viernes, 26 de octubre de 2012

¿Es lícita la vanidad por el talento?

Las personas disponen de talentos, todas ellas, poco o ya de por sí potencialmente desarrollados, insignificantes o deslumbrantes, pero todos contamos con ellos, en cualquier medida. Con esto quiero decir que, por muy patéticamente mal que se te den las matemáticas, serás capaz de entender lo que son 2+2. Tal vez no más que eso, pero ya es algo. Se podría decir que tienes el talento necesario como para entender por qué 2+2=4. 

Habitualmente, las personas que cuentan con un talento de desarrollo normal, no destacable ni por su enormidad ni por su pequeñez, sino que es usual, lo que la mayoría tenemos, hacen florecer en sí un cierto sentimiento de envidia (sana o podrida, qué más da) hacia aquellas cuyos talentos superan la barrera de lo habitual, sobre todo si forman parte de su entorno cercano, ya que éstas suelen crear un cierto efecto de eclipsar los talentos ajenos.

La cuestión es: ¿es lícita esta envidia?
La respuesta es: no.

Y, ¿es lícita la vanidad por el talento?
La respuesta sigue siendo no.

El genio que así nace no lo es por mérito propio. El genio capaz de situar su razón, su conciencia y su talento en una posición considerablemente más elevada que el resto del mundo no se otorga a sí mismo esa facultad, por tanto, no es realmente nadie meritorio, ya que realmente y por sí mismo no ha hecho nada de lo que pueda estar orgulloso. 

Pero sigamos desarrollando esta hipótesis. Cuando una persona es plenamente consciente de que posee una don fuera de lo común (una maravillosa visión de las matemáticas, de la literatura, de la pintura...) siente el deseo innato e irrebatible de ponerlo en funcionamiento, de dar a conocer su obra al mundo, su inteligencia, sea del tipo que sea, que el mundo lo vea y comprenda, que genere pensamientos y genere razonamientos en un mundo generalmente demasiado dormido. Si la persona, X, tiene realmente una capacidad formidable, indudablemente acabará sintiéndose orgulloso de lo que sus manos han creado. Pero ¿debe sentirse orgulloso? ¿Acaso es la capacidad de pintar algo que X creara y situara en su propia persona? ¿Puede X achacarse a sí mismo el mérito de saber pintar? ¿Es realmente ese cuadro suyo? ¿Lo pintó él o no fueron sus manos más que una herramienta de un ser muy superior? Así pues, ¿se podría decir que Dalí, por ejemplo, fue el verdadero autor de sus maravillosas obras? ¿No fueron éstas un resultado directo de su talento? ¿O no era su talento? ¿Fue ese don creado para él? ¿Y no adapta X sus obras a su personalidad? En un cuadro puede discernirse claramente la mentalidad y personalidad de su autor, impresa en cada pincelada puesta de tal o cual forma, el mismo significado del cuadro es una variante directa de su forma de ser. Dalí es un magnífico ejemplo, conocido por su extraña personalidad y el surrealismo de sus cuadros. Fue objeto de una crítica que aún hoy perdura y sus obras son testigos y causa de ello. 

Pero es que la personalidad también viene dada de fuera, como el talento. Y no podemos descartar que ambas no sean una sola cosa. Una influye fuertemente en la otra, y viceversa, pero tal vez sean lo mismo y nada influya en nada, sino que ambas sean un solo todo que viene junto, sin posibilidad alguna de separación.

Así pues, concluyo. El talento es un don concedido por un ente superior y en cuya designación nosotros no tuvimos nada que ver. Por tanto, no somos más que un instrumento para traer belleza al mundo a través de los talentos. Moldeamos el talento a nuestra personalidad, pero no somos sus creadores, ni tan siquiera podemos ostentar el considerarnos meritorios de tenerlo...

Ni el más afamado artista del mundo, aquel que más talento retuvo entre sus venas, puede considerarse alguien meritorio.

Al fin y al cabo, ¿qué hacemos nosotros para merecerlo?






domingo, 21 de octubre de 2012

El absurdo de ser real

Qué absurdo lo irreal y ya de por sí abstracto. Qué absurdo lo real y no por ello cierto. Es tan fácil creer, y no es nada reprochable, la intensidad de sentir la rugosidad de un árbol bajo las yemas de los dedos es tan terriblemente convincente que el planteamiento de no ser cierto es susceptible de ser factible. Lógico. La posibilidad de un mundo inventado o irreal es agobiante y triste, para qué entonces pensar en ello si de cualquier forma el árbol ahí continúa sin modificar su apariencia. Si nosotros somos sueños, es mejor vivir en el sueño junto al árbol y disfrutar de sus flores, que desesperarse pensando que no es más que una ilusión.

