jueves, 7 de marzo de 2013

Reina de la broza (Extracto de un relato)

    Ellos son como la broza: son frágiles, volátiles, inestables. Podridos. Son como esos montones descompuestos de hojas húmedas sobre la tierra de los campos. Pueden quebrarse en cualquier momento, pueden volar sin saber adónde van. Son vulnerables, vacilantes, menudos. Se quiebran al tocarlos. Hay que manejarlos con cuidado. Son como niños sin inocencia. No saben nada, hay que enseñárselo, pero tienen malicia, perversión.

    Ellos son la broza y yo soy su jefa, yo les guío. Son una masa lacrimosa de hombres y mujeres ruinosos de cuerpo y alma que anhelan seguir a alguien que diga tener ideales a los que puedan amoldarse, porque a ellos ya no les queda nada, nada, nada. Están huecos, perdidos, no piensan, no razonan, no comprenden. Hay que enseñárselo. El bien y el mal, y para qué sirven las caricias y los puñetazos. Lo han olvidado todo.

    Y yo, yo soy la peor. Soy una aberrante deleznable y despreciable, tan ruinosa y malvada como ellos, soy una paria y un amasijo de locura incierta que me hace dar y giros y giros sobre un punto precario que en realidad no existe. ¡Pero, ah, soy fuerte! Y por eso me siguen, y yo deseo guiarlos, porque los veo desechos y sin vida ni razones, y pienso que yo podría ayudarles y decirles las verdades, las palabras que exaltarían sus corazones y crearían en ellos esperanzas. Ellos me adoran. Soy su reina y ellos mi corte fiel. La reina de la chusma, de la broza. Son mi séquito vestido de harapos, con guijarros engarzados en el pelo, con pétalos marchitos en sus brazos para señalar mi camino. No sé de donde vienen porque son desmemoriados, pero me rinden pleitesía y veneran mi rostro enjuto y mis formas difuminadas e imperceptibles tras los andrajos grasientos que antaño fueron blancos. Ya ni me acuerdo de eso.

    Vagamos fortuitos por el mundo y nadie desea acogernos. Somos gentuza. Y yo soy la dueña de esa muchedumbre mansa y a la vez violenta a la que nadie quiere en sus casas, ni en sus calles, ni en sus países. Y me siento orgullosa de que me sigan a mí y a nadie más estas almas bárbaras y mugrientas, almas marrones y polvorientas. Me río en la cara de quién se cruce de acera al verlos. Somos una familia sin nombre ni origen ni educación. No somos nada. Ni nadie.

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