domingo, 15 de diciembre de 2013

Saber bailar

No puedo seguir así, reniego de ello, de seguir en el mundo como un espectador pasivo y calculador, reticente, callado, superfluo y prescindible. Ya no hay vuelta atrás, es una amenaza a mis propias formas, mis maneras y mis rutinas; una amenaza a punta de pistola –cargada y peligrosa, el cañón me apunta y ya no puedo arrepentirme–. No funciona así, ya no, vivir de lo vivido y sacar el jugo hasta el tuétano, vivir ya de las sobras y de los recuerdos condescendientes, usados y raídos ya hasta el exceso: hay que reinventar nuestras memorias y hacer revivir la carne, volver a excitar cualquier rincón de nuestra mente y agotar hasta el cansancio para no tener ya fuerzas para protestar por nada. Y que aún me quede la baza de poder hacerlo, esta vez ya con legitimidad.

Hay que hacerse imprescindible a las almas ajenas: solo así te recordarán. Hay que influir en sus miradas, volverlos hacia la tuya, hacerles tus amigos, romperles la coraza, hundirles el puñal hasta el corazón, hasta los recovecos más invisibles, hacerse necesaria, deseada, ansiada. 

Ya no se puede seguir así. No toleraré más las sombras, las preferencias, las confianzas extintas. No toleraré los cambios imprevistos, la burbuja inexorable de siempre, la neblina de mis horas pasadas, la huella infame de la soledad marchita, las risas cortadas en seco, las maravillas ya tristes de un silencio prolongado en exceso.

Todo ha cambiado. Hay un antes y un después. 

Quiero saber y no puedo, por relegarme a un mundo voraz y loco por el quiebro de mi vida. Vamos a girar el mundo, mi mundo, vamos a romperlo y volverlo a juntar, qué narices, y luego remodelarlo a mi gusto, a mi antojo arbitrario, qué más dará. ¡No quedará peor de lo que ya está! Se acabaron los tiros fútiles, a partir de ahora tiro a matar: el mundo entero es mi enemigo y difícilmente habrá quien encuentre un hueco para socavar la armadura.


Y ahora mírame a los ojos, maldita cabeza vacía, hueca, retrasada. Tú y tu egocentrismo soez, vulgar, gritón. Tú y tus risas agudas, tus chillidos de pajarraco cabreado. Tú y todo lo tuyo os vais a ir al infierno de los méritos fáciles y las amistades podridas.

Y ahora... solo hay que saber bailar.

(Así es. Habrá mil maneras, pero todo se reduce a esto).



lunes, 18 de noviembre de 2013

Maldito nombre abstracto

Perdona, perdona, perdona, sé que ahí había algo, cualquier cosa, un pensamiento, una vaga ilusión pequeña y antigua (¿te acuerdas?). Puedo intuir que aún guardabas algo dentro, y que no habrías negado una oportunidad a lo que el tiempo creó para acabar uniendo.

Espera. Dios mío.

Pero qué escandalosamente simple soy. 


Lo siento, pero ya no creo en ti, nombre abstracto, figura sin formar a través de los siglos. Dicen los entendidos que inflamas corazones y que elevas pensamientos, que satisfaces las pasiones y haces cabalgar las sonrisas más reticentes en los rostros más ácidos y tal vez hasta carcomidos por el odio o la impasibilidad.

Dicen muchos que sin ti no somos nada, que eres eterno, que nos tienes atados de pies y manos condenados a soportar tu placentera presencia. Dicen que nos torturas con el agrio almíbar de tus emociones confusas, y que resulta una tortura agradable, hermosa, amable.

Aún y con todo ello, en su mayoría dicen amarte, adorarte, dispuestos a ser tus esclavos, a ser quemados por ese fuego celebérrimo que dicen que siente todo aquel que te experimenta.

¡Están dispuestos a todo por ti! -observo con horror. Me retiro, asustada, mugrienta por tu falta, sola. Están dispuestos a dejarlo todo, a romperlo todo, sus vidas, su corazón, por ti, maldito nombre abstracto.


¿Pero es que no ven acaso la otra cara, el doble filo, la traición oculta tras el velo rosado?

¿Es que no ven que todo en ti es finito, mudable, alterable? ¿Es que no ven lo caprichoso de tu naturaleza, que cuando te vas dejas un hueco inmenso y no te molestas en mirar atrás? ¿Es que no ven tu carácter depredador, tu faceta hambrienta de corazones secos ya de tanto amar en vano?

No sé si es realmente así, o si ya desvarío e invento. Pero tengo miedo. Miedo de que el maldito nombre abstracto pueda surgir entre tú y yo y nos arruine la vida. Tengo miedo de acabar maldiciéndote y quedarme sola después de habértelo entregado todo, de haber mecido mis emociones en tus brazos y luego me los retires. Tengo miedo de terminar odiándote y sin embargo ligada a ti para siempre. Tengo miedo de lo que puede suponer a largo plazo el odioso nombre abstracto. Tengo miedo de gritar.


Perdona, perdona, perdona, sé que no es justo. Pero tengo miedo de acabar así, con el maldito nombre abstracto convertido en odio, o decepción, o en una triste y pobre vida arruinada para siempre...

Ojalá pudieras demostrarme que mi temido nombre abstracto existe de verdad.

Y aún así aprecio demasiado lo que pudiera conseguir.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

Ya no bailan

Ya no es posible más. Dos no bailan, juegan, ríen, lloran, se entienden, si uno no quiere. Una calla y espera, sobre todo calla ante las ocasiones arrebatadas, ante las frases cortadas, las opiniones arrancadas. Una se calla y sonríe y ríe cuando la otra parte lo necesita, cuando precisa alguien que le ría o que aguante las parrafadas incansables. Una se aguanta, porque el querer y la amistad priman y la situación así lo requiere. 

Después de tantos años, malditos silencios a tu incansable favor fugaz y repentino, que luego olvidabas, que nada jamás importa, todo lo olvidas en tu maravillosa mente fantásticamente vacía. Ni tan siquiera un hálito de gracias tardías, ni un reconocimiento febril en el lecho de muerte de tu empatía ya extinta.

Mírale como habla. Antes era un turno y un consuelo, primero su voz, luego la mía, una conversación cambiante y cortés de impresiones mutuas reales. Se entendía como un desfogue, ni siquiera había que comprender –la simple escucha atenta y leal bastaba–, era un pilar de ayuda y una muestra de confianza absoluta. 

