miércoles, 2 de enero de 2013

El protagonista desconocido

El Desconocido vivía solo en la pulcra casita de madera y era humilde y parco en sus ostentaciones y palabras... más como si quisiera ser discreto que si realmente quisiera pasar desapercibido, porque no hay, al fin y al cabo, razones para no pensar que fuera de su silencio no anhelara charlar largo y tendido, abiertamente y sin restricciones sobre aquello que lo aflige o le contenta a un oído paciente y callado, como una persona más y huir de tantas responsabilidades que nadie tiene el valor o la osadía de agradecer, de quebraderos de cabeza en en verdad para nada le atañen y de los que se encarga más que nada por bondad y buen corazón. Que le vuelve poderoso y grande hasta en las más nimias hazañas, aún siendo como es desconocido y anónimo.

Sin nombre o poder humano alguno, no es más que un amasijo coloquial de huesos, carne y piel que camina y apenas habla, poco más o menos que un robot (pero solo al andar es comparable con uno, porque se sabe en su boca y maneras, en el pliegue inquieto del párpado móvil, en los labios generosos de madera anciana y reseca, en la punta de los dedos y en la forma clara y larga de mirar, que era persona y alma almacenada en cuerpo, puro sentimiento y pensamientos inabarcables) y que puede mucho más que tú y yo, pues es sus manos surcadas de cauces lo está todo, indefinible y claro como los jugos de la vida, atesorados como gemas en las entrañas de la Tierra... ahí donde nadie dirige la mirada aunque de vez en cuando los volcanes rujan y escupan fuego para llamar nuestra atención.

Lo que él toque el plata se convierte... y el oro es relegado para las miradas, que allí donde se posan el metal pasa a refulgir candente o helado, según se le requiera. 

En sus barbas largas, ancianas, canas, se retuerce la sapiencia y el recuerdo a partes iguales (inagotables partes ambas) para ilustrar a quien las mire y las entienda o comprenda, según su esfuerzo aunque al principio piense, necio, que nunca conseguirá llegar al entresijo y tuétano de las mismas o simplemente no lo desee (más necio aún).

Su mente clara y divina tiene el don y lo trabaja para ser escuchado...


Y su drama, fuerte y atenazándolo, creado por el propio mundo que todo le debe, claro y ostentoso el mismo, altiva tragedia que pavonea sus consecuencias...

Él, protagonista desconocido, apenas es escuchado y queda harto despreciado, relegado, odiado (o más bien temido) sin razones, ocultado para evitar que se divulgue. Apaleado por todos. Roto. Quebrado. 
Insultado y desmerecido, resulta casi indigno por la sociedad prestarle apoyo y escucha. Porque es desecho social, marginado y a la vez increíblemente necesario e imprescindible, aunque burdas mentes no quieran bajo ningún concepto admitir que a ese Desconocido, esquelético por el hambre sufrida, le deben su libertad, su vida y su supuesta honra.



Tal es la conciencia del mundo.



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