lunes, 1 de octubre de 2012

La reacción al efecto

¿Efecto? ¿Qué efecto? ¿Realmente causo algo en los demás? La respuesta ceñida a la más estricta realidad es clara e indiscutible: sí. Todos causamos reacciones en los demás, poco importa si son de indiferencia, de odio o recelo, nuestra presencia por sí sola es suficiente para despertar las miradas ajenas, breves o largas, curiosas o aburridas; las diferencias de este este tipo no importan si tan solo se trata de responder a esa simple cuestión... ¿causamos algo en los demás? 

Se puede llegar, no obstante, un poco más lejos. Podemos matizar el grado de intensidad de las reacciones producidas o, más bien, si éstas tienen un efecto prolongado en la vida del ente ajeno. Es decir, si el simple hecho de que X nos mirara produjo una fuerte impresión en su ser, una indiferencia instantáneamente olvidada o una curiosidad duradera en forma de simple anécdota cotidiana. Esto se debe, básicamente, a que no todos reaccionamos de la misma manera ante determinada visión de una persona, que ciertos colores puestos de una forma concreta añadidos a aquel peinado pueden hacer resurgir en nosotros una serie olvidada de recuerdos o ideas que nos sacudan el alma de una manera harto particular, y que deleguen en nosotros una huella indeleble o como mínimo persistente que de vez en cuando acuda a nuestra mente haciéndonos relegar de ciertos pensamientos que podrían parecer más importantes.

Las personas, en la gran y amplia mayoría pero no totalidad, llegan a sentirse más alegres cuando sienten o confirman que sus actos han tenido consecuencias visibles en el mundo o en ciertas personas. No soportamos la soledad de lo invisible. Es decir, sentirse como una sombra sobre la cual las miradas resbalan no es plato del gusto de nadie y por buenas razones. Y es que no se trata de llamar la atención, esa no es la raíz, como mayormente se cree. La raíz de este asunto consiste en que la soledad es casi palpable a nuestra simple vista, y el deseo de controlar que la misma no se extienda a más nos lleva a querer ser el centro de atención o por lo menos la razón por la cual varias miradas se giran y te observan, con lo cual queda demostrado que cierto número de personas en un determinado momento han estado pensando en ti. Y eso nos satisface porque nos calma. Como un sedante. No hay que tenerle miedo a la soledad si varias personas están riéndote la gracia en ese momento, pensamos. Y en parte es cierto, no es nada reprochable. Huimos de la soledad como gatos escaldados, ansiamos la compañía, y para asegurarnos de vez en cuando de que no estamos solos, buscamos los ojos ajenos de una forma fundamentalmente llamativa. Y es algo lógico e instintivo, diría yo.

Es obvio, pues, que nos importe sobremanera el qué dirán por miedo al aislamiento. También es algo instintivo. La compañía se halla en las masas y si las masas considera tal cosa como algo bueno... ¿qué ocurriría si alguien se atreviera a afirmar lo contrario? ¿Quedaría desechado? ¿Marginado? Eso para nosotros no es factible. Amamos hablar con la gente, relacionarnos, hacerlos reír, que nos hagan sonreír. Solos y aburridos somos como polluelos sin nido y sin madre, unas cáscaras vacías que jamás podrán rehacerse. Queremos tocar la piel del vecino, pero nos faltan centímetros. Nunca se puede. 
Y a eso le tenemos miedo, no a más. Al rechazo.

El rechazo...

Que a veces nos tachen de ovejas que se mueven en manadas es lógico. Lo original es nulo y la sinceridad, escasa y oculta. Pero en el fondo todo lo mueve el miedo, la vergüenza. El horror de no ser nadie a ojos ajenos y el quedar solos para siempre.

Y es por eso por lo que hay que ser abierto a las opiniones y creencias de los demás.

Porque imagina que el alma, la forma de ser, el pensamiento fundamental, de una persona estén en contra de lo que piensa la mayoría. En ese caso hay que llevar cuidado antes de hacer juicios de valor ( sobre todo si son despreciativos, esos son del todo inaceptables) piensa que, por miedo a quedar sola, esa persona podría cambiar su mente y su forma de ser, y quedar transformada en algo que jamás fue y que el fondo nunca será.

En resumen, algo tan simple como una risa irónica en respuesta a la opinión ajena puede alterar considerablemente una vida completa.

Piénsalo.





2 comentarios:

Mary-nya dijo...

asdfdsgdsafdsgdsf me encantó :33 no dejes de subir entradas ewe

Casiopea dijo...

:DD ¡¡Qué haría yo sin ti!! gracias gracias gracias gracias!!