Pero un día miras y dices: pero si ya no está, ha huido como tantos otros: soltando estupideces ciegas por la boca antes anegada de versos sin rima. Resulta tan distinto y tan descorazonador. Se han llevado a aquella alma solitaria al país de la obcecación cobarde y necia y te ha dejado aún más sola que antes, más vacía y más callada, –porque unos de los pocos oídos que antes se rebajaban a prestarte servicio, ahora tan solo se escuchan así mismos–.

Y lo notas por la retahíla de palabras inútiles: tanto como se podría contar, tanto de lo que hablar y ya no hay nada, solo un monólogo desgraciado y fútil, transformado en escarcha para mis oídos, desvaído y febril. 


Yo, en el fondo, lo entiendo. Es tan fácil perderse. Hay demasiados discursos convincentes, y siempre se siente la necesidad apremiante de agarrarse a algo y manifestar una opinión continuada y fuertemente machacada, para demostrar al mundo –¡catástrofe de masas!- y sobre todo a uno mismo que no se está solo en un planteamiento –lo cual siempre resulta descorazonador–, además de exteriorizar la seguridad y la determinación de cualquier líder estereotipado.

Yo, lo siento, no soy capaz. Tendré que quedarme en este mundo yo sola, tecleando en soledad.

PD.: Jamás te negaría un regreso. Es difícil encontrar cosas así. Aún así es una pena, este distanciamiento cansino y pueril. Pero ya lo entenderás.



martes, 27 de agosto de 2013

Pereza vital

Me han dicho tantas cosas y he hablado tanto, que solo de pensar en todo lo que me queda por comentar, por discutir, defender, departir, escuchar, aconsejar e incluso lisonjear y amenazar a quien fuera pertinente me canso ya de antemano y quisiera dormir hasta saltar toda mi vida futura como en un rápido y abrumador sueño exasperante cuyo único fin es depositarme ante las laboriosas puertas de la muerte.

Me frustro, sin embargo, aún sabiendo que tanto vericueto y tanta andanza inútil son necesarios para llegar a algún lugar más allá de lo cognoscible, o simplemente para abandonar este mundo –malcriado y mal aprovechado– lo cual ya de por sí podría resultar premio suficiente para tanto sufrimiento fútil e incansable, ridículo y mezquino.

Por eso me da por pensar en lo joven que soy y en tanto como me queda por vivir –dando por hecho, aunque no tendría por qué, que no fuera a atropellarme mañana un autobús despistado o (ya ves tú qué diferencia) un meteorito malparado– y en base a estas cavilaciones me consumo de impaciencia sabiendo que mi vida no será muy distinta que la de cualquier otra persona –viva dónde y cómo viva, es indiferente, todos callan y todos sufren: los pueriles, los ignorantes, los simples y más aún los más pensativos, callados y cultivados–.


Voy a vivir tantas desilusiones, desamparos, decepciones, alegrías y arrebatos como el más común de los mortales, y lo máximo a lo que yo o cualquiera podremos aspirar jamás será a conseguir algún logro lo suficientemente significativo como para que se nos recuerde durante un tiempo –es como comprar un aplazamiento en la memoria del mundo, un poco de tiempo más para perdurar–, y luego –sin duda– morir entre las ruinas de un olvido ilustre pero tan constante como otro menos selecto pero igualmente eficaz. 


Es la vida, el mundo, nosotros, conceptos tan inexorablemente absurdos. ¡Ninguno sirve para nada! El final no es más que el mismo círculo vicioso de siempre. Pero ya cansa. 

Miro todo el camino que me queda por recorrer, y quisiera sentarme en un lado del camino... y allí quedarme. Sin más. 


Tal vez no sea más que pereza vital.



lunes, 5 de agosto de 2013

Lo siento y gracias, profesor

Lo siento y gracias. Más no sé decir, o no puedo, o resultaría excesivo y me iría por las ramas, como siempre. No puedo, en cambio, quedarme aquí en una frase y cuatro palabras por muy auténtico que fuera su significado (que lo es), porque aquí hablamos, precisamente, de la literatura y el valor de lo escrito y hasta cuán lejos puede llegar ese valor sin ayuda, él solo y desdeñando todo aquello que lo retiene, que lo araña y lo desgarra. 

Así pues, hablemos. Expliquemos. Y vayámonos por las ramas en la explicación de lo inexplicable.

Lo siento va más allá de una simple fórmula de cortesía: yo lo siento de verdad, en el sentido exacto y conciso de la frase (con su sujeto omitido respectivo y un entrañable complemento indirecto -¿o tal vez es directo? Apostaré a que es indirecto, mas si fallo tampoco sería ninguna sorpresa-) porque más allá de una presencia puntual cuando se requiriera en el horario, era usted alguien distinto, un profesor que se salía del carril, por decirlo así, pero también deseaba salirse de ese carril. ¿Cómo explicarlo? Deseaba usted ser un recuerdo sobresaliente en nuestras mentes futuras, provocado por sus rarezas y virtudes salidas del estereotipo. Le comprendo muy bien. Había de haber, seguro, mucha soledad allá por sus pensamientos, pero una soledad resignada, como asumida por una vida elegida de palabras reivindicadas de cara a quien no entendía o simplemente no sabía. 

También explicaré el gracias, ya sin verbos ni complementos, por la poesía y por los libros, y por tantas palabras con sentido, acertadas donde las haya, por tantas rimas y tantísimos versos que conmovieron mi alma con metáforas extraordinarias y frases geniales... La Sonatina de Rubén Darío (con ella aprendí a leer), podría haberla leído miles de veces, fascinada por todo aquel cúmulo de letras tan genialmente dispuestas. Siempre me supe de memoria aquel precioso poema. Desde niña. 

Así que sí, profesor, recordaré aquellas clases probablemente como pocas. ¿La razón? Una mezcla de actitudes, de discursos, de poemas. 

Muchas gracias (creo que usted fue el único que dijo: si te gusta, hazlo, es tu futuro. Y eso no se olvida. Aunque probablemente no lo vaya a hacer.)


martes, 11 de junio de 2013

Huella

Vuelve la sombra cierta y cobarde, agobiante, de lo que en otro tiempo fue certeza física a mis espaldas, palabras y movimientos sonrientes bajo el resguardo de una mayoría creciente y aburrida, monótona y voraz, muerta de ansia sobre aquellas tristes demostraciones de un juicio velado y despreocupado, cambiante, cruel en ocasiones.

¡A veces dudo por tu culpa, me revuelco en mis indecisiones, cambio! Y podría haber sido otro blanco aquel que señalaban tus letras, tus frases desordenadas. 

