miércoles, 19 de septiembre de 2012

La conexión de la complementación

La conexión de la complementación es el sentir que ante ti hay una persona que, de alguna manera ajena a ella y a ti, tiene la facultad hacerte pensar que digas lo que digas quedará en un contexto adecuado, o que será comprendido, o confirmado o generosamente bien recibido. Por decirlo de alguna forma, algunas personalidades tienen la bendita cualidad de encajar con la tuya de una manera maravillosamente exacta, como si de dos piezas de reloj se trataran.

Ahora bien, ¿cuáles son las circunstancias que deben darse para que tal cosa suceda? No hay medidas exactas, es algo arbitrario, porque ¿cómo vas a esperar que tal o cual persona reúna tales condiciones? La fórmula de la amistad o amor perfectos no existe porque no entendemos el sentimiento en sí, de alguna manera ese tipo de respuestas se nos escapan (y no precisamente de entre los dedos, sino que nos llevan una considerable ventaja), se nos han estado escapando durante siglos, durante esos innumerables años buscando la explicación a nuestra mente y a nuestra conciencia. No ha sido, sin embargo, una fructífera busca, y la razón de ese fuego que alimenta a nuestros pensamientos y a nuestras emociones ha permanecido notablemente oculto. Y era, por decirlo de alguna manera, un fuego que no desprendía humo que pudiera delatar su posición. Y puesto que sin la razón de nuestra alma no podemos saber la razón de nuestras emociones, dejémoslo para más tarde y centrémonos en los hechos.

Hay gente que piensa que dos personalidades plenamente opuestas pueden generar este tipo de relaciones, una dependencia, el uno tiene lo que al otro le falta y de esta manera dos sentimientos contrarios hallan el respaldo mutuo en el otro. La prepotencia es cautivada por la humildad, y viceversa. Con alguien así a tu lado, el mundo es distinto y se hace menos monótono y más variado, porque tu mente se abre a un punto de vista distinto, a otra forma de ver la realidad.

Yo a veces creo que tal extremo no llega a producirse, aunque jamás podría decirlo con seguridad (¡estas cosas son tan aleatorias e imprevistas!). Sin embargo creo que la clave de esa conexión entre dos personas (que no por ello tiene que acabar ni tan siquiera en amistad) es más bien un equilibrio entre ambas personalidades, dos opuestos pero no extremos, distintos grados de sentimiento. 

¿Acaso el orgullo es orgullo sin más? ¿No hay distintos grados de orgullo? ¿No está el orgullo por la humillación, el orgullo de la competitividad, el orgullo invisible que puede surgir furioso en el momento más imprevisto, el orgullo aparente y descomunal que finalmente se traduce en nada, el orgullo que ciega, el orgullo sano?  ¿No deberían acaso complementarse dos tipos de orgullo distintos y opuestos, para aprender el uno del otro?

Pero, surgen más complicaciones a la hora de analizar el por qué de este tipo de atracciones. Siguiendo el ejemplo del orgullo, hay que tener en cuenta que la compatibilidad de dos sentimientos depende de también de otros innumerables terceros. De manera que toda nuestra gama de sentimientos, pongámosle de A, tendrían que estar en perfecta consonancia con los de B, y el orgullo de ambos tendría que estar adecuadamente equilibrado con los suyos propios y con los del otro. Esto, suponiendo que se busque a la persona perfecta. Podríamos dejar pasar, sin embargo, algunos defectos de compatibilidad entre ambos porque es bien sabido que pocas veces se encuentra tanta perfección en la persona amada, bien por vínculos de amistad o por vínculos de amor o familiares, esto es irrevelante.

Cuando encontramos a una persona así (y, repito, no tiene por fuerza tener que alcanzar el estadio ideal, rozándolo basta para iniciar una relación de entendimiento) solemos con frecuencia caer en un estado de perpleja felicidad, que puede llegar a arruinarlo todo si se hace demasiado pesada y duradera, que se acaba traduciendo en una feliz rutina basada en el apoyo en la otra persona. 

En realidad, a veces no se sabe si es así, si te apoya. A veces solo es una relación de palabras en momentos determinados, palabras que te hacen pensar y te hacen responder sacando lo más intrincado de ti. A veces la simple visión de esa persona te hace reflexionar y plantearte la vida, como si sus sentimientos estuvieran de tal forma combinados que chocan con los tuyos produciéndoles un cierto temblor importante. Y sabes que esa persona entiende y comprende lo que piensas, de la misma inexplicable forma que tú la entiendes y la comprendes a ella.

