domingo, 18 de noviembre de 2012

"Poderoso caballero..."

Se busca, trama y alimenta, se mata, se vive y se perdura. Se vuelven locos y suicidas, felices o entrañables, melosos, tristes y adorables. Todo gira, rota y se detiene si hiciera falta... por afán del dinero.

Oxidado y alevoso metal, sucio engendro de pasiones inhumanas, rompe y tritura a su antojo, maltrata países, vidas y situaciones, a todos nos hace dudar bajo su eterna tentación, titubeamos si anteponerlo ante nuestras familias, ante la dignidad de quien está a nuestro cargo.

Postra a sus pies a políticos infames, los seduce y los reduce, al dinero le gusta ser robado y nos hace pensar... en cuantas cosas podríamos obtener con él, cuanta gloria, fama y poder, cuantas casas, lujo y blancos colchones de plumas sobre los que reposar nuestro inflado cuerpo de manjares y delicias. Ellos se ven frente a cantidades ingentes de riquezas, pertenecientes a ajenos, pero para ellos no importa, siempre piensan que quedará disimulado, que no se notará... Pensamientos insuflados por la avaricia que el propio metal produce, su tan sola presencia, sin necesidad de que hable o estimule, que diga o que pronuncie, nuestra propia imaginación es más que suficiente para robarlo y ansiarlo, para matar y morir por él.

Hace sufrir a desamparados, humildes sin recursos, su carencia origina muertes, desgracias y pérdidas, flaquezas y tristezas de familias completas. Su privación provoca el olvido, el pensamiento masivo de que no se es nadie sin dinero, sin pieles y sin diamantes, sin un smartphone o sin la ropa de moda que no nos podemos permitir. Nos hace llorar porque nos provoca miedos, que no somos nadie sin su presencia ingrata y devastadora.

El dinero es el rey más absolutista de todos cuantos han existido jamás, todos ellos doblegados ante él, el dios del reino material en el que todos se vuelcan, dueño indiscutible del mundo y sus consecuencias, impedimento para empresas urgentes, patrocinador innato de catástrofes humanas.

Que el mundo se rompe y no se hace nada, porque no hay dinero para ello. Que las familias amanecen en las calles porque les han quitado su casa. Que todo se quiebra, se zahiere y se hunde, pero se cruzan de manos porque no hay dinero para arreglarlo.

Hace ladrón al más honrado, bello al más espantajo, cambia, torna y enmudece. Entierra sentimientos, dados por muertos y sepultados bajo polvo. Él gobierna y es señor indiscutible de vidas, tierras y personas. Cogidos por la cuerda, somos vasallos directos e indirectos, todo lo hacemos por su causa y señorío, nuestro sacrificio por su gloria.

Lágrimas y agravios nublarán nuestra mente por su causa, seremos mofa y escarnio de quienes lo posean en abundancia. Pero hasta ellos se someten sin quererlo, y son arrastrados hasta sus pies, jadeando como perros por conseguir su favor.

Ya lo decía Quevedo en su momento:

"Poderoso caballero
es Don Dinero".




miércoles, 14 de noviembre de 2012

Monólogo de soledad

En el interior de un espacio paralelo, o tal vez tangente, la mente de una niña vuela y se pierde, se va y vuelve, emerge y se sumerge, está indecisa, no sabe, no entiende, no comprende. No sabe si está llorando porque ya no tiene consciencia física, ahora solo es capaz de pensar y de buscar un por qué que realmente jamás entenderá, o tal vez sí, depende de cómo lo mire. Esta niña es un ejemplo global de todas aquellas que sufren acoso por sus propios compañeros de colegio, o instituto, da igual, la inmadurez cada vez engloba más edades y ahora no tantos niños de doce años son tan inocentes como antaño. Pongámosle trece años, no hace falta el nombre, ella no es más que un ejemplo representativo.  Habla consigo misma. 
Tal vez escuchar su voz le calme o le haga ser más lúcida ante la irreverente realidad.

-Me gustaría saber qué les he hecho, en qué les llamé la atención como para que me eligieran a mí y solo a mí de blanco de sus dardos fríos, como si no hubieran más personas en el mundo más culpables que yo, de cualquier cosa, no importa, yo no soy nadie y no significo más que diversión, jamás les hice nada, ni les insulté ni me rebelé. Imagino que no fue más que instrumento para quedar bien, pero no soy capaz de razonarlo y menos aún de justificarlo, como me he sentido querer morir y no poder hacerlo, nunca ser capaz de cerrar los ojos para siempre, nunca me moría, no era capaz, mi cuerpo testarudo aún seguía latiendo contra mi voluntad. Y lo pensaba de verdad, me odiaba a mí misma, me odiaba y mi propia persona me generaba pensamiento de desprecio, por no encararme a ellos ni ser feliz, de dejarme someter y arramblar sin razón, que realmente no había pretextos válido, era su inmadurez y su falta de conocimiento lo que les hace humillarme, realmente no es que piensen que soy fea, patosa o imbécil, sino que en su reducida cabeza los insultos y las risas crueles les crecen ante los ojos de sus amigos, de manera que les imponen su poder, es un aviso: 'mira lo que le hago, si no te andas con cuidado el próximo serás tú y no pienso cortarme, este es mi territorio y no tengo intención de perderlo'. No siempre soy capaz de pensar tan lúcidamente como ahora, normalmente les creo, me creo sus mentiras, me creo que soy una birria humana y que no le gusto a nadie, me creo que no tengo amigos y que todos me dan de la lado, que a la hora de verdad no hay hombros sobre los que apoyarte, en resumen, que nadie me quiere. 

