miércoles, 14 de diciembre de 2016

Silencio perdido

Hay un silencio perdido, poco más perdido que su compañera la charla trivializada, aunque tampoco mucho más. Está intentando encontrarse, pero ha extraviado el sentido y ahora se arrastra intentando salir de sí mismo, pero no hay manera. 

Una vez que empieza, no hay manera.

El silencio perdido ha venido para romper y sustituir al silencio ausente, el de los poetas, el que me tenía absorta antes de que aparecieras con bamboleos sobre el vagón en movimiento. El silencio ausente es un silencio encontrado, buscado y expresivo de una voluntad que no se achanta ante las necesidades ajenas. En esas estaba yo cuando vino el otro, el perdido, a perderme a mí y a mi voluntad degenerada y corrupta. 

En esas estaba, ausente en un vagón demasiado físico y llevada por los vaivenes de un discurrir funesto (cada vez más cerca del destino), representando la figura de componente pasivo dentro, incluso, de mi propia vida. Observándoos pasar en la ausencia dada por mi silencio ausente, poético y triste como la mar airada, inútil dentro de su utilidad crítica y concienciada, consciente ante todo. Mi silencio es, ante todo, consciente. Sí. 

Y en esas estaba, repito, cuando apareciste entre oscilaciones llevadas con común equilibrio, y me trasladaste, sin saberlo, al más profundo y amargo de los silencios perdidos.


jueves, 6 de octubre de 2016

De la vida que me atañe

Estaba pensando en lo poco que importa si nos correspondemos o no, en lo mucho que implica molestarse en abrir los brazos o, en cambio, pararse en seco para dar dos besos de rigor. Estaba pensando, más de lo que podría admitir fuera de las teclas, que la vida me roba la propia vida. Importa poco e implica mucho porque, al fin, los deseos permanecen más a allá de los desaires, pero el dolor aparece, muta o se retracta hasta desaparecer. En cuanto a la vida, me pertenece y me mata al mismo tiempo, como un parásito de sí mismo y estando yo en medio, siempre en medio y nunca como parte activa, del ciclo.

Estaba pensando en lo muchísimo que podría conseguir si saliera ahí fuera a buscar tu correspondencia, pero que la vida (que, por otra parte, soy yo misma) me mantiene encerrada con los ojos muy abiertos, en silencio, obligándome a verla pasar. A verme pasar a mí misma. A verme dejarme llevar.

Pensaba, otra vez, que los deseos permanecen más allá de los desaires.

Estaba pensando que las consecuencias de actuar no trascenderían lo nefasto, que nunca habría reproches y que mis actos serían naturales. Curiosamente y a pesar de ello, la vida me mantiene sujeta. No sé reaccionar. Y no hago nada.

Creo que no debería imaginarte pasando ante mis ojos ni maravillarme en éxtasis no sujetos a las leyes de lo posible. Creo también que podría pasar horas paralizada en sueños que me abstraen y que escapan a la vida que me atañe.

Aunque lentamente voy comprendiendo que, en realidad, casi todo empieza a escapar de la vida que me atañe.

Estaba pensando que podría hacer un enorme esfuerzo, enorme, y salir a combatir la vida (a combatirme a mí), para olvidar historias que no acaban en nada y empeños que, anulados, rompen poco a poco todo aquello que la vida aún me permite (que yo me permito). Podría (¡por poder!) dejar de salir a buscar tu correspondencia y de recrearme en mi dolor por su falta, que al fin y al cabo has dejado, sin dolor, cualquier contacto (¿cómo puede un contacto abandonarse sin dolor?), y ahora debería pasar por encima de todo. Pasar por encima, como si no tuviera tiempo para mirar dos veces hacia lo que nunca existió, con la falsa dignidad de los caídos.

Estaba pensando en todo eso y luego me di cuenta de que no, que no puedo. Que al fin y al fin cabo los deseos permanecen aun tiempo después del desaire.

Espero que ese tiempo acabe pronto.

Y es triste, porque ya todo escapa de la vida que me atañe...



jueves, 22 de septiembre de 2016

El cuerpo (II)

LOS AMANTES CUERPO Y MENTE.

No tengo razones de peso para devaluarlo, en realidad. A lo largo de los años ha mantenido su vitalidad sin pretensiones, tropezando a veces consigo mismo y provocando altercados internos de los que sólo implican fastidio enraizado con velado nerviosismo pasajero. Tampoco yo he sido la mejor de las compañeras, y en ocasiones le he llevado al fracaso por pura indolencia.