Podría yo haber quedado al margen y hacer olvidar lo que nunca correspondió a esta mente retorcida y singular, o simple y mayoritaria, pero propia y por tanto sensible a mis lágrimas, a tus índices acusatorios -dirigidos hacia un mar embravecido donde muchos residimos y por tanto todos nos damos por aludidos. 

Y tú y tus intrigas danzantes eran tan seguras y tan acertadas que igualmente me hundí en aquel pozo mío de inmundicias apagadas adonde me arrojaste, ente cruel. Tú y mi estilo fuisteis almas engendradas en opuestos y antagónicos puntos del lugar donde moran las personalidades nonatas. Y el tuyo fuerte y angosto dobló lo que fue creado para romperse, para quebrar. 

AHORA SOY CIEGA Y ME DETENGO.

He perdido la ilusión fuerte y valiente que me guiaba allá por donde iba, ahora estoy muerta y perdida sin fuerza ni razón, y sigo allá a quien dice tener razón por no tener yo fuerzas para razonar sus argumentos. SOY UN DESPOJO PORQUE TÚ SIN RAZÓN ROMPISTE LO QUE ERA MÍO.

Arrollabas por el mundo lo que se te ponía ante tu cuerpo atronador, todo lo querías bajo tus pies, bajo tus garras, juzgando, apisonando y dejando atrás a quienes como yo abrazamos al silencio y nos escondemos huyendo de un tornado tan fuerte que lo arrastra todo, que no deja razonar porque lleva a temer ser inferior. Todos tenían que seguirte. Y yo tenía que ser hundida.


Pero esto no quedará así. No se suprime el orgullo feroz y aquella ambición que en otros tiempos me llevó a querer ser mejor y a superarme, porque esos son las virtudes que prevalecen y que de ti me guardan, aunque menguadas y a la espera de una llama que las reviva, porque ahora agonizan como únicas supervivientes de una guerra cuyas principales víctimas fueron todos mis sueños y la fuerza necesaria para llevarlos a cabo.

Sí. DEJARÉ MI HUELLA EN EL MUNDO. Y si no soy capaz de ello, tú irás detrás de mí y tampoco lo lograrás, porque reivindicaré lo que el mundo me niega por ser tan cortos -"azogues, almas cortas"- y tan ciegos y tan débiles.

¿Crees que no? Ahora empiezan tus juicios, tus mentiras multicolores. Tus palabras atropelladas, esa facilidad tan grande para decir las cosas con tanta seguridad.

Como si supieras. Como si supiéramos.

Pero aquella promesa... la pienso llevar a cabo como si en ello me fuera la vida, Y DEJARÉ UNA HUELLA MUCHO MAYOR DE LA QUE JAMÁS IMAGINASTE.


Sí. Con la rabia se es capaz de llegar lejos. Y lo siento. Pero es así.



sábado, 1 de junio de 2013

Cerrar es abrir

Andaba yo buscando una fantasía ideal en la que vivir de manera sempiterna, un péndulo que al oscilar no me arrancase las vísceras realistas del alma. Una utopía de tremendas dimensiones que me permitiera, en fin, vivir en una mentira perenne y confiada. 

Yo presentía una imaginación fresca y orgullosa en aquel camino que subía entre los vericuetos de la montaña fría y cálida, había un olor a esperanza en aquellas hojas y aquellos colores, aquella luz, aquellas personas. 

Hundíame presto en alguna vereda verde y marrón, entrañable y desgarradora, por tanto. De leyenda. O de odio. Tanto es así como me recuerdan lo que es nuestro camino: un desecho de broza, criminal y sangriento, traicionero, feroz, hambriento, famélico. Repleto de vidas en esas condiciones, en ese estado, con ese rostro, con esas caídas en la mirada, esas costillas bajo la piel que muestran feroz hambre de ternura. 

Esas vidas hundidas, desesperadas, muertas y desgarradas por dentro, cúmulos de sangre incierta, de heridas sin cerrar. Por ellas se les escapa la vida y ese agua que les puebla las venas.

Y así cerraba yo los ojos para que vieran lo que no existía. Que vieran así una mentira cuya utilidad es a misma que contemplar nuestras vidas apagadas: nula, fútil. No la hay. Es lo mismo. La vida allí continúa, el sueño no perece y la sed no se calma.

Vendrán los vientos grises a arrancarnos de nuestro tórrido sol. 

Vendrá el audaz cuchillo, querrá rasgar nuestra carne.

Vendrá una única soledad de dientes negros, de piel blanca, de manos engarfiadas. Sola, única, triste.


Y yo... yo presiento todo esto tal y como ellos lo viven, les veo a todos hundiéndose en su miseria y despojándose sin saber de lo que ahora, ilusos, les hace felices. 

Les veo solos, asustados, sabedores de lo que yo sé ahora. Les veo secos, hambrientos, perdidos.

Yo ya cerré los ojos y eso me hizo abrirlos. 

Cerrar es abrir, y ellos al abrir los cierran.



domingo, 12 de mayo de 2013

Lo siento


Perdón. Lo siento. Perdón.
Podría haberlo dicho hace mucho tiempo, años atrás, pero me venció la cobardía. Lo podría decir ahora, pero me falta el valor. Y podré decirlo en el futuro, pero callaré. Y yo lo sé.
No bastó aquella noche cuando encendí la vela con el perdón en los labios delante de una treinta de gente que no podía entenderlo. Fue lo máximo a lo que llegué.
No bastaron ni bastan las buenas maneras de ahora, las ayudas, las palabras de consuelo, el estar con esas personas intentando ser un apoyo.
No bastan los remordimientos, vuestras caras apagadas, vuestra moral hundida. Yo muero y vosotras también. No es justo.

Porque la vela se apagó.
Las buenas maneras se esfuman cuando mi orgullo reaparece.
Y los remordimientos no os ayudan.

No servirán los actos de humildad. Las palabras fueron dichas y mis labios las enunciaron, de manera repetitiva, mis gestos, mis miradas, mis manos, mis palabras. Mis palabras escritas, mi palabra hablada. Cuántas palabras, cuánto he hablado. Todos los días digo algo, saludos, diálogos, monólogos. Sí. Monólogos. Conversaciones en grupo: perdidas, tristes, obscenas, terribles. Cuánto orgullo he derrochado, cuánta crueldad he desperdigado a mi paso, a cuánta gente he dejado atrás. Cuánto horror y cuánta guerra de silencios en las que ya tenía la batalla ganada.
Cuántas miradas gachas, cuánto egoísmo en mi ambición.
Y qué poca utilidad, qué desperdicio, si a nadie le importa, a nadie le mueven mis anhelos, nadie quiere mis deseos.
Estaré sola hasta que muera. Y moriré perdida y olvidada bajo sábanas roídas y con el corazón tambaleante, el estómago vacío, el dormitorio frío. Y será un premio ganado a pulso en un combate que duró toda mi vida y en el que realmente solo luché yo.
    
