Caes y no te levantas: es un tópico, un hecho irremediable, la caída en el barro y el dolor, las heridas y el fracaso, el sabor del polvo en la boca, la sal de los ojos en los labios, la sangre escapando de las venas, inundando la piel marchita. Ya para nosotros todo es triste, todo es terrible, el mundo, la gente, otra vez el mundo y otra vez la gente, porque le damos vueltas a todo aquello calificable en la columna de lo malo, de tal manera que los pensamientos rotan y nada permanece.
Caemos en ese vicio tan continuamente, el vicio de la ficción, atractivo y poderoso, siempre latente, presente y constante. Qué hay más lógico que soñar cuando lo real ya no nos vale, cuando nuestra vida se hunde. Qué le vamos a hacer, si de vez en cuando no hay nada que arregle nuestros rostros ni nuestras almas, si todo está roto ya a nuestro alrededor, si la amistad ya no nos arranca la sonrisa (la sonrisa que no consigue florecer, que ya no surge en nuestros labios, que ha muerto y marchitado su esencia hasta languidecer y morir), que el amor ya no nos da besos, ni la familia nos brinda apoyo.
En el momento del decaimiento de nuestro ser, la depresión, el momento en el que caes hundido en el acantilado del horror, es cuando más ególatras nos volvemos. Pasamos a pensar, a todas horas, en nosotros y en nuestra desgracia, y la estiramos y moldeamos para hacerla aún más grotesca, más terrible, de manera que caemos con más profundidad en la tristeza del abandono.
Entonces ese instinto de supervivencia feroz e implacable sale a luz y nos aparta, de alguna manera nos dice que nos podemos retirar y que no nos preocupemos, que él se encarga de todo, de que no sigamos sucumbiendo de esa manera tan ridícula, que eso es lo que realmente es, ridícula, todos lo somos, ridículos y absurdos y por tanto más que normales.
La ficción nos acuna y nos hace soñar, nos canta nanas que manipulan nuestra vida hasta hacerla aceptable. Todo se rebaja a un mero intento de no abrir los ojos, en cualquier caso. Todo se reduce a no querer mirar la destrucción, algo así como decir que para qué mirar el cadáver si puedes girarte y contemplar una flor.
La ficción nos acuna y nos hace soñar, nos canta nanas que manipulan nuestra vida hasta hacerla aceptable. Todo se rebaja a un mero intento de no abrir los ojos, en cualquier caso. Todo se reduce a no querer mirar la destrucción, algo así como decir que para qué mirar el cadáver si puedes girarte y contemplar una flor.
Es comprensible, hasta cierto punto. El problema es que de vez en cuando no se puede evitar despojarse un rato de la ficción y examinar la realidad, que suele caer sobre el sujeto como un peso de plomo. Piensa que cómo ha podido estar tan ciego, y entonces se vuelve a sumergir en la irrealidad, diciéndose a sí mismo que no es real, no lo es, que la vida es hermosa... sin atreverse a volver a mirarla a los ojos, sin embargo.
El desengaño le pesa, está solo, ya no existe, es un fantasma. Sus dedos blancos traspasan las mentes como si no tuvieran ya carne, la sangre abandonó hace tiempo sus venas y ahora por ellas tan solo se arremolinan volutas de humo, humo de su piel quemada por la soledad.
Está vacío y su mente se torna blanca, una luz le ciega el pensamiento, ya no hay otra cosa en su interior, ya solo una luz disparatadamente blanca. Y él se entrega a ella, le abraza, su cuerpo de aire acaricia la luz, es suave y su tacto es como el agua, se mueve en ondas, es escurridiza, juguetona, amable. Él cierra los ojos, pero la luz sigue ahí y ya no le molesta, porque ya no importa, ahora él es de esa luz, ahora ella es su dueña eterna e inmortal.
Ya está. Ha muerto.
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