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jueves, 7 de marzo de 2013

Reina de la broza (Extracto de un relato)

    Ellos son como la broza: son frágiles, volátiles, inestables. Podridos. Son como esos montones descompuestos de hojas húmedas sobre la tierra de los campos. Pueden quebrarse en cualquier momento, pueden volar sin saber adónde van. Son vulnerables, vacilantes, menudos. Se quiebran al tocarlos. Hay que manejarlos con cuidado. Son como niños sin inocencia. No saben nada, hay que enseñárselo, pero tienen malicia, perversión.

    Ellos son la broza y yo soy su jefa, yo les guío. Son una masa lacrimosa de hombres y mujeres ruinosos de cuerpo y alma que anhelan seguir a alguien que diga tener ideales a los que puedan amoldarse, porque a ellos ya no les queda nada, nada, nada. Están huecos, perdidos, no piensan, no razonan, no comprenden. Hay que enseñárselo. El bien y el mal, y para qué sirven las caricias y los puñetazos. Lo han olvidado todo.

    Y yo, yo soy la peor. Soy una aberrante deleznable y despreciable, tan ruinosa y malvada como ellos, soy una paria y un amasijo de locura incierta que me hace dar y giros y giros sobre un punto precario que en realidad no existe. ¡Pero, ah, soy fuerte! Y por eso me siguen, y yo deseo guiarlos, porque los veo desechos y sin vida ni razones, y pienso que yo podría ayudarles y decirles las verdades, las palabras que exaltarían sus corazones y crearían en ellos esperanzas. Ellos me adoran. Soy su reina y ellos mi corte fiel. La reina de la chusma, de la broza. Son mi séquito vestido de harapos, con guijarros engarzados en el pelo, con pétalos marchitos en sus brazos para señalar mi camino. No sé de donde vienen porque son desmemoriados, pero me rinden pleitesía y veneran mi rostro enjuto y mis formas difuminadas e imperceptibles tras los andrajos grasientos que antaño fueron blancos. Ya ni me acuerdo de eso.

    Vagamos fortuitos por el mundo y nadie desea acogernos. Somos gentuza. Y yo soy la dueña de esa muchedumbre mansa y a la vez violenta a la que nadie quiere en sus casas, ni en sus calles, ni en sus países. Y me siento orgullosa de que me sigan a mí y a nadie más estas almas bárbaras y mugrientas, almas marrones y polvorientas. Me río en la cara de quién se cruce de acera al verlos. Somos una familia sin nombre ni origen ni educación. No somos nada. Ni nadie.

domingo, 10 de febrero de 2013

1. Retazo de la novela


(Adjunto aquí el primer retazo subido a este blog de la novela que estoy escribiendo. Pertenece a la segunda página. Es posible que en un futuro acabe cambiando, pero de momento así lo he escrito).