Pero es que nos resulta tan increíblemente sencillo creer... creemos realmente en todo. Creemos en la vida y creemos en la muerte, en el odio, en el amor y en la corrupción, en la amistad y en el chocolate... confiamos en nuestros sentidos con la fe ciega de los niños en sus madres, una terrible derivación de la falta de curiosidad, una abominación el no querer ni tan siquiera preguntarse si eso es realmente lo que pensamos o por el contrario no tiene nada que ver. Hemos visto tantísimas veces una piedra caer al suelo que en realidad nunca nos cuestionamos que eso es lo que va a volver a ocurrir si la tiramos de nuevo. Pero no lo hacemos, ya que carece de interés. La causa de su caída es tan evidentemente clara para nosotros... ya no nos cuestionamos absolutamente nada.

Imagina que en algún lugar fuera o dentro de este universo, hay un niño. Tiene nueve años y una imaginación fértil. Está durmiendo en su cama, afectuosamente arropado entre las sábanas dulcemente colocadas por su madre. El sitio en el que vive guarda cierto parecido con el nuestro, y su aspecto, también. Sus sueños son largos, profundos y detallados. En ese momento su mente imagina un mundo llamado Tierra que, en algún lugar del Universo, alberga en su interior muchos seres de apariencia semejante a la suya. Tal vez con las orejas un poco más pequeñas. Su madre suele advertirle de que tanta ficción no es buena y que debería centrarse en cosas más reales. Pero, sin embargo, el tierno niño sigue creando el sueño.

Dentro de la Tierra, una niña escribe delante de un ordenador. El país en el que se encuentra se llama España, que es un nombre bonito y que, además, se encuentra más o menos en el centro del mapamundi. Esto, por su supuesto, es un capricho del niño. Los niños pequeños, ya lo sabéis, gustan de saber que sus cosas y principalmente ellos mismos son el centro del mundo. Así pues, España no era más que un capricho.

El sueño sigue y la niña sigue escribiendo. A veces suspira exasperada por la falta de ideas, pero otras, las palabras surgen innatas como un reguero de pólvora que acaba por explotar. El niño crea toda una vida para ella: su colegio y sus amigos, les pone nombre y personalidad. Piensa en sus padres y cómo serán, si tendrá hermanos y familiares. Finalmente, esa niña tiene identidad propia dentro del sueño y su vida crece rica en detalles. Mientras tanto, sigue escribiendo en el ordenador.

Por fin ha encontrado un tema del que hablar. Ella se pregunta angustiada si realmente existe o no es más que una ilusión. El niño visualiza su rostro preocupado, sus dedos tecleando febriles sobre el teclado. Tiene las uñas pintadas de violeta, un detalle que decide añadir para darle color al sueño. Sigue escribiendo y las lágrimas nublan un poco su mirada, no más de lo necesario, pues se pregunta qué ocurriría si no fuera más que una imagen dentro de un sueño de un niño. Ésa es otra característica del carácter del infante. Él mismo quiere aparecer en su sueño.

Finalmente, la chica acaba su escrito y decide subirlo a un espacio en Internet para que todo el mundo pudiera leerlo. Duda de si el mundo compartirá sus temores o, por el contrario, los ignorarán como ignoran a la piedra que cae. Lo sube.

En ese momento, el niño se despierta.

La vida de la niña explota y desaparece, y ya no es más que el vestigio de un sueño pasado, como tantos otros. Carece de interés, se sueñan tantas cosas a lo largo de la vida...


En algún otro lugar del universo, o tal vez en otra dimensión o espacio, la vida de una niña desaparece como el cuerpo danzante de la llama de una vela... una llama extinguida por el soplido de un niño en en un lugar lejano. Ella ya no existe, aquellas dudas que plasmó sobre un teclado ya no son nada, y todos aquellos detalles que durante un momento fueron más o menos reales pasaron a no ser absolutamente nada, nada ni tan siquiera dentro del subconsciente del niño, que olvida su sueño igual que olvidó tantos otros.