Es decir, nada inusual. 

Cumple sus funciones incansablemente, me es fiel en todo lo posible (dentro de su propia torpeza, entiéndase)  y se ocupa de todo aquello que yo ni entiendo ni podría manejar, porque aunque puedas pensar que soy él, en realidad soy el producto resultante que, aunque piensa, no entiende cómo piensa. Debo de ser un producto imperfecto. 

En cualquier caso, no es un cuerpo exento de traición y, eventualmente, me resulta complicado seguir confiando en él. A veces, como un amante desentendido, necesita descansar de toda la atención que me presta y se refugia en el pasotismo más desgarrador, en la insuficiencia de sus labores, en obviar males internos que no le apetece subsanar. A veces, y sólo a veces, saca a relucir el rencor que me tiene tras tantos años de relación fatigosa y dependiente, y percibo su venganza a través de dolores y apariciones extrañas, que me fatigan y me frenan. No parece importarle que mi desgaste también le consuma a él, pues parece disfrutar de mi caída más que de cualquier otra cosa, aunque él caiga conmigo y sufra por mis males tanto como yo. 

Puedo notar entonces cómo se refrena y arrepiente, trayendo consigo nerviosismo y ansias de reconciliación. Pero para cuando ambos boqueamos desesperados por la sanación, el mal está hecho y sus obras, demasiado perfectas incluso en la maldad, proliferan y consuman sus consecuencias. Puedo sentir, en muchas ocasiones, la mente desfallecer, la mirada volverse turbia, los dolores aparecer. La preocupación me embarga y él trabaja, trabaja duro para deshacer el fruto de su inquina, que desaparece para dar paso al afecto que siempre estuvo ahí, bajo la desconfianza y el resquemor.

Sé que seguiremos así hasta el fin de mis días, y que cuanto más se acerque éste más constantes serán sus torpezas. Se pondrá a la defensiva y actuará sin razón, hasta que abandone la sensatez y su deber para conmigo y acabe en una vorágine de descuidos (una arteria mal conservada, hormonas olvidadas, una herida que no cicatriza) acabando con él... y conmigo.

Hasta entonces, mantendremos esta relación de rencor basada en la absoluta confianza, la impotencia (soy más imaginativa de lo que me permite mi cuerpo) y la dependencia.

En el fondo, no hay nada que quiera más que su bienestar.



sábado, 3 de septiembre de 2016

La Casa (relato corto)

Había vuelto por unos días a la Casa. Había vuelto como quien vuelve por lo imperioso de la moralidad, pero, en lo personal, aquellas paredes revestidas en humedades y recuerdos no me atraían más que el nudismo callejero. Los años de vejez habían curvado sus paredes y ahora se deshilachaban por efecto de la indiferencia de los parientes y herederos, que la mantenían en un limbo legal o en una nube fraternal de la que nadie hablaba, en la cual todos podían ir a la Casa pero ninguno podía darle un uso específico. Sencillamente, no querían hablar de ella. Yo había retornado días atrás con un par de maletas pequeñas y sentimientos contradictorios que me hacían sentir como si volviera al colegio con un estuche de lápices nuevos pero conservando mis 40 años, todo al mismo tiempo. Nostálgica y fuera de lugar. Quería echar un vistazo y largarme con el primer tren y mis maletas intactas, pero no era posible. 

Resultó más difícil de lo esperado abrir las ventanas y limpiar el polvo de las estancias, porque allá por donde pasaba un recuerdo, o varios,  me agitaba las vísceras y me instaba a volver a cerrarlo todo y a dejar el pasado donde estaba, en la oscuridad y criando polvo para el engrandecimiento de su tristeza (la de la Casa, entiéndase). No obstante, ignoré mis memorias. 

Esa noche la pasé en el dormitorio de mis padres. Un absurdo capricho de la infancia me llevó a sacar mis anhelos reprimidos en la niñez  y por ello decidí dormir en aquella alcoba que una vez me pareció tan grande e inaccesible. Antes de abandonarme a la vigilia no pude evitar ponerme un vestido y bailar frente al enorme espejo del dormitorio, exactamente igual que 30 años atrás, cuando mis padres y hermanos habían salido. Me acosté medio avergonzada, pero la sonrisa de inocente vergüenza tornó a fastidio cuando comprobé que me había desvelado y no podía dormir. 

Pasé la noche atrapada por el duermevela, recordando las voces de mis padres en continúa tensión con el mundo que les rodeaba y que a mí nunca me pareció digno de tantas discusiones.

Por la mañana, muy temprano, rodé como pude hacia el café que aguardaba en la cocina y me prometía ojos razonablemente abiertos. Me pareció que la cocina tenía un tamaño mucho menor de lo que recordaba y, además, que los cajones de madera se habían vuelto en cierto modo mezquinos y que me observaban  con sus asideros en ristre, juzgándome y recordándome aquellos años en los que la cocina era el punto de reunión de la familia, esos tiempos en los que los cajones nunca estaban quietos y el polvo nunca los cubría a fuerza de tanto tocarlos.

Me sentí mareada en extremo por la visión de las miradas reprobadoras de los muebles y salí al patio, donde muchísimos años antes había dormido nuestro perro, un pequeño de malas pulgas al que todos quisimos hasta la locura y al que extrañamos con resignación cuando murió. Por un momento creí ver la mancha clara de su cuerpo por el patio y esa ilusión acrecentó el mareo y la ansiedad por un mundo perdido, ansiedad que se redobló al sentir que esa perdición me provocaba tanto tristeza como alivio, a partes vergonzosamente iguales. 

Tuve que salir del patio para huir de la mancha blanca, pero para ello atravesé también la cocina y allí se comprobó que es peor el remedio que la enfermedad. Tropecé con mis propios pies mientras me refugiaba en el pasillo, terreno mucho más neutral, donde pude tomar aliento y serenar mis arterias desbocadas. Empecé a escuchar un sonido procedente del salón. Parecía un latido de corazón al principio, un bum-bum incansable y vivo que retorcía el parqué haciéndole gemir con sus pulsaciones. Cuanto más me acercaba a la puerta de madera, más me daba cuenta que el bum-bum no era más que el murmullo de unas conversaciones entrelazadas. Abrí la puerta y no había nadie, pero las palabras seguían pulsando en mi cerebro. Vi a mis dos hermanos, algunos años más pequeños que yo, hablando a voces sobre uno de los sillones, manchando los reposabrazos de chocolate. La voz de mi padre se alzó iracunda al percibir el destrozo y el cuarto se volvió una mezcla desagradable de gritos y llantos de cocodrilo. Me vi a mí misma desapareciendo en silencio por la puerta, para no llamar la atención, hastiada de tanta histeria.

Pero en el salón no había nadie, recordé. Hacía muchos años que nadie gritaba por las manchas de aquella Casa.

Volví sobre mis pasos, pero ya nada podía calmar la angustia que se había despertado en mí, y las paredes se empequeñecían conforme andaba, y los objetos allí abandonados me recordaban los andares rubios de mi madre, una mujer alta y absurdamente irreal en sus formas, y las palabras hirientes forjadas tras toda una historia de comunidad en familia y los caprichos de dos hermanos que pusieron bajo mi cuidado y la amargura del amor mezclado con el fastidio de tantos años juntos. Y, sobre todo, la inseguridad y la angustia de amar a quien jamás habrías aceptado a tu lado de no ser familia.  Todo eso y mucho más, lo bueno y lo malo, se arremolinaron como llamas en mi cerebro y me cegaron mientras buscaba una salida a aquel lugar maldito cuyos recuerdos me flagelaban, precisamente por ser buenos y malos al mismo tiempo.

No recuerdo más.

***

-Pobrecica -dijo una vecina- la encontré gritando en la calle. Estaba golpeando las puertas de su Casa, la pobre mujer. Decía no se qué de que no podía más con los recuerdos o algo así, no sé, una cosa mu' rara, ¿sabes? Y luego algo de sus padres y sus hermanos. La pobre. Tuve que llamar a emergencias a ver si se calmaba.

-Pa' que veas las cosas que pasan. Yo siempre dije que eran una familia muy rara...

-Pa' que veas.