          –Qué sentimiento tan despreciable, la crueldad –le comento al dibujo. No habla, no siente, pero calla y no dice nada, tan solo me da la sensación de escuchar, que es lo importante y lo que me reconforta. Ni sus líneas malgastadas le hacen parecer menos real. Él es el depositario de mis penas y así fue desde siempre, desde que la última persona de este mundo me dio de lado y me olvidó o por lo menos quiso hacer que me olvidaba para no meterse en líos y salir bien parada de mí, la carne de cañón por excelencia–. Lo odio, lo odio, es el que más me repugna, el que me asquea y el que me hace llorar. Es la causa de todos los males, la crueldad en todas sus formas: la indiferencia consciente, las burlas en público, el cariño que da la espalda a sabiendas de lo que hace y sin motivos. Ojalá nadie fuera cruel, no es necesario, es inútil, es fuente de lágrimas amargas, amarguísimas, y a mí me destroza la vida. A otros, en cambio, les hace subir en un pódium social del que aún no se ha demostrado su utilidad, porque el que por él trepa al final acaba desecho y ciego, muerto por dentro. Ancianos encorvados se inclinan sobre el suelo, hacen recuento de su vida y desean: ‘ojalá nunca hubiera sido cruel. Si no lo hubiera sido ahora no estaría aquí, solo y carente, llorando por quién en su momento la vida destrocé y lo ahora no puedo arreglar’. Y otros en cambio mueren inflados en su crueldad y con la sonrisa en los labios hinchados de frases desalmadas: ‘Ah, qué bien muero, muero como un rey, habiendo pisoteado hasta el final las vidas que por delante se me pusieron en el camino y que no tuvieron la prudencia de alejarse. O más bien, algunas las busqué yo deliberadamente, para imponer mi poder y hacer saber al mundo que tengo la virtud (¿virtud?) de imponer mi voluntad y mi deseo aunque éste sea innecesario o atormentador. Y no se trata más que una forma de asegurar mi territorio’. Y así, el cruel expira y muere. Con sus últimas palabras huecas en la boca desdeñable.
          Empiezo a reír con convulsiones histéricas: los monólogos frente al boceto son desde hace algún tiempo cosa usual en mi persona y a menudo me hacen llorar o reír falsamente, una risa amarga y desprovista de alegría, porque no hay monólogo en el que no exprese sentimientos acerbos que despierten el odio y la rabia en mi persona.
          –“Soy un ente de ficción” dijo Unamuno –proseguí tras mi arrebato–. Y lo dijo porque llegados a un momento de vida pensó, y pensó, y pensó, y tuvo un arrebato, una locura (como la que yo acabo de experimentar) y sintióse solo y perdido en la verdad, sintió que nada puede ser cierto porque ningún argumento en jamás irrebatible, y eso hace que nuestra existencia sea cuestionable, o que tal vez dependamos de la ficción ajena. Quién sabe y quién entiende. Nadie, yo no, desde luego. Ni tú, Liz. Pequeño muñeco inerte, como escuchas y como entiendes, porque tú eres yo y tú eres mí y solo mía. Con querer apenas podría romperte en pedazos y sin embargo seguirías existiendo, porque tu alma no depende de ese trozo de papel en el que estás pintada, sino de mi mente que nunca podrá romperse. Espera, ¿nunca, digo? Quién puede saber lo nunca será… Y así, aunque en trozos te encuentres, e incluso quemada en la lumbre, tú seguirás existiendo y tu historia seguirá vigente en mi cabeza, porque es allí donde se desarrolla tu historia, en mi mente. Tu papel, mi carne… todo es una excusa, una manera de dar forma a nuestra mente. Somos invenciones espirituales de alguien superior, y la vida nos fue dada en un cúmulo de huesos que nos limita. Como tú, pequeña Lizzy, que no puedes sonreír porque la tinta ya está trazada y te muestra seria, por lo que siempre te verán así los necios que tan solo se fijen en mis trazos. Pero yo, que puedo y sé ver lo que hay en ti, sé eres capaz de sonreír, y de besar y de llorar. No somos carne, no somos papel. Somos alma, pero eso sí, alma de cuento y ficción inventada por quien de momento no podemos conocer.
         >> ¡Muérome a veces, triste y sola, no mi carne, sino mi alma! A veces, sola y quebrada por aquellos que me insultan, caigo y muero sin morir. Y en el pozo inmundo, infecto, de los horrores mi alma cae y piensa en quién será su dueño y quién creó su vida y sus pasiones que me hacen ser quien soy, yo y nadie más que yo… y tan insignificante y odiada por todos, ¡que desearía que mi carne también dejara de latir para desaparecer yo sola y no dejar más lastres de mi paso!



miércoles, 9 de enero de 2013

Monólogo de individualidad

El otro día me preguntaba hasta qué punto conocemos a quienes continuamente vemos y con los que estamos en contacto rutinario de tal manera que se tiende a pensar que se les conoce lo suficiente como para hablar con seguridad de su persona, cuando muy bien podría no ser así. Tan sumergida estaba en aquestos pensamientos que sin querer queriendo (como se dice popularmente) comencé a hablar en voz alta aún estando sola en la habitación, recurriendo a un interlocutor imaginario como depositario de mis reflexiones:

-A veces les miro y no estoy muy segura de estar observando a aquellos a quienes creía conocer, lo pienso sobre todo cuando les miro y les pillo en silencio cavilando sobre aquello que nunca podré saber, aun cuando a su alrededor todo el mundo hable y parle, de manera que no tendrían obstáculo ninguno para integrarse, y sin embargo piensan con la mirada perdida en algún lugar de la pintura blanca y desconchada, en lo que yo no podría entender y posiblemente nadie más que ellos lo haría, siendo como son pensamientos íntimos y privados de sus mentes.

Pausa corta -ordenación de ideas. 

