Las personas se encierran en burbujas, en burbujas de colores, pompas frágiles pero jamás destruidas que flotan hacia el cielo y se dejan llevar por el viento, que dan vueltas sobre sí mismos y guardan en su interior un mundo enclaustrado y aislado del exterior. Todos lo hacemos. Vivimos aislados y limitamos adrede nuestro mundo a las curvas bellas e irisadas de nuestra burbuja particular. Retenemos en ella el dolor, el afecto y las emociones; y las sopesamos y criticamos sin dejarlas escapar, por lo que crecen sin que nadie se pueda dar cuenta salvo nosotros, y llegado el momento, explotan y nos arrasan a nosotros, dejándonos tirados contra el suelo de nuestra esfera, rotos de dolor y sin que nadie pueda consolarnos.
He aquí unos ejemplos de entes pensantes que cierran los ojos y se recluyen bajo la férrea llave de su propia personalidad:
A es una persona puntillosa, de maneras metódicas y de grandes ambiciones. Su mente se centra única y exclusivamente en aquello que le pueda servir para el futuro, sin que realmente aprecie lo que hace. Para A todo es mero pragmatismo, nadie importa salvo ella y su futuro, y todo aquello que supuestamente es de su agrado queda irremisiblemente relegado a un segundo plano al que jamás se digna a mirar.
B es sonriente y afable, de maneras tranquilas y siempre pensativa. Desde una visión ajena e incluso exhaustiva da una sensación de simpatía y animosidad que siempre agradan. Pero en su inquieto interior, B piensa y analiza todos los gestos, todas las palabras, las frases y las entonaciones de los que la rodean. Está convencido de ser blanco constante de burlas y chismorreos, y eso le hace sufrir y llorar. B mira a su alrededor como un tigre en tensión, aguardando el momento de defenderse de lo que en realidad no existe. Está aislado irremisiblemente y su existencia se limita al dolor.
C es consciente de su talento y disfruta haciendo lo que le gusta, pero se siente continuamente amenazada por si es eclipsada por cualquier persona ajena a ella, alguien que pudiera tener un talento superior y dejarle por los suelos, sin que jamás pueda llegar a alcanzar sus sueños.
D es una de esas personas que piensa que todo es perfecto, que jamás pasará por un mal trago y que si en algún momento de su vida alguien busca consuelo por haber sufrido una desgracia, intentará apartar a dicha persona para que su dolor no le pueda afectar a él.
E trata de seguir la moda desesperadamente, buscando una y otra vez las frases y gestos que le hagan parecer más guay, y solo sigue a los grupos musicales que son mayormente aceptados y alabados por aquellas personas de su edad. Su vida es una existencia vacía, y cualquier insinuación a dejar de ser así lo pone sobre aviso y es rechada inmediatamente.
F, por último, es una persona que jamás escucha a los demás, porque piensa que solo ella es destinataria de todas las desgracias del mundo y que absolutamente nadie le puede comprender. Una conversación con F tratará única y exclusivamente de su persona, y cualquier desvío de ese tema que puedas intentar será rechazado como si no tuviera la suficiente importancia o como si no quedara a la altura de las penurias de F.
Estas, en fin, son personas aisladas del mundo, cegadas por su propia persona y supuesta importancia, son personas que viven en burbujas que reflejan los colores del mundo pero que les impiden verlo en su totalidad.
Algún día sus respectivas burbujas se romperán, y la cruel y desgarradora fuerza del mundo podrá con ellos. Y el choque será brutal, quedarán aniquilados y ese será su fin.
Pero no es fácil juzgarlos, sobre todo sabiendo lo hermosas que son las burbujas, y lo terriblemente difícil que se hace romper una especialmente bella y grande.
Sobre todo cuando no se sabe de su existencia.
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