Ya no es posible más. Dos no bailan, juegan, ríen, lloran, se entienden, si uno no quiere. Una calla y espera, sobre todo calla ante las ocasiones arrebatadas, ante las frases cortadas, las opiniones arrancadas. Una se calla y sonríe y ríe cuando la otra parte lo necesita, cuando precisa alguien que le ría o que aguante las parrafadas incansables. Una se aguanta, porque el querer y la amistad priman y la situación así lo requiere.
Después de tantos años, malditos silencios a tu incansable favor fugaz y repentino, que luego olvidabas, que nada jamás importa, todo lo olvidas en tu maravillosa mente fantásticamente vacía. Ni tan siquiera un hálito de gracias tardías, ni un reconocimiento febril en el lecho de muerte de tu empatía ya extinta.
Mírale como habla. Antes era un turno y un consuelo, primero su voz, luego la mía, una conversación cambiante y cortés de impresiones mutuas reales. Se entendía como un desfogue, ni siquiera había que comprender –la simple escucha atenta y leal bastaba–, era un pilar de ayuda y una muestra de confianza absoluta.
Pero un día miras y dices: pero
si ya no está, ha huido como tantos otros: soltando estupideces ciegas por la
boca antes anegada de versos sin rima. Resulta tan distinto y tan
descorazonador. Se han llevado a aquella alma solitaria al país de la
obcecación cobarde y necia y te ha dejado aún más sola que antes, más vacía y
más callada, –porque unos de los pocos oídos que antes se rebajaban a prestarte
servicio, ahora tan solo se escuchan así mismos–.
Y lo notas por la retahíla de
palabras inútiles: tanto como se podría contar, tanto de lo que hablar y ya no
hay nada, solo un monólogo desgraciado y fútil, transformado en escarcha para
mis oídos, desvaído y febril.
Yo, en el fondo, lo entiendo. Es tan fácil perderse. Hay demasiados discursos convincentes, y siempre se siente la
necesidad apremiante de agarrarse a algo y manifestar una opinión continuada y
fuertemente machacada, para demostrar al mundo –¡catástrofe de masas!- y sobre
todo a uno mismo que no se está solo en un planteamiento –lo cual siempre
resulta descorazonador–, además de exteriorizar la seguridad y la determinación
de cualquier líder estereotipado.
Yo, lo siento, no soy capaz.
Tendré que quedarme en este mundo yo sola, tecleando en soledad.
PD.: Jamás te negaría un regreso. Es difícil encontrar cosas así. Aún así es una pena, este distanciamiento cansino y pueril. Pero ya lo entenderás.
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