lunes, 23 de julio de 2012

El ciclo

El cielo. Por el día, el sol cambiante, en línea recta su camino de metros humanos que esconden años luz tras su simpleza aparente. Es el corazón del mundo tornado en blanco cegador, de brío poderoso que no nos permite contemplarlo a los ojos. Él no quiere, no le gusta. Prefiere marcar su poder, su territorio, su dominio de nuestro mundo para que todos sepamos que a él le debemos la vida y que por él estamos aquí.

Las nubes son damas caprichosas, de gustos caros y vistosos. Enroscan sus cabellos en torno a sus ojos de luz, que revolotean en torno a sus rostros como una tormenta de arena, y se entretienen adoptando formas acordes con el viento.

El viento se retuerce sobre sí mismo, y los miles de hombrecillos invisibles que lo forman corren, gritan y juegan en perfecta sincronización mientras cantan una canción suave o furiosa, mientras abofetean los rostros de las personas, hacen volar los papeles o remueven con desgana el rubio cabello de un mozo del pueblo. Son traviesos y en ocasiones maleducados, como aquellos chiquillos que gozan de la libertad absoluta y hacen lo que les mejor les parece, causando así estragos a su alrededor.

Los duendecillos del viento tienen en un poder una carpeta invisible que contiene un sinfín de dibujos invisibles, creados por ellos. Solo las nubes tienen el poder de ver esos dibujos. Ellas se entretienen seleccionando los dibujos en los que van a tornan sus cuerpos escurridizos. Gozan con los trazos suaves, las curvas anchas, los detalles casi imperceptibles... Las texturas esponjosas, la suavidad del algodón... Aman los colores claros, y el blanco impregna sus cuerpos cuando el sol brilla con todas sus fuerzas y el tiempo es bueno. Aman el rosa claro y el naranja atardecer para las puestas de sol, embellecen sus tonos y sus miles de formas recién adquiridas con los cálidos tonos pastel.

Se visten con opulentos trajes con forma de cocodrilos, de dioses, de manos extendidas, de perros juguetones, de flores paradisíacas, de dulces margaritas blancas...


Sin embargo... ¿cuánto dura una nube con la misma forma? Apenas nada. Malos como el demonio, los duendes que forman el viento empujan el vapor, el agua imperceptible que forma las nubes. Sus manos diminutas deforman las raíces del cielo. Acaban con sus propias creaciones. Sus dibujos hechos realidad acaban arrancados, disueltos, empujados hacia cualquiera de las direcciones que tan acertadamente la rosa de los vientos nos señala.


En ocasiones, la cálida y amable calma y de las nubes se revuelve por esa razón. Sus vestidos, copiados con tanto detalle y tanto cuidado, son destrozados por el viento, machacados por su furia, destrozados por su odio.

El esponjoso algodón rosado de las nubes se torna en pinchos de hierro. El blanco inmaculado de sus curvas desaparece hasta tornarse en gris. En gris frío, de lluvia, de neblina. Las nubes se acumulan sobre sí mismas, se tornan más fuertes, se oscurecen, se robustecen. Se vuelven  de dimensiones colosales.

Hartas de las travesuras del viento y de sus destrozos causados, la lluvia cae, impertérrita, como castigo natural, con su ira contenida suelta otra vez sobre los campos, las ciudades, sobre las personas que no acertaron a protegerse contra las fauces del tiempo.

Y el viento contraataca con su enfado, sus rabietas de niño pequeño. Todos los duendes invisibles surgen como un torbellino que trata de atravesar las lanzas de plata pura que son la lluvia lanzada por las encolerizadas nubes.

Tarde o temprano hay un pacto. Las nubes se aclaran, relajan sus músculos, se dispersan. El viento amaina, la lluvia hace una pausa. Como un buen niño, el viento se retira durante un rato y las nubes pueden vestirse tranquilamente con sus dibujos, experimentando telas, colores y formas.

El viento, como buen niño travieso, volverá tarde o temprano y el ciclo, como en todos los casos que suceden en la naturaleza, volverá a repetirse, una y otra vez.

En todos los casos, después de la tempestad viene la calma y después de esa calma, la misma tempestad de nuevo.






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