-Le miro y no me presta atención porque no me ve, no puede verme, está perdido en algún lugar de su memoria o inconsciente, está pensando, cavilando, juzgando, observando, sospechando, calculando, tal vez incluso imaginando. No sabe que le observo y yo no puedo evitar pensar qué será aquello que yo jamás podré saber incluso aunque me lo cuente -los detalles, las filigranas del pensamiento, nadie puede describirlas-, incluso con su mejor intención al intentar explicármelo siempre quedará algo y nunca lo veré de la misma manera que él. Eso suponiendo que quiera decir lo que le ronda por la mente, lo normal es que calle y guarde silencio, que acumule estos pensamientos suyos en el baúl de la memoria para componer poco a poco su persona y forjar su personalidad, granito a granito en un mundo solo suyo y personal en el que a mí no se me permite entrar.

Silencio.

-Quisiera saber si habla solo cuando no tiene a nadie a quien contar sus inquietudes, o por lo menos, nadie que pueda entenderle plenamente... lo cual, entender plenamente, es un nivel de comprensión al que no podemos llegar ni tan siquiera aspirar, porque no tenemos esa capacidad de comprender ni ser comprendidos, supongo al fin y al cabo que ese el precio de nuestra complejidad, el no poder compartir, y morir envueltos en esa pena tan grande: saberse solos aun rodeados de quienes nos quieren, contarlo todo a todos y aún así guardar un fragmento de secreto sepultado en las entrañas. Es hermoso y es terrible, grandioso y sobrecogedor.

Silencio.

En ese momento me di cuenta de que hablaba sola, así que callé bruscamente para no alimentar más esa locura que en realidad todos practicamos.



domingo, 21 de octubre de 2012

El absurdo de ser real

Qué absurdo lo irreal y ya de por sí abstracto. Qué absurdo lo real y no por ello cierto. Es tan fácil creer, y no es nada reprochable, la intensidad de sentir la rugosidad de un árbol bajo las yemas de los dedos es tan terriblemente convincente que el planteamiento de no ser cierto es susceptible de ser factible. Lógico. La posibilidad de un mundo inventado o irreal es agobiante y triste, para qué entonces pensar en ello si de cualquier forma el árbol ahí continúa sin modificar su apariencia. Si nosotros somos sueños, es mejor vivir en el sueño junto al árbol y disfrutar de sus flores, que desesperarse pensando que no es más que una ilusión.

Pero es que nos resulta tan increíblemente sencillo creer... creemos realmente en todo. Creemos en la vida y creemos en la muerte, en el odio, en el amor y en la corrupción, en la amistad y en el chocolate... confiamos en nuestros sentidos con la fe ciega de los niños en sus madres, una terrible derivación de la falta de curiosidad, una abominación el no querer ni tan siquiera preguntarse si eso es realmente lo que pensamos o por el contrario no tiene nada que ver. Hemos visto tantísimas veces una piedra caer al suelo que en realidad nunca nos cuestionamos que eso es lo que va a volver a ocurrir si la tiramos de nuevo. Pero no lo hacemos, ya que carece de interés. La causa de su caída es tan evidentemente clara para nosotros... ya no nos cuestionamos absolutamente nada.

Imagina que en algún lugar fuera o dentro de este universo, hay un niño. Tiene nueve años y una imaginación fértil. Está durmiendo en su cama, afectuosamente arropado entre las sábanas dulcemente colocadas por su madre. El sitio en el que vive guarda cierto parecido con el nuestro, y su aspecto, también. Sus sueños son largos, profundos y detallados. En ese momento su mente imagina un mundo llamado Tierra que, en algún lugar del Universo, alberga en su interior muchos seres de apariencia semejante a la suya. Tal vez con las orejas un poco más pequeñas. Su madre suele advertirle de que tanta ficción no es buena y que debería centrarse en cosas más reales. Pero, sin embargo, el tierno niño sigue creando el sueño.

Dentro de la Tierra, una niña escribe delante de un ordenador. El país en el que se encuentra se llama España, que es un nombre bonito y que, además, se encuentra más o menos en el centro del mapamundi. Esto, por su supuesto, es un capricho del niño. Los niños pequeños, ya lo sabéis, gustan de saber que sus cosas y principalmente ellos mismos son el centro del mundo. Así pues, España no era más que un capricho.

El sueño sigue y la niña sigue escribiendo. A veces suspira exasperada por la falta de ideas, pero otras, las palabras surgen innatas como un reguero de pólvora que acaba por explotar. El niño crea toda una vida para ella: su colegio y sus amigos, les pone nombre y personalidad. Piensa en sus padres y cómo serán, si tendrá hermanos y familiares. Finalmente, esa niña tiene identidad propia dentro del sueño y su vida crece rica en detalles. Mientras tanto, sigue escribiendo en el ordenador.