La conexión de la complementación es ciertamente algo muy complejo, una serie de casualidades que tienen a bien congregarse en cierto momento de tu vida.


Lo curioso es que, por muy complicado que resulte, siempre acaba surgiendo en algún momento de la vida.





lunes, 17 de septiembre de 2012

Simple cuestión de objetividad

No es por ti, ni por tus maneras. Piensas que mi indignación gira en torno a tu locura, y no es cierto, no es verdad, lo tuyo no es nada comparado con lo que he visto.

Crees que te injurio por ser tú, crees que miro por encima del hombro. Pero no hay nada de eso, no hay odio, ni resentimiento, y menos aún concernientes a ti. Eres tan diferente, pero te respeto y te admiro por tu fuerza. No creas, pues, que me dirigí a ti en ese momento.

He visto la pena personificada en una sola persona. He visto un castillo derrumbado tras unas murallas intactas, he visto una bella princesa oteando en las almenas, en busca de alguien que rehaga su castillo. He visto la desolación en su rostro, y la soledad oculta tras sus múltiples compañías, que poco a poco rompían la piedra de su palacio, que despreciaban todo lo que había dentro. Era el castillo y su princesa quien motivaba mis palabras, no tú.

Es tan fácil sentirse aludido. Es tan fácil caer en el supuesto injurio de quien crees que te odia. Es tan increíblemente fácil ceder a las palabras hirientes, el pensar que sabes el por qué de las acciones de alguien a quien no conoces, a quién ves y juzgas, pero con el que no hablas.

Sé que piensas que hablé demasiado rápido, pero dime, ¿de dónde sacas la confirmación? ¿Por qué replicaste tan rápido? ¿No entiendes que tengo sueños y ambiciones? ¿Por qué hieres lo que no entiendes? Siempre te admiré, a ti y a tu fuerza, pero a veces pienso que hablas demasiado rápido...

Tenemos tanto que ofrecer, todos, tantísimas cosas que dar... Somos tan frágiles cuando nos volcamos en una meta y alguien nos dice, directa o indirectamente (y las segundas casi son las peores), que no servimos para eso, que nuestra vida va a volcar porque no tiene sentido, que no somos nada, que nunca nos recordarán, que debemos seguir la senda del olvido, porque la del recuerdo nos queda grande.

¿Crees que mis sueños son más desechables que los tuyos? ¿He despreciado alguna vez los tuyos? ¿Puedes acaso decirme el verdadero significado de mis palabras? ¿Por qué te niegas a ello? 

No quieres dejarme ascender, o por lo menos intentarlo, pero tantas personas caen... ¿quieres que sea yo una de ellas? ¿No has hecho ya daño suficiente? Ya me hiciste pensar en mis palabras como algo inútil, y ahora dudo de mi lucha anterior. ¡Ahora me pregunto si realmente sirve para algo! 

Ya está. Muerta y desolada, soy un espíritu sin nombre. ¿Deseas una disculpa? ¡Aquí la tienes! Perdona mi supuesto y aberrante injurio. 

Pero no me hagas pensar que no soy nadie, o que mis sueños no son más que restos de cristales rotos. ¿Qué te hizo pensar que mis opiniones no son válidas?

A veces necesito que alguien más me apoye. Alguien que no critique lo que no sabe juzgar. 

(Es una simple cuestión de objetividad...)




miércoles, 12 de septiembre de 2012

No hay tumbas con mi nombre solo porque aún vivo

Tengo una bala de plomo, pesada y certera, ingresada en lo más hondo de mi corazón. Es una inquietud leve  pero constante, un sonido inmutable y agudo, persistente en mi cabeza, que no me deja dormir, ni pensar, ni desear, ni ser feliz. 

Es una triste forma de soledad, una sensación de no saber, de no entender, de no querer, de no ser querida. Una montaña de evidencias en forma de duda, una avispa diminuta y densa, que me zumba en el oído y me hace pensar que no soy necesaria.

Pienso a veces que desechan mi voz como si mis palabras no merecieran atención, como si el criterio ajeno decidiera, sin malicia, solo con objetividad, que no soy digna de ninguna mirada, de ninguna curiosidad. Saber que tu voz es livianamente escuchada pero jamás aceptada, nunca realmente considerada, un molesto vaivén del viento entre las hojas, una nube más en el paisaje, que se mira pero se olvida. Un vacío en la memoria, nada meritorio de ser recordado, una flor marchita de la cual nadie lamenta su falta de vida.