FIN. 



viernes, 29 de julio de 2016

Nunca

Pocas cosas me persiguen más tenazmente que las llamadas obsesiones. Estoy aquí, intentando dejarme llevar por la vida que continúa, pero no consigo dejar atrás la visión inventada de un escenario que se repite en mi mente, tantas veces, de mil maneras, atrapándome en fascinantes variaciones. Pocas cosas, repito, son más agobiantes que la dulzura de un pensamiento que nos llena y que es drásticamente suplantado por la realidad que lo deshace. 

Estoy aquí, sola en una habitación sin posibilidad de contingencia alguna. Todo sigue las mismas pautas y yo caigo ante los ciclos, inamovibles e inflexibles. 

Ocurre entonces que cierro los ojos y, de repente, dejo de estar aquí: la ilusión mata la cama en la que duermo, mata las paredes que se inclinan cercando mi espacio y mata el innatismo voraz que no me permite respirar. Estoy, sin pensarlo demasiado, atravesando aquellos pasillos rodeada de mil miradas, y mi ropa es definitivamente otra, al igual que los sonidos y los vistazos furtivos, el vivo ambiente, mis pasos revestidos de convicción, y vosotros, sin excepción, estáis ahí observando. Porque sois la obsesión que me asalta cada vez que cierro los ojos, sois el empeño más escandalosamente hipotético que he tenido jamás, el ensueño menos certero de todos cuantos me han carcomido y el deseo más acuciante de aquellos que alguna vez me atizaron.

Pero no hay mayor amargura que la que se regodea en los anhelos improbables, así que es hora de asumir las verdades que me niegan mis ficciones: nunca volveré a pisar esos pasillos de la misma forma, jamás atravesaré de nuevo aquella puerta sintiéndome observada, ni me esperarán las mismas personas antes de separar temporalmente nuestros caminos (¡dulce temporalidad!), ni sentiré la maravillosa angustia de querer ser más solo para satisfacer las circunstancias. Nunca, jamás, en lo que me resta de vida, volveré a verles ni a sentir las diferentes formas de afecto que me inspiran (tan radicalmente dispares que son placenteras por puro contraste). 

No volveremos a hablar ni a cruzar impresiones, la ternura que me provocáis será borrada con el tiempo y volveremos a ser lo que éramos el primer día que nos vimos: unos extraños sin futuro que intercambian frases de cortesía en caso de improbable encuentro fortuito. Todas las ansias que engendráis mudarán a ser nada, angustioso olvido que no perdona ni a los apasionados afanes del querer, que tan devastadores fueron en su momento.

Nunca, nunca, jamás y de ningún modo, así que voy a tener que dejar de soñar, porque cada nuevo despertar es más insoportable, si cabe. 

miércoles, 6 de julio de 2016

Involución

La conocí hace un par de días. Tenía 4 meses y era el centro de un huracán de miradas babeantes, porque era pequeña e inocente, y todavía no había cometido ningún error (éstos sólo se cometen cuando tienes una conciencia que te permita arrepentirte de ellos), por lo que era con diferencia el ser más cándido de la habitación. Iba siendo sostenida de mano en mano, y parecía uno de esos papeles que cruzan toda una calle sin llegar a tocar nunca el suelo por acción del piadoso viento, que pareciera compadecerse de su fragilidad y se resistiera a dejar de mecerlo.

Era tan pequeña y tan vulnerable, tan contraria a mí, que, de repente, se me ocurrió que una vez yo también fui así de minúscula, observada de continuo por las mujeres de mi familia (tan chapadas a la antigua), pasando por los brazos de todos y reposando mis carnes de bebé en sus regazos anhelantes. Me imaginé súbitamente con otro cuerpo, mucho más pequeño y ni siquiera el mismo (pues vamos renovando la mayoría de las células continuamente, y por tanto nada de lo que fui entonces perdura ahora en mí). Una versión mucho más terrible de mí misma, una versión que agita las manitas sin querer asir nada en concreto, que balancea las piernas sin propósito certero, que ostenta un cuerpo aún sin desarrollar (nada que ver mis redondeces de entonces con mis redondeces de ahora). Una versión ingenua hasta el extremo, que no sabe ni intuye siquiera lo caótico y nefasto que se torna a veces el futuro, ni le importa esa manera innata que tiene la vida de entremezclarse con otras vidas, surcando relaciones como quien atraviesa un campo de espinos. Esa versión de mí misma llora, come y duerme sin importarle cómo de absurda sea la vida y, lo peor, está a merced de la educación que otros le dispensaron, otros que fueron educados de manera imperfecta (puesto que nadie es completo en virtudes) y de los cuales sólo pude heredar imperfección.

