miércoles, 6 de julio de 2016

Involución

La conocí hace un par de días. Tenía 4 meses y era el centro de un huracán de miradas babeantes, porque era pequeña e inocente, y todavía no había cometido ningún error (éstos sólo se cometen cuando tienes una conciencia que te permita arrepentirte de ellos), por lo que era con diferencia el ser más cándido de la habitación. Iba siendo sostenida de mano en mano, y parecía uno de esos papeles que cruzan toda una calle sin llegar a tocar nunca el suelo por acción del piadoso viento, que pareciera compadecerse de su fragilidad y se resistiera a dejar de mecerlo.

Era tan pequeña y tan vulnerable, tan contraria a mí, que, de repente, se me ocurrió que una vez yo también fui así de minúscula, observada de continuo por las mujeres de mi familia (tan chapadas a la antigua), pasando por los brazos de todos y reposando mis carnes de bebé en sus regazos anhelantes. Me imaginé súbitamente con otro cuerpo, mucho más pequeño y ni siquiera el mismo (pues vamos renovando la mayoría de las células continuamente, y por tanto nada de lo que fui entonces perdura ahora en mí). Una versión mucho más terrible de mí misma, una versión que agita las manitas sin querer asir nada en concreto, que balancea las piernas sin propósito certero, que ostenta un cuerpo aún sin desarrollar (nada que ver mis redondeces de entonces con mis redondeces de ahora). Una versión ingenua hasta el extremo, que no sabe ni intuye siquiera lo caótico y nefasto que se torna a veces el futuro, ni le importa esa manera innata que tiene la vida de entremezclarse con otras vidas, surcando relaciones como quien atraviesa un campo de espinos. Esa versión de mí misma llora, come y duerme sin importarle cómo de absurda sea la vida y, lo peor, está a merced de la educación que otros le dispensaron, otros que fueron educados de manera imperfecta (puesto que nadie es completo en virtudes) y de los cuales sólo pude heredar imperfección.

Lo que más miedo me da es verme a mí misma así, con las penurias aún por pasar, adulada y mimada entre brazos encandilados, a merced de la ignorancia de otros, la vulnerabilidad de mi cuerpo y el malicioso futuro que aguarda expectante. Exactamente igual que ella ahora, a sus 4 meses, y mis hijos, si los tuviera, y, en realidad, todos. Sin excepción.



No hay comentarios: