sábado, 15 de noviembre de 2014

Ausencia de todo

No hay razones para esta ausencia de todo. O tal vez soy yo, que no consigo encontrarlas. O ellas, las razones, que me evitan para burlarse. En cualquier caso, es inhumano aquello que me revienta las venas cada vez que hablo, que camino, que me giro. Es antinatural lo que me define como yo, lo que me diferencia y vertebra mi personalidad.

Siento una diferencia en mí que me aísla de todos, más allá de cualquier insignificancia o asunto serio que esté dentro de lo usual, y es la ausencia de todo. Todo lo que alimenta las pasiones ajenas, las idas y venidas a escondidas, las risas fuera de contexto, el aliento cercano, los dedos entrelazados, las mentiras entretejidas, la fina línea que separa la vulgaridad de lo sencillamente vistoso. Todo lo que refuerza sus anhelos y luego les hace caer, todo lo que les lleva al llanto y al beso, a la dulzura y a la obscenidad, todas las humillaciones soportadas en silencio, los enfadados frente a una pequeña multitud. Toda esa pasión, todo ese ritmo candente que les hace vivir sin realmente pensar, el andar erguido por las calles sin entender (¡bendita ignorancia!) desafiando adoquines y farolas, si acaso algún transeúnte esporádico. Pero qué más da. Ahí hay vivencias y fuego. O tal vez solo alguna llama, pero algo hay que justifica los ademanes inusualmente violentos, la mirada que te golpea.

Hay algo en mi pecho (ahí es donde lo siento) que falla. Siento algo en mí mucho más frío de lo normal, mucho más quieto y silencioso, como un engranaje desaparecido o una pieza congelada que solo mira y mira y mira sin girar, sin continuar la cadena de movimiento que le da sentido a la vida. Algo se ha detenido y va a seguir así siempre, cayendo en el vacío del olvido (el peor de todos, el más cruel, el más frío y solitario) y reforzando mi angustia, disminuyendo cualquier posibilidad de salvación. 

Hay en mí una coherencia monstruosa, que me separa de la dulce locura de los demás y me condena a la más absoluta soledad.


domingo, 28 de septiembre de 2014

El eco de una sombra

Querido eco de la sombra de lo que fueron tus buenas horas: 

Deberías callar para no volver a hablar. Cada instante que corrompes con tu más radiante patetismo nos ahoga. Esa estupidez pretendida que se convierte en una crueldad cansada, repetitiva, de la que haces gala en cada frase que, con estupidez categórica, lanzas al aire esperando que caiga sobre alguien y le haga reaccionar. 

Nos unen las esposas de lo irremediable, pero no pienso en ti como en un desecho futuro. Te has ido empequeñeciendo con los años y el peso de los mismos ha ido simplificando tus acciones y palabras. Difícilmente encontrarás un mal mayor. Aferrarte a ideales marchitos para aparentar fuerza y seguridad, o tal vez regodearte en la tristeza o soledad ajenas: todo ello te ha perdido. 

Y ahora solo eres el eco de la sombra de tu buen pasado.

Querido, siento lo que he dicho al principio. Callar y no abrir nunca más la boca es una frase cruel que no refleja mis verdaderos sentimientos. Tal vez callar y cerrar los ojos un tiempo, para entender sin ver ni escuchar nada más. Quisiera que así pusieras en perspectiva un entorno que va camino de quedarte grande. 

Y cuando hagas eso vuelve a hablarme sin rodeos, por favor. Háblame con la sensatez que de ti se espera, y abre ojos, boca y oídos para no volver a caer en tu triste puerilidad que ahora impregna toda tu vida.


No quisiera que esto te lo tomaras mal. ¿Callar? Dirás, yo no puedo ni debo. El mundo precisa que les ilustre. Tú misma lo necesitas, reiterarás. Pero no es así. A quien necesito es a quien entienda la turbulencia de estos años malsanos y crueles, a quien no vea los fantasmas de una insolencia inexistente en la que te estancas. A quien reconozca su humildad y las virtudes ajenas, sin caer en comparaciones grotescas ni falsos deseos insatisfechos (que solo proclamas para ver las reacciones ajenas, como un niño enrabietado) que solo hacen daño y más daño. Mucho daño.


A mí me da igual cuanto tardes, siempre y cuando lo consigas. No te voy a juzgar porque soy capaz de ponerme en tu lugar, aunque no comparta tus pensamientos ni decisiones. Eso es la empatía.

Yo esperaré con paciencia infinita. Para que dejes de ser el eco de la sombra de una luminosidad pasada. Para retomar lo que realmente vale la pena.




domingo, 21 de septiembre de 2014

La cruz que desgarró a la cara

(Extracto de una historia en curso.)


Y ahora ya no le importa nada de lo que fueron sus horas felices, acontecidas hace unos minutos. Ahora anda con los pies caídos y cierra la puerta de un golpe, ahora suspira escondiéndose tras los rincones. Ahora es la cruz que desgarró a la cara y la apartó en menos de un minuto, de un segundo, de un pensamiento. Le has dado la vuelta a todo lo tuyo y sin querer acabas con lo mío también. De un momento a otro convertiste todo lo bueno en todo lo malo y te has caído sin más ayuda que la tuya en tu propio pozo sin fondo. Tú misma te sacas y te vuelves a tirar. Practicas tantas veces al día que ahora no te cuesta nada, te sale solo. La flaqueza te sale sola.