Lo que más miedo me da es verme a mí misma así, con las penurias aún por pasar, adulada y mimada entre brazos encandilados, a merced de la ignorancia de otros, la vulnerabilidad de mi cuerpo y el malicioso futuro que aguarda expectante. Exactamente igual que ella ahora, a sus 4 meses, y mis hijos, si los tuviera, y, en realidad, todos. Sin excepción.



domingo, 19 de junio de 2016

El cuerpo

El aspecto es un punto delicado en la vida. Pero no sólo el aspecto como la percepción sensorial que otros tienen de nosotros, sino el aspecto como cuerpo físico en el que sentimos todo, todo. El cuerpo como extensión o reflejo inmediato de los pensamientos, que quedan marcados a modo de extraños tatuajes singulares. El cuerpo como único espacio que realmente podemos controlar y que, sin embargo, sentimos en múltiples ocasiones como un ente extremadamente traicionero. 

Yo tengo una tensa relación con él, pues en cierto modo me siento dominada. A veces intuyo mi cuerpo como un recipiente ajeno a mí y que hace cosas que no debería, como deteriorarse cuando aún es joven o fallarme cuando confío en él (aunque, inconscientemente, siempre confío en él, por lo que los fallos son de ordinario imprevistos). A veces siento que algo en su distribución interna ha incurrido en equívoco, y entonces me asusto y le reprocho, desde mi mente encerrada en él, que sea tan poco eficiente. Otras veces acabo devaluándolo por cuestiones estéticas ya que, desde mi punto de vista excesivamente quisquilloso, las normas de la simetría y la proporción fueron claramente incumplidas en su desarrollo y eso me enerva. No tanto, entiéndase, por el impacto que eso pueda tener en mis relaciones sociales (pues a fin de cuentas todos somos más o menos imperfectos) sino por el placer personal que me produce la belleza en cualquiera de sus formas (la física y la mental, la global y la particular), y de la que encuentro deficitaria a mi pobre cuerpo. También me ocurre que a veces caigo en la cuenta de la complejidad mayúscula de sus circuitos, y cuando pienso en ello casi puedo sentir el movimiento de sus engranajes y el fluir de sus líquidos internos. También esto me asusta, pues sé de sobra que la complejidad conduce en ocasiones a grandes desgracias por pequeños lapsus, como en un castillo de naipes.

Concibo entonces mi cuerpo como un receptáculo algo falto de facilidades, o, más bien, como un vehículo no demasiado apto para explotar mis deseos, pero indudablemente necesario para la consecución de mis acciones y, por tanto, tan contradictorio con mis anhelos como yo con mis pensamientos. Al final todo en nosotros conduce al caos.



martes, 7 de junio de 2016

Dile

Está sufriendo y es un dolor sin nombre, mezcla difusa de emociones cercenadas. 

Dile por qué no puede desatar sus pasiones y arramblar los caminos con ellas. Dile por qué no puede liberar al aire estas ansias tan candentes, tan horribles, tan insistentes, tan contrarias. Que la están destrozando por dentro, te lo prometo por su alegría esquiva. Que son ansias de todo tipo y condición, de las intelectuales que clarifican su mente en los autobuses, de las concupiscentes que aparecen inclementes a deshoras (siempre, siempre a deshoras), de las sociales que bullen cuando todos miran y nadie entiende. Que se está muriendo así que dile, por el dios que nunca estuvo (declaración válida para todo dios), por qué no puede abandonarse a sus maravillosos impulsos y dile por qué se hunde en el más raso frío del pensamiento, tan racional y tan ecuánime en todo aspecto y situación (¡qué desquicio de persona, dios mío, cómo se puede ser tan vago en las pulsiones!). Y le dices por qué no puede salir y clamar que sus ojos le recuerdan las noches de verano, negras noches sin luna, orilla al mar salado (*), y que por qué no puede avanzar en sus inquietudes, y por qué tiene un témpano de hielo allá donde se emplaza el corazón. Y dile por qué sufre tanto cuando en apariencia nada le pasa. 

Y dile, ya que tanto sabes, por qué está anclada a ese innatismo voraz, pretérito, descascarillado y, en cambio, le resulta huidizo el irreflexivo y temerario presente.

