierra rojiza que cubre mi alma y hechas realidad por la necesidad de creación que, tarde o temprano, todos acabamos experimentando, en mayor o menor medida. 



viernes, 4 de mayo de 2012

El segundo más perfecto

La locura del momento en pequeñas rachas de electricidad. El huracán del momento en tu cuerpo y la vida a tu alrededor girando como una estrella.

Grita, grita, grita, pequeño sol, en ese preciso instante en el que el mundo es tan tuyo que podrías cogerlo y tirarlo por la borda de tus sueños si así lo desearas.

Vas a reírte muy fuerte con las manos extendidas hacia el sol del mediodía, que te hará amar el verano ansiado, la arena seca en tus manos mojadas y la sal en tus labios secos por el mar.

Será ese momento escondido tras una esquina del día, disimulado entre las cortinas, que esperará a que saltes el abismo del tiempo y llegues al momento en el que todo explota, al momento en el que vas a ser feliz, y cerrarás los ojos deseando que jamás acabe el segundo más perfecto de tu día.


(Luego los querrás volver a abrir, pero para entonces ya no será igual...)