Por fin ha encontrado un tema del que hablar. Ella se pregunta angustiada si realmente existe o no es más que una ilusión. El niño visualiza su rostro preocupado, sus dedos tecleando febriles sobre el teclado. Tiene las uñas pintadas de violeta, un detalle que decide añadir para darle color al sueño. Sigue escribiendo y las lágrimas nublan un poco su mirada, no más de lo necesario, pues se pregunta qué ocurriría si no fuera más que una imagen dentro de un sueño de un niño. Ésa es otra característica del carácter del infante. Él mismo quiere aparecer en su sueño.

Finalmente, la chica acaba su escrito y decide subirlo a un espacio en Internet para que todo el mundo pudiera leerlo. Duda de si el mundo compartirá sus temores o, por el contrario, los ignorarán como ignoran a la piedra que cae. Lo sube.

En ese momento, el niño se despierta.

La vida de la niña explota y desaparece, y ya no es más que el vestigio de un sueño pasado, como tantos otros. Carece de interés, se sueñan tantas cosas a lo largo de la vida...


En algún otro lugar del universo, o tal vez en otra dimensión o espacio, la vida de una niña desaparece como el cuerpo danzante de la llama de una vela... una llama extinguida por el soplido de un niño en en un lugar lejano. Ella ya no existe, aquellas dudas que plasmó sobre un teclado ya no son nada, y todos aquellos detalles que durante un momento fueron más o menos reales pasaron a no ser absolutamente nada, nada ni tan siquiera dentro del subconsciente del niño, que olvida su sueño igual que olvidó tantos otros.

Y todo aquello que creía saber que existía solo por haberlo tocado y sentido, desapareció de igual manera que sus temores, sus uñas pintadas de violeta y la vida que creía haber tenido...


(Mientras tanto, en el mismo lugar donde vive el niño, otras tantas personas sueñan con otras vidas, y las crean con todos sus obstáculos y ambiciones para, luego, al despertar, hacerlas explotar y desaparecer, al tiempo que olvidan ese planeta llamado Tierra, donde unos seres ilusos llamados humanos tienen la ilusión de ser reales.)






jueves, 6 de septiembre de 2012

El corazón que goteaba agua

Él estaba allí como símbolo y representación de la indiferencia en su forma más apocalíptica, como un arma de destrucción masiva que, por alguna razón, tan solo me afectaba a mí. Y su mirada cristalizada  me perseguía en sueños, me acosaba. Deseaba verlo reírse aunque solo fuera para ahogar mis sospechas... sobre su corazón.

Tenía esa horrible sospecha hurgando en mi alma, removiéndola, haciéndome caer una y otra vez en un círculo vicioso de la preocupación, el intento de consolación y la caída de nuevo en la desesperación. No dejaba de ser curioso, aquellos ademanes fríos y un vale como respuesta universal a lo más conmovedor. Hay personas, pensé, que lo miran todo desde un lugar aparte, como si contemplaran como le pegan una paliza a alguien desde el salón de su casa, y se limita a llamar a la policía sin necesidad de meterse con los garrulos de turno. La policía llega, los arresta y esa persona mira desde su balcón apoyado en la balaustrada de hierro pintado de negro, algo desconchado por el tiempo. Finalmente, la calle queda vacía y él desaparece tras las blancas cortinas de su salón, seguro y satisfecho de haber cumplido su deber, sin que nadie le hubiera visto, sin que nadie supiera su nombre, su identidad. Y tampoco parece importarle mucho el estar satisfecho, porque tiene la completa seguridad de que, si se los hubiera encontrado en la calle, se habría encogido de hombros y habría cambiado de dirección. O de acera, quién sabe. Si llamó a la policía fue porque, al fin y al cabo, el teléfono estaba a mano. La paliza a él no le afectaba.

Hubo una noche en la que le visité en sueños. Estaba inmóvil, contra la pared, y yo sabía (con esa total e irrefutable certeza que únicamente se puede obtener en los sueños, esa maravillosa seguridad, esa placentera falta de indecisión) que esperaba a que yo confirmara mis sospechas. 

Alargué la palma de la mano y la dirigí hacia su pecho, sin florituras ni caricias, apenas deteniéndome un segundo para comprobar si su corazón latía. Sí, ahí estaba. A un ritmo constante y regular, casi indiferente. Como él. Y lo hice, sí. Hundí mi mano en su pecho, desgarrándole la carne y él apenas se movió. Hurgué un poco más hondo, sintiendo la sangre palpitar entre mis dedos al compás que las venas y los tendones. Quise retirarme y huir de aquel suplicio sangrante, pero él no se movía y no parecía dolido ni moribundo, tan solo curioso. Tal vez también él quisiera saber qué secretos escondía su pecho.