Eres débil. Nunca debí escribir esto, pero lo eres. Y no sé si lo sabes, si lo intuyes o si te da igual. Pero eres débil. Caes a la más mínima provocación. Confundes aquellos buenos intentos de llegar a ti con aquellos tristes y retorcidos de relegarte o hundirte. O despreciarte. O deteriorarte poco a poco, con el fin de la dominación. Confundes todo. Enredas todo. Encierras las relaciones en círculos viciosos.

No puedo aguantarlo. Lo siento. Yo no soy así y no lo entiendo. Pero no todo en ti es malo, en absoluto. Solo apelo a la parte de tu debilidad. Tus caídas imprevistas. Porque puedes hacer mucho daño cuando repeles y apartas tu brazo y haces daño y sigues dañando porque nunca te retractas. Sí. La palabra clave es esa. Daño. Me haces daño. Me duele el corazón cuando hablas así y no es bueno para nadie. Esto es inevitable y sin embargo no nos querríamos sino fuéramos quienes somos. Eso también duele. Duele darte cuenta de eso. Duele dudarlo y duele quebrarse cuando tú te quiebras y me quiebras con tus palabras dirigidas a mí aún cuando no lo entiendes y para ti no importan, porque desde tu punto de vista son buenas y alegres y en cambio yo las entiendo como degradantes.

Incluso en tus mejores momentos, cuando estás fuera del pozo, no puedo entenderte y me haces daño. Siempre es igual, porque no eres fuerte y no resistes los embates. Siempre te caes y yo me tapo los oídos y los ojos y la boca (no escuchar, no mirar, ¡no gritar!) para no sentir como vuelves una y otra vez a ese negro agujero.

Es curioso porque en los libros esta situación se describe muchas veces, y sin embargo hay una gran diferencia con la persona que ocupa mi lugar: ésta siempre intenta protegerte y llora cuando tú lloras y odia a quién tú odias (que también coincide con la vida real). Pero no puedo, lo siento, y es porque no te entiendo…



miércoles, 27 de agosto de 2014

Simplismo

Todo lo que nos rodea nos hace relegar cualquier pensamiento más rebuscado, más profundo y más complejo para convencernos de que no vale la pena sacarlo a la luz ni hacerlo crecer en nuestras mentes. A medida que el tiempo pasa y el mundo "avanza" (nótese el sarcasmo) el simplismo se hace fuerte, afianzándose en territorios que jamás debió haber hollado.

En estos momentos, lo que más puede distinguir a una persona y hacerla conocida es la rotundidad (seca y lacónica, sin más) en sus palabras y la vehemencia con la que las dice. Sin argumentos y sin ninguna clase de razonamiento meditado y sensato, aceptamos sin tapujos las palabras de cualquiera que pise con fuerza en sus discursos. Creemos en ellos porque pensamos que esa contundencia es justificación suficiente, y que por tanto no necesitamos más investigación ni más palabras.

Lo que al público enaltece es aquello llamativo y escandaloso, lo que a mí me gusta llamar una personalidad fluorescente, de esas que dañan la mirada o, para ser más exactos, el discurrir del vasto pensamiento. 

La simplicidad nos atrae enormemente porque nos evita algo tan molesto como el pensar tranquilo y relajado (a estas alturas, la tranquilidad es sinónimo de aburrimiento y por tanto es tristemente despreciada por la sociedad). 

Lo que en el fondo quieren es que un orador estúpido, manipulador e innecesariamente categórico nos diga qué tenemos que hacer en cada momento, qué es lo políticamente correcto. Cómo nos tenemos que divertir. Cómo debemos vestirnos. Y a quién vilipendiar, rechazar y marginar. Y formar, al fin, una dictadura sin palabras, como un secreto a voces, donde debes cumplir una serie de normas para poder seguir el ritmo de otros catetos ignorantes que se recrean en la más disparatada superficialidad narcótica, que duerme sus pensamientos y amordaza las más sutiles y hermosas palabras que un alma pueda querer expresar.

Estamos olvidando la literatura.

Ya nadie quiere leer cómo en Cinco horas con Mario una viuda habla ella sola durante un libro entero con su difunto esposo, reprochándole comportamientos y luego cayendo en la desesperación más profunda. Tampoco les interesa El viejo y el mar, porque si les dices que el libro entero se lo pasa un viejo intentando cazar un pez, se reirán en tu cara. El principito les parecerá infantil. La escalofriante sociedad de Aldous Huxley en Un mundo feliz les aburrirá. Cien años de soledad les parecerá tremendamente absurdo. Con Shakespeare dirán: sí, muy bonito, pero mejor otro día.


Es terrible pensar cómo poco a poco nos van durmiendo, cayendo en un retroceso hacia nuestra mente primitiva. Aunque muchos tratan de escapar de esta abusiva y poderosa puerilidad (lo cual es increíblemente reconfortante), es muy fácil volver a caer, y seguir siendo peleles de un rebaño deprimente y multitudinario.



Os dejo unas líneas de Javier Marías, que he incluido en el gadget de Citas  del blog:

"Casi todos los avatares posibles de una existencia están contenidos en las novelas, casi todos los sentimientos en las poesías, casi todos los pensamientos en la filosofía. Nuestros primitivistas políticos tachan de inútiles estos saberes y hasta los destierran de la enseñanza. Y sin embargo constituyen el mejor aprendizaje de la vida, lo que nos permite "reconocer" a cada instante lo que nos está sucediendo y aquello por lo que atravesamos."




viernes, 15 de agosto de 2014

Todos los veranos

Nada ha sido como hubiera esperado que fuera. Como tantos otros, me baso en etapas de mi pasado para predecir las del futuro, y como todos, las endulzo ingenuamente con momentos no vividos, con flamantes utopías, con personas inexistentes. A veces me cuesta ponerles un rostro, porque aparecen otros en mi mente: de gente conocida, y que por ser conocida deja de ser ideal. Por eso les dejo partir y les olvido, y las caras se borran y en mi imaginación solo siento sus espaldas, su piel, su presencia.

