lunes, 7 de julio de 2014

Deshumanización

Puedo sentir su prepotencia a través de la piel –ante el peligro sientes las venas palpitar–. Pero no es una persona, sino millones. Notas su presencia de manera continua, su olfato fino rastreándote (eres su presa), abrumador pero sin llegar nunca a cansarte, y eso es porque no quieren que huyas, sino que te sometas sin saberlo. Quieren que estés ahí y que caigas sin razón aparente, para poder recogerte. Su amabilidad es una gran mentira y sus gestos aparentemente naturales fueros ya pensados de antemano.

Aquella noche entendí muy bien la grandeza de su traición. No es el momento, sino lo que viene luego. El cuento, la risa. La mentira. Yo misma lo he sentido y lo he visto sentir: el miedo vale, la crueldad vale, el tedio vale, la estupidez vale… siempre que luego puedan ser contadas. Arrancar al mundo unos instantes de su atención, ese el verdadero objetivo, perdurar unos minutos más en la memoria a corto plazo de las masas, suplicar una mirada, una sonrisa en nuestro honor. Un cotilleo deshilachado, una burda defensa de nuestra ya maltrecha integridad moral. Un agasajo a la estupidez que nos haga destacar. El brillo de los objetos atrae a las urracas y a los tiburones, todos lo saben. El brillo adulterado en los relatos atrae a las mentes simples.

Pero de eso no son tan conscientes.

Alimentamos a la bestia para que nos deje vivir con ella. Porque la bestia es la estupidez, y nos proporciona una seguridad en nuestros actos que no nos daría el pensamiento razonado, ni la intensidad en cada movimiento, ni cada instante (segundo, mirada, roce) de esta vida tan hermosa y retorcida.

Odio la deshumanización de las masas, la generalidad, la pérdida del conocimiento parcial. Odio ver a la gente pasar y no saber quiénes son, porque van desfilando en una procesión donde nadie tiene nombre. Todos son prescindibles, solo importa el número. Ha llegado la muerte del alma. Ya no existen las miradas furtivas, emotivas, ruborizadas, calladas. Los ojos caen y resbalan sobre la piel, pero jamás se detienen si no se posan sobre mezclas preparadas, artificios chillones que atraigan su atención.

Sí, ha llegado la lenta agonía de vuestras almas. Y digo vuestras porque yo la mía pienso salvarla.


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