Lo siento. No sabéis cómo. Sé que sabéis a qué me refiero, y sé que me odiáis en ocasiones, cuando lo pensáis y os dais cuenta, y que a veces querríais que yo nunca hubiera estado, y que lo pensáis como una solución, un hecho, un pensamiento, una constatación. Para poder hablar.

Porque debe ser eso. Si yo hablo, hay alguien que no podrá hacerlo.
Así que la solución debe ser callar y callar para siempre y sin remedio, sin reír y sin hablar, sin cantar y sin llorar, sin buscar más aquellos ojos azules, sin rehuir la vergüenza de su proximidad, sin moverme y sin temblar cuando esté rodeada y quiera ser como antes, y no poder hacerlo, y querer morir, y acabar muerta por dentro.

Y sentirse sucia y carcomida, y querer borrar un pasado que me hace como soy, y borrarme a mí misma cuando lo haga, y romper lo que me rodea y matar para no morir sola.

Y reír y hablar y cantar y llorar y buscar sus ojos azules y rehuir su proximidad y moverme y temblar.

Y entonces vuelta a empezar.


domingo, 28 de abril de 2013

Bellas Letras

Aquí estamos. Sin ese equilibrio necesario que nunca existió y que ahora se inclina hacia el otro lado, hacia el popularmente coherente y tan necesario como este lado de acá en el que yo me siento tan a gusto y que ahora es desechado y falseado, calumniado, mirado con prepotencia. Sí. Qué bellas las Letras, y qué inútiles ahora, las palabras, y los cuadros, la música y su sonido embriagador que te hace sollozar, y esas pinceladas carmesíes que hipnotizan al alma adecuada, y esas notas furiosas que estremecen los sentidos, y esas palabras que tocan el fondo del deseo y de la humanidad, de la rabia, y del odio y del horror. 

¡Qué ciudades antiguas allá donde todo esto primaba por las calles y por las plazas repletas de poetas y de filósofos sabios, de pintores afamados y reclamados! ¡Qué envidiables aquellos paseos que nunca viví donde la búsqueda de la belleza era un sentimiento aceptado a la idiosincrasia humana! 

Y ahora... ¿dónde están los escultores? ¿Dónde viven los pintores? ¿En qué guarida moran los filósofos, que solo cuatro o cinco son capaces de salir adelante y vivir por su virtud? 

¡Cuántos jóvenes y letrados ansían seguir con su talento y con su pensar divino y portentoso, y es terrible la inmensa mayoría de ellos que acaba sumisa en una muchedumbre que trabaja para lo que no vale y no conoce, y repugna... por ese miedo innato de no tener con qué ganarse la vida! 

Es atroz cómo somos enseñados. Se lucha por acabar siendo técnico en cualquier cosa, sin importar para qué sirve ni para qué se usará, preocupados por llevar un jornal a casa, cansados y aburridos, y sin saber (y sin importar, en el fondo) si con nuestro invento se matará o se destruirá, o si servirá para construir cualquier artilugio inmundo y chapucero, que se romperá a los cuatro días y que mientras tanto sepultará bajo piedras la posible curiosidad por el mundo de un niño. A saber. Estamos, digo yo, demasiado hartos y derrotados.


Tenemos miedo. Yo también. En mi caso, también siento asco. Este mundo nunca nos dará oportunidades. La ciencia se vuelve fría e inhumana cuando empieza a preguntarse: ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, se puede hacer. ¿Todo lo que se pueda se ha de hacer? ¿Quién establece los límites cuando se descontrola la frivolidad del hombre? 

Y, sin embargo, toda esa emoción del hombre del laboratorio ante un descubrimiento inminente, no es más que esa virtud que siempre aparece de querer saber la verdad y de poseer y crear belleza, aunque no lo admita. Pero esa exaltación, créanlo o no, es la esperanza súbita y repentina de encontrarse ante otra oportunidad de encontrar la verdad de este mundo. 

Y eso, sí, son humanidades.


Mientras tanto, mi vida queda relegada a las opciones de supervivencia. No te obligamos a nada, me dicen. Pero ten bien presente que si quieres vivir con desahogo, si quieres llevar una familia adelante sin que se hunda, si quieres estar tranquila, elige esto. Y luego añaden dulcemente: no es mala opción. Es bonito. ¡Mentira! 

¿Estoy condenada a morir zarrapastrosa si elijo para mi futuro el entrar de lleno en el bando de los perdedores? ¡Parece ser que sí! Cada vez son menos los requeridos para ocupar las filas de los trabajadores del arte, cada vez prima menos, es una decadencia inevitable por haber roto el equilibrio fundamental, ahora nos estamos ahogando y yo quiero remontar las olas, pero no tengo fuerza, no la tengo yo sola y jamás seré escuchada, ni leída, ni tomada en consideración. Porque son muchos los que como yo creen poder salir adelante y de repente un muro insalvable de gente les dice -eso sí, con el cariño y la voz dulce de quien se rindió y dejó de luchar- déjalo, ven a vivir de rodillas con nosotros.

Porque es así: estamos viviendo de rodillas en vez de morir de pie.

Y esa decisión es dura y terrible porque no implica una muerte valerosa en el campo de batalla, sino una vida hundida y miserable. 


Y (sobre todo) muchas, muchas miradas condescendientes.



lunes, 25 de marzo de 2013

Ciegos hasta la muerte

No sé cuáles serán los pasos que me harán querer morir, ni cuáles los errores que me harán desear volver a un pasado certero donde la calma predominaba y aquel error, gran error, no existía.

Solo sé que camino hacia ellos sin poder detenerme (la vida me remolca y me doblega), porque no sé cuáles son, no sé si existen (bueno, eso puedo adivinarlo: ¿quién es capaz de andar por la vida sin sobresaltos, sin caer, sin fallar cuando menos se espera? Es, creo yo, inherente a nosotros), ni cuándo tendrán a bien asaltarme en emboscada, y destrozarme la vida por mi culpa, por mi propia culpa. Porque yo los creé: ¡son míos mis equívocos! Son por mi causa, por mi vida, por mi alma, por mis descuidos, por mi mente infiel al orden. 