Y todo aquello que creía saber que existía solo por haberlo tocado y sentido, desapareció de igual manera que sus temores, sus uñas pintadas de violeta y la vida que creía haber tenido...


(Mientras tanto, en el mismo lugar donde vive el niño, otras tantas personas sueñan con otras vidas, y las crean con todos sus obstáculos y ambiciones para, luego, al despertar, hacerlas explotar y desaparecer, al tiempo que olvidan ese planeta llamado Tierra, donde unos seres ilusos llamados humanos tienen la ilusión de ser reales.)






lunes, 8 de octubre de 2012

La diferencia del crear y el saber

¿Cuál es la diferencia entre un filósofo y un literato? ¿Son la filosofía y la literatura las partes de un solo todo o, por el contrario, son independientes la una de la otra? ¿Tienen ambas ramas algo más en común aparte de que suelan, solo suelan, ponerse por escrito? No es habitual que el hombre de a pie se ponga a  pensar en tales cuestiones, para él ni procede ni es cuestión práctica, o al menos en la frágil y vulnerable apariencia. Y sin embargo, cuando se hace tal pregunta, la gente asocia tales conceptos, filosofía y literatura, piensan que van unidos, ambos son vistos como partes indisolubles de la noble rama de las Letras. ¿Y es así? ¿Es realmente así?, pregunto yo.

No. El ser humano alberga en su interior dos instintos innatos y siempre latentes, en mayor o menor medida (ocultos, semiocultos o visiblemente abiertos) que son la necesidad de saber el por qué  de las cosas y luego, por otra parte totalmente distinta, la necesidad de crear.

Empecemos por el menester singular de saber el por qué de las preguntas. La persona que indaga en sí mismo y en la naturaleza, buscando respuestas que no se encuentran en la ciencia, sino tan solo en nuestra inexplorada e inhóspita mente, es un filósofo.El filósofo busca revivir en su ser esa necesidad acuciante y furiosa de saber, ese modo de curiosidad que habitó en él cuando era un niño que aún estaba descubriendo el mundo. Con el tiempo la curiosidad se calmó, porque todo empezó a ser habitual. Las piedras caen si las tiras al aire, los peluches no hablan, los platos se rompen si los tiras. Al cabo de haber tirado muchas piedras al aire, dejas de asombrarte cuando ves que caen una y otra vez. Es algo natural, piensas. 
Pero el filósofo se para a pensar un día en que las cosas han de tener una razón, y van más allá de las cuestiones físicas, como pueden ser la piedra que cae o el plato que se rompe. El filósofo sigue adelante y trata de buscar una explicación a su propia persona. De dónde viene, adónde va. Quién es, qué quiere, por qué lo quiere, qué siente y por qué... siempre el por qué. El filósofo elabora teorías, aún sabiendo que la verdad (la verdad, eso es lo que busca un filósofo) se le escapa entre los dedos una y otra vez, que jamás le deja atraparla porque es mil veces más rápida que él. Y sin embargo, aunque no halle la verdad, solo por el hecho de buscarla ya sabe algo sobre ella: que es compleja, rápida e innata en nosotros. Y eso es algo.


Pasemos a la necesidad de crear. Dejemos al filósofo y vayamos al literato. 
El literato (así como el pintor y otros tipos de creadores, pero en este caso centrémonos en el literato) es una persona que ansía hacer que algo surja de la nada, y que además tenga una belleza que el resto del mundo pueda admirar para su disfrute y que, además, se pueda sentir identificado con esa creación, para que ayude la comprensión de su propia persona. Crear una historia ha de tener unos elementos armónicos y hermosos, una historia compleja o sencilla, no importa, siempre que sea capaz de despertar admiración y una serie de sentimientos tales como la comprensión, la identificación, etc.
El literato crea para los demás. Lo que escriba no ha de ser necesariamente verdadero, la mayoría de las historias surgen fruto de una maravillosa imaginación. De esta manera su función también abarca el disfrute ocioso de los demás, de forma que si esta persona se guarda lo que ha creado para sí... ¿cómo podría ser feliz? ¿Para qué sirve su talento si no es para que se pueda compartir, multiplicar, evolucionar? Un talento encerrado es puro egoísmo melancólico, propulsor de tristezas y agonías sin fin, tal solo destruidas cuando tu obra es conocida y alguien (¡aunque solo sea una persona!) te sonríe y te dice que lo que has escrito le ha ayudado a pensar y a cavilar. Que le ha ayudado. Eso es lo importante.


