Puedo sentir su prepotencia a través de la piel –ante el peligro
sientes las venas palpitar–. Pero no es una persona, sino millones. Notas su
presencia de manera continua, su olfato fino rastreándote (eres su presa), abrumador
pero sin llegar nunca a cansarte, y eso es porque no quieren que huyas, sino
que te sometas sin saberlo. Quieren que estés ahí y que caigas sin razón
aparente, para poder recogerte. Su amabilidad es una gran mentira y sus gestos
aparentemente naturales fueros ya pensados de antemano.
Aquella noche entendí muy bien la grandeza de su traición. No es el
momento, sino lo que viene luego. El cuento, la risa. La mentira. Yo misma lo
he sentido y lo he visto sentir: el miedo vale, la crueldad vale, el tedio
vale, la estupidez vale… siempre que luego puedan ser contadas. Arrancar al
mundo unos instantes de su atención, ese el verdadero objetivo, perdurar unos
minutos más en la memoria a corto plazo de las masas, suplicar una mirada, una
sonrisa en nuestro honor. Un cotilleo deshilachado, una burda defensa de nuestra
ya maltrecha integridad moral. Un agasajo a la estupidez que nos haga destacar.
El brillo de los objetos atrae a las urracas y a los tiburones, todos lo saben.
El brillo adulterado en los relatos atrae a las mentes simples.
Pero de eso no son tan conscientes.
Alimentamos a la bestia para que nos deje vivir con ella. Porque la
bestia es la estupidez, y nos proporciona una seguridad en nuestros actos que
no nos daría el pensamiento razonado, ni la intensidad en cada movimiento, ni
cada instante (segundo, mirada, roce) de esta vida tan hermosa y retorcida.
Odio la deshumanización de las masas, la generalidad, la pérdida del
conocimiento parcial. Odio ver a la gente pasar y no saber quiénes son, porque
van desfilando en una procesión donde nadie tiene nombre. Todos son
prescindibles, solo importa el número. Ha llegado la muerte del alma. Ya no
existen las miradas furtivas, emotivas, ruborizadas, calladas. Los ojos caen y
resbalan sobre la piel, pero jamás se detienen si no se posan sobre mezclas
preparadas, artificios chillones que atraigan su atención.
Sí, ha llegado la lenta agonía de vuestras almas. Y digo vuestras
porque yo la mía pienso salvarla.
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