Es simple, genérico, un bosquejo, una intuición. A veces no hay expresión ni palabras porque no manan ni surgen, porque tal vez éstas no lo desean. Es grande, demasiado grande. Y ellos no entienden por su juicio torcido que sin querer de ellos sale. Y me abrasa.
Dios mío, voy a explotar, ahora, ayer, mañana, o estoy tal vez en continua explosión que nunca acaba: nervios y el corazón acelerado, la sensación momentánea y fugaz de tenerlo todo, todo en mis manos y poder entender lo incognoscible. Y en realidad es lo contrario, nada se entiende y todo es difuso; hay capas y capas bajo las capas, los porqués nunca florecen y jamás son los que pensamos, sino otros distintos, más endebles o sutiles, invisibles a nuestros ojos ciegos.
Qué desesperación, no entiendo nada de lo que me rodea, estoy sola, perdida y ansío llorar y llorar hasta quebrar mi alma en sollozos. Y saltar a la inmensidad de la que soy parte inamovible, pero también me siento aplastada, rota y confundida, fuera de lugar, sin sentido, reemplazable. Y a veces, entendida de lo que hay en las estrellas, en cada mente, cuerpo, alma, corazón. Juiciosa, incluso. A veces.
Quiero morir, para saber qué hay más allá, quiero morir para saber cuál es la siguiente estación. Quiero saberlo todo, el gran Porqué de las cosas, mi destino y el del vecino, la verdad de la Parca y de la vida, de los opuestos, del bien y del mal. Quiero entender. Y exploto. De duda, de agobio, con mi mente encerrada tras las paredes férreas del cráneo hostil, quiero salir fuera, muy fuera, muy lejos, volar libre, alto y lejos. Donde pueda verlo todo desde esa perspectiva de los pájaros, inapreciable desde nuestro suelo. Tengo ceguera. Por mucho que lo intente, mi mente pequeña y poco capacitada nunca podrá entender las grandezas que me rodean. Solo, tal vez, tras la muerte.
Y, mientras, todo es pesar e histerismo, reflexión inservible, deseos de desarrollar lo imposible. Estoy en una prisión, me siento atrapada entre cuatro paredes e intuyo que si pudiera derribarlas volaría tan alto que sería enteramente libre. Y también intuyo que de esas paredes solo podrá librarme la muerte.
Y por eso quiero que alguien venga y me salve, que me salve el alma y el espíritu. No lo podrá hacer un mortal, todos estamos igual de prisioneros. Y por eso cada vez estoy más convencida (sí, lo estoy) de que hay un Dios esperando nuestra liberación, viendo como aguantamos tras los ladrillos enmohecidos de nuestra cárcel para podernos juzgar.
Y por esto quiero llorar y morir, porque nunca valoraremos con veracidad este mundo donde la perfección no existe y sin embargo tenemos consciencia de ella. Es una prueba. Nuestra vida es un obstáculo, una barrera para saltar. Y todo en ella son problemas. Las alegrías incluso entrañan males y pesares. El agua se derrama, la comida se pierde. No lo podemos controlar, ni entender, ni juzgar. Se nos escapa de las manos, de la mente. Y de aquí nuestra ira y nuestra violencia, solo queremos romper paredes.
No sabemos crear verdades porque no tenemos el juicio necesario para ello.
A veces, en momentos de extrema lucidez, puedo ver que no estoy sola.