Las luces, la música, la mezcla de sabores y los giros sobre uno
mismo, los halagos callados y las miradas marchitas por exceso de cariño. Las
pinturas dedicadas y el grafito cuando corre, los libros que llenan vida y las
palabras cuando vuelan y rasgan corazones, las noches de verano y el silencio
selectivo de alguien decidido a no caer por los demás. El roce inesperado de
unos dedos, el rubor propio y ajeno, el círculo de acercamiento vital, el
abandono sin más a media hora de olvido existencial. Los abrazos largos, las
sonrisas comunes y el andar juntos por las calles.
Pero no hay nada que se compare a lo que tú creas todos los días de tu
vida, la constante de tu realidad. No hay nada que supere la abstracción de tus
gestos ni la concentración de tu mirada. Y una tras otra van saliendo de tus
manos, el lenguaje universal, el máximo entendimiento comprendido por todos,
amado por todos, deseado por todos, perseguido por quienes lo pueden llevar a
cabo y por los que no.
Nada es como se desea y las luces, los halagos, el grafito, las
palabras, el roce, el rubor, el abandono, el silencio y las sonrisas se empañan
transcurridos los primeros instantes de nublada perfección, la cumbre se
alcanza casi siempre pero dura poco y enseguida decrece, haciéndonos dudar de
si alguna vez existió. Y nos sumimos en la mediocridad de la inseguridad.
Pero no hay aquí nada que tenga que ver con lo que tú haces. Eres como
esos pocos, que al segundo te miran y un momento después son inalcanzables por
su embeleso. Estás creando y crear me encanta, sacar de la nada aunque ya antes
existiera por medio de otros (porque es un arte que se traspasa: aparece y
desaparece). Sencilla paradoja (y también paradoja por ser sencilla).
Lo tuyo es aquello que muta de mano en mano, que jamás permanece sino
que se altera con mínimas variaciones, tus variaciones: tus dudas,
la rapidez de tus movimientos, los cambios personales.
Me encanta.
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