Casas en orden inconexo abren ante mí un mar de mareas pequeñas pero intensas, mareas de vidas entremezcladas y avasalladas con tejados y ladrillos.
No hay nada en ellas que merezca destacar; los colores pastel, los marrones lisos y feos naranjas desganados y enmudecidos por el tiempo... atrofian cualquier vestigio de belleza pasada o ficticia que tal vez en un pasado remoto