Mi voto se esfuma, no tiene valor, mi criterio no es suficiente, no existe, no vale, no sirve. Es un grano de arena que se hunde en el mar y no regresa a a superficie, es algo ilusorio.

Soy irreal como un ave fénix, ardo en llamas y renazco en mi propio mundo, y al despertar ya no hay alas, ya no hay fuego, no hay emoción, no hay vida. Tan solo hay una sombra sin nombre en la que nadie se fija. 

No hay tumbas con mi nombre solo porque aún vivo.
No hay tumbas con mi mente solo porque aún razona.
No hay tumbas con mi cuerpo solo porque aún articula.

Tan solo hay vacío donde mis pasos se marcan, tan solo palabras olvidadas, no dignas de tumbas porque aún flotan en el aire, no dignas de atención porque nadie las necesita.

Que esas palabras y actos ajenos que levantan grandes expectaciones en mis labios doloridos no son más que polvo que desaparece al viento.

Soy un solo ente sin finalidad conocida, soy una quimera de los sueños olvidados, soy un trasto desechado, un árbol sin oxígeno. Nunca imprescindible. La hierba muere pero nunca se le hecha de menos, siempre surge otra, siempre evoluciona, más fuerte, más feliz, con más posibilidades. Surge y es recordada, es brillante, es llamativa, es felizmente aceptada.

La omisión marca mi camino, y yo lo sigo, yo continúo, siempre al frente, buscando almas perdidas como yo que me ayuden, que me den la mano y me sonrían...

Almas perdidas e innecesarias que me puedan recordar.







jueves, 6 de septiembre de 2012

El corazón que goteaba agua

Él estaba allí como símbolo y representación de la indiferencia en su forma más apocalíptica, como un arma de destrucción masiva que, por alguna razón, tan solo me afectaba a mí. Y su mirada cristalizada  me perseguía en sueños, me acosaba. Deseaba verlo reírse aunque solo fuera para ahogar mis sospechas... sobre su corazón.

Tenía esa horrible sospecha hurgando en mi alma, removiéndola, haciéndome caer una y otra vez en un círculo vicioso de la preocupación, el intento de consolación y la caída de nuevo en la desesperación. No dejaba de ser curioso, aquellos ademanes fríos y un vale como respuesta universal a lo más conmovedor. Hay personas, pensé, que lo miran todo desde un lugar aparte, como si contemplaran como le pegan una paliza a alguien desde el salón de su casa, y se limita a llamar a la policía sin necesidad de meterse con los garrulos de turno. La policía llega, los arresta y esa persona mira desde su balcón apoyado en la balaustrada de hierro pintado de negro, algo desconchado por el tiempo. Finalmente, la calle queda vacía y él desaparece tras las blancas cortinas de su salón, seguro y satisfecho de haber cumplido su deber, sin que nadie le hubiera visto, sin que nadie supiera su nombre, su identidad. Y tampoco parece importarle mucho el estar satisfecho, porque tiene la completa seguridad de que, si se los hubiera encontrado en la calle, se habría encogido de hombros y habría cambiado de dirección. O de acera, quién sabe. Si llamó a la policía fue porque, al fin y al cabo, el teléfono estaba a mano. La paliza a él no le afectaba.

Hubo una noche en la que le visité en sueños. Estaba inmóvil, contra la pared, y yo sabía (con esa total e irrefutable certeza que únicamente se puede obtener en los sueños, esa maravillosa seguridad, esa placentera falta de indecisión) que esperaba a que yo confirmara mis sospechas. 

Alargué la palma de la mano y la dirigí hacia su pecho, sin florituras ni caricias, apenas deteniéndome un segundo para comprobar si su corazón latía. Sí, ahí estaba. A un ritmo constante y regular, casi indiferente. Como él. Y lo hice, sí. Hundí mi mano en su pecho, desgarrándole la carne y él apenas se movió. Hurgué un poco más hondo, sintiendo la sangre palpitar entre mis dedos al compás que las venas y los tendones. Quise retirarme y huir de aquel suplicio sangrante, pero él no se movía y no parecía dolido ni moribundo, tan solo curioso. Tal vez también él quisiera saber qué secretos escondía su pecho.

De manera que me armé de valor y mi mano rompió con facilidad aquel tejido mágico de vida, y por fin, lo rocé. Rocé su corazón latente y palpitante, rebosante de vida y energía, que aún quería sobrevivir a mi mano condenatoria. 