Creo que hasta aquí queda claro, en mayor o menor medida, la diferencia básica y lógica entre un filósofo y literato. 

El filósofo ansía descubrir el por qué.

El literato ansía crear.


(Me gustaría poder considerarme literata y filósofa, pero no me atrevería a juzgar si poseo el suficiente talento o necesidad de saber y crear como para ello, pero que fuera así sería una realidad francamente hermosa.)





sábado, 6 de octubre de 2012

El vicio de la ficción

Caes y no te levantas: es un tópico, un hecho irremediable, la caída en el barro y el dolor, las heridas y el fracaso, el sabor del polvo en la boca, la sal de los ojos en los labios, la sangre escapando de las venas, inundando la piel marchita. Ya para nosotros todo es triste, todo es terrible, el mundo, la gente, otra vez el mundo y otra vez la gente, porque le damos vueltas a todo aquello calificable en la columna de lo malo, de tal manera que los pensamientos rotan y nada permanece.

Caemos en ese vicio tan continuamente, el vicio de la ficción, atractivo y poderoso, siempre latente, presente y constante. Qué hay más lógico que soñar cuando lo real ya no nos vale, cuando nuestra vida se hunde. Qué le vamos a hacer, si de vez en cuando no hay nada que arregle nuestros rostros ni nuestras almas, si todo está roto ya a nuestro alrededor, si la amistad ya no nos arranca la sonrisa (la sonrisa que no consigue florecer, que ya no surge en nuestros labios, que ha muerto y marchitado su esencia hasta languidecer y morir), que el amor ya no nos da besos, ni la familia nos brinda apoyo. 

En el momento del decaimiento de nuestro ser, la depresión, el momento en el que caes hundido en el acantilado del horror, es cuando más ególatras nos volvemos. Pasamos a pensar, a todas horas, en nosotros y en nuestra desgracia, y la estiramos y moldeamos para hacerla aún más grotesca, más terrible, de manera que caemos con más profundidad en la tristeza del abandono. 

Entonces ese instinto de supervivencia feroz e implacable sale a luz y nos aparta, de alguna manera nos dice que nos podemos retirar y que no nos preocupemos, que él se encarga de todo, de que no sigamos sucumbiendo de esa manera tan ridícula, que eso es lo que realmente es, ridícula, todos lo somos, ridículos y absurdos y por tanto más que normales.

La ficción nos acuna y nos hace soñar, nos canta nanas que manipulan nuestra vida hasta hacerla aceptable. Todo se rebaja a un mero intento de no abrir los ojos, en cualquier caso. Todo se reduce a no querer mirar la destrucción, algo así como decir que para qué mirar el cadáver si puedes girarte y contemplar una flor.


Es comprensible, hasta cierto punto. El problema es que de vez en cuando no se puede evitar despojarse un rato de la ficción y examinar la realidad, que suele caer sobre el sujeto como un peso de plomo. Piensa que cómo ha podido estar tan ciego, y entonces se vuelve a sumergir en la irrealidad, diciéndose a sí mismo que no es real, no lo es, que la vida es hermosa... sin atreverse a volver a mirarla a los ojos, sin embargo.

El desengaño le pesa, está solo, ya no existe, es un fantasma. Sus dedos blancos traspasan las mentes como si no tuvieran ya carne, la sangre abandonó hace tiempo sus venas y ahora por ellas tan solo se arremolinan volutas de humo, humo de su piel quemada por la soledad.

Está vacío y su mente se torna blanca, una luz le ciega el pensamiento, ya no hay otra cosa en su interior, ya solo una luz disparatadamente blanca. Y él se entrega a ella, le abraza, su cuerpo de aire acaricia la luz, es suave y su tacto es como el agua, se mueve en ondas, es escurridiza, juguetona, amable. Él cierra los ojos, pero la luz sigue ahí y ya no le molesta, porque ya no importa, ahora él es de esa luz, ahora ella es su dueña eterna e inmortal.