Díselo, porque nada sabe y está sufriendo. Y es un dolor sin nombre.





(*) De Inventario Galante, Antonio Machado.

lunes, 23 de mayo de 2016

Cutre

Vengo aquí para denunciar el indolente apogeo de los finales cutres. Si tan enaltecedora, hermosa, motivadora, es cada naciente historia en mi vida, ¿por qué tiene que abocarse al final más banal, más estrepitosamente lacio? ¿Por qué crece en emoción y de súbito torna a simple esperanza quebrada? ¿Qué clase de vida me ha sido asignada, que todo lo que en ella florece muere antes de culminar su madurez? ¿En qué estúpido círculo sin emociones resbalé sin notarlo apenas?

Mi vida es la ausencia de cualquier altibajo, por tanto el único vaivén emocional tiene su origen en la propia falta de vaivenes. Un caos derivado de la más abrumadora simplicidad. 

Y no me gusta. ¿Cómo va a gustarme, si como persona solo puedo desear la evolución de mi ser a costa de escaladas sensitivas? Y permanecer, en cambio, en la eterna sencillez del primer escalón parece que es mi sino.

¿Y si un día descubro que mi vida es el discurrir plano de una línea sin menor asomo de curvas? ¿Y si ese mismo día comprendo que soy el fruto de la monotonía más escandalosa y pueril, la más llana y simple? 

¿Y si nunca pudiera cambiar mi vida a mi antojo? Cambiar mis circunstancias y volverlas ardientes, mojadas, difusas, hirientes, secas, mestizas, candentes. O mutar a espacios más vibrantes en los que retumben sollozos oscilantes entre las esquinas quebradas y las puertas medio abiertas, todo a punto para dejar pasar (a quien sea, cuando sea).

Y no parece ser tan complicado. Porque al mirar a los demás y ver sus vidas atronar en los espacios en los que se mueven y sus cambios de marcha a todas horas y el correr insomne de sus aventuras a deshoras y la mirada atenta que se clava en ellos y el perseguir sin pensarlo la llegada de más virajes y la música ondeante que persigue sus acciones y el pisar seguro ante terreno incierto y el salir a la calle cuando no tienen por qué y la sonrisa certera que seduce a sus perseguidores... siento que existe un sentimiento, una determinación, que me rehuye y no consigo ver, ni entender, ni atrapar a ciegas, ni captar en las miradas ajenas ni vislumbrar siquiera, apenas, por pobre que fuera la visión...

Para mí no existe.

Y peco, entonces, de vivir en mis lodazales infectos de finales cutres, anodinos y vulgares. 



lunes, 2 de mayo de 2016

Entropía

Tengo tiempo más que de sobra para estar sola y tiempo más que de sobra para estar acompañada. Gira, entonces, mi ánimo entre la soledad y la compañía. Ambas gratas y complementarias, aunque quizás deba más agrado a la soledad, con cierta diferencia incluso. No soy, debo admitirlo, una persona muy equilibrada en ese aspecto.

Ninguna de ellas, sin embargo, da giros abruptos en su realización. Lo que hacen es, más bien, empecinarse en seguir alargando la repetición de su rutina en la que, al parecer, se sienten más que cómodas. Estoy hablando todavía, para el lector despistado, de la soledad y la compañía.

Así, ambas prolongan la monotonía de sus acciones mediante la reiteración de las anteriores. Entonces, es siempre igual en mi vida. La monotonía persiste dentro del propio cambio. ¿Qué está pasando?

La frustración es, por tanto, más que evidente. Y el caos que se oculta en el pulcro orden, converge en el más desesperanzador agobio. ¡Si al menos fuera al revés, y sintiera el orden bullir oculto dentro del maravilloso caos! Pero no. ¿Qué me está pasando?

Y así pasa el tiempo sin haber logrado nada, aparente cambio dentro del real estatismo. ¡Y ver cómo se cierra de nuevo el círculo y comienza el ciclo con su mortal avance en patrones dispuestos y el espanto insomne de sentir cada día como calco de otro pasado y lucir con vergüenza la sombra desvaída de un ayer marchito!...

