viernes, 26 de octubre de 2012

¿Es lícita la vanidad por el talento?

Las personas disponen de talentos, todas ellas, poco o ya de por sí potencialmente desarrollados, insignificantes o deslumbrantes, pero todos contamos con ellos, en cualquier medida. Con esto quiero decir que, por muy patéticamente mal que se te den las matemáticas, serás capaz de entender lo que son 2+2. Tal vez no más que eso, pero ya es algo. Se podría decir que tienes el talento necesario como para entender por qué 2+2=4. 

Habitualmente, las personas que cuentan con un talento de desarrollo normal, no destacable ni por su enormidad ni por su pequeñez, sino que es usual, lo que la mayoría tenemos, hacen florecer en sí un cierto sentimiento de envidia (sana o podrida, qué más da) hacia aquellas cuyos talentos superan la barrera de lo habitual, sobre todo si forman parte de su entorno cercano, ya que éstas suelen crear un cierto efecto de eclipsar los talentos ajenos.

La cuestión es: ¿es lícita esta envidia?
La respuesta es: no.

Y, ¿es lícita la vanidad por el talento?
La respuesta sigue siendo no.

El genio que así nace no lo es por mérito propio. El genio capaz de situar su razón, su conciencia y su talento en una posición considerablemente más elevada que el resto del mundo no se otorga a sí mismo esa facultad, por tanto, no es realmente nadie meritorio, ya que realmente y por sí mismo no ha hecho nada de lo que pueda estar orgulloso. 

Pero sigamos desarrollando esta hipótesis. Cuando una persona es plenamente consciente de que posee una don fuera de lo común (una maravillosa visión de las matemáticas, de la literatura, de la pintura...) siente el deseo innato e irrebatible de ponerlo en funcionamiento, de dar a conocer su obra al mundo, su inteligencia, sea del tipo que sea, que el mundo lo vea y comprenda, que genere pensamientos y genere razonamientos en un mundo generalmente demasiado dormido. Si la persona, X, tiene realmente una capacidad formidable, indudablemente acabará sintiéndose orgulloso de lo que sus manos han creado. Pero ¿debe sentirse orgulloso? ¿Acaso es la capacidad de pintar algo que X creara y situara en su propia persona? ¿Puede X achacarse a sí mismo el mérito de saber pintar? ¿Es realmente ese cuadro suyo? ¿Lo pintó él o no fueron sus manos más que una herramienta de un ser muy superior? Así pues, ¿se podría decir que Dalí, por ejemplo, fue el verdadero autor de sus maravillosas obras? ¿No fueron éstas un resultado directo de su talento? ¿O no era su talento? ¿Fue ese don creado para él? ¿Y no adapta X sus obras a su personalidad? En un cuadro puede discernirse claramente la mentalidad y personalidad de su autor, impresa en cada pincelada puesta de tal o cual forma, el mismo significado del cuadro es una variante directa de su forma de ser. Dalí es un magnífico ejemplo, conocido por su extraña personalidad y el surrealismo de sus cuadros. Fue objeto de una crítica que aún hoy perdura y sus obras son testigos y causa de ello. 

Pero es que la personalidad también viene dada de fuera, como el talento. Y no podemos descartar que ambas no sean una sola cosa. Una influye fuertemente en la otra, y viceversa, pero tal vez sean lo mismo y nada influya en nada, sino que ambas sean un solo todo que viene junto, sin posibilidad alguna de separación.

Así pues, concluyo. El talento es un don concedido por un ente superior y en cuya designación nosotros no tuvimos nada que ver. Por tanto, no somos más que un instrumento para traer belleza al mundo a través de los talentos. Moldeamos el talento a nuestra personalidad, pero no somos sus creadores, ni tan siquiera podemos ostentar el considerarnos meritorios de tenerlo...

Ni el más afamado artista del mundo, aquel que más talento retuvo entre sus venas, puede considerarse alguien meritorio.

Al fin y al cabo, ¿qué hacemos nosotros para merecerlo?






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