Envolví con mi palma el órgano vital, empapado, blando y agonizante, sin mirar. De un brusco tirón lo arranqué de su cuerpo y él aún continuaba allí, apoyado contra la pared. Miraba a mi mano y lo que ella contenía, y una viva curiosidad ardía en su rostro. Era la única emoción que jamás le había visto demostrar.

Cerré los ojos, y sabía que al abrirlos hallaría una mezcla sangrante en mi mano, un órgano, el corazón, las venas, las arterias, todo lleno de sangre, manchado, mancillado. Empecé a arrepentirme, pero la curiosidad me carcomía a mí también y quería ver la razón de mi crimen. 

Miré... en mis manos un órgano aparentemente limpio y reluciente, y seguía palpitando como si desoyera a la Naturaleza. No había sangre, pero todo estaba mojado. Y entonces lo vi...

Era un corazón que goteaba agua.

(Hallé la razón y confirmación de su indiferencia en un simple sueño...)




lunes, 3 de septiembre de 2012

Las pompas de la soledad

Las personas se encierran en burbujas, en burbujas de colores, pompas frágiles pero jamás destruidas que flotan hacia el cielo y se dejan llevar por el viento, que dan vueltas sobre sí mismos y guardan en su interior un mundo enclaustrado y aislado del exterior. Todos lo hacemos. Vivimos aislados y limitamos adrede nuestro mundo a las curvas bellas e irisadas de nuestra burbuja particular. Retenemos en ella el dolor, el afecto y las emociones; y las sopesamos y criticamos sin dejarlas escapar, por lo que crecen sin que nadie se pueda dar cuenta salvo nosotros, y llegado el momento, explotan y nos arrasan a nosotros, dejándonos tirados contra el suelo de nuestra esfera, rotos de dolor y sin que nadie pueda consolarnos. 

He aquí unos ejemplos de entes pensantes que cierran los ojos y se recluyen bajo la férrea llave de su propia personalidad:


A es una persona puntillosa, de maneras metódicas y de grandes ambiciones. Su mente se centra única y exclusivamente en aquello que le pueda servir para el futuro, sin que realmente aprecie lo que hace. Para A todo es mero pragmatismo, nadie importa salvo ella y su futuro, y todo aquello que supuestamente es de su agrado queda irremisiblemente relegado a un segundo plano al que jamás se digna a mirar.

B es sonriente y afable, de maneras tranquilas y siempre pensativa. Desde una visión ajena e incluso exhaustiva da una sensación de simpatía y animosidad que siempre agradan. Pero en su inquieto interior, B piensa y analiza todos los gestos, todas las palabras, las frases y las entonaciones de los que la rodean. Está convencido de ser blanco constante de burlas y chismorreos, y eso le hace sufrir y llorar. B mira a su alrededor como un tigre en tensión, aguardando el momento de defenderse de lo que en realidad no existe. Está aislado irremisiblemente y su existencia se limita al dolor.

C es consciente de su talento y disfruta haciendo lo que le gusta, pero se siente continuamente amenazada por si es eclipsada por cualquier persona ajena a ella, alguien que pudiera tener un talento superior y dejarle por los suelos, sin que jamás pueda llegar a alcanzar sus sueños.

D es una de esas personas que piensa que todo es perfecto, que jamás pasará por un mal trago y que si en algún momento de su vida alguien busca consuelo por haber sufrido una desgracia, intentará apartar a dicha persona para que su dolor no le pueda afectar a él.

E trata de seguir la moda desesperadamente, buscando una y otra vez las frases y gestos que le hagan parecer más guay, y solo sigue a los grupos musicales que son mayormente aceptados y alabados por aquellas personas de su edad. Su vida es una existencia vacía, y cualquier insinuación a dejar de ser así lo pone sobre aviso y es rechada inmediatamente.

F, por último, es una persona que jamás escucha a los demás, porque piensa que solo ella es destinataria de todas las desgracias del mundo y que absolutamente nadie le puede comprender. Una conversación con F tratará única y exclusivamente de su persona, y cualquier desvío de ese tema que puedas intentar será rechazado como si no tuviera la suficiente importancia o como si no quedara a la altura de las penurias de F.

Estas, en fin, son personas aisladas del mundo, cegadas por su propia persona y supuesta importancia, son personas que viven en burbujas que reflejan los colores del mundo pero que les impiden verlo en su totalidad. 

