Me aburre su manera de hablar y de simplificarlo todo, me aburre su
forma de pensar que pensar es aburrido y me aburren sus conversaciones selectivas,
su manera de etiquetar lo que no es clasificable.
Me aburren sus ropas a la moda y la construcción inequívoca de sus
almas fragmentadas por la simpleza en la que el mundo les quiere envolver. Y se
dejan.
Me frustran con sus incongruencias y sus prejuicios camuflados bajo
una capa de aceptación teórica, truncada cuando viene a suceder en la vida
real.
Me duelen sus olvidos cuando la situación cambia y solo hay sitio para
quien encaje con sus risas coreadas y sus miradas sombreadas.
Me aburren con sus andares de liderazgo adolescentes y mofas puntuales
para promover la huida de su más que posible olvido social. Sus movimientos
calculados, su indiferencia pensada de antemano, los perfiles en los que resguardan
para moverse por el mundo con supuesta seguridad.
Me aburre su forma de vida, su forma de divertirse, su forma de ser
rebeldes.
Quisiera estar con alguien ardiente, un intocable bajo pena de incendiarse
en un infierno real, alguien que me haga sentir un peligro con sentido, del
que vale la pena. El peligro que se siente cuando se lucha por unos ideales que exaltan las pasiones más profundas de tu ser y te hacen saltar y desear, y no el peligro vacío de los viernes, todos rutinarios,
inútiles. Molestos e hirientes.
Un loco obsesivo de los intrincados sentimientos, de la comprensión
hasta la última migaja del alma humana, un curioso incurable de la existencia.
Una inteligencia brillante, sensible, un músico centrado en sus dedos
ágiles volando como pájaros sobre las aberturas del instrumento creador… un
pintor cuyo pincel danza sobre el lienzo al compás de un ritmo violento. Un pensador
silencioso e insistente, solitario y ceñudo, cabreado con el mundo y suave
cuando me mire y se acerque y por él entonces tiemble lo que nunca antes
temblé.
Un marginado desdeñado por gente como ellos. Porque a ellos les
aburre, pero a mí me enciende.
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