No sé cuáles serán los pasos que me harán querer morir, ni cuáles los errores que me harán desear volver a un pasado certero donde la calma predominaba y aquel error, gran error, no existía.
Solo sé que camino hacia ellos sin poder detenerme (la vida me remolca y me doblega), porque no sé cuáles son, no sé si existen (bueno, eso puedo adivinarlo: ¿quién es capaz de andar por la vida sin sobresaltos, sin caer, sin fallar cuando menos se espera? Es, creo yo, inherente a nosotros), ni cuándo tendrán a bien asaltarme en emboscada, y destrozarme la vida por mi culpa, por mi propia culpa. Porque yo los creé: ¡son míos mis equívocos! Son por mi causa, por mi vida, por mi alma, por mis descuidos, por mi mente infiel al orden.
Ay, Dios mío, ojalá supiera qué ocurrirá. ¿Somos libres? ¿Puedo yo saber mi destino? No se me da, no, lo establezco yo involuntariamente, y por mí y por mi alma, por mi forma de pensar, solo hay un futuro, uno solo, el que yo engendro por mis obras.
Nuestro sino es determinado... ¡determinado por nosotros mismos! En una circunstancia concreta... ¡solo podremos actuar de una manera, la que nos marca nuestro ser, la que acabaremos haciendo! Y dudaremos, lloraremos, nos debatiremos, querremos morir... ¡pero eso forma parte de nuestra reacción al dilema!
Nuestra vida está escrita por el mundo. Nosotros guiamos sin saberlo la tinta que plasmó el texto de nuestro destino con la identidad que nos hace ser nosotros. Y esa libertad que nos permite elegir al mismo tiempo nos esclaviza. Porque somos presa inevitable y sumisa de nuestros actos futuros. La vida nos arrastrará y nosotros elegiremos... pero todo tiene un sentido y un orden, y el tiempo que nos lleva pasando sin cesar no es más que nuestra percepción. ¡Nuestra simple percepción! Qué ciegos estamos. Conforme pasan los días, menos sentido le veo al mundo, a la vida, al sentido. Y por los siglos que pasen, por los años, los segundos, pasados y futuros, siempre será así. Seremos siempre ciegos hasta la muerte, y nuestras palabras (estas palabras) serán vanas y estúpidas, invidentes hasta el fin de nuestros días, y ni siquiera podemos asegurar que entonces se nos desvele la verdad.
¡Y se nos dio la consciencia de estar vivos y de saber sentir, y de querer conocer, pero se nos negó la posibilidad de poder saber porqué...!
¡Somos una mezcolanza de niños ciegos y tullidos en un campo muy grande y muy verde que no se nos permite gozar hasta que alguien pueda curarnos! (Porque solo podemos tocarlo, y apenas explorarlo con las manos, pero no lo vemos, ni lo recorremos, ni lo sentimos, y por tanto no podemos amarlo).
(Pero ¿ese alguien que puede curar y liberar existe, o estamos solos de verdad en esta belleza verde y azul que es nuestro campo tan solo supuesto y largamente anhelado, dulce y a la vez amargo...?).
No hay comentarios:
Publicar un comentario