Y morir en vida ante la absoluta falta de entropía.


domingo, 13 de marzo de 2016

No es día para hablar sobre amor

No sé muy bien por qué, pero lea lo que lea y pregunte a quien pregunte, el amor prima en la poesía y en las artes como señor indiscutible de los sentimientos plasmados. Bien. Debo entonces ser persona extraña o antipoética, pues no encuentro manera medianamente elegante de hablar sobre ello sin caer en ripios o azarosos circunloquios. Será que no me gusta demasiado meterme en semejante barrizal, del que es sin duda tan difícil hablar, demasiado caótico dentro de su propia simplicidad. La simplicidad, por cierto, es por tratarse de un sentimiento colectivo que a todos ha encontrado y por todos ha sido sufrido. Es decir, por todos entendido.

Supongo que me da pereza hablar de algo que ha sido tan comentado, o de alguna manera siento que no podría explicarme mejor de lo que lo hicieron los grandes poetas. Prefiero, por tanto, relegar mi cuestionable talento a temas menos tratados. Temas que, por otra parte, sufrirían la egocéntrica supremacía del amor una vez más si yo decidiera abandonarlos (pero no, hay tanto que hablar con respecto a la soledad, la frustración, la alegría, la no felicidad, la decepción, la amistad, las personas que no están).

Será que yo misma no tengo muy claro lo que es y rehuyo, cobarde, el tema. Puede ser. En cualquier caso no me da la gana de hablar de los sentimientos encontrados, la poesía de las miradas que se estancan la una en la otra. No sé, no puedo centrarme ahora en la dulzura anárquica de tus formas levemente vislumbradas ni en las insistentes ideas que bullen trazando curvas concupiscentes en mis pensamientos. Por no hablar del desasosiego a tiempo completo que amordaza mis acciones. No insistáis, pues repito que no es momento de enumerar los temblores a deshora ni las situaciones que mi imaginación disparada recrea ni el deseo constante de circunscribir tu vida a la mía.

Como veis, hoy no es día para hablar sobre el amor. Y punto.




domingo, 6 de marzo de 2016

Feliz cumpleaños

No parece tener la mayor importancia, no al menos cuando piensas sobre ello fríamente. No parece ser más que una excusa para romper el anodino avanzar de nuestra rutina, siempre inexorable, artificial en cuanto a su carencia de emociones, patrón gris e inerme, vivir absurdo a cuyo fin mortal estamos abocados. ¿Cómo decirlo? No es más, en suma, que un desvarío anual de nuestro ego.

Parece y es, supongo. Pero una inocente inyección de egocentrismo cada doce meses es, en mi opinión, más que saludable para calmar nuestro ánimo herido, nuestras sonrisas a medias, nuestra fortuna incierta. Solo por un día, amigo, no es para tanto. Y te lo mereces.

Por ser la vida una mezcolanza cruel de emociones difusas, arbitrarias. Acojonantes. Por despreciarnos como hormigas vacuas, obreras en masa, vagando por los umbrales extraños de la vida, el amor y la muerte. Por reducir nuestro futuro a conjeturas pesimistas y nuestro pasado a una nostalgia de la que no es merecedor. Por lo irrefrenable de los sentimientos que nos sacuden a cada día, a cada hora, a cada mirada, a cada tímido acercamiento. Por lo interesante de un azulejo, de las palomas de los parques, el asiento del metro, los cuadrados de tal camisa, el color de las estrellas, las paredes desconchadas, los pisos de mala muerte, el olor de ciertos instantes.  Por ser cada día una persona diferente y crecer, crecer, crecer en el entendimiento del mundo. Por luchar todos los días contra cualquier pensamiento desmerecedor de tu persona (somos tan destructivos, siempre, todos), siendo estos pensamientos tan ilógicos, tan absurdos.

Por las ganas de vivir que arrancamos a la fuerza de lo más profundo de nuestras entrañas aun cuando no nos da la gana de sonreír porque, en fin, no es un buen día. Por la alegría desbocada de seguir siempre hacia delante a pesar de todo, esto y aquello, por tu inspiradora obcecación que te lleva a querer ser feliz, siempre. Por las miradas perdidas, el sol en el rostro, los viajes en tren, los nuevos amigos, los conocimientos aún no adquiridos, la lucha eterna por seguir haciendo tu camino.


Lo siento, sabes de sobra que tiendo a divagar. Pero por todo eso y mucho más, por ti y por tu futuro (y sobre todo, por el presente)… feliz cumpleaños. Sabes que no creo en la felicidad, pero ojalá tú alcances lo más parecido a ella que pueda nadie encontrar.