domingo, 2 de febrero de 2014

Sobre la seguridad que la mentira otorga

"No he querido saber, pero he sabido...". Así comienza "Corazón tan blanco", un libro de Javier Marías (uno de mis autores preferidos). No quiso, pero supo. Se le impuso por la fuerza (no física, sino tal vez moral o incluso visual, la fuerza del momento, la que resulta irremediable a todas luces). No tenía intención, pero se le contó. Y, a veces, pienso que se podría aplicar la fórmula contraria: no he querido contar, pero he contado...

Todos contamos demasiado, nos dejamos llevar por la embriaguez del momento, por la dulzura de saberse el centro de de una atención pasajera y poco aclamada (pero atención a fin de cuentas), de sentirse escuchado y percibir las ondas vibrantes de nuestra voz surcando una realidad en breve olvidada.

Lo damos todo por notar como el mundo se calla a nuestro alrededor para oírnos. Nuestro turno en los diálogos es usado hasta los extremos más desagradables, abusamos de él como si fuera a desaparecer y en ocasiones silenciamos el turno ajeno, lo anulamos o sería más exacto decir que lo relegamos, lo obviamos como si solo valiera el nuestro.

Nos puede el ansia por contarlo todo y demostrar que no estamos solos. Contar es una forma de ser escuchado, o por lo menos oído, y sentir que hay alguien al otro lado de nuestros versos sin rima y quizá sin sentido incluso. Contamos por contar y hablamos sin saber, olvidando luego lo que hemos dicho y enseguida volviendo a empezar nuestro caos vocal, nuestra insulsa charla sin ambición.

Y es que en realidad no nos importa lo que nos es contado, sino que entramos en una dinámica de poder y de atención, en la cual la forma de detallar lo que ningún interés tiene lo cambia todo, y quien queda fuera de ella queda fuera de todo, de las atenciones, de las miradas, de cualquier atractivo para el ojo ajeno. Nos volvemos invisibles si no hablamos o si lo hacemos poco, o si nuestra capacidad de ello se limita por el incontenible rubor, el rubor maldito que a todos nos ensombrece y nos margina, como perros apaleados sin capacidad de ladrar.


¡Pero es tan inútil! Jamás se cuenta absolutamente todo, sino que los detalles más ínfimos y a la vez más cautivadores quedan ocultos, incapaces de salir jamás a la luz de un día demasiado cruel y sobado por millones de personas tan solas como el resto. 

Estamos solos y eso no se olvida, nos viene grabado a fuego en la carne más recóndita, la carne del alma que con frecuencia es desgarrada, dejando gotear la sangre de un dolor incierto cuya permanencia y agudeza nos vuelve LOCOS.

Morimos solos aún rodeados de gente. No importa cuánto hayamos hablado con ellos, cuántas palabras hayamos intercambiado (serias, intensas o para salir del paso), el fondo único de nuestro ser nos bloquea como fieras enjauladas, impide el paso de nuestra alma hacia los confines de la seguridad. 

Somos únicos y por ello, estamos solos. Nadie desnuda jamás su ser, ¡nadie quema jamás las máscaras y las fachadas que nos protegen del desprecio ajeno! 

Nuestra hipocresía es un escudo, nuestras mentiras un resguardo, nuestras calumnias son momentos de respiro para nuestra vulnerabilidad.



Por muy hermoso que queramos que sea, jamás cumpliremos el poema de Pedro Salinas:

"...enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.

Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
<<Yo te quiero, soy yo>>"



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