De manera que me armé de valor y mi mano rompió con facilidad aquel tejido mágico de vida, y por fin, lo rocé. Rocé su corazón latente y palpitante, rebosante de vida y energía, que aún quería sobrevivir a mi mano condenatoria. 

Envolví con mi palma el órgano vital, empapado, blando y agonizante, sin mirar. De un brusco tirón lo arranqué de su cuerpo y él aún continuaba allí, apoyado contra la pared. Miraba a mi mano y lo que ella contenía, y una viva curiosidad ardía en su rostro. Era la única emoción que jamás le había visto demostrar.

Cerré los ojos, y sabía que al abrirlos hallaría una mezcla sangrante en mi mano, un órgano, el corazón, las venas, las arterias, todo lleno de sangre, manchado, mancillado. Empecé a arrepentirme, pero la curiosidad me carcomía a mí también y quería ver la razón de mi crimen. 

Miré... en mis manos un órgano aparentemente limpio y reluciente, y seguía palpitando como si desoyera a la Naturaleza. No había sangre, pero todo estaba mojado. Y entonces lo vi...

Era un corazón que goteaba agua.

(Hallé la razón y confirmación de su indiferencia en un simple sueño...)




lunes, 3 de septiembre de 2012

Las pompas de la soledad

Las personas se encierran en burbujas, en burbujas de colores, pompas frágiles pero jamás destruidas que flotan hacia el cielo y se dejan llevar por el viento, que dan vueltas sobre sí mismos y guardan en su interior un mundo enclaustrado y aislado del exterior. Todos lo hacemos. Vivimos aislados y limitamos adrede nuestro mundo a las curvas bellas e irisadas de nuestra burbuja particular. Retenemos en ella el dolor, el afecto y las emociones; y las sopesamos y criticamos sin dejarlas escapar, por lo que crecen sin que nadie se pueda dar cuenta salvo nosotros, y llegado el momento, explotan y nos arrasan a nosotros, dejándonos tirados contra el suelo de nuestra esfera, rotos de dolor y sin que nadie pueda consolarnos. 

He aquí unos ejemplos de entes pensantes que cierran los ojos y se recluyen bajo la férrea llave de su propia personalidad:


A es una persona puntillosa, de maneras metódicas y de grandes ambiciones. Su mente se centra única y exclusivamente en aquello que le pueda servir para el futuro, sin que realmente aprecie lo que hace. Para A todo es mero pragmatismo, nadie importa salvo ella y su futuro, y todo aquello que supuestamente es de su agrado queda irremisiblemente relegado a un segundo plano al que jamás se digna a mirar.

B es sonriente y afable, de maneras tranquilas y siempre pensativa. Desde una visión ajena e incluso exhaustiva da una sensación de simpatía y animosidad que siempre agradan. Pero en su inquieto interior, B piensa y analiza todos los gestos, todas las palabras, las frases y las entonaciones de los que la rodean. Está convencido de ser blanco constante de burlas y chismorreos, y eso le hace sufrir y llorar. B mira a su alrededor como un tigre en tensión, aguardando el momento de defenderse de lo que en realidad no existe. Está aislado irremisiblemente y su existencia se limita al dolor.

C es consciente de su talento y disfruta haciendo lo que le gusta, pero se siente continuamente amenazada por si es eclipsada por cualquier persona ajena a ella, alguien que pudiera tener un talento superior y dejarle por los suelos, sin que jamás pueda llegar a alcanzar sus sueños.

D es una de esas personas que piensa que todo es perfecto, que jamás pasará por un mal trago y que si en algún momento de su vida alguien busca consuelo por haber sufrido una desgracia, intentará apartar a dicha persona para que su dolor no le pueda afectar a él.

E trata de seguir la moda desesperadamente, buscando una y otra vez las frases y gestos que le hagan parecer más guay, y solo sigue a los grupos musicales que son mayormente aceptados y alabados por aquellas personas de su edad. Su vida es una existencia vacía, y cualquier insinuación a dejar de ser así lo pone sobre aviso y es rechada inmediatamente.

