Vamos a cambiarlo todo: cómo quisiera, cambiar y
desear –o más bien desear y cambiar– a un ritmo vertiginoso, candente e
hiriente, difuso, mojado, terrible, fascinante.
Cómo convertiría yo el mundo, creándolo desde el
principio con cartones y acuarelas, con pinceles muy finos marcando el ritmo en
óleos resplandecientes de color y de contrastes bien marcados, sombras negras y
elegantes, luces blancas y altivas.
Cómo crearía la belleza, pintaría a las mujeres con
vestidos gaseosos y a los hombres con camisas blancas y espaldas poderosas. Les
pintaría los ojos color chocolate y turquesa y ambarinos, y crearía apasionadas
pieles cobrizas y otras tantas blancas, como transparentes a las frágiles
venas.
Cómo me gustaría, pintar la belleza con los colores
del arcoíris, marcar el misterio de unos labios oscuros con un rostro oculto en
sombras, delinear las pestañas rubias de unos ojos almendrados y esquivos,
besar con un lápiz el contorno perfecto de un mundo adorable, dejar correr el
grafito fundiendo miradas oscuras, miradas con sombra, miradas con luz, miradas
alegres y espontáneas.
Cómo quisiera poder plasmar toda la belleza que soy
capaz de imaginar, y todos los misterios pendientes, y todas las aventuras
radiantes, y todo el peligro de unos brazos poderosos, y toda la perdición que
entraña la visión fugaz de tanta ansiada perfección, tanta oscura perfección.
Sonaría de fondo una música candente, única,
sollozante.
Dibujaría las notas musicales en las vibraciones del
aire.
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