miércoles, 14 de diciembre de 2016

Silencio perdido

Hay un silencio perdido, poco más perdido que su compañera la charla trivializada, aunque tampoco mucho más. Está intentando encontrarse, pero ha extraviado el sentido y ahora se arrastra intentando salir de sí mismo, pero no hay manera. 

Una vez que empieza, no hay manera.

El silencio perdido ha venido para romper y sustituir al silencio ausente, el de los poetas, el que me tenía absorta antes de que aparecieras con bamboleos sobre el vagón en movimiento. El silencio ausente es un silencio encontrado, buscado y expresivo de una voluntad que no se achanta ante las necesidades ajenas. En esas estaba yo cuando vino el otro, el perdido, a perderme a mí y a mi voluntad degenerada y corrupta. 

En esas estaba, ausente en un vagón demasiado físico y llevada por los vaivenes de un discurrir funesto (cada vez más cerca del destino), representando la figura de componente pasivo dentro, incluso, de mi propia vida. Observándoos pasar en la ausencia dada por mi silencio ausente, poético y triste como la mar airada, inútil dentro de su utilidad crítica y concienciada, consciente ante todo. Mi silencio es, ante todo, consciente. Sí. 

Y en esas estaba, repito, cuando apareciste entre oscilaciones llevadas con común equilibrio, y me trasladaste, sin saberlo, al más profundo y amargo de los silencios perdidos.


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