Me he vuelto blanda y pequeña como un torpe requiebro.
Te juro que nunca lo quise a pesar de toda la felicidad que parecía
crear a su paso. Porque para mí, era una felicidad caduca, sellada y
embotellada. Yo les miraba y pensaba que no podía ser, que no había
compensación. Los misterios y el supuesto encanto de sus relaciones se ahogaban
por esa forma tan burda de llevarlas. Es un juego.
O lo creía.
Estaba todo claro entonces. El rol de observadora pasiva era muy cómodo
y estaba más que asumido. Los corazones se alzaban, caían y volvían a resurgir,
y jamás, jamás me tocaron ni salpicaron al desgarrarse sus almas desoladas,
porque bien me cuidé de no pisar semejante campo de minas.
Pero un día alguien te agarra y
te arrastra a la batalla, como queriendo asirse a quien aún no ha luchado
para poder ampararse, y en cambio solo consigue matar tu impunidad y hacerte
caer, destrozando la calma de tu ya pasada vida ordenada.
Ahora tengo miedo. Aquí, en el fragor del combate, los corazones
palpitan raudos aún cuando hay un descanso y el enemigo se ha marchado. Aquí,
en mitad de un terrible vacío mental, nadie piensa, solo alzan las espadas
esperando poder hacer suyo al contradictorio rival.
Aquí las batallas son diferentes de las que se libran en las guerras
convencionales. Donde yo estoy, cada uno
tiene su propio enemigo, y herirlo es como abrir un tajo en tu propio corazón.
Cuando se va, descansamos pero al mismo tiempo calumniamos su ausencia, porque
deseamos que vuelva para lidiar con él hasta que se acabe el tiempo y conseguir
su mirada, su espada, su abrazo mortal aunque sea, porque por su abrazo el mundo se para y el resto de combatientes
envilecen sus pupilas de pura envidia, y pelean aún con más ardor, porque aquí
el premio es el roce de su piel o una triste sonrisa desvaída que tal vez no
implique nada. Pero aquí todo cuenta y todo se desea con afán obsesivo.
Y es que están todos locos.
Nadie razona ni se calma jamás, todos luchan por el día y por la noche sueñan
cada uno con el suyo, sin poder parar aun cuando el dolor les hace llorar.
Incluso cuando pasa el tiempo y el combatiente tarda en presentar
batalla, el recuerdo de su presencia está siempre ahí, en mente, como un
maldito runrún de fondo del que yo, como tantos otros, no puedo librarme jamás.
A veces alguien cae porque su contendiente se marchó ya aburrido e
indiferente (como he dicho, esta guerra no es como las otras) y le dejó en
medio del campo, sollozante y jadeando, implorando un regreso que no se
producirá, con los brazos rotos de tanto sujetar una espada ya mellada, y el
corazón doliente aquí, en el pecho, donde más se sienten las penas… y una lenta
muerte del alma.
El resto le miramos y sentimos un miedo helado ahí, en el pecho antes
citado, porque también tememos ser abandonados, o un mal día descubrir que en realidad jamás hubo batalla y que
todo estuvo en nuestra imaginación, que nuestro rival no lo fue jamás y que
durante todo ese tiempo estuvimos solos…
lanzando estocadas al aire.
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