Nadie quiere un futuro imperfecto.

Ni tampoco ver cómo se desmoronan sus ideales.

Las historias se repiten, y mientras los demás se rebelan (está en su naturaleza) contra las normas más cercanas, las de siempre, las que se repiten por milenios (el hijo contra los padres, la eterna y pesada etapa de pruebas) yo me canso y veo la globalidad de sus acciones: me rebelo contra todos (está en mi naturaleza) porque su clásica rebeldía es una forma de sumisión, aunque no lo vean ni lo intuyan apenas. Caen ante los ciclos.

Todos los veranos me busco fantasías que no comulgan con las fantasías de los demás: eternas victorias que valgan la pena, luchas necesarias, una locura incierta que confirme mis sospechas de que algún efímero momento y algunas causas puedan valer un poco la pena y puedan hacerme sentir satisfecha, como nada jamás lo consiguió. 

Todos los veranos se piensa: algo va a cambiar, algo dará la vuelta y yo habré cambiado de lugar, habré bailado por los aires cambiando las tornas, estrechando lazos, mudando expresiones.

Todos los veranos me duermo buscando algo más, mientras las horas pasan y el sueño me vence inconteniblemente, mientras estrecho las sábanas entre mis manos, sintiendo la tela mientras imagino que es otra tela, en otro lugar, algún sitio cálido y abrumador, activo, necesario, salvaje y verdadero.

Todos los veranos me duermo y luego me despierto sin haber cambiado nada: las noches son bellas pero siempre siguen las mismas pautas, el cielo es bello, pero obedece siempre a los mismos ciclos. Las personas nacen bellas pero siempre se corrompen.

Y yo jamás puedo cambiar nada.


jueves, 31 de julio de 2014

Somos una consecuencia

Nosotros no vamos con retraso, porque decir eso sería tomar al resto de la sociedad como paradigma. Llevamos nuestro propio ritmo y lo agilizamos (o no) cuando más nos conviene. No dejamos que el mundo nos convierta en su carne de cañón, no dejamos que la necedad de las masas nos arrastre porque hemos decidido pensar y si por ello hemos de someternos a la soledad, pues que así sea. Ya pasaron los tiempos en los que podíamos arrepentirnos de ser como somos, aquellas horas confusas en las que no queríamos aceptar la realidad, porque necesitábamos pensar que el silencio nos comía cuando en realidad nos arropaba: nuestro particular silencio selectivo que en otros no es más que una percepción translúcida y para nosotros es una compañía continua, un amigo que nos ayuda. Todo aquello fue una etapa necesaria para llegar a donde estamos ahora: hemos aceptado lo que somos y no nos resignamos a perecer bajo sus prejuicios, sino que tratamos de acabar con ellos y construimos nuestra realidad al margen de lo que ellos puedan pensar. Un refugio para el entendimiento.

Nosotros nacimos de los desdenes ajenos y de sus miradas recelosas. Somos una consecuencia, y sin nosotros ellos tampoco estarían. Nos complementamos y por tanto dependemos, pero no me importa. En el fondo ellos saben que su poder se debe a nosotros. Aunque bien me gustaría que no fuera así. 

¿Por quéno debería ser así?

Porque la igualdad podría existir si le dejáramos, por mucho que nos desentendamos de ella, como cobardes. Porque muchos quedan relegados y no hay leyes para evitarlo: porque no es cuantificable ni relevante desde el punto de vista oficial. La pequeña minoría olvidada está formada por los desechos de la mayoría, que nos utiliza para afianzar su poder.

Las personas buscan el poder y lo hacen sin quererlo apenas, sin darse cuenta, mediante las pequeñas victorias sociales. Todo depende que cómo te vean los demás, y siempre (esto ha sido así a lo largo de los siglos) ha habido una gran escalera: por cada escalón que subas, más admirado eres. Y muchas veces tiramos a otros al vacío y les estrellamos contra el barro y la mierda de la más asquerosa de las inmundicias estéticas y jerárquicas, que se encuentra en el escalón más bajo, con tal de ocupar su puesto.

Y seguimos subiendo, imitando siempre a los que más arriba estén.


¿Esto es la evolución intelectual? No. Solo es una estúpida y cruel sofisticación de nuestros instintos animales más básicos.



martes, 15 de julio de 2014

Freno

Tú eres mi freno y el de la gente como yo. Pero somos tan pocos actúas de aliciente para los demás. Les atraes. Eres su comida intangible, aquella que les devora por dentro tras haberles satisfecho. Haces que el mundo caiga por ti, y te mueves como en un sueño, derrochando indiferencia. Probablemente notarás como gente te mira y te observa, con miradas clandestinas, con deseos que les arrollan y les condenan a languidecer. Tú aportas algunos segundos y luego los retiras a tu gusto, guiándote a saber por qué criterios, al libre albedrío de tu indiferencia continua. 