Ay, Dios mío, ojalá supiera qué ocurrirá. ¿Somos libres? ¿Puedo yo saber mi destino? No se me da, no, lo establezco yo involuntariamente, y por mí y por mi alma, por mi forma de pensar, solo hay un futuro, uno solo, el que yo engendro por mis obras.

Nuestro sino es determinado... ¡determinado por nosotros mismos! En una circunstancia concreta... ¡solo podremos actuar de una manera, la que nos marca nuestro ser, la que acabaremos haciendo! Y dudaremos, lloraremos, nos debatiremos, querremos morir... ¡pero eso forma parte de nuestra reacción al dilema! 

Nuestra vida está escrita por el mundo. Nosotros guiamos sin saberlo la tinta que plasmó el texto de nuestro destino con la identidad que nos hace ser nosotros. Y esa libertad que nos permite elegir al mismo tiempo nos esclaviza. Porque somos presa inevitable y sumisa de nuestros actos futuros. La vida nos arrastrará y nosotros elegiremos... pero todo tiene un sentido y un orden, y el tiempo que nos lleva pasando sin cesar no es más que nuestra percepción. ¡Nuestra simple percepción! Qué ciegos estamos. Conforme pasan los días, menos sentido le veo al mundo, a la vida, al sentido. Y por los siglos que pasen, por los años, los segundos, pasados y futuros, siempre será así. Seremos siempre ciegos hasta la muerte, y nuestras palabras (estas palabras) serán vanas y estúpidas, invidentes hasta el fin de nuestros días, y ni siquiera podemos asegurar que entonces se nos desvele la verdad.

¡Y se nos dio la consciencia de estar vivos y de saber sentir, y de querer conocer, pero se nos negó la posibilidad de poder saber porqué...!

¡Somos una mezcolanza de niños ciegos y tullidos en un campo muy grande y muy verde que no se nos permite gozar hasta que alguien pueda curarnos! (Porque solo podemos tocarlo, y apenas explorarlo con las manos, pero no lo vemos, ni lo recorremos, ni lo sentimos, y por tanto no podemos amarlo).

(Pero ¿ese alguien que puede curar y liberar existe, o estamos solos de verdad en esta belleza verde y azul que es nuestro campo tan solo supuesto y largamente anhelado, dulce y a la vez amargo...?).



jueves, 7 de marzo de 2013

Reina de la broza (Extracto de un relato)

    Ellos son como la broza: son frágiles, volátiles, inestables. Podridos. Son como esos montones descompuestos de hojas húmedas sobre la tierra de los campos. Pueden quebrarse en cualquier momento, pueden volar sin saber adónde van. Son vulnerables, vacilantes, menudos. Se quiebran al tocarlos. Hay que manejarlos con cuidado. Son como niños sin inocencia. No saben nada, hay que enseñárselo, pero tienen malicia, perversión.

    Ellos son la broza y yo soy su jefa, yo les guío. Son una masa lacrimosa de hombres y mujeres ruinosos de cuerpo y alma que anhelan seguir a alguien que diga tener ideales a los que puedan amoldarse, porque a ellos ya no les queda nada, nada, nada. Están huecos, perdidos, no piensan, no razonan, no comprenden. Hay que enseñárselo. El bien y el mal, y para qué sirven las caricias y los puñetazos. Lo han olvidado todo.

    Y yo, yo soy la peor. Soy una aberrante deleznable y despreciable, tan ruinosa y malvada como ellos, soy una paria y un amasijo de locura incierta que me hace dar y giros y giros sobre un punto precario que en realidad no existe. ¡Pero, ah, soy fuerte! Y por eso me siguen, y yo deseo guiarlos, porque los veo desechos y sin vida ni razones, y pienso que yo podría ayudarles y decirles las verdades, las palabras que exaltarían sus corazones y crearían en ellos esperanzas. Ellos me adoran. Soy su reina y ellos mi corte fiel. La reina de la chusma, de la broza. Son mi séquito vestido de harapos, con guijarros engarzados en el pelo, con pétalos marchitos en sus brazos para señalar mi camino. No sé de donde vienen porque son desmemoriados, pero me rinden pleitesía y veneran mi rostro enjuto y mis formas difuminadas e imperceptibles tras los andrajos grasientos que antaño fueron blancos. Ya ni me acuerdo de eso.

    Vagamos fortuitos por el mundo y nadie desea acogernos. Somos gentuza. Y yo soy la dueña de esa muchedumbre mansa y a la vez violenta a la que nadie quiere en sus casas, ni en sus calles, ni en sus países. Y me siento orgullosa de que me sigan a mí y a nadie más estas almas bárbaras y mugrientas, almas marrones y polvorientas. Me río en la cara de quién se cruce de acera al verlos. Somos una familia sin nombre ni origen ni educación. No somos nada. Ni nadie.

jueves, 21 de febrero de 2013

La colectividad depredadora

Ay. Tengo miedo.


Mis ilusiones... rotas, vanas, inútiles, hazmerreíres. Pequeñas e insignificantes, eran alimento  prolongado de pasiones y mesuras que exaltaban mi alma a alturas inconmensurables, que componen un futuro utópico y ficticio sin posibilidad de realizarse, y sin ella se plagará de esperanzas que ansían cumplirse aún sabiendo que nunca llegarán a buen término.


Cualquier acción en el presente implica una decisión basada en el futuro que tengo a bien imaginar o tratar de planificar, como si eso fuera posible, como si supiera donde me dejarán los años, si varada bajo un puente, acariciada por la seda, mimada por los besos, perdida tras fronteras lejanas... desaparecida y sola, tal vez, arrancada por la muerte a la fría tumba que persiste en tomarnos la mano para guiar nuestros pasos con un cariz suave, sin que nos demos cuenta. Tan suave, tan melosa es la muerte cuando camina a nuestro lado, que a veces nos olvidamos de ella y damos por hecho nuestra vida en los próximos instantes, cuando perfectamente podría ser que nos fuera arrancada. 

Y aún así, qué tranquilidad. Qué dominio para ignorar a la Parca.

Y pese a la muerte, yo quisiera llevar a buen término lo que en un principio me fue dado para ser desarrollado, para la pasión intelectual que llena el corazón y la mente, y la hace reír y llorar y hacer que viva y lata como si de un órgano llameante se tratara mi alma.