Ya está. Ha muerto.





jueves, 4 de octubre de 2012

Una vez soñé

Una vez soñé que se moría. Es decir, que su presencia pasaba a ser simplemente un cuerpo sin vida ni objeto y que jamás podría volver a verla reír. Recuerdo sentir terror (fue hace años), calor, agobio, y llorar largo y tendido nada más abrir los ojos, para darme cuenta de que en realidad ya había llorado mientras soñaba y que la almohada estaba empapada. Todos soñamos algo así en algún momento de nuestras vidas, porque las pesadillas existen y nos vigilan, para saltar en las noches más inesperadas como fieras en busca de sangre. 
Lo curioso es, sin embargo, que aquello cambió algo en mi mente. Había llegado a sentirla como algo muy presente en mi vida y, por tanto, como algo muy normal, muy habitual, una columna que siempre está ahí, que no cambia, que es inmutable. Que pasa no exactamente desapercibida, pero sí como por descontado, que no se teme su ausencia, formaba parte de mi rutina. Y nos pasa de manera constante, con cualquier cosa, con nuestra casa, con nuestra familia, que siempre están ahí con su vida o su rutina, y nuestra valoración sobre ellos decae porque pasamos a pensar que jamás faltarán. Y es mentira. Por lo menos, en ocasiones. Yo me di cuenta el día de la pesadilla, cuando me desperté sollozando por razones  del todo lógicas, es decir, que de repente pasé de considerar su presencia como algo habitual a no poder parar de preguntarme qué ocurriría si ella no estuviera, si no representara el papel de mejor amiga y fuera simplemente una extraña o si muriese y ya no pudiera volver a hablar con ella jamás.

Es curioso, porque realmente pienso que me sería casi imposible superar su pérdida. ¿Qué haría si no estuviera? Cuando sonara el teléfono, pensaría inconscientemente que es ella, como siempre, porque eso es algo que me suele pasar, siempre pienso que es ella por la fuerza de la costumbre, y el darse cuenta de golpe de que no lo es porque ya no está sería como un sinónimo de vacío, de incoherencia y de perplejidad casi imposible de convertir en dolor, porque... ¿¿cómo sería eso factible??

Tengo muchos recuerdos de todos estos años como amigas, muchísimos, como telarañas que a nada amenazan con romperse, con quebrar, pero que aguantan el tirón del viento. Recuerdo todas sus ideas y su competitividad para conmigo, aunque tal vez la que fuera realmente competitiva era yo, no lo sé, tantos años han pasado que me pregunto si realmente fue una realidad. 

Tengo la mente llena de ideas sobre ella. ¿Qué es lo que realmente pasa por su mente? A veces me cuesta entenderlo, porque ella es distinta, es la amiga que me frena o que me anima, pero sus razones son suyas y distintas a las mías, me hace pensar, me obliga a cuestionarme el por qué de ciertas cosas que habría creído innegables. Siempre con las ideas tan claras, en pos de lo que realmente creía, siempre con esa facultad de enseñarme cosas nuevas, curiosidades de todo, como si yo viviera aislada de la vida y ella fuera la encargada de revelarme lo que para ella es obvio y para mí un nuevo mundo.

Prefiero que sea así, con ese entendimiento que nos profesamos pero sin llegar nunca a la comprensión completa. Prefiero que sea siempre así, que siempre me haga reír, y que siempre afloren esas conversaciones infinitas que podrían no acabar nunca, tantas palabras, tanto intercambio de risas, las mandíbulas doloridas de tanto reír, la sangre hirviendo por la alegría de estar hablando con una persona que te provoca tal sensación de felicidad y complicidad, que no cuesta nada sonreír cuando hablo con ella, ni burlarse del mundo y de nosotras mismas, porque ella me enseñó que eso es posible.

En algunos momentos llegué a pensar que me había olvidado y desechado como amiga, que había encontrado mejor compañía en otras personas, cosa totalmente lógica y factible, sucede continuamente, personas que nos llenan más por dentro que otras y que, por tanto, pasan a sustituir tristemente a las anteriores. Otras veces pienso que no puede ser, que me necesita como yo la necesito a ella, pero realmente nada de eso importa, porque toda su persona siempre va a ser importante para mí, eso no cambiará jamás y su opinión sobre mí no cuenta para nada en ese aspecto.

Ella es mi mejor amiga y punto.


