(Adjunto aquí el primer retazo subido a este blog de la novela que estoy escribiendo. Pertenece a la segunda página. Es posible que en un futuro acabe cambiando, pero de momento así lo he escrito).
–Qué sentimiento tan
despreciable, la crueldad –le comento al dibujo. No habla, no siente, pero
calla y no dice nada, tan solo me da la sensación de escuchar, que es lo
importante y lo que me reconforta. Ni sus líneas malgastadas le hacen parecer
menos real. Él es el depositario de mis penas y así fue desde siempre, desde
que la última persona de este mundo me dio de lado y me olvidó o por lo menos
quiso hacer que me olvidaba para no meterse en líos y salir bien parada de mí,
la carne de cañón por excelencia–. Lo odio, lo odio, es el que más me repugna,
el que me asquea y el que me hace llorar. Es la causa de todos los males, la
crueldad en todas sus formas: la indiferencia consciente, las burlas en
público, el cariño que da la espalda a sabiendas de lo que hace y sin motivos.
Ojalá nadie fuera cruel, no es necesario, es inútil, es fuente de lágrimas
amargas, amarguísimas, y a mí me destroza la vida. A otros, en cambio, les hace
subir en un pódium social del que aún no se ha demostrado su utilidad, porque
el que por él trepa al final acaba desecho y ciego, muerto por dentro. Ancianos
encorvados se inclinan sobre el suelo, hacen recuento de su vida y desean:
‘ojalá nunca hubiera sido cruel. Si no lo hubiera sido ahora no estaría aquí, solo
y carente, llorando por quién en su momento la vida destrocé y lo ahora no
puedo arreglar’. Y otros en cambio mueren inflados en su crueldad y con la
sonrisa en los labios hinchados de frases desalmadas: ‘Ah, qué bien muero,
muero como un rey, habiendo pisoteado hasta el final las vidas que por delante
se me pusieron en el camino y que no tuvieron la prudencia de alejarse. O más
bien, algunas las busqué yo deliberadamente, para imponer mi poder y hacer
saber al mundo que tengo la virtud (¿virtud?) de imponer mi voluntad y mi deseo
aunque éste sea innecesario o atormentador. Y no se trata más que una forma de
asegurar mi territorio’. Y así, el cruel expira y muere. Con sus últimas
palabras huecas en la boca desdeñable.
Empiezo a reír con convulsiones
histéricas: los monólogos frente al boceto son desde hace algún tiempo cosa
usual en mi persona y a menudo me hacen llorar o reír falsamente, una risa
amarga y desprovista de alegría, porque no hay monólogo en el que no exprese
sentimientos acerbos que despierten el odio y la rabia en mi persona.
–“Soy un ente de ficción”
dijo Unamuno –proseguí tras mi arrebato–. Y lo dijo porque llegados a un
momento de vida pensó, y pensó, y pensó, y tuvo un arrebato, una locura (como
la que yo acabo de experimentar) y sintióse solo y perdido en la verdad, sintió
que nada puede ser cierto porque ningún argumento en jamás irrebatible, y eso
hace que nuestra existencia sea cuestionable, o que tal vez dependamos de la
ficción ajena. Quién sabe y quién entiende. Nadie, yo no, desde luego. Ni tú,
Liz. Pequeño muñeco inerte, como escuchas y como entiendes, porque tú eres yo y
tú eres mí y solo mía. Con querer apenas podría romperte en pedazos y sin embargo seguirías existiendo, porque tu alma no depende de ese trozo de
papel en el que estás pintada, sino de mi mente que nunca podrá romperse.
Espera, ¿nunca, digo? Quién puede saber lo nunca será… Y así, aunque en trozos
te encuentres, e incluso quemada en la lumbre, tú seguirás existiendo y tu
historia seguirá vigente en mi cabeza, porque es allí donde se desarrolla tu
historia, en mi mente. Tu papel, mi carne… todo es una excusa, una manera de
dar forma a nuestra mente. Somos invenciones espirituales de alguien superior,
y la vida nos fue dada en un cúmulo de huesos que nos limita. Como tú, pequeña
Lizzy, que no puedes sonreír porque la tinta ya está trazada y te muestra seria,
por lo que siempre te verán así los necios que tan solo se fijen en mis trazos.
Pero yo, que puedo y sé ver lo que hay en ti, sé eres capaz de sonreír, y de
besar y de llorar. No somos carne, no somos papel. Somos alma, pero eso sí, alma
de cuento y ficción inventada por quien de momento no podemos conocer.
>> ¡Muérome a veces, triste y
sola, no mi carne, sino mi alma! A veces, sola y quebrada por aquellos que me insultan,
caigo y muero sin morir. Y en el pozo inmundo, infecto, de los horrores mi alma
cae y piensa en quién será su dueño y quién creó su vida y sus pasiones que me hacen
ser quien soy, yo y nadie más que yo… y tan insignificante y odiada por todos, ¡que
desearía que mi carne también dejara de latir para desaparecer yo sola y no dejar
más lastres de mi paso!
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