domingo, 21 de octubre de 2012

El absurdo de ser real

Qué absurdo lo irreal y ya de por sí abstracto. Qué absurdo lo real y no por ello cierto. Es tan fácil creer, y no es nada reprochable, la intensidad de sentir la rugosidad de un árbol bajo las yemas de los dedos es tan terriblemente convincente que el planteamiento de no ser cierto es susceptible de ser factible. Lógico. La posibilidad de un mundo inventado o irreal es agobiante y triste, para qué entonces pensar en ello si de cualquier forma el árbol ahí continúa sin modificar su apariencia. Si nosotros somos sueños, es mejor vivir en el sueño junto al árbol y disfrutar de sus flores, que desesperarse pensando que no es más que una ilusión.

Pero es que nos resulta tan increíblemente sencillo creer... creemos realmente en todo. Creemos en la vida y creemos en la muerte, en el odio, en el amor y en la corrupción, en la amistad y en el chocolate... confiamos en nuestros sentidos con la fe ciega de los niños en sus madres, una terrible derivación de la falta de curiosidad, una abominación el no querer ni tan siquiera preguntarse si eso es realmente lo que pensamos o por el contrario no tiene nada que ver. Hemos visto tantísimas veces una piedra caer al suelo que en realidad nunca nos cuestionamos que eso es lo que va a volver a ocurrir si la tiramos de nuevo. Pero no lo hacemos, ya que carece de interés. La causa de su caída es tan evidentemente clara para nosotros... ya no nos cuestionamos absolutamente nada.

Imagina que en algún lugar fuera o dentro de este universo, hay un niño. Tiene nueve años y una imaginación fértil. Está durmiendo en su cama, afectuosamente arropado entre las sábanas dulcemente colocadas por su madre. El sitio en el que vive guarda cierto parecido con el nuestro, y su aspecto, también. Sus sueños son largos, profundos y detallados. En ese momento su mente imagina un mundo llamado Tierra que, en algún lugar del Universo, alberga en su interior muchos seres de apariencia semejante a la suya. Tal vez con las orejas un poco más pequeñas. Su madre suele advertirle de que tanta ficción no es buena y que debería centrarse en cosas más reales. Pero, sin embargo, el tierno niño sigue creando el sueño.

Dentro de la Tierra, una niña escribe delante de un ordenador. El país en el que se encuentra se llama España, que es un nombre bonito y que, además, se encuentra más o menos en el centro del mapamundi. Esto, por su supuesto, es un capricho del niño. Los niños pequeños, ya lo sabéis, gustan de saber que sus cosas y principalmente ellos mismos son el centro del mundo. Así pues, España no era más que un capricho.

El sueño sigue y la niña sigue escribiendo. A veces suspira exasperada por la falta de ideas, pero otras, las palabras surgen innatas como un reguero de pólvora que acaba por explotar. El niño crea toda una vida para ella: su colegio y sus amigos, les pone nombre y personalidad. Piensa en sus padres y cómo serán, si tendrá hermanos y familiares. Finalmente, esa niña tiene identidad propia dentro del sueño y su vida crece rica en detalles. Mientras tanto, sigue escribiendo en el ordenador.

Por fin ha encontrado un tema del que hablar. Ella se pregunta angustiada si realmente existe o no es más que una ilusión. El niño visualiza su rostro preocupado, sus dedos tecleando febriles sobre el teclado. Tiene las uñas pintadas de violeta, un detalle que decide añadir para darle color al sueño. Sigue escribiendo y las lágrimas nublan un poco su mirada, no más de lo necesario, pues se pregunta qué ocurriría si no fuera más que una imagen dentro de un sueño de un niño. Ésa es otra característica del carácter del infante. Él mismo quiere aparecer en su sueño.

Finalmente, la chica acaba su escrito y decide subirlo a un espacio en Internet para que todo el mundo pudiera leerlo. Duda de si el mundo compartirá sus temores o, por el contrario, los ignorarán como ignoran a la piedra que cae. Lo sube.

En ese momento, el niño se despierta.

La vida de la niña explota y desaparece, y ya no es más que el vestigio de un sueño pasado, como tantos otros. Carece de interés, se sueñan tantas cosas a lo largo de la vida...


En algún otro lugar del universo, o tal vez en otra dimensión o espacio, la vida de una niña desaparece como el cuerpo danzante de la llama de una vela... una llama extinguida por el soplido de un niño en en un lugar lejano. Ella ya no existe, aquellas dudas que plasmó sobre un teclado ya no son nada, y todos aquellos detalles que durante un momento fueron más o menos reales pasaron a no ser absolutamente nada, nada ni tan siquiera dentro del subconsciente del niño, que olvida su sueño igual que olvidó tantos otros.

Y todo aquello que creía saber que existía solo por haberlo tocado y sentido, desapareció de igual manera que sus temores, sus uñas pintadas de violeta y la vida que creía haber tenido...


(Mientras tanto, en el mismo lugar donde vive el niño, otras tantas personas sueñan con otras vidas, y las crean con todos sus obstáculos y ambiciones para, luego, al despertar, hacerlas explotar y desaparecer, al tiempo que olvidan ese planeta llamado Tierra, donde unos seres ilusos llamados humanos tienen la ilusión de ser reales.)






2 comentarios:

ladiiiii dijo...

me gusta mucho, como se te ocurre todo eso???
weweweweee
si escribes un libro seguro que se hace de esos famosos como harry potter
jajaja
:)

Casiopea dijo...

¿Ladiiii? Jajajaja gracias gracias gracias gracias. Patricia, te quiero un montonazo, menos mal que estás ahí.