Algún día sus respectivas burbujas se romperán, y la cruel y desgarradora fuerza del mundo podrá con ellos. Y el choque será brutal, quedarán aniquilados y ese será su fin. 

Pero no es fácil juzgarlos, sobre todo sabiendo lo hermosas que son las burbujas, y lo terriblemente difícil que se hace romper una especialmente bella y grande.

Sobre todo cuando no se sabe de su existencia.





sábado, 1 de septiembre de 2012

Carta a mi yo del futuro

Estimada yo del futuro:

Te hablo como un simple salvoconducto que puede servirte para ayudarte a traspasar esas fronteras de obstáculos inhumanos que tan continuamente nos empujan a hundirnos en el lodo. No es que crea que no vas a poder superarlos, más bien intuyo que te servirán de refuerzo para más problemas futuros. Pero temo la transición del problema a la salvación. Temo por ti cuando mires hacia delante, y tus ojos no vean más que nieblas y tormentas en el horizonte. Temo por ti cuando una noche te acuestes y piensas que qué jodida es la vida, menudo asco tener que levantarse mañana cuando, al fin y al cabo, tan solo te levantes para ir a empeorar algo que ya de por sí está acabado. Me levanto, pensarás, para hacerlo con dignidad, porque quedarme entre las sábanas llorándole a la almohada a punto de empaparla entre lágrimas saladas no es una opción factible, no es digno. 

Temo también por ti cuando te mires al espejo, y tu rostro ya adulto esté enrojecido por el llanto y falto de vida, cuando tus párpados caigan en pesada somnolencia, cuando te odies por haber nacido, cuando mueras de dolor sobre el suelo de tu casa, sola y angustiada.

Temo por ti cuando no seas más que un alma en pena, desganada y descolorida, que está en el mundo por mísera obligación, mientras tu mente caiga en las tinieblas del valle de la pena y la depresión.

Por eso vengo a decirte, y espero ahora la ingenuidad o la inexperiencia que no tengo más remedio que soportar por mis escasos años de edad no interfieran en mi declaración, que fuera de cualquier observación malintencionada que provenga de ajenos, fuera de obstáculos y depresiones, fuera de cualquier ente aparte que te haga pensar en ti como algo inferior... lo cierto es que jamás podrán aprisionarte, nunca podrán hacerte suya en sus desvaríos. 

Eres fuerte, portentosa, más que eso, eres única. No hay presunción, ni modestia, en tal afirmación. Todas las personas lo son. Y como la que más, vales tu peso en polvo de estrellas, tu mente en astros del espacio superior. Ninguna niebla puede enfriar tu ánimo, ninguna cuerda áspera ni delicada atará tu cintura contra un árbol. Jamás debes dejarte caer en ese abismo profundo de la depresión, porque sobre el abismo siempre hay cuerdas errantes que te ayudarán en tu camino a la ascensión.

Utilizo esto como mera forma de visión objetiva cuando no tengas a nadie que te ayude a comprender tu  belleza. Cuando pienses que no eres nadie, que no existes; que en realidad es todo lo contrario, que estás viva y eres alguien pensante, con capacidades e ideas, sueños y alegrías que nadie jamás podrá arrebatarte.

Que las palabras hirientes no son más que mierda en boca de necios, las zancadillas en terreno resbaladizo son puestas por patas de asnos , y el odio no es más que un sentimiento vulgar que para nada afecta a tu forma de ser.

Ni una sonrisa burlona deberá aparecer en tu rostro cuando seas mayor y leas esto, porque la naturaleza está siempre cortada por el mismo patrón y todos los problemas son igual de difícilmente superables a todas las edades. Cualquier depresión pequeña en una edad a su vez pequeña puede ser tan horrible como una depresión grande en una edad grande, y tan superable como una pequeña a una edad grande.

Puedes ser la reina de lo que tú quieras, llegar tan lejos como lo desees, y frenar cuando lo consideres oportuno. La vida debe ser vista con objetividad y, al contrario de lo que se piensa, nadie nace con ventajas, ni riquezas ni talentos pueden ser superiores.

El mal no te busca, tan solo arrolla a su paso lo que encuentra y, una vez destruido, siempre se puede volver a construir. Y recuerda que empezar de cero hace rectificar los errores.

Y el mundo es grande, brillante y hermoso como un sueño suspirado al cielo una noche de verano. Como el mar, como las olas que en cada pliegue de su superficie reluce la luna como una pincelada blanca en un retal de terciopelo negro.

(Y nada, recuerda, nada, puede evitar que tú nades entre las olas...)