>>Me siento como una sombra que nadie es capaz de apoyar porque no vale la pena, me siento el blanco de las miradas curiosas y prudentes, siento que algunos quieren ayudarme pero tienen miedo, noto sus miradas asustadas, el rechazo que les produce la sola idea de acabar como yo, que soy la marginada, el desecho social, la que nadie acepta, la que todos rehúsan. Ése es el problema, en realidad. El sentirnos aceptados es lo que todos queremos, en el fondo siempre sale a relucir nuestro instinto animal de ir en manadas, de no quedar excluidos. Y no quiero estar sola, no quiero, de verdad, siento un terror cerval nada más de pensar en ello, no soy capaz de soportarlo, lloro, empapo la almohada con mis lágrimas, me ahogo entre las sábanas (ojalá me ahogara de verdad), siento la boca seca e inservible, como nunca más pudieran volver a salir palabras de ella.


Silencio. 

-En realidad no lo entiendo, no puedo llegar al fondo de la cuestión, pero lo peor es que creo que si me sentara y reflexionara, todo cobraría un sentido, su inmadurez, sus ganas de alardear, todo se lo achacaría a algo lógico e irremediable, lo vería con objetividad y sería más capaz de soportarlo por pura comprensión del asunto, pero ahora no puedo, me siento cegada, tan solo puedo pensar en ellos desapareciendo de la faz del mundo, de la venganza, es inevitable, todo es fruto de buscar soluciones al problema, y la vía más rápida es acabar con ellos. Que no volvieran a existir, ni a hablar, ni a pensar, ni a señalar, ni a empujar. Empezar de cero, me harían un gran favor.

>>Sé que no debería pensarlo, que no es propio de alguien bien educado, alguien como yo, una niña buena. Pero no puedo evitarlo, sería tan fácil y tan perfecto, realmente la muerte sería una bonita conclusión.

>>Calla, mente cruel. No te rebajes a su nivel. No pienses más en ello. Yo valgo más, mis sueños no serán hundidos ni arrastrados por ellos ni sus maneras, no deben, no es justo. No sería equiparable que sus palabras lacerantes me destrozaran la vida, nada de lo que me puedan decir o hacer podrá conmigo, yo soy más, me puedo dominar, podría matarles cuando quisiera, nada más fácil, pero no lo haré, seré una persona y dejaré para ellos el nivel de los animales. Pero me siento tan poco capaz de aguantarlo, esta presión, el saberme despreciada, eso es lo peor, estar sola, la soledad, inhumana soledad, ambiguo amor que surge cuando le conviene, así me siento. Me hundo y a pesar de mis palabras de apoyo (¡eso es lo peor, que el apoyo jamás viene de fuera, tengo que sacarlo de mí y eso ya de por sí me hunde!) no puedo evitarlo, no soy feliz, no rozo ni tan siquiera el estado de normalidad en la que la mayoría están sumidos, tan solo quiero morir, no vivir, dormir para siempre arropada por quién me quiera, estar en un lugar donde no se me juzgue, que yo no he hecho nada, soy inocente, una víctima, sombra del polvo desperdigado, apenas eso, no soy nada.

Silencio.


-Es que soy tan invisible...

Llora.



(Con esta entrada me solidarizo con cualquier persona que sufra o haya sufrido bulling. Pese a no ser mi caso, puedo entender cual es la desesperación rotunda que implica esta situación. Nada de lo que se diga sobre vosotros puede ser cierto porque no hay nadie, ni vosotros mismos, que pueda saber cual es la esencia de vuestra alma, ni nadie exploró jamás las entrañas de vuestro miedo... de manera que cualquier palabra insultante deja inmediatamente por debajo de ti, como persona que siente y ama y razona, a quién la pronunció.)



lunes, 5 de noviembre de 2012

Supuesto razonamiento para un suicidio

Con el fin de evitar posibles malentendidos, quisiera aclarar que no es este un texto de fines melancólicamente fatales, con razones de una supuesta vida hundida de manera irremisible en el fango, o el no tener modo alguno de seguir llevándola de manera más o menos decente hacia un puerto seguro, para nada, no se trata de una carta de desesperado desamor ni de tristes razonamientos nublados por la pena, sino nada más que una reflexión marcada por la sorpresa y el sobrecogimiento, basadas ambas en la facilidad expresa con la que se pueden llevar a cabo actos tan drásticos como un suicidio.