Yo, que me doy cuenta de la que gente que se adormece voluntariamente, que cierra los ojos y se abandona sin pensarlo porque están ciegos, ciegos, ciegos. Ellos se arrojan a una superficialidad de la que no anhelan salir, sino que se encierran, se envuelvan, la respiran, la besan. Y que todos estamos de lleno en una gran superficialidad, sí. La diferencia está en quien intenta salir de ella y quien se queda encallado, como esos grandes, descomunales, barcos de rozan las piedras y allí se quedan y se hunden, sin que se les ocurra la posibilidad de echar los botes al agua para salvar la vida...

Yo, que sufro por estar trabada y ser consciente, muy consciente, de lo que me espera por ser quien soy y haber dicho insensateces que ahora pasan factura amenazando con arrancarme la vida.

Yo, que solo deseo crear líneas bajo líneas y saber y contar y explicar y entender.

Y correr, zafarme, escapar de las condiciones que me crea la colectividad depredadora...


Yo, que quisiera y soy consciente, no puedo.


Ay. Tengo miedo... de acabar mis días habiendo tomado la decisión equivocada y haberme condenado así a noches de futuras lágrimas, que son causa de una vida políticamente correcta.



domingo, 10 de febrero de 2013

1. Retazo de la novela


(Adjunto aquí el primer retazo subido a este blog de la novela que estoy escribiendo. Pertenece a la segunda página. Es posible que en un futuro acabe cambiando, pero de momento así lo he escrito).

          –Qué sentimiento tan despreciable, la crueldad –le comento al dibujo. No habla, no siente, pero calla y no dice nada, tan solo me da la sensación de escuchar, que es lo importante y lo que me reconforta. Ni sus líneas malgastadas le hacen parecer menos real. Él es el depositario de mis penas y así fue desde siempre, desde que la última persona de este mundo me dio de lado y me olvidó o por lo menos quiso hacer que me olvidaba para no meterse en líos y salir bien parada de mí, la carne de cañón por excelencia–. Lo odio, lo odio, es el que más me repugna, el que me asquea y el que me hace llorar. Es la causa de todos los males, la crueldad en todas sus formas: la indiferencia consciente, las burlas en público, el cariño que da la espalda a sabiendas de lo que hace y sin motivos. Ojalá nadie fuera cruel, no es necesario, es inútil, es fuente de lágrimas amargas, amarguísimas, y a mí me destroza la vida. A otros, en cambio, les hace subir en un pódium social del que aún no se ha demostrado su utilidad, porque el que por él trepa al final acaba desecho y ciego, muerto por dentro. Ancianos encorvados se inclinan sobre el suelo, hacen recuento de su vida y desean: ‘ojalá nunca hubiera sido cruel. Si no lo hubiera sido ahora no estaría aquí, solo y carente, llorando por quién en su momento la vida destrocé y lo ahora no puedo arreglar’. Y otros en cambio mueren inflados en su crueldad y con la sonrisa en los labios hinchados de frases desalmadas: ‘Ah, qué bien muero, muero como un rey, habiendo pisoteado hasta el final las vidas que por delante se me pusieron en el camino y que no tuvieron la prudencia de alejarse. O más bien, algunas las busqué yo deliberadamente, para imponer mi poder y hacer saber al mundo que tengo la virtud (¿virtud?) de imponer mi voluntad y mi deseo aunque éste sea innecesario o atormentador. Y no se trata más que una forma de asegurar mi territorio’. Y así, el cruel expira y muere. Con sus últimas palabras huecas en la boca desdeñable.
          Empiezo a reír con convulsiones histéricas: los monólogos frente al boceto son desde hace algún tiempo cosa usual en mi persona y a menudo me hacen llorar o reír falsamente, una risa amarga y desprovista de alegría, porque no hay monólogo en el que no exprese sentimientos acerbos que despierten el odio y la rabia en mi persona.
          –“Soy un ente de ficción” dijo Unamuno –proseguí tras mi arrebato–. Y lo dijo porque llegados a un momento de vida pensó, y pensó, y pensó, y tuvo un arrebato, una locura (como la que yo acabo de experimentar) y sintióse solo y perdido en la verdad, sintió que nada puede ser cierto porque ningún argumento en jamás irrebatible, y eso hace que nuestra existencia sea cuestionable, o que tal vez dependamos de la ficción ajena. Quién sabe y quién entiende. Nadie, yo no, desde luego. Ni tú, Liz. Pequeño muñeco inerte, como escuchas y como entiendes, porque tú eres yo y tú eres mí y solo mía. Con querer apenas podría romperte en pedazos y sin embargo seguirías existiendo, porque tu alma no depende de ese trozo de papel en el que estás pintada, sino de mi mente que nunca podrá romperse. Espera, ¿nunca, digo? Quién puede saber lo nunca será… Y así, aunque en trozos te encuentres, e incluso quemada en la lumbre, tú seguirás existiendo y tu historia seguirá vigente en mi cabeza, porque es allí donde se desarrolla tu historia, en mi mente. Tu papel, mi carne… todo es una excusa, una manera de dar forma a nuestra mente. Somos invenciones espirituales de alguien superior, y la vida nos fue dada en un cúmulo de huesos que nos limita. Como tú, pequeña Lizzy, que no puedes sonreír porque la tinta ya está trazada y te muestra seria, por lo que siempre te verán así los necios que tan solo se fijen en mis trazos. Pero yo, que puedo y sé ver lo que hay en ti, sé eres capaz de sonreír, y de besar y de llorar. No somos carne, no somos papel. Somos alma, pero eso sí, alma de cuento y ficción inventada por quien de momento no podemos conocer.
         >> ¡Muérome a veces, triste y sola, no mi carne, sino mi alma! A veces, sola y quebrada por aquellos que me insultan, caigo y muero sin morir. Y en el pozo inmundo, infecto, de los horrores mi alma cae y piensa en quién será su dueño y quién creó su vida y sus pasiones que me hacen ser quien soy, yo y nadie más que yo… y tan insignificante y odiada por todos, ¡que desearía que mi carne también dejara de latir para desaparecer yo sola y no dejar más lastres de mi paso!



lunes, 28 de enero de 2013

Capas y capas bajo las capas

Es simple, genérico, un bosquejo, una intuición. A veces no hay expresión ni palabras porque no manan ni surgen, porque tal vez éstas no lo desean. Es grande, demasiado grande. Y ellos no entienden por su juicio torcido que sin querer de ellos sale. Y me abrasa.

Dios mío, voy a explotar, ahora, ayer, mañana, o estoy tal vez en continua explosión que nunca acaba: nervios y el corazón acelerado, la sensación momentánea y fugaz de tenerlo todo, todo en mis manos y poder entender lo incognoscible. Y en realidad es lo contrario, nada se entiende y todo es difuso; hay capas y capas bajo las capas, los porqués nunca florecen y jamás son los que pensamos, sino otros distintos, más endebles o sutiles, invisibles a nuestros ojos ciegos. 