F, por último, es una persona que jamás escucha a los demás, porque piensa que solo ella es destinataria de todas las desgracias del mundo y que absolutamente nadie le puede comprender. Una conversación con F tratará única y exclusivamente de su persona, y cualquier desvío de ese tema que puedas intentar será rechazado como si no tuviera la suficiente importancia o como si no quedara a la altura de las penurias de F.

Estas, en fin, son personas aisladas del mundo, cegadas por su propia persona y supuesta importancia, son personas que viven en burbujas que reflejan los colores del mundo pero que les impiden verlo en su totalidad. 

Algún día sus respectivas burbujas se romperán, y la cruel y desgarradora fuerza del mundo podrá con ellos. Y el choque será brutal, quedarán aniquilados y ese será su fin. 

Pero no es fácil juzgarlos, sobre todo sabiendo lo hermosas que son las burbujas, y lo terriblemente difícil que se hace romper una especialmente bella y grande.

Sobre todo cuando no se sabe de su existencia.





lunes, 23 de julio de 2012

El ciclo

El cielo. Por el día, el sol cambiante, en línea recta su camino de metros humanos que esconden años luz tras su simpleza aparente. Es el corazón del mundo tornado en blanco cegador, de brío poderoso que no nos permite contemplarlo a los ojos. Él no quiere, no le gusta. Prefiere marcar su poder, su territorio, su dominio de nuestro mundo para que todos sepamos que a él le debemos la vida y que por él estamos aquí.

Las nubes son damas caprichosas, de gustos caros y vistosos. Enroscan sus cabellos en torno a sus ojos de luz, que revolotean en torno a sus rostros como una tormenta de arena, y se entretienen adoptando formas acordes con el viento.

El viento se retuerce sobre sí mismo, y los miles de hombrecillos invisibles que lo forman corren, gritan y juegan en perfecta sincronización mientras cantan una canción suave o furiosa, mientras abofetean los rostros de las personas, hacen volar los papeles o remueven con desgana el rubio cabello de un mozo del pueblo. Son traviesos y en ocasiones maleducados, como aquellos chiquillos que gozan de la libertad absoluta y hacen lo que les mejor les parece, causando así estragos a su alrededor.

Los duendecillos del viento tienen en un poder una carpeta invisible que contiene un sinfín de dibujos invisibles, creados por ellos. Solo las nubes tienen el poder de ver esos dibujos. Ellas se entretienen seleccionando los dibujos en los que van a tornan sus cuerpos escurridizos. Gozan con los trazos suaves, las curvas anchas, los detalles casi imperceptibles... Las texturas esponjosas, la suavidad del algodón... Aman los colores claros, y el blanco impregna sus cuerpos cuando el sol brilla con todas sus fuerzas y el tiempo es bueno. Aman el rosa claro y el naranja atardecer para las puestas de sol, embellecen sus tonos y sus miles de formas recién adquiridas con los cálidos tonos pastel.

Se visten con opulentos trajes con forma de cocodrilos, de dioses, de manos extendidas, de perros juguetones, de flores paradisíacas, de dulces margaritas blancas...


Sin embargo... ¿cuánto dura una nube con la misma forma? Apenas nada. Malos como el demonio, los duendes que forman el viento empujan el vapor, el agua imperceptible que forma las nubes. Sus manos diminutas deforman las raíces del cielo. Acaban con sus propias creaciones. Sus dibujos hechos realidad acaban arrancados, disueltos, empujados hacia cualquiera de las direcciones que tan acertadamente la rosa de los vientos nos señala.


En ocasiones, la cálida y amable calma y de las nubes se revuelve por esa razón. Sus vestidos, copiados con tanto detalle y tanto cuidado, son destrozados por el viento, machacados por su furia, destrozados por su odio.

El esponjoso algodón rosado de las nubes se torna en pinchos de hierro. El blanco inmaculado de sus curvas desaparece hasta tornarse en gris. En gris frío, de lluvia, de neblina. Las nubes se acumulan sobre sí mismas, se tornan más fuertes, se oscurecen, se robustecen. Se vuelven  de dimensiones colosales.

Hartas de las travesuras del viento y de sus destrozos causados, la lluvia cae, impertérrita, como castigo natural, con su ira contenida suelta otra vez sobre los campos, las ciudades, sobre las personas que no acertaron a protegerse contra las fauces del tiempo.

Y el viento contraataca con su enfado, sus rabietas de niño pequeño. Todos los duendes invisibles surgen como un torbellino que trata de atravesar las lanzas de plata pura que son la lluvia lanzada por las encolerizadas nubes.