Un momento. ¿A saber qué criterios? Detente. Sí que lo sé. A pesar de ser un plato amargo para mí, el no ser sensible a ti me proporciona coherencia. Puedo ser sensata mientras te observo deleitar. Sé que te regocijas en la diversión y no eres capaz de aguantar el silencio, las miradas calladas ni el pensamiento complejo. Y no eres tú quién se mueve, sino el resto de la gente que baila por ti, se mueve por ti, habla por ti, sin saberlo. Porque miras y al segundo desvías tus ojos, y esos necios piensan que su deber es divertirte mientras ellos se degradan a simple pelele esporádico. Tú les dejas hacer y si consiguen tu atención ríes y abrazas y les obsequias con sonrisas. Duran poco y cuando acaban se desesperan, sus pensamientos se amontonan. ¡Tú ya no estás mirando! Tus ojos vagan crueles y ellos piensan (¡qué tensión!) "le contaré mis secretos y mis pensamientos, y los adornaré y endulzaré y los volveré extremos e interesantes para que me mire y se ría y el mundo entero sepa que somos amigos". Y se sienten importantes.

Y todo esto es tan terriblemente triste. Tú eres triste porque no eres capaz de inspirar confianza ni compañerismo ni estar en silencio cuando se necesite, ni insistir cuando se requiera ni hacer reír. Y ésto último sobre todo. Tú jamás te molestarás en cuidar de alguien ni en intentar que sonría, porque para eso ya existen otros que lo hacen por ti. 

Tu indiferencia les gusta y les supone un reto. Pero mientras yo observo toda la situación, en su conjunto, me pregunto cómo pueden ser tan ciegos y tan imbéciles como para pensar, en serio, que todo esto les merece la pena.

Deben de sentirse muy solos.


lunes, 7 de julio de 2014

Deshumanización

Puedo sentir su prepotencia a través de la piel –ante el peligro sientes las venas palpitar–. Pero no es una persona, sino millones. Notas su presencia de manera continua, su olfato fino rastreándote (eres su presa), abrumador pero sin llegar nunca a cansarte, y eso es porque no quieren que huyas, sino que te sometas sin saberlo. Quieren que estés ahí y que caigas sin razón aparente, para poder recogerte. Su amabilidad es una gran mentira y sus gestos aparentemente naturales fueros ya pensados de antemano.

Aquella noche entendí muy bien la grandeza de su traición. No es el momento, sino lo que viene luego. El cuento, la risa. La mentira. Yo misma lo he sentido y lo he visto sentir: el miedo vale, la crueldad vale, el tedio vale, la estupidez vale… siempre que luego puedan ser contadas. Arrancar al mundo unos instantes de su atención, ese el verdadero objetivo, perdurar unos minutos más en la memoria a corto plazo de las masas, suplicar una mirada, una sonrisa en nuestro honor. Un cotilleo deshilachado, una burda defensa de nuestra ya maltrecha integridad moral. Un agasajo a la estupidez que nos haga destacar. El brillo de los objetos atrae a las urracas y a los tiburones, todos lo saben. El brillo adulterado en los relatos atrae a las mentes simples.

Pero de eso no son tan conscientes.

Alimentamos a la bestia para que nos deje vivir con ella. Porque la bestia es la estupidez, y nos proporciona una seguridad en nuestros actos que no nos daría el pensamiento razonado, ni la intensidad en cada movimiento, ni cada instante (segundo, mirada, roce) de esta vida tan hermosa y retorcida.

Odio la deshumanización de las masas, la generalidad, la pérdida del conocimiento parcial. Odio ver a la gente pasar y no saber quiénes son, porque van desfilando en una procesión donde nadie tiene nombre. Todos son prescindibles, solo importa el número. Ha llegado la muerte del alma. Ya no existen las miradas furtivas, emotivas, ruborizadas, calladas. Los ojos caen y resbalan sobre la piel, pero jamás se detienen si no se posan sobre mezclas preparadas, artificios chillones que atraigan su atención.

Sí, ha llegado la lenta agonía de vuestras almas. Y digo vuestras porque yo la mía pienso salvarla.


martes, 1 de julio de 2014

La Batalla (III)

Nunca quise escribir esto, porque supone el fin de una historia. Y las historias de la vida real pueden ser tristes, alegres o aberrantes, pero son historias y llenan nuestra alma y nuestro tiempo. Componen nuestra melodía. Las historias nos escriben a nosotros.

Las peores historias son aquellas grandes y complejas que tienen finales simples y escuetos. Porque cuando suceden nos dejan vacíos y rotos, como si anheláramos otro final más estruendoso, un desenlace digno y meritorio. Con ganas de más. ¿Nunca habéis sentido que al respirar no os llega aire suficiente para llenar los pulmones? Es lo que yo sentí: hacer fuerza, inspirar pero no llegar a más. Quedarse a las puertas de un final decente, cortar de golpe lo que podría haber sido algo por lo que pararse a pensar. Una imagen bella: las calles solitarias, el pensamiento melancólico. Pero todo acaba.

Estando en el fragor de la batalla, en la cúspide del mutuo entendimiento, me di cuenta de que no valía la pena. Había alzado las armas y ese día era el definitivo: las guerras se acaban, cariño, hasta tú has de admitirlo. 

Recuerdo que sentí los nervios machacando mis entrañas, y el famoso cosquilleo precedente al fin. Nuestra historia era tan corriente, pero no me importaba. Porque la razón de su continuación en el tiempo, y de ser adorada por todos, de brillar infinitamente, de no desfallecer, es que es la historia universal. Todos pasan por ella. Todos caen por ella. Todos la odian cuando no la tienen, historia corriente, universal. Y la aman cuando pueden rozarla.

Pero cuando te vi y crucé contigo los primeros golpes, empecé a darme cuenta de que no valía la pena. Vi como tu silueta dejaba pasar la luz y traté de ignorar las señales: eras un sueño. Pero los empeños pueden llegar a ser muy obcecados y yo seguí luchando y cruzando estocadas contigo.

Te limitabas a pararlas, indiferente.