(Si no hubiera sido por aquella pesadilla, aún serías algo habitual en mi vida, pero ya he comprendido que no lo eres y por tanto te valoro de una manera muy especial a todas horas, como la maravillosa persona que eres. Y siempre voy a estar dando gracias por aquella inmensa e incomprensible casualidad del destino que un día nos reunió en un mismo lugar al mismo tiempo y a partir de la cual surgió esta hermosa e imprescindible amistad. Sobre todo imprescindible.)




lunes, 1 de octubre de 2012

La reacción al efecto

¿Efecto? ¿Qué efecto? ¿Realmente causo algo en los demás? La respuesta ceñida a la más estricta realidad es clara e indiscutible: sí. Todos causamos reacciones en los demás, poco importa si son de indiferencia, de odio o recelo, nuestra presencia por sí sola es suficiente para despertar las miradas ajenas, breves o largas, curiosas o aburridas; las diferencias de este este tipo no importan si tan solo se trata de responder a esa simple cuestión... ¿causamos algo en los demás? 

Se puede llegar, no obstante, un poco más lejos. Podemos matizar el grado de intensidad de las reacciones producidas o, más bien, si éstas tienen un efecto prolongado en la vida del ente ajeno. Es decir, si el simple hecho de que X nos mirara produjo una fuerte impresión en su ser, una indiferencia instantáneamente olvidada o una curiosidad duradera en forma de simple anécdota cotidiana. Esto se debe, básicamente, a que no todos reaccionamos de la misma manera ante determinada visión de una persona, que ciertos colores puestos de una forma concreta añadidos a aquel peinado pueden hacer resurgir en nosotros una serie olvidada de recuerdos o ideas que nos sacudan el alma de una manera harto particular, y que deleguen en nosotros una huella indeleble o como mínimo persistente que de vez en cuando acuda a nuestra mente haciéndonos relegar de ciertos pensamientos que podrían parecer más importantes.

Las personas, en la gran y amplia mayoría pero no totalidad, llegan a sentirse más alegres cuando sienten o confirman que sus actos han tenido consecuencias visibles en el mundo o en ciertas personas. No soportamos la soledad de lo invisible. Es decir, sentirse como una sombra sobre la cual las miradas resbalan no es plato del gusto de nadie y por buenas razones. Y es que no se trata de llamar la atención, esa no es la raíz, como mayormente se cree. La raíz de este asunto consiste en que la soledad es casi palpable a nuestra simple vista, y el deseo de controlar que la misma no se extienda a más nos lleva a querer ser el centro de atención o por lo menos la razón por la cual varias miradas se giran y te observan, con lo cual queda demostrado que cierto número de personas en un determinado momento han estado pensando en ti. Y eso nos satisface porque nos calma. Como un sedante. No hay que tenerle miedo a la soledad si varias personas están riéndote la gracia en ese momento, pensamos. Y en parte es cierto, no es nada reprochable. Huimos de la soledad como gatos escaldados, ansiamos la compañía, y para asegurarnos de vez en cuando de que no estamos solos, buscamos los ojos ajenos de una forma fundamentalmente llamativa. Y es algo lógico e instintivo, diría yo.

Es obvio, pues, que nos importe sobremanera el qué dirán por miedo al aislamiento. También es algo instintivo. La compañía se halla en las masas y si las masas considera tal cosa como algo bueno... ¿qué ocurriría si alguien se atreviera a afirmar lo contrario? ¿Quedaría desechado? ¿Marginado? Eso para nosotros no es factible. Amamos hablar con la gente, relacionarnos, hacerlos reír, que nos hagan sonreír. Solos y aburridos somos como polluelos sin nido y sin madre, unas cáscaras vacías que jamás podrán rehacerse. Queremos tocar la piel del vecino, pero nos faltan centímetros. Nunca se puede. 
Y a eso le tenemos miedo, no a más. Al rechazo.

El rechazo...

Que a veces nos tachen de ovejas que se mueven en manadas es lógico. Lo original es nulo y la sinceridad, escasa y oculta. Pero en el fondo todo lo mueve el miedo, la vergüenza. El horror de no ser nadie a ojos ajenos y el quedar solos para siempre.

Y es por eso por lo que hay que ser abierto a las opiniones y creencias de los demás.

Porque imagina que el alma, la forma de ser, el pensamiento fundamental, de una persona estén en contra de lo que piensa la mayoría. En ese caso hay que llevar cuidado antes de hacer juicios de valor ( sobre todo si son despreciativos, esos son del todo inaceptables) piensa que, por miedo a quedar sola, esa persona podría cambiar su mente y su forma de ser, y quedar transformada en algo que jamás fue y que el fondo nunca será.

En resumen, algo tan simple como una risa irónica en respuesta a la opinión ajena puede alterar considerablemente una vida completa.

Piénsalo.