Andaba yo buscando una fantasía ideal en la que vivir de manera sempiterna, un péndulo que al oscilar no me arrancase las vísceras realistas del alma. Una utopía de tremendas dimensiones que me permitiera, en fin, vivir en una mentira perenne y confiada.
Yo presentía una imaginación fresca y orgullosa en aquel camino que subía entre los vericuetos de la montaña fría y cálida, había un olor a esperanza en aquellas hojas y aquellos colores, aquella luz, aquellas personas.
Hundíame presto en alguna vereda verde y marrón, entrañable y desgarradora, por tanto. De leyenda. O de odio. Tanto es así como me recuerdan lo que es nuestro camino: un desecho de broza, criminal y sangriento, traicionero, feroz, hambriento, famélico. Repleto de vidas en esas condiciones, en ese estado, con ese rostro, con esas caídas en la mirada, esas costillas bajo la piel que muestran feroz hambre de ternura.
Esas vidas hundidas, desesperadas, muertas y desgarradas por dentro, cúmulos de sangre incierta, de heridas sin cerrar. Por ellas se les escapa la vida y ese agua que les puebla las venas.
Y así cerraba yo los ojos para que vieran lo que no existía. Que vieran así una mentira cuya utilidad es a misma que contemplar nuestras vidas apagadas: nula, fútil. No la hay. Es lo mismo. La vida allí continúa, el sueño no perece y la sed no se calma.
Vendrán los vientos grises a arrancarnos de nuestro tórrido sol.
Vendrá el audaz cuchillo, querrá rasgar nuestra carne.
Vendrá una única soledad de dientes negros, de piel blanca, de manos engarfiadas. Sola, única, triste.
Y yo... yo presiento todo esto tal y como ellos lo viven, les veo a todos hundiéndose en su miseria y despojándose sin saber de lo que ahora, ilusos, les hace felices.
Les veo solos, asustados, sabedores de lo que yo sé ahora. Les veo secos, hambrientos, perdidos.
Yo ya cerré los ojos y eso me hizo abrirlos.
Cerrar es abrir, y ellos al abrir los cierran.
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