Está sufriendo y es un dolor sin nombre, mezcla difusa de emociones cercenadas.
Dile por qué no puede desatar sus pasiones y arramblar los caminos con ellas. Dile por qué no puede liberar al aire estas ansias tan candentes, tan horribles, tan insistentes, tan contrarias. Que la están destrozando por dentro, te lo prometo por su alegría esquiva. Que son ansias de todo tipo y condición, de las intelectuales que clarifican su mente en los autobuses, de las concupiscentes que aparecen inclementes a deshoras (siempre, siempre a deshoras), de las sociales que bullen cuando todos miran y nadie entiende. Que se está muriendo así que dile, por el dios que nunca estuvo (declaración válida para todo dios), por qué no puede abandonarse a sus maravillosos impulsos y dile por qué se hunde en el más raso frío del pensamiento, tan racional y tan ecuánime en todo aspecto y situación (¡qué desquicio de persona, dios mío, cómo se puede ser tan vago en las pulsiones!). Y le dices por qué no puede salir y clamar que sus ojos le recuerdan las noches de verano, negras noches sin luna, orilla al mar salado (*), y que por qué no puede avanzar en sus inquietudes, y por qué tiene un témpano de hielo allá donde se emplaza el corazón. Y dile por qué sufre tanto cuando en apariencia nada le pasa.
Y dile, ya que tanto sabes, por qué está anclada a ese innatismo voraz, pretérito, descascarillado y, en cambio, le resulta huidizo el irreflexivo y temerario presente.
Díselo, porque nada sabe y está sufriendo. Y es un dolor sin nombre.
(*) De Inventario Galante, Antonio Machado.
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