No hay razones para esta ausencia de todo. O tal vez soy yo, que no consigo encontrarlas. O ellas, las razones, que me evitan para burlarse. En cualquier caso, es inhumano aquello que me revienta las venas cada vez que hablo, que camino, que me giro. Es antinatural lo que me define como yo, lo que me diferencia y vertebra mi personalidad.
Siento una diferencia en mí que me aísla de todos, más allá de cualquier insignificancia o asunto serio que esté dentro de lo usual, y es la ausencia de todo. Todo lo que alimenta las pasiones ajenas, las idas y venidas a escondidas, las risas fuera de contexto, el aliento cercano, los dedos entrelazados, las mentiras entretejidas, la fina línea que separa la vulgaridad de lo sencillamente vistoso. Todo lo que refuerza sus anhelos y luego les hace caer, todo lo que les lleva al llanto y al beso, a la dulzura y a la obscenidad, todas las humillaciones soportadas en silencio, los enfadados frente a una pequeña multitud. Toda esa pasión, todo ese ritmo candente que les hace vivir sin realmente pensar, el andar erguido por las calles sin entender (¡bendita ignorancia!) desafiando adoquines y farolas, si acaso algún transeúnte esporádico. Pero qué más da. Ahí hay vivencias y fuego. O tal vez solo alguna llama, pero algo hay que justifica los ademanes inusualmente violentos, la mirada que te golpea.
Hay algo en mi pecho (ahí es donde lo siento) que falla. Siento algo en mí mucho más frío de lo normal, mucho más quieto y silencioso, como un engranaje desaparecido o una pieza congelada que solo mira y mira y mira sin girar, sin continuar la cadena de movimiento que le da sentido a la vida. Algo se ha detenido y va a seguir así siempre, cayendo en el vacío del olvido (el peor de todos, el más cruel, el más frío y solitario) y reforzando mi angustia, disminuyendo cualquier posibilidad de salvación.
Hay en mí una coherencia monstruosa, que me separa de la dulce locura de los demás y me condena a la más absoluta soledad.