De repente, todo desapareció. Un adiós frío, porque da igual. Un juego, el de las espadas, un deporte, una diversión pasajera. Entendí que no valía la pena y que la batalla jamás existió. Porque los sueños se crecen ellos solos y no necesitan a nadie, solo una única mente dispuesta a dejarse llevar.

Recuerdo verte marchar, sin más, sin palabras rebuscadas ni miradas inquietas, y pensar que todo había sido terriblemente simple. 

Como un juego de magia: lo ves, ya no lo ves.


Ha sido mi última batalla.


(No continuará.)



viernes, 20 de junio de 2014

No se compara

Las luces, la música, la mezcla de sabores y los giros sobre uno mismo, los halagos callados y las miradas marchitas por exceso de cariño. Las pinturas dedicadas y el grafito cuando corre, los libros que llenan vida y las palabras cuando vuelan y rasgan corazones, las noches de verano y el silencio selectivo de alguien decidido a no caer por los demás. El roce inesperado de unos dedos, el rubor propio y ajeno, el círculo de acercamiento vital, el abandono sin más a media hora de olvido existencial. Los abrazos largos, las sonrisas comunes y el andar juntos por las calles.

Pero no hay nada que se compare a lo que tú creas todos los días de tu vida, la constante de tu realidad. No hay nada que supere la abstracción de tus gestos ni la concentración de tu mirada. Y una tras otra van saliendo de tus manos, el lenguaje universal, el máximo entendimiento comprendido por todos, amado por todos, deseado por todos, perseguido por quienes lo pueden llevar a cabo y por los que no.

Nada es como se desea y las luces, los halagos, el grafito, las palabras, el roce, el rubor, el abandono, el silencio y las sonrisas se empañan transcurridos los primeros instantes de nublada perfección, la cumbre se alcanza casi siempre pero dura poco y enseguida decrece, haciéndonos dudar de si alguna vez existió. Y nos sumimos en la mediocridad de la inseguridad.

Pero no hay aquí nada que tenga que ver con lo que tú haces. Eres como esos pocos, que al segundo te miran y un momento después son inalcanzables por su embeleso. Estás creando y crear me encanta, sacar de la nada aunque ya antes existiera por medio de otros (porque es un arte que se traspasa: aparece y desaparece). Sencilla paradoja (y también paradoja por ser sencilla).


Lo tuyo es aquello que muta de mano en mano, que jamás permanece sino que se altera con mínimas variaciones, tus variaciones: tus dudas, la rapidez de tus movimientos, los cambios personales. 

Me encanta.


lunes, 26 de mayo de 2014

La Batalla (II)

No sé cómo será cuando recobremos la cordura, y descubramos que construimos relaciones sobre sangre y cenizas.

No quiero pensar cómo serán nuestras miradas cuando ya no haya nada y notemos el vacío y el miedo de no poder recuperar lo que antes nos llenaba y exaltaba y creaba y vencía nuestras reticencias.

No quiero y no lo haré, porque por el momento aún estamos locos y nos hemos amoldado a nuestra demencia como si de un bálsamo se tratara, y mientras dure (y dure y dure) podría salir ahí fuera a gritar que yo también he caído por tu culpa, y, la verdad, me encantar caer y morder el polvo, porque en este juego ganar es ser vencido, pero perder es el olvido.

Sí, por el momento aún estamos tan desequilibrados como bufones que solo bailan entre sí: es la danza del desvarío, que nos vuelve ciegos y sordos a las quejas del mundo. Es el insomnio de las noches, los sueños centrados en mi locura, tan insistente como placentera: una y otra vez el mundo gira y se centra en ti porque la perturbación mental es contagiosa y, cariño, por tu culpa ahora todo el mundo ríe.

Cuando los preliminares cesen y tú y yo dejemos de bailar separados, no dejaré que acabe jamás. Porque no valdría la pena descuidar nuestra demencia y caer en la amargura, cuando tan sencillo es amar y ser amado (¿no ves que nacimos para esto? El mundo avanza y avanza, pero eso nunca cambia. Somos un eslabón más de la cadena infinita que aquello que nunca jamás mutará.)

Por el momento estoy tirada en el campo de batalla, y después de tanta estocada siento que solo quiero quedarme aquí, respirando polvo y esperando a que me digas que me has vencido y que, por tanto, he ganado. Pero todavía no acaba y la refriega sigue y sigue y sigue, y aunque todavía no es hora de caer, siento que queda poco porque el tiempo se agota y las semanas pasan y te llevan consigo cada vez más y más lejos.

Y eso no puede permitirse. Así que me levanto, cojo mis armas y sigo luchando con los ojos cerrados, y es que me da miedo atacar…



Porque, como ya dije una vez, aquí herir a tu rival es como abrir un tajo en tu propio corazón.



lunes, 19 de mayo de 2014

La Batalla (I)

Me he vuelto blanda y pequeña como un torpe requiebro.

Te juro que nunca lo quise a pesar de toda la felicidad que parecía crear a su paso. Porque para mí, era una felicidad caduca, sellada y embotellada. Yo les miraba y pensaba que no podía ser, que no había compensación. Los misterios y el supuesto encanto de sus relaciones se ahogaban por esa forma tan burda de llevarlas. Es un juego. O lo creía.

Estaba todo claro entonces. El rol de observadora pasiva era muy cómodo y estaba más que asumido. Los corazones se alzaban, caían y volvían a resurgir, y jamás, jamás me tocaron ni salpicaron al desgarrarse sus almas desoladas, porque bien me cuidé de no pisar semejante campo de minas.

Pero un día alguien te agarra y te arrastra a la batalla, como queriendo asirse a quien aún no ha luchado para poder ampararse, y en cambio solo consigue matar tu impunidad y hacerte caer, destrozando la calma de tu ya pasada vida ordenada.

