Había vuelto por unos días a la Casa. Había vuelto como quien vuelve por lo imperioso de la moralidad, pero, en lo personal, aquellas paredes revestidas en humedades y recuerdos no me atraían más que el nudismo callejero. Los años de vejez habían curvado sus paredes y ahora se deshilachaban por efecto de la indiferencia de los parientes y herederos, que la mantenían en un limbo legal o en una nube fraternal de la que nadie hablaba, en la cual todos podían ir a la Casa pero ninguno podía darle un uso específico. Sencillamente, no querían hablar de ella. Yo había retornado días atrás con un par de maletas pequeñas y sentimientos contradictorios que me hacían sentir como si volviera al colegio con un estuche de lápices nuevos pero conservando mis 40 años, todo al mismo tiempo. Nostálgica y fuera de lugar. Quería echar un vistazo y largarme con el primer tren y mis maletas intactas, pero no era posible.
Resultó más difícil de lo esperado abrir las ventanas y limpiar el polvo de las estancias, porque allá por donde pasaba un recuerdo, o varios, me agitaba las vísceras y me instaba a volver a cerrarlo todo y a dejar el pasado donde estaba, en la oscuridad y criando polvo para el engrandecimiento de su tristeza (la de la Casa, entiéndase). No obstante, ignoré mis memorias.
Esa noche la pasé en el dormitorio de mis padres. Un absurdo capricho de la infancia me llevó a sacar mis anhelos reprimidos en la niñez y por ello decidí dormir en aquella alcoba que una vez me pareció tan grande e inaccesible. Antes de abandonarme a la vigilia no pude evitar ponerme un vestido y bailar frente al enorme espejo del dormitorio, exactamente igual que 30 años atrás, cuando mis padres y hermanos habían salido. Me acosté medio avergonzada, pero la sonrisa de inocente vergüenza tornó a fastidio cuando comprobé que me había desvelado y no podía dormir.
Pasé la noche atrapada por el duermevela, recordando las voces de mis padres en continúa tensión con el mundo que les rodeaba y que a mí nunca me pareció digno de tantas discusiones.
Por la mañana, muy temprano, rodé como pude hacia el café que aguardaba en la cocina y me prometía ojos razonablemente abiertos. Me pareció que la cocina tenía un tamaño mucho menor de lo que recordaba y, además, que los cajones de madera se habían vuelto en cierto modo mezquinos y que me observaban con sus asideros en ristre, juzgándome y recordándome aquellos años en los que la cocina era el punto de reunión de la familia, esos tiempos en los que los cajones nunca estaban quietos y el polvo nunca los cubría a fuerza de tanto tocarlos.
Me sentí mareada en extremo por la visión de las miradas reprobadoras de los muebles y salí al patio, donde muchísimos años antes había dormido nuestro perro, un pequeño de malas pulgas al que todos quisimos hasta la locura y al que extrañamos con resignación cuando murió. Por un momento creí ver la mancha clara de su cuerpo por el patio y esa ilusión acrecentó el mareo y la ansiedad por un mundo perdido, ansiedad que se redobló al sentir que esa perdición me provocaba tanto tristeza como alivio, a partes vergonzosamente iguales.
Tuve que salir del patio para huir de la mancha blanca, pero para ello atravesé también la cocina y allí se comprobó que es peor el remedio que la enfermedad. Tropecé con mis propios pies mientras me refugiaba en el pasillo, terreno mucho más neutral, donde pude tomar aliento y serenar mis arterias desbocadas. Empecé a escuchar un sonido procedente del salón. Parecía un latido de corazón al principio, un bum-bum incansable y vivo que retorcía el parqué haciéndole gemir con sus pulsaciones. Cuanto más me acercaba a la puerta de madera, más me daba cuenta que el bum-bum no era más que el murmullo de unas conversaciones entrelazadas. Abrí la puerta y no había nadie, pero las palabras seguían pulsando en mi cerebro. Vi a mis dos hermanos, algunos años más pequeños que yo, hablando a voces sobre uno de los sillones, manchando los reposabrazos de chocolate. La voz de mi padre se alzó iracunda al percibir el destrozo y el cuarto se volvió una mezcla desagradable de gritos y llantos de cocodrilo. Me vi a mí misma desapareciendo en silencio por la puerta, para no llamar la atención, hastiada de tanta histeria.
Pero en el salón no había nadie, recordé. Hacía muchos años que nadie gritaba por las manchas de aquella Casa.
Volví sobre mis pasos, pero ya nada podía calmar la angustia que se había despertado en mí, y las paredes se empequeñecían conforme andaba, y los objetos allí abandonados me recordaban los andares rubios de mi madre, una mujer alta y absurdamente irreal en sus formas, y las palabras hirientes forjadas tras toda una historia de comunidad en familia y los caprichos de dos hermanos que pusieron bajo mi cuidado y la amargura del amor mezclado con el fastidio de tantos años juntos. Y, sobre todo, la inseguridad y la angustia de amar a quien jamás habrías aceptado a tu lado de no ser familia. Todo eso y mucho más, lo bueno y lo malo, se arremolinaron como llamas en mi cerebro y me cegaron mientras buscaba una salida a aquel lugar maldito cuyos recuerdos me flagelaban, precisamente por ser buenos y malos al mismo tiempo.
No recuerdo más.
-Pobrecica -dijo una vecina- la encontré gritando en la calle. Estaba golpeando las puertas de su Casa, la pobre mujer. Decía no se qué de que no podía más con los recuerdos o algo así, no sé, una cosa mu' rara, ¿sabes? Y luego algo de sus padres y sus hermanos. La pobre. Tuve que llamar a emergencias a ver si se calmaba.
-Pa' que veas las cosas que pasan. Yo siempre dije que eran una familia muy rara...
-Pa' que veas.
Pero en el salón no había nadie, recordé. Hacía muchos años que nadie gritaba por las manchas de aquella Casa.
Volví sobre mis pasos, pero ya nada podía calmar la angustia que se había despertado en mí, y las paredes se empequeñecían conforme andaba, y los objetos allí abandonados me recordaban los andares rubios de mi madre, una mujer alta y absurdamente irreal en sus formas, y las palabras hirientes forjadas tras toda una historia de comunidad en familia y los caprichos de dos hermanos que pusieron bajo mi cuidado y la amargura del amor mezclado con el fastidio de tantos años juntos. Y, sobre todo, la inseguridad y la angustia de amar a quien jamás habrías aceptado a tu lado de no ser familia. Todo eso y mucho más, lo bueno y lo malo, se arremolinaron como llamas en mi cerebro y me cegaron mientras buscaba una salida a aquel lugar maldito cuyos recuerdos me flagelaban, precisamente por ser buenos y malos al mismo tiempo.
No recuerdo más.
***
-Pobrecica -dijo una vecina- la encontré gritando en la calle. Estaba golpeando las puertas de su Casa, la pobre mujer. Decía no se qué de que no podía más con los recuerdos o algo así, no sé, una cosa mu' rara, ¿sabes? Y luego algo de sus padres y sus hermanos. La pobre. Tuve que llamar a emergencias a ver si se calmaba.
-Pa' que veas las cosas que pasan. Yo siempre dije que eran una familia muy rara...
-Pa' que veas.
FIN.
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