Te digo que podrías tomarme como loca sin un mero reproche por mi parte en cuanto te diga que tu superficie irisada en mis manos no es más que metáfora cada vez que te sujeto.
Si te digo que adoro el momento en el que te resbalas de entre las palmas de mis manos y caes al suelo rompiéndote en mil pedazos... ¿qué pensarás? Con razón podrás mirarme con el recelo del que se sabe en peligro pues tu sufrimiento es mi pasatiempo.
No niego que cuando caes y estallas, y el suelo se vuelve blanco de tus pedazos, y las flores azules que enmarcaban en bello dibujo tus bordes ondulados quedan esparcidas por las losas del suelo rotas a la mitad y despojadas cruelmente de sus pétalos, sonrío.
¿Sabes por qué sonrío? No es por tu sufrir en la caída hacia tu perdición, ni por las hermosas flores deshojadas. Sonrío cuando miro al suelo y tus pedazos han quedado rotos de tal manera que los más grandes tienen en sus bordes las caras tan suaves que tocarlas, aún a riesgo de hacerme daño, me fascina por la suave peligrosidad hipnótica de la misma.
Otros más medianos hienden el suelo como agujas de plata afiladas como dagas, brillantes como el marfil. Y los más pequeños cubren las baldosas de polvo fino y blanco como si la nieve pudiera molerse y esparcirse por entre mis pies descalzos.
Admito que ante el espectáculo de tu derrota puedo sonreír embelesada, acercarme a ti y coger con cuidado un trozo con sus aristas perfectas brillando al sol del mediodía y admirar el resultado de tu pena y tu muerte.
Entonces, y solo entonces, alzo la mano al sentir una punzada de dolor, porque una aguja de porcelana, rota de dolor y de pena, se ha hendido en la palma de mi mano, haciéndola sangrar.
Comprenderás entonces, querido plato roto, dónde queda la metáfora de las debilidades humanas en las que tan frecuentemente tú yo y cualquiera hemos caído sin reparar en las consecuencias.
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