viernes, 15 de junio de 2012

Inarticulada muñequita nívea

Qué ojitos tan bonitos los de la muñeca de inmaculada piel nevada cuando sus cejitas se alzaban para sonreírme cuando hacía algo bien.

Porque me dice hola entre susurros cuando me levanto por la mañana y sólo yo sé que ella es quién me lo dice... carita redonda de ojos de cristal que me murmura lo imposible instalando el terror en mi pequeña cabecita vacía. 

Mi nombre en su boca inmóvil es espíritu extinguido hace años, pero su mirada en fuego sobre mi columna aún sigue clavada cuando me doy la vuelta y sé que su mente maquiavélica me sigue allá por donde voy, y por la crujiente madera del pasillo su alma de dientes de sangre me persigue... 

Qué inocente carita la suya, de pocas pulgadas de altura, pupilas dulces y tremendamente acarameladas y empapadas de infancia... Coloreados de rojo, sé que esos labios serán los primeros en desangrarme. 

Sabía muy bien que sus delicadas manos podían agarrarme repentinamente y llevarme, llevarme de mi casa para hacerme llorar, y perseguirme por pasillos altos como Iglesias y de suelos transparentes como el cristal sobre la nada, oscuro como la boca de lobo, oyendo su risa a mi espalda. 

La risa de una adulta en los labios de una muñeca de porcelana. 


(Años después me despierto con la obvia y lógica certeza de que todo es mentira y de que la ingenua e inarticulada muñequita nívea que descansa sobre la madera de la estantería no es más que un trozo de porcelana moldeado).


(Pero tiene la mirada demasiado perdida en un horizonte inexistente... tanto que creo que un día se hartará de mirar a lo que no existe para mirarme a mí con esa sonrisa malvada y retorcida que de vez en cuando asolaba mis pesadillas infantiles).


(Y cuando eso ocurra... no lo aguantaré).






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