A lo largo de mi corta vida no he podido encontrar más que a una persona con la inocencia suficiente como para que se la pueda tildar de inocente.
Fuera de lo que todo esto implica (la decadencia humana a edades aberrantemente tempranas y el gozo extinguido de la simple sonrisa que cualquier vecino pudiera ofrecerte) dicha mente tan sorprendentemente inocente (pero no por ello ingenua, aunque admitamos que la ingenuidad en esta persona no está especialmente mermada, sino más bien agradablemente desarrollada) ha sido una de las cosas que más confundida me ha dejado. ¿Bajo qué pretexto sonríe tan amablemente? ¿Qué maquiavélico plan se esconde tras esos ojitos grandes? Pero no se tarda mucho en comprender que toda sonrisa en ella es sincera.
La envidia que todos sentimos más de una vez en poco tiempo, envidia que nos come y nos carcome, que nos ata y nos aprieta sin dejarnos respirar y por ello no dormir tranquilos; por los méritos ajenos que nos devoran el alma y el orgullo... no han sido experiencias asiduas o simplemente jamás han sido experimentados por ella. Ha sido observado este sentimiento por sus propios ojos, pero nunca experimentado por ella misma. Ha mirado y entendido, entrecerrado los ojos en busca de entender el conmportamiento de esas personas que constituyen el resto de la humanidad y que tan egoístamente se comportan. Pero es tan inocente que no es capaz de entenderlo.
Qué alma más dulce la suya, capaz de caer al fango empantanado siempre que a cambio alguien pueda salir de él, que triste su mirada apenada cuando su vida se vuelve triste y no es capaz de echarle a nadie la culpa de su pena.
Yo, a pesar de la poquita inocencia que aún me queda (guardada en un frasco de nácar entre las ramas cariñosas de un sauce llorón) no soy capaz de entender la tierna mirada que una y otra vez aflora a sus pupilas cuando su persona es ocultada tras la sombra de alguien momentáneamente más grande.
Cuando le imagino y no está delante, veo siempre su rostro riéndose, con la cabeza echada levemente hacia atrás, y los ojos cerrados o mirada baja y párpados entrecerrados. Las manos sobre el rostro o en su defecto la boca, en un intento de ocultar con timidez su hermoso jolgorio.
Qué mente más sana la de esa persona sin igual, curiosa ante el mundo cruel y desalmado que la rodea sin reparar en su crueldad, que no envidia más que lo inevitable y de la forma más inocente posible.
La flor que ayuda a otra flor a desarrollar sus pétalos y no le importa la muerte de los suyos mientras los ajenos sigan brillando.
A veces me da pena la poca picaresca de sus ojos, la tranquilidad de sus dedos y la sonrisa dulce e ingenua que florece en su boca cada breves instantes y que solo se abre para cantar canciones en voz baja mientras apunta distraídamente las letras de la música sobre los renglones de su agenda.
Qué sonrojo más especial el suyo al ser halagada.
Y qué mirada más dulce empañada únicamente por la habitual tristeza que muchos no saben consolar.
Y qué mirada más dulce empañada únicamente por la habitual tristeza que muchos no saben consolar.
3 comentarios:
Qué puedo decir... Es precioso
Es que hay gente muy especial por ahí. Están perdidos (de echo creo que se enconden) pero algunos se dejan ver ;D
Y tú eres una de esas personas.
Publicar un comentario