Ahora tengo miedo. Aquí, en el fragor del combate, los corazones palpitan raudos aún cuando hay un descanso y el enemigo se ha marchado. Aquí, en mitad de un terrible vacío mental, nadie piensa, solo alzan las espadas esperando poder hacer suyo al contradictorio rival.

Aquí las batallas son diferentes de las que se libran en las guerras convencionales. Donde yo estoy, cada uno tiene su propio enemigo, y herirlo es como abrir un tajo en tu propio corazón. Cuando se va, descansamos pero al mismo tiempo calumniamos su ausencia, porque deseamos que vuelva para lidiar con él hasta que se acabe el tiempo y conseguir su mirada, su espada, su abrazo mortal aunque sea, porque por su abrazo el mundo se para y el resto de combatientes envilecen sus pupilas de pura envidia, y pelean aún con más ardor, porque aquí el premio es el roce de su piel o una triste sonrisa desvaída que tal vez no implique nada. Pero aquí todo cuenta y todo se desea con afán obsesivo.

Y es que están todos locos. Nadie razona ni se calma jamás, todos luchan por el día y por la noche sueñan cada uno con el suyo, sin poder parar aun cuando el dolor les hace llorar.
Incluso cuando pasa el tiempo y el combatiente tarda en presentar batalla, el recuerdo de su presencia está siempre ahí, en mente, como un maldito runrún de fondo del que yo, como tantos otros, no puedo librarme jamás.

A veces alguien cae porque su contendiente se marchó ya aburrido e indiferente (como he dicho, esta guerra no es como las otras) y le dejó en medio del campo, sollozante y jadeando, implorando un regreso que no se producirá, con los brazos rotos de tanto sujetar una espada ya mellada, y el corazón doliente aquí, en el pecho, donde más se sienten las penas… y una lenta muerte del alma.



El resto le miramos y sentimos un miedo helado ahí, en el pecho antes citado, porque también tememos ser abandonados, o un mal día descubrir que en realidad jamás hubo batalla y que todo estuvo en nuestra imaginación, que nuestro rival no lo fue jamás y que durante todo ese tiempo estuvimos solos… lanzando estocadas al aire.



viernes, 2 de mayo de 2014

Me aburren

Me aburre su manera de hablar y de simplificarlo todo, me aburre su forma de pensar que pensar es aburrido y me aburren sus conversaciones selectivas, su manera de etiquetar lo que no es clasificable.

Me aburren sus ropas a la moda y la construcción inequívoca de sus almas fragmentadas por la simpleza en la que el mundo les quiere envolver. Y se dejan.

Me frustran con sus incongruencias y sus prejuicios camuflados bajo una capa de aceptación teórica, truncada cuando viene a suceder en la vida real.

Me duelen sus olvidos cuando la situación cambia y solo hay sitio para quien encaje con sus risas coreadas y sus miradas sombreadas.

Me aburren con sus andares de liderazgo adolescentes y mofas puntuales para promover la huida de su más que posible olvido social. Sus movimientos calculados, su indiferencia pensada de antemano, los perfiles en los que resguardan para moverse por el mundo con supuesta seguridad.

Me aburre su forma de vida, su forma de divertirse, su forma de ser rebeldes.


Quisiera estar con alguien ardiente, un intocable bajo pena de incendiarse en un infierno real, alguien que me haga sentir un peligro con sentido, del que vale la pena. El peligro que se siente cuando se lucha por unos ideales que exaltan las pasiones más profundas de tu ser y te hacen saltar y desear, y no el peligro vacío de los viernes, todos rutinarios, inútiles. Molestos e hirientes.

Un loco obsesivo de los intrincados sentimientos, de la comprensión hasta la última migaja del alma humana, un curioso incurable de la existencia.

Una inteligencia brillante, sensible, un músico centrado en sus dedos ágiles volando como pájaros sobre las aberturas del instrumento creador… un pintor cuyo pincel danza sobre el lienzo al compás de un ritmo violento. Un pensador silencioso e insistente, solitario y ceñudo, cabreado con el mundo y suave cuando me mire y se acerque y por él entonces tiemble lo que nunca antes temblé.

Un marginado desdeñado por gente como ellos. Porque a ellos les aburre, pero a mí me enciende.


lunes, 28 de abril de 2014

Pintar

Vamos a cambiarlo todo: cómo quisiera, cambiar y desear –o más bien desear y cambiar– a un ritmo vertiginoso, candente e hiriente, difuso, mojado, terrible, fascinante.

Cómo convertiría yo el mundo, creándolo desde el principio con cartones y acuarelas, con pinceles muy finos marcando el ritmo en óleos resplandecientes de color y de contrastes bien marcados, sombras negras y elegantes, luces blancas y altivas.

Cómo crearía la belleza, pintaría a las mujeres con vestidos gaseosos y a los hombres con camisas blancas y espaldas poderosas. Les pintaría los ojos color chocolate y turquesa y ambarinos, y crearía apasionadas pieles cobrizas y otras tantas blancas, como transparentes a las frágiles venas.

Cómo me gustaría, pintar la belleza con los colores del arcoíris, marcar el misterio de unos labios oscuros con un rostro oculto en sombras, delinear las pestañas rubias de unos ojos almendrados y esquivos, besar con un lápiz el contorno perfecto de un mundo adorable, dejar correr el grafito fundiendo miradas oscuras, miradas con sombra, miradas con luz, miradas alegres y espontáneas.

