Es indudable lo razonablemente rápido que las personas (o la gran mayoría) son capaces de ponerse de acuerdo en una serie de conceptos básicos y, por ello, difícilmente discutibles. Hablo de esa serie de valores que todo el mundo defiende con pasión cuando se exponen de manera teórica, aunque bien es cierto que los más básicos (matar, robar, insultar) generalmente son rechazados en sus niveles más simples porque, como todo el mundo sabe, matar está mal. Por suerte.
Hay, sin embargo, un conjunto de libertades más ambiguas, mas sutiles y más complejas que por su misma fragilidad son anuladas por la sociedad, quebradas y rotas hasta la saciedad o, más bien, ocultas como si no valieran la pena y fueran basura que no mereciera consideración alguna. La masificación irreverente al alma que maneja los hilos de las masas, tan volubles y a la vez tan simples y tan constantes, tan charlatanas y tan vacías de significado... esa masificación es la que anula voluntades y suprime libertades.
Cuántas veces habrán podido negarme esto, ojos de chabacana y plagiada madurez irreal, sabedores por su expresión de todos los misterios del mundo y, al parecer absolutamente conscientes de la diferencia entre el bien y el mal, sin darse ni la más remota cuenta de su figura de peleles rotando en el viento y dejándose llevar, pensadores innatos de que van en contra de las masas cuando en realidad las siguen con obsesión casi ciega y carente de valor, interés o sentido alguno.
Estas libertades no son en sí misma impedidas, ni paralizadas por medio físico alguno, sino que son despreciadas. Relegadas. Burladas de tal manera que nuestro instinto inherente de permanecer en grupos, en una sociedad, acompañados, escuchados, tomados de la mano, sabedores de compañía, de que para nosotros la soledad no existe, nos hace huir de esas libertades que en fondo ansiamos pero que son tenidas a menos por el grupo. No son abiertamente negadas, pero sí extrañadas. Son el anzuelo natural de las miradas extrañas. Y qué osadía ha de tenerse para seguir adelante afrontando soledades inciertas pero posibles, para negar lo mundialmente aceptado. Y no son diferencias pequeñas, de las que actualmente todo el mundo defiende, orgullosos de ser distintos, de ser raros. Y ya de por sí es moda, lo cual puede sonar paradoja pero ni de lejos lo aparenta, porque realmente no es más que un círculo que rota y rota y rota de mayorías que jamás cambian las condiciones elementales de ese contrato al que someten sus vidas.
Son libertades ínfimas y tenues, vaporosas y menudas como esas sedas límpidas que constituyen la belleza de las vestiduras... o en este caso del alma.
En una clase cualquiera de un instituto cualquiera de una localidad cualquiera, un niño no habla nunca con nadie y permanece siempre sentado a la espera de enseñanzas, sin amigos (o al menos allí, en su instituto), sin compañía, siempre mirando al frente y con los brazos cruzados, en sempiterno silencio.
En un caso teórico, todos convendríamos en que lo último que debería hacerse es meterse con él. Porque el hablar o no hablar, se argumenta, es cosa suya y de nadie más.
Cuando esto ocurre en la vida real, esa libertad se suprime y queda anula, como si el chico X estuviera en la obligación de trabar amistad con sus compañeros. Entonces se juzga rápido y mal, se le tacha encuadrándolo en una serie de etiquetas de las que no puede escapar. Marginado y antisocial. Raro. Burla. Chanza. Desecho. Diferente.
Y ay la de razones que se tienen para hacer las cosas, ay la de pensamientos que surcarán la mente de ese niño, los motivos de su silencio y de su mutismo, de su aislamiento, ay el dolor de ser tan rechazado cuando se es por causa propia y ay cuando se empieza a creer todo lo que se le dice.
En un caso teórico, todos convendríamos en que lo último que debería hacerse es meterse con él. Porque el hablar o no hablar, se argumenta, es cosa suya y de nadie más.
Cuando esto ocurre en la vida real, esa libertad se suprime y queda anula, como si el chico X estuviera en la obligación de trabar amistad con sus compañeros. Entonces se juzga rápido y mal, se le tacha encuadrándolo en una serie de etiquetas de las que no puede escapar. Marginado y antisocial. Raro. Burla. Chanza. Desecho. Diferente.
Y ay la de razones que se tienen para hacer las cosas, ay la de pensamientos que surcarán la mente de ese niño, los motivos de su silencio y de su mutismo, de su aislamiento, ay el dolor de ser tan rechazado cuando se es por causa propia y ay cuando se empieza a creer todo lo que se le dice.
Marginado y antisocial. Raro. Burla. Chanza. Desecho. Diferente.
Estás obligado. Obligado a reír, obligado a salir, a beber y a ser idiota. Obligado a cantar y a bailar y a hablar y dejar tu voluntad a un lado, obligado a ser arrastrado como un muñeco y a no poder elegir, y a comportarte como todos los demás para no ser burlado ni insultado. Para no ser tratado con la suficiencia de quien nada sabe y todo dice aunque no suelte más que huecos por la boca.
Obligados, sí. O no. Ojalá yo pueda recuperar las pequeñas libertades de las que aún soy consciente.
Las otras estarán perdidas para siempre, al igual que un pedazo de dignidad desprendida y ahogada por la presión de un mundo transformado en una masa dominada, ciega y obsoleta.
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