Nuestra vida camina en una continua oscilación basada fundamentalmente en la necesidad de evitarles a nuestros seres más allegados cualquier peligro, por otro lado nada más comprensible, en qué lugar quedaríamos nosotros si nos despreocupáramos de algo tan importante, si nos dejáramos llevar por la indiferencia, qué seríamos sino desecho social. Niño, por la acera, que pasan coches. Y así. Y al final acabas pensando si ese discernir de lo peligroso o no peligroso acaba teniendo alguna recompensa, puesto que cualquier cosa podría acarrearnos la muerte, casi cualquier objeto, casi cualquier palabra en unas determinadas circunstancias, todo es peligroso, arriesgado. 

Si el suicidio es llamativo por alguna razón, es por romper la regla del instinto humano, la terquedad hacia la continua duración de las cosas, de aquel pensamiento constante e hipócrita consistente en un "ojalá nada de esto acabe y siempre sea así" es decir, estático y duradero, que permanezca sin cambios, que no avance ni decrezca, todo por el estoy bien así, y es que cambiar conllevaría desventajas añadidas que no necesito para nada, quisiera que todo perdurara así tal y como está ahora, en este momento, firme y continuado como un bello cuadro. Que el perro fiel jamás se muera, que la abuela continuara para siempre en su sempiterna mecedora, que mi juventud nunca se hiciera vieja. Que la vida siguiera eterna en su mejor momento. 
Y es por ese miedo a perder lo que tenemos, que nos preguntamos hastiados y asqueados como puede alguien tomarse cierta pastilla, como se puede cortar de golpe algo que fue hecho para durar muchos años más, es como una mancha, una aberración de la que apartamos de vista, nos resulta mucho más cómodo así. Jamás queremos llenarnos los ojos de mierda, para eso están los demás, los familiares, los amigos. Porque a nosotros no nos a tocado vivir el suicidio, ni propio ni ajeno, y eso nos reconforta, y este pensamiento colectivo es, de alguna manera, bastante triste.

Pero es que es tan fácil. Por fácil entiéndase el hecho en sí de llevar a cabo el suicidio, aunque no se quiera y no hayan razones para ello, pero de repente te levantas de la mesa y coges el cuchillo (cuya finalidad inicial no era más que la de cortar jamón) y acabas pensando casi sin querer "mira por donde, yo podría hacerlo, aquí y ahora, sin esperar, podría cortarlo todo. Los que ahora están sentados a la mesa nada podrían hacer, ya que no necesito tiempo, apenas dos segundos para presionar mi corazón y ya no habría vida alguna que soportar sobre los hombros, ni preocupaciones, ni pena, ni hambre, ni dinero. Nada de nada. Nada a cambio de la muerte. Diría que compensa". Digamos que tienta, tienta la facilidad y tientas esas consecuencias tan embriagadoras, decirle adiós a todo y a todos, y que el resto de la humanidad se coma el marrón que es el mundo, que yo, por poder, puedo irme ahora y dejarlos tirados. Esperando inútilmente el jamón, para más inri. A lo bestia, sin miramientos. Mira que lo hago, que no me corto. Que les dejo con un bello espectáculo de sangre y carne desgarrada.

Lo que pasa es que, al final, fulano coge el jamón, lo corta y deja el cuchillo, porque la constancia de la naturaleza humana imperan sobre todo lo demás, sobre todo si las razones que se tenían para abandonar el mundo son nulas, falsas, escasas o simples bravuconadas para con uno mismo.

Muchos le llamarían cobardía, pero creo que la vida y nuestra mente actúan como dos imanes de polos opuestos, se atraen y se codician, porque la vida sería vana sin la inteligencia humana, pero de nada serviría ésta última si la vida estuviera muerta, podrida, inservible. Por eso son minorías las que optan por morir, por eso se acaba rechazando tal posibilidad.

Porque antes de hacerlo, nos preguntamos si no valdrá la pena lo que vendrá un segundo después de habernos suicidado, aunque se trate simplemente del jamón o de los comensales que te aguardan impacientes a la mesa, contando contigo y los cuales verían injusto y egoísta que desaparecieras sin más, sin preguntar y sin supuestos motivos, dejándolos más solos si cabe frente a un mundo cruel y mal ajusticiado, en el cual los que puedan han de hacer piña como mayormente se pueda, y en el que abandonarlo constituye un acto de ingratitud y cobardía hacia los que se quedan, formando como pueden esa piña que cada vez va decreciendo más y más...