(Extracto de una historia en curso.)
Y ahora ya no le importa nada de lo que fueron sus horas felices,
acontecidas hace unos minutos. Ahora anda con los pies caídos y cierra la
puerta de un golpe, ahora suspira escondiéndose tras los rincones. Ahora es la
cruz que desgarró a la cara y la apartó en menos de un minuto, de un segundo,
de un pensamiento. Le has dado la vuelta a todo lo tuyo y sin querer acabas con
lo mío también. De un momento a otro convertiste todo lo bueno en todo lo malo
y te has caído sin más ayuda que la tuya en tu propio pozo sin fondo. Tú misma
te sacas y te vuelves a tirar. Practicas tantas veces al día que ahora no te
cuesta nada, te sale solo. La flaqueza te sale sola.
Eres débil. Nunca debí escribir esto, pero lo eres. Y no sé si lo
sabes, si lo intuyes o si te da igual. Pero eres débil. Caes a la más mínima
provocación. Confundes aquellos buenos intentos de llegar a ti con aquellos
tristes y retorcidos de relegarte o hundirte. O despreciarte. O deteriorarte
poco a poco, con el fin de la dominación. Confundes todo. Enredas todo.
Encierras las relaciones en círculos viciosos.
No puedo aguantarlo. Lo siento. Yo no soy así y no lo entiendo. Pero
no todo en ti es malo, en absoluto. Solo apelo a la parte de tu debilidad. Tus
caídas imprevistas. Porque puedes hacer mucho daño cuando repeles y apartas tu
brazo y haces daño y sigues dañando porque nunca te retractas. Sí. La palabra
clave es esa. Daño. Me haces daño. Me duele el corazón cuando hablas así y no
es bueno para nadie. Esto es inevitable y sin embargo no nos querríamos sino
fuéramos quienes somos. Eso también duele. Duele darte cuenta de eso. Duele
dudarlo y duele quebrarse cuando tú te quiebras y me quiebras con tus palabras
dirigidas a mí aún cuando no lo entiendes y para ti no importan, porque desde
tu punto de vista son buenas y alegres y en cambio yo las entiendo como
degradantes.
Incluso en tus mejores momentos, cuando estás fuera del pozo, no puedo
entenderte y me haces daño. Siempre es igual, porque no eres fuerte y no
resistes los embates. Siempre te caes y yo me tapo los oídos y los ojos y la
boca (no escuchar, no mirar, ¡no gritar!) para no sentir como vuelves una y
otra vez a ese negro agujero.
Es curioso porque en los libros esta situación se describe muchas
veces, y sin embargo hay una gran diferencia con la persona que ocupa mi lugar:
ésta siempre intenta protegerte y llora cuando tú lloras y odia a quién tú
odias (que también coincide con la vida real). Pero no puedo, lo siento, y es
porque no te entiendo…
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