Cómo quisiera poder plasmar toda la belleza que soy capaz de imaginar, y todos los misterios pendientes, y todas las aventuras radiantes, y todo el peligro de unos brazos poderosos, y toda la perdición que entraña la visión fugaz de tanta ansiada perfección, tanta oscura perfección.

Sonaría de fondo una música candente, única, sollozante.


Dibujaría las notas musicales en las vibraciones del aire.  


miércoles, 26 de marzo de 2014

Pero no es así

Había leído muchas cosas en muchos libros, libros devorados y consumidos por un hambre tremebunda. Pero el filtro que distinguía la utopías literarias de lo que puede ser real hacía tiempo que se había rasgado, y ahora todo entraba en su mente y se mezclaba, se revolvía como miles de agujas en miles de pajares. Había leído cosas preciosas sobre la amistad, y sabía de historias que narraban aventuras trepidantes o simples conversaciones a la luz de una hoguera... historias en las que las personas juraban su amistad y la sellaban con sonrisas y promesas de las de verdad, de las que se cumplen y se llevan en el corazón en todo momento, como una presencia constante.

Había leído historias de personas cuya vida era terrible, pero que contaban con el apoyo de una mirada atenta, un pensamiento preocupado, unas manos entrelazadas. Había leído cosas muy bellas susurradas al oído y canciones muy lentas bailadas al amanecer...

Había leído fantásticos ideales en los que nada importa salvo el amor y la amistad, dichos por personas que encaran el mundo con valentía. Personas que nunca están solas y que, cuando lo están, demuestran una fortaleza que te hace admirarlos. Pero, al final, siempre encuentran a alguien al final del camino. Un amigo. Un final feliz.


Pero el otro día, perdida entre las calles mugrientas de una ciudad que la rechazaba, andando sola sabiendo que nadie la esperaba, descubrió que todo eso era mentira, que en estas historias se miente y se inventa para no enfrentarse a la dura realidad que aguarda agazapada cruelmente tras las páginas.

El otro día descubrió que en la vida real las melenas no ondean al viento cinematográficamente, que el rubor no cubre románticamente las mejillas de una chica dulce y encantadora mientras sus ojos desprenden un brillo inocente y que unas miradas cruzadas por azar no dan lugar a un tortuoso amor imposible que abrasa por dentro con su fuego a quien se enamoró.

No.

Lo que pasa es que te despeinas, que la timidez provoca que todo el mundo pase de ti y que unas miradas cruzadas por azar... no son más que eso, miradas olvidadas al segundo.

Seamos realistas. La soledad embarga a más de uno y es un dolor invisible al que nadie presta atención. Ella lo sabe porque ya no cuenta con nadie y, a pesar de todo, no se deprime, no llora.
Ella sencillamente se resigna porque sabe que no puede obligar a nadie a quererla.


Pero a pesar de su aceptación, la tristeza nunca da tregua.


sábado, 22 de febrero de 2014

El silencio selectivo

Cómo quisiera poder callar en determinados momentos sin que nadie cuestionara el por qué de esa manera tan superficial y rastrera, como para hacer ver su interés en realidad ausente. Cómo quisiera poder rendirme sin más a la tentación que me supone el silencio imprevisto ante ciertas cuestiones y conversaciones. Pero no puedo, y es que vosotros no me dejáis. No debo, sin embargo, quejarme, porque yo haría lo mismo. Una lengua atada de manera inesperada destapa sospechas, preocupaciones, intereses ajenos, curiosidad sin satisfacer. En este gran juego en el que todos participamos, el hablar es imprescindible y depende de lo que cuentes y como lo cuentes la visión que otros tendrán de ti. 

Así, el silencio te hace parecer raro y extraño al principio, luego aburrido, finalmente invisible.

Así de injustos son los pensamientos con los que juzga la humanidad, e innegable es que las etiquetas y san benitos se colocan por masas y en conjunto, por unanimidad contagiosa y frívola, por aletargamiento del entendimiento complejo y activación de la simplicidad odiosa.

Así, me voy amoldando a vuestros gustos e intereses para no quedarme sola, e invento intrincadas excusas para rellenar los huecos que supone mi muralla y que no decaiga a vuestros ojos (que necesitan ser satisfechos al instante, no entienden de esperas ni de la paciencia o el silencio que supone la sinceridad de algunas amistades, las verdaderas). Pero cómo cansa esta farsa continua, el control absoluto de los gestos y las miradas, la conversación siempre constante para que tu interlocutor no se aburra, la seguridad marchita como una pantalla de humo para encubrir la soledad.

Si me callara cuando lo deseara (mi personal silencio selectivo) acabaría volviéndome invisible a los ojos del mundo y a la gente se le olvidaría que alguna vez pasé por sus vidas, aunque fuera durante un gran lapso de tiempo y llegara a haber amistad. Las personas olvidan pronto y forjan nuevas alianzas de manera continua, desechando las anteriores si no tienen nada nuevo que ofrecerles.


Es como vivir en una mentira que te salva de la marginación y a la vez te recluye a ella.


sábado, 8 de febrero de 2014

Condenada a la ruina

Solo me recomendáis caminos ya trazados, esperanzas ya marchitas mucho antes de mi llegada. Siento como si todos mis deseos ya hubieran sido antes suspirados por otros, como si todos mis anhelos ya hubieran sido sopesados e intentados, como si mi vida fuera una mezcla de otras vidas ya de por sí revueltas anteriormente, como si mi existencia tuviera otras paralelas similares y tan infructuosas como la mía, como si mis ambiciones no fueran más que un relevo muy manoseado, una herencia menguante cuyo principal propietario se halla ya perdido en el polvo de los milenios.

