Perdón. Lo siento. Perdón.
Podría haberlo dicho hace
mucho tiempo, años atrás, pero me venció la cobardía. Lo podría decir ahora,
pero me falta el valor. Y podré decirlo en el futuro, pero callaré. Y yo lo sé.
No bastó aquella noche cuando
encendí la vela con el perdón en los labios delante de una treinta de gente que
no podía entenderlo. Fue lo máximo a lo que llegué.
No bastaron ni bastan las
buenas maneras de ahora, las ayudas, las palabras de consuelo, el estar con esas
personas intentando ser un apoyo.
No bastan los remordimientos,
vuestras caras apagadas, vuestra moral hundida. Yo muero y vosotras también. No
es justo.
Porque la vela se apagó.
Las buenas maneras se esfuman
cuando mi orgullo reaparece.
Y los remordimientos no os
ayudan.
No servirán los actos de
humildad. Las palabras fueron dichas y mis labios las enunciaron, de manera
repetitiva, mis gestos, mis miradas, mis manos, mis palabras. Mis palabras
escritas, mi palabra hablada. Cuántas palabras, cuánto he hablado. Todos los
días digo algo, saludos, diálogos, monólogos. Sí. Monólogos. Conversaciones en
grupo: perdidas, tristes, obscenas, terribles. Cuánto orgullo he derrochado,
cuánta crueldad he desperdigado a mi paso, a cuánta gente he dejado atrás.
Cuánto horror y cuánta guerra de silencios en las que ya tenía la batalla
ganada.
Cuántas miradas gachas, cuánto
egoísmo en mi ambición.
Y qué poca utilidad, qué
desperdicio, si a nadie le importa, a nadie le mueven mis anhelos, nadie quiere
mis deseos.
Estaré sola hasta que muera. Y
moriré perdida y olvidada bajo sábanas roídas y con el corazón tambaleante, el
estómago vacío, el dormitorio frío. Y será un premio ganado a pulso en un
combate que duró toda mi vida y en el que realmente solo luché yo.
Lo siento. No sabéis cómo. Sé
que sabéis a qué me refiero, y sé que me odiáis en ocasiones, cuando lo pensáis
y os dais cuenta, y que a veces querríais que yo nunca hubiera estado, y que lo
pensáis como una solución, un hecho, un pensamiento, una constatación. Para
poder hablar.
Porque debe ser eso. Si yo
hablo, hay alguien que no podrá hacerlo.
Así que la solución debe ser callar y callar para siempre y sin remedio, sin reír y sin hablar, sin
cantar y sin llorar, sin buscar más aquellos ojos azules, sin rehuir la
vergüenza de su proximidad, sin moverme y sin temblar cuando esté rodeada y
quiera ser como antes, y no poder hacerlo, y querer morir, y acabar muerta por
dentro.
Y sentirse sucia y carcomida, y querer borrar
un pasado que me hace como soy, y borrarme a mí misma cuando lo haga, y romper
lo que me rodea y matar para no morir sola.
Y reír y hablar y cantar y
llorar y buscar sus ojos azules y rehuir su proximidad y moverme y temblar.
Y entonces vuelta a empezar.
1 comentario:
Cada vez escribes mejor. Eres un cielo. Alumnas como tú dan sentido a mi trabajo. Hay esperanza.
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