Tarde o temprano hay un pacto. Las nubes se aclaran, relajan sus músculos, se dispersan. El viento amaina, la lluvia hace una pausa. Como un buen niño, el viento se retira durante un rato y las nubes pueden vestirse tranquilamente con sus dibujos, experimentando telas, colores y formas.

El viento, como buen niño travieso, volverá tarde o temprano y el ciclo, como en todos los casos que suceden en la naturaleza, volverá a repetirse, una y otra vez.

En todos los casos, después de la tempestad viene la calma y después de esa calma, la misma tempestad de nuevo.






miércoles, 20 de junio de 2012

Qué alma más dulce la suya

A lo largo de mi corta vida no he podido encontrar más que a una persona con la inocencia suficiente como para que se la pueda tildar de inocente.

Fuera de lo que todo esto implica (la decadencia humana a edades aberrantemente tempranas y el gozo extinguido de la simple sonrisa que cualquier vecino pudiera ofrecerte) dicha mente tan sorprendentemente inocente (pero no por ello ingenua, aunque admitamos que la ingenuidad en esta persona no está especialmente mermada, sino más bien agradablemente desarrollada) ha sido una de las cosas que más confundida me ha dejado. ¿Bajo qué pretexto sonríe tan amablemente? ¿Qué maquiavélico plan se esconde tras esos ojitos grandes? Pero no se tarda mucho en comprender que toda sonrisa en ella es sincera.

La envidia que todos sentimos más de una vez en poco tiempo, envidia que nos come y nos carcome, que nos ata y nos aprieta sin dejarnos respirar y por ello no dormir tranquilos; por los méritos ajenos que nos devoran el alma y el orgullo... no han sido experiencias asiduas o simplemente jamás han sido experimentados por ella. Ha sido observado este sentimiento por sus propios ojos, pero nunca experimentado por ella misma. Ha mirado y entendido, entrecerrado los ojos en busca de entender el conmportamiento de esas personas que constituyen el resto de la humanidad y que tan egoístamente se comportan. Pero es tan inocente que no es capaz de entenderlo.

Qué alma más dulce la suya, capaz de caer al fango empantanado siempre que a cambio alguien pueda salir de él, que triste su mirada apenada cuando su vida se vuelve triste y no es capaz de echarle a nadie la culpa de su pena.

Yo, a pesar de la poquita inocencia que aún me queda (guardada en un frasco de nácar entre las ramas cariñosas de un sauce llorón) no soy capaz de entender la tierna mirada que una y otra vez aflora a sus pupilas cuando su persona es ocultada tras la sombra de alguien momentáneamente más grande.

Cuando le imagino y no está delante, veo siempre su rostro riéndose, con la cabeza echada levemente hacia atrás, y los ojos cerrados o mirada baja y párpados entrecerrados. Las manos sobre el rostro o en su defecto la boca, en un intento de ocultar con timidez su hermoso jolgorio.

Qué mente más sana la de esa persona sin igual, curiosa ante el mundo cruel y desalmado que la rodea sin reparar en su crueldad, que no envidia más que lo inevitable y de la forma más inocente posible.

La flor que ayuda a otra flor a desarrollar sus pétalos y no le importa la muerte de los suyos mientras los ajenos sigan brillando.

A veces me da pena la poca picaresca de sus ojos, la tranquilidad de sus dedos y la sonrisa dulce e ingenua que florece en su boca cada breves instantes y que solo se abre para cantar canciones en voz baja mientras apunta distraídamente las letras de la música sobre los renglones de su agenda.


Qué sonrojo más especial el suyo al ser halagada.



Y qué mirada más dulce empañada únicamente por la habitual tristeza que muchos no saben consolar.







viernes, 15 de junio de 2012

Inarticulada muñequita nívea

Qué ojitos tan bonitos los de la muñeca de inmaculada piel nevada cuando sus cejitas se alzaban para sonreírme cuando hacía algo bien.

Porque me dice hola entre susurros cuando me levanto por la mañana y sólo yo sé que ella es quién me lo dice... carita redonda de ojos de cristal que me murmura lo imposible instalando el terror en mi pequeña cabecita vacía. 

Mi nombre en su boca inmóvil es espíritu extinguido hace años, pero su mirada en fuego sobre mi columna aún sigue clavada cuando me doy la vuelta y sé que su mente maquiavélica me sigue allá por donde voy, y por la crujiente madera del pasillo su alma de dientes de sangre me persigue... 

Qué inocente carita la suya, de pocas pulgadas de altura, pupilas dulces y tremendamente acarameladas y empapadas de infancia... Coloreados de rojo, sé que esos labios serán los primeros en desangrarme. 