Qué desesperación, no entiendo nada de lo que me rodea, estoy sola, perdida y ansío llorar y llorar hasta quebrar mi alma en sollozos. Y saltar a la inmensidad de la que soy parte inamovible, pero también me siento aplastada, rota y confundida, fuera de lugar, sin sentido, reemplazable. Y a veces, entendida de lo que hay en las estrellas, en cada mente, cuerpo, alma, corazón. Juiciosa, incluso. A veces.


Quiero morir, para saber qué hay más allá, quiero morir para saber cuál es la siguiente estación. Quiero saberlo todo, el gran Porqué de las cosas, mi destino y el del vecino, la verdad de la Parca y de la vida, de los opuestos, del bien y del mal. Quiero entender. Y exploto. De duda, de agobio, con mi mente encerrada tras las paredes férreas del cráneo hostil, quiero salir fuera, muy fuera, muy lejos, volar libre, alto y lejos. Donde pueda verlo todo desde esa perspectiva de los pájaros, inapreciable desde nuestro suelo. Tengo ceguera. Por mucho que lo intente, mi mente pequeña y poco capacitada nunca podrá entender las grandezas que me rodean. Solo, tal vez, tras la muerte. 

Y, mientras, todo es pesar e histerismo, reflexión inservible, deseos de desarrollar lo imposible. Estoy en una prisión, me siento atrapada entre cuatro paredes e intuyo que si pudiera derribarlas volaría tan alto que sería enteramente libre. Y también intuyo que de esas paredes solo podrá librarme la muerte. 

Y por eso quiero que alguien venga y me salve, que me salve el alma y el espíritu. No lo podrá hacer un mortal, todos estamos igual de prisioneros. Y por eso cada vez estoy más convencida (sí, lo estoy) de que hay un Dios esperando nuestra liberación, viendo como aguantamos tras los ladrillos enmohecidos de nuestra cárcel para podernos juzgar. 

Y por esto quiero llorar y morir, porque nunca valoraremos con veracidad este mundo donde la perfección no existe y sin embargo tenemos consciencia de ella. Es una prueba. Nuestra vida es un obstáculo, una barrera para saltar. Y todo en ella son problemas. Las alegrías incluso entrañan males y pesares. El agua se derrama, la comida se pierde. No lo podemos controlar, ni entender, ni juzgar. Se nos escapa de las manos, de la mente. Y de aquí nuestra ira y nuestra violencia, solo queremos romper paredes.

No sabemos crear verdades porque no tenemos el juicio necesario para ello. 

A veces, en momentos de extrema lucidez, puedo ver que no estoy sola.



martes, 15 de enero de 2013

Las pequeñas libertades

Es indudable lo razonablemente rápido que las personas (o la gran mayoría) son capaces de ponerse de acuerdo en una serie de conceptos básicos y, por ello, difícilmente discutibles. Hablo de esa serie de valores que todo el mundo defiende con pasión cuando se exponen de manera teórica, aunque bien es cierto que los más básicos (matar, robar, insultar) generalmente son rechazados en sus niveles más simples porque, como todo el mundo sabe, matar está mal. Por suerte.

Hay, sin embargo, un conjunto de libertades más ambiguas, mas sutiles y más complejas que por su misma fragilidad son anuladas por la sociedad, quebradas y rotas hasta la saciedad o, más bien, ocultas como si no valieran la pena y fueran basura que no mereciera consideración alguna. La masificación irreverente al alma que maneja los hilos de las masas, tan volubles y a la vez tan simples y tan constantes, tan charlatanas y tan vacías de significado... esa masificación es la que anula voluntades y suprime libertades. 

Cuántas veces habrán podido negarme esto, ojos de chabacana y plagiada madurez irreal, sabedores por su expresión de todos los misterios del mundo y, al parecer absolutamente conscientes de la diferencia entre el bien y el mal, sin darse ni la más remota cuenta de su figura de peleles rotando en el viento y dejándose llevar, pensadores innatos de que van en contra de las masas cuando en realidad las siguen con obsesión casi ciega y carente de valor, interés o sentido alguno.

Estas libertades no son en sí misma impedidas, ni paralizadas por medio físico alguno, sino que son despreciadas. Relegadas. Burladas de tal manera que nuestro instinto inherente de permanecer en grupos, en una sociedad, acompañados, escuchados, tomados de la mano, sabedores de compañía, de que para nosotros la soledad no existe, nos hace huir de esas libertades que en fondo ansiamos pero que son tenidas a menos por el grupo. No son abiertamente negadas, pero sí extrañadas. Son el anzuelo natural de las miradas extrañas. Y qué osadía ha de tenerse para seguir adelante afrontando soledades inciertas pero posibles, para negar lo mundialmente aceptado. Y no son diferencias pequeñas, de las que actualmente todo el mundo defiende, orgullosos de ser distintos, de ser raros. Y ya de por sí es moda, lo cual puede sonar paradoja pero ni de lejos lo aparenta, porque realmente no es más que un círculo que rota y rota y rota de mayorías que jamás cambian las condiciones elementales de ese contrato al que someten sus vidas. 

Son libertades ínfimas y tenues, vaporosas y menudas como esas sedas límpidas que constituyen la belleza de las vestiduras... o en este caso del alma.


En una clase cualquiera de un instituto cualquiera de una localidad cualquiera, un niño no habla nunca con nadie y permanece siempre sentado a la espera de enseñanzas, sin amigos (o al menos allí, en su instituto), sin compañía, siempre mirando al frente y con los brazos cruzados, en sempiterno silencio.

En un caso teórico, todos convendríamos en que lo último que debería hacerse es meterse con él. Porque el hablar o no hablar, se argumenta, es cosa suya y de nadie más. 

Cuando esto ocurre en la vida real, esa libertad se suprime y queda anula, como si el chico X estuviera en la obligación de trabar amistad con sus compañeros. Entonces se juzga rápido y mal, se le tacha encuadrándolo en una serie de etiquetas de las que no puede escapar. Marginado y antisocial. Raro. Burla. Chanza. Desecho. Diferente. 

Y ay la de razones que se tienen para hacer las cosas, ay la de pensamientos que surcarán la mente de ese niño, los motivos de su silencio y de su mutismo, de su aislamiento, ay el dolor de ser tan rechazado cuando se es por causa propia y ay cuando se empieza a creer todo lo que se le dice.

