Nunca quise escribir esto, porque supone el fin de una historia. Y las historias de la vida real pueden ser tristes, alegres o aberrantes, pero son historias y llenan nuestra alma y nuestro tiempo. Componen nuestra melodía. Las historias nos escriben a nosotros.
Las peores historias son aquellas grandes y complejas que tienen finales simples y escuetos. Porque cuando suceden nos dejan vacíos y rotos, como si anheláramos otro final más estruendoso, un desenlace digno y meritorio. Con ganas de más. ¿Nunca habéis sentido que al respirar no os llega aire suficiente para llenar los pulmones? Es lo que yo sentí: hacer fuerza, inspirar pero no llegar a más. Quedarse a las puertas de un final decente, cortar de golpe lo que podría haber sido algo por lo que pararse a pensar. Una imagen bella: las calles solitarias, el pensamiento melancólico. Pero todo acaba.
Estando en el fragor de la batalla, en la cúspide del mutuo entendimiento, me di cuenta de que no valía la pena. Había alzado las armas y ese día era el definitivo: las guerras se acaban, cariño, hasta tú has de admitirlo.
Recuerdo que sentí los nervios machacando mis entrañas, y el famoso cosquilleo precedente al fin. Nuestra historia era tan corriente, pero no me importaba. Porque la razón de su continuación en el tiempo, y de ser adorada por todos, de brillar infinitamente, de no desfallecer, es que es la historia universal. Todos pasan por ella. Todos caen por ella. Todos la odian cuando no la tienen, historia corriente, universal. Y la aman cuando pueden rozarla.
Pero cuando te vi y crucé contigo los primeros golpes, empecé a darme cuenta de que no valía la pena. Vi como tu silueta dejaba pasar la luz y traté de ignorar las señales: eras un sueño. Pero los empeños pueden llegar a ser muy obcecados y yo seguí luchando y cruzando estocadas contigo.
Te limitabas a pararlas, indiferente.
De repente, todo desapareció. Un adiós frío, porque da igual. Un juego, el de las espadas, un deporte, una diversión pasajera. Entendí que no valía la pena y que la batalla jamás existió. Porque los sueños se crecen ellos solos y no necesitan a nadie, solo una única mente dispuesta a dejarse llevar.
Recuerdo verte marchar, sin más, sin palabras rebuscadas ni miradas inquietas, y pensar que todo había sido terriblemente simple.
Como un juego de magia: lo ves, ya no lo ves.
Ha sido mi última batalla.
(No continuará.)
1 comentario:
Lo he tenido que leer varias veces para poder entender lo que decías, no porque estuviese mal escrito, sino todo lo contrario. Las batallas están presentes, son reales y como dijiste: terminan. No obstante, eres tu quien decide cmo acaban o por lo menos dirigirla. Me ha gustado mucho tu entrada, muchísimo. Sólo veo un fallo, ests son batallas, pero la guerra no acaba.
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