Sabía muy bien que sus delicadas manos podían agarrarme repentinamente y llevarme, llevarme de mi casa para hacerme llorar, y perseguirme por pasillos altos como Iglesias y de suelos transparentes como el cristal sobre la nada, oscuro como la boca de lobo, oyendo su risa a mi espalda. 

La risa de una adulta en los labios de una muñeca de porcelana. 


(Años después me despierto con la obvia y lógica certeza de que todo es mentira y de que la ingenua e inarticulada muñequita nívea que descansa sobre la madera de la estantería no es más que un trozo de porcelana moldeado).


(Pero tiene la mirada demasiado perdida en un horizonte inexistente... tanto que creo que un día se hartará de mirar a lo que no existe para mirarme a mí con esa sonrisa malvada y retorcida que de vez en cuando asolaba mis pesadillas infantiles).


(Y cuando eso ocurra... no lo aguantaré).






miércoles, 13 de junio de 2012

Iris y Rubén

Iris de azul por calles coloridas entre el gentío del mediodía. Iris desnudaba su alma a la confianza y esperaba por ello ser correspondida. Su mente era frágil y delicada, y solía volar por las nubes buscando esa misma confianza que, realmente, pocas veces solía encontrar. 

Solía llorar por las noches bajo las sábanas suaves, y bajo el resplandor de la ventana se dejaba llevar por causas sin sentido, rota de dolor ante emociones fútiles... sensible y delicada como una flor de invernadero ante el mundo desalmado que a menudo solía desbordarla. 

Rubén sonreía fuera de la comprensión ajena, porque no pensaba necesitar nada que no fuera la continua broma a la que una y otra vez sometía a su propia vida. 

Vivía en una burbuja de paredes brillantes y transparentes, hermosas que reflejaban el arcoiris de la vida. Veía a través de su burbuja y no sabía que existía. Porque su vida rotaba en constante primavera, y al no necesitar la comprensión ajena, nunca se le ocurrió que alguien pudiera ansiarla. 


Rubén e Iris se sonreían a miles de kilómetros, hablaban, se reían. Ambos se contaban sus días. Ella se emocionaba cuando de sus labios salía una palabra cariñosa. Los pétalos de esa pequeña flor se habrían ante el sol que creía tener ante sus ojos.

Un día, Iris se sumió en las desesperación más profunda jamás imaginada. Su frágil primavera que quebró en trozos insignificantes. Esa frágil y efímera primavera había volado y dejado a su paso la desesperación más profunda, el dolor más amplio en el corazón de una niña que solo quería ser feliz. 

Buscando ampararse en la alegría de Rubén, Iris se acogió a sus brazos jocosos, esperando que su continuo jolgorio pudiera reparar las consecuencias que su alma había sufrido, buscando la comprensión en su verde mirada y su pelo revuelto, buscando...

...buscando algo que no existía. 


Quitándole importancia a su desgracia, apartando con la mano lo que para él parecía una molestia, rehuyó sus penas convirtiéndolas en bromas. 

Iris le siguió el juego. Porque jamás pudo asumir que no existiera en él una parte sensible, jamás entendió que su burbuja aún flotaba entre los vientos del destino, pero que a su vez que le protegía del mismo. Rubén no entendía sus sentimientos, porque la pena para él no existía, y se había convertido en una molestia cuando alguien le hablaba de ello. 

Lo que Rubén no entiende es la cara rota y desconcertada de Iris, sus indirectas al aire, sus penas susurradas cerca de su oído, pero no en el mismo oído; sus intentos de que reaccione ante su realidad, de que se dé cuenta de que ella le necesita, y que le destroza el alma saber que nunca sabrá lo que para Rubén significa Iris. 

¿Acompañante?

¿Quiere pasar el tiempo con ella y luego desaparecer?

O tal vez no busca nada... ni siquiera piensa en ella.

Tampoco sabe que en un futuro su burbuja explotará, y ese muro de suave líquido maravilloso que le teñía el mundo de un color que no era el real desaparecerá entre los pedazos igualmente rotos de un sueño quebrado por las circunstancias. 


Y aunque a Iris le pese en el orgullo, ella sabe que cuando eso ocurra, va a estar bajo el jabón sucio y las cenizas de su vida incinerada, preparada para coger a Rubén en sus brazos vacilantes y seguros a la vez cuando él necesite su comprensión. 

Seguro que ella jamás convertirá sus penas en bromas.