Marginado y antisocial. Raro. Burla. Chanza. Desecho. Diferente. 

Estás obligado. Obligado a reír, obligado a salir, a beber y a ser idiota. Obligado a cantar y a bailar y a hablar y dejar tu voluntad a un lado, obligado a ser arrastrado como un muñeco y a no poder elegir, y a comportarte como todos los demás para no ser burlado ni insultado. Para no ser tratado con la suficiencia de quien nada sabe y todo dice aunque no suelte más que huecos por la boca.

Obligados, sí. O no. Ojalá yo pueda recuperar las pequeñas libertades de las que aún soy consciente.

Las otras estarán perdidas para siempre, al igual que un pedazo de dignidad desprendida y ahogada por la presión de un mundo transformado en una masa dominada, ciega y obsoleta.



miércoles, 9 de enero de 2013

Monólogo de individualidad

El otro día me preguntaba hasta qué punto conocemos a quienes continuamente vemos y con los que estamos en contacto rutinario de tal manera que se tiende a pensar que se les conoce lo suficiente como para hablar con seguridad de su persona, cuando muy bien podría no ser así. Tan sumergida estaba en aquestos pensamientos que sin querer queriendo (como se dice popularmente) comencé a hablar en voz alta aún estando sola en la habitación, recurriendo a un interlocutor imaginario como depositario de mis reflexiones:

-A veces les miro y no estoy muy segura de estar observando a aquellos a quienes creía conocer, lo pienso sobre todo cuando les miro y les pillo en silencio cavilando sobre aquello que nunca podré saber, aun cuando a su alrededor todo el mundo hable y parle, de manera que no tendrían obstáculo ninguno para integrarse, y sin embargo piensan con la mirada perdida en algún lugar de la pintura blanca y desconchada, en lo que yo no podría entender y posiblemente nadie más que ellos lo haría, siendo como son pensamientos íntimos y privados de sus mentes.

Pausa corta -ordenación de ideas. 

-Le miro y no me presta atención porque no me ve, no puede verme, está perdido en algún lugar de su memoria o inconsciente, está pensando, cavilando, juzgando, observando, sospechando, calculando, tal vez incluso imaginando. No sabe que le observo y yo no puedo evitar pensar qué será aquello que yo jamás podré saber incluso aunque me lo cuente -los detalles, las filigranas del pensamiento, nadie puede describirlas-, incluso con su mejor intención al intentar explicármelo siempre quedará algo y nunca lo veré de la misma manera que él. Eso suponiendo que quiera decir lo que le ronda por la mente, lo normal es que calle y guarde silencio, que acumule estos pensamientos suyos en el baúl de la memoria para componer poco a poco su persona y forjar su personalidad, granito a granito en un mundo solo suyo y personal en el que a mí no se me permite entrar.

Silencio.

-Quisiera saber si habla solo cuando no tiene a nadie a quien contar sus inquietudes, o por lo menos, nadie que pueda entenderle plenamente... lo cual, entender plenamente, es un nivel de comprensión al que no podemos llegar ni tan siquiera aspirar, porque no tenemos esa capacidad de comprender ni ser comprendidos, supongo al fin y al cabo que ese el precio de nuestra complejidad, el no poder compartir, y morir envueltos en esa pena tan grande: saberse solos aun rodeados de quienes nos quieren, contarlo todo a todos y aún así guardar un fragmento de secreto sepultado en las entrañas. Es hermoso y es terrible, grandioso y sobrecogedor.

Silencio.

En ese momento me di cuenta de que hablaba sola, así que callé bruscamente para no alimentar más esa locura que en realidad todos practicamos.



miércoles, 2 de enero de 2013

El protagonista desconocido

El Desconocido vivía solo en la pulcra casita de madera y era humilde y parco en sus ostentaciones y palabras... más como si quisiera ser discreto que si realmente quisiera pasar desapercibido, porque no hay, al fin y al cabo, razones para no pensar que fuera de su silencio no anhelara charlar largo y tendido, abiertamente y sin restricciones sobre aquello que lo aflige o le contenta a un oído paciente y callado, como una persona más y huir de tantas responsabilidades que nadie tiene el valor o la osadía de agradecer, de quebraderos de cabeza en en verdad para nada le atañen y de los que se encarga más que nada por bondad y buen corazón. Que le vuelve poderoso y grande hasta en las más nimias hazañas, aún siendo como es desconocido y anónimo.

Sin nombre o poder humano alguno, no es más que un amasijo coloquial de huesos, carne y piel que camina y apenas habla, poco más o menos que un robot (pero solo al andar es comparable con uno, porque se sabe en su boca y maneras, en el pliegue inquieto del párpado móvil, en los labios generosos de madera anciana y reseca, en la punta de los dedos y en la forma clara y larga de mirar, que era persona y alma almacenada en cuerpo, puro sentimiento y pensamientos inabarcables) y que puede mucho más que tú y yo, pues es sus manos surcadas de cauces lo está todo, indefinible y claro como los jugos de la vida, atesorados como gemas en las entrañas de la Tierra... ahí donde nadie dirige la mirada aunque de vez en cuando los volcanes rujan y escupan fuego para llamar nuestra atención.

Lo que él toque el plata se convierte... y el oro es relegado para las miradas, que allí donde se posan el metal pasa a refulgir candente o helado, según se le requiera. 

En sus barbas largas, ancianas, canas, se retuerce la sapiencia y el recuerdo a partes iguales (inagotables partes ambas) para ilustrar a quien las mire y las entienda o comprenda, según su esfuerzo aunque al principio piense, necio, que nunca conseguirá llegar al entresijo y tuétano de las mismas o simplemente no lo desee (más necio aún).

Su mente clara y divina tiene el don y lo trabaja para ser escuchado...


Y su drama, fuerte y atenazándolo, creado por el propio mundo que todo le debe, claro y ostentoso el mismo, altiva tragedia que pavonea sus consecuencias...

Él, protagonista desconocido, apenas es escuchado y queda harto despreciado, relegado, odiado (o más bien temido) sin razones, ocultado para evitar que se divulgue. Apaleado por todos. Roto. Quebrado. 
Insultado y desmerecido, resulta casi indigno por la sociedad prestarle apoyo y escucha. Porque es desecho social, marginado y a la vez increíblemente necesario e imprescindible, aunque burdas mentes no quieran bajo ningún concepto admitir que a ese Desconocido, esquelético por el hambre sufrida, le deben su libertad, su vida y su supuesta honra.



Tal es la conciencia del mundo.