Solo me habláis de metas ya alcanzadas, de caminos rápidos y seguros por donde caminar sin riesgo, de maletas grandes donde poder meter toda mi prescindible vida, de mecanismos fáciles que aletargan mis pasiones, de instrumentos fútiles para hacer sonar una banda sonora ya rayada e insoportable.

Me habláis de una continuidad aburrida y obvia, de una realidad soporífera y tentadora a partes iguales.

Me habláis de sendas pintorescas, de interminables colas para llegar a donde todo el mundo llega.

Me habláis de la impaciencia que todo el mundo siente por llegar a un mismo sitio, de la esperanza que el mundo deposita en unos procesos ya carcomidos.

Me habláis con entusiasmo de vuestro viejo puente mal construido. Me decís que yo también lo use. Que atraviese esos caminos, que alcance esas metas ya logradas, que sienta impaciencia por llegar a vuestras tristes salas de espera.

Me pedís que me muera habiendo hecho lo que otros muchos ya han hecho, que siga la estela de otros tantos millones de vivos sin sentido. Me pedís que me muera con una sonrisa en los labios, como si tuviera que sentirme orgullosa de algo.

¿De qué me sirve a mí haber hecho lo que otros ya consiguieron? ¿De qué me sirve alcanzar extremos ya experimentados, si nada de lo que yo diga aportará jamás nada novedoso?

¿Qué gano yo siguiendo los pasos inconclusos de un montón de almas en pena? ¿Qué gano dejándome llevar por lo que otros ya conocen? ¿Acaso destacaré así en algo? ¿Acaso habré conseguido algo? No. Nada.

Solo me habláis de otros. Queréis convertirme en otra persona que anteriormente existió (o quizás aún perviva), me centráis en unos ideales que otros en su momento elucubraron y que muchos siguieron por lo maravilloso de los mismos.

Pero no puedo. No quiero llegar a donde otros ya estuvieron, donde otros ya pisaron. El tiempo pasa y borra las huellas, pero ese terreno ya fue visto, allanado, olido y experimentado. No quiero ser recordada (u olvidada) por haber estado compuesta de retales mal cosidos.


Qué proposición tan ambiciosa. 


Estoy condenada a la ruina.


domingo, 2 de febrero de 2014

Sobre la seguridad que la mentira otorga

"No he querido saber, pero he sabido...". Así comienza "Corazón tan blanco", un libro de Javier Marías (uno de mis autores preferidos). No quiso, pero supo. Se le impuso por la fuerza (no física, sino tal vez moral o incluso visual, la fuerza del momento, la que resulta irremediable a todas luces). No tenía intención, pero se le contó. Y, a veces, pienso que se podría aplicar la fórmula contraria: no he querido contar, pero he contado...

Todos contamos demasiado, nos dejamos llevar por la embriaguez del momento, por la dulzura de saberse el centro de de una atención pasajera y poco aclamada (pero atención a fin de cuentas), de sentirse escuchado y percibir las ondas vibrantes de nuestra voz surcando una realidad en breve olvidada.

Lo damos todo por notar como el mundo se calla a nuestro alrededor para oírnos. Nuestro turno en los diálogos es usado hasta los extremos más desagradables, abusamos de él como si fuera a desaparecer y en ocasiones silenciamos el turno ajeno, lo anulamos o sería más exacto decir que lo relegamos, lo obviamos como si solo valiera el nuestro.

Nos puede el ansia por contarlo todo y demostrar que no estamos solos. Contar es una forma de ser escuchado, o por lo menos oído, y sentir que hay alguien al otro lado de nuestros versos sin rima y quizá sin sentido incluso. Contamos por contar y hablamos sin saber, olvidando luego lo que hemos dicho y enseguida volviendo a empezar nuestro caos vocal, nuestra insulsa charla sin ambición.

Y es que en realidad no nos importa lo que nos es contado, sino que entramos en una dinámica de poder y de atención, en la cual la forma de detallar lo que ningún interés tiene lo cambia todo, y quien queda fuera de ella queda fuera de todo, de las atenciones, de las miradas, de cualquier atractivo para el ojo ajeno. Nos volvemos invisibles si no hablamos o si lo hacemos poco, o si nuestra capacidad de ello se limita por el incontenible rubor, el rubor maldito que a todos nos ensombrece y nos margina, como perros apaleados sin capacidad de ladrar.


¡Pero es tan inútil! Jamás se cuenta absolutamente todo, sino que los detalles más ínfimos y a la vez más cautivadores quedan ocultos, incapaces de salir jamás a la luz de un día demasiado cruel y sobado por millones de personas tan solas como el resto. 

Estamos solos y eso no se olvida, nos viene grabado a fuego en la carne más recóndita, la carne del alma que con frecuencia es desgarrada, dejando gotear la sangre de un dolor incierto cuya permanencia y agudeza nos vuelve LOCOS.

Morimos solos aún rodeados de gente. No importa cuánto hayamos hablado con ellos, cuántas palabras hayamos intercambiado (serias, intensas o para salir del paso), el fondo único de nuestro ser nos bloquea como fieras enjauladas, impide el paso de nuestra alma hacia los confines de la seguridad. 

Somos únicos y por ello, estamos solos. Nadie desnuda jamás su ser, ¡nadie quema jamás las máscaras y las fachadas que nos protegen del desprecio ajeno! 

Nuestra hipocresía es un escudo, nuestras mentiras un resguardo, nuestras calumnias son momentos de respiro para nuestra vulnerabilidad.



Por muy hermoso que queramos que sea, jamás cumpliremos el poema de Pedro Salinas:

"...enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.

Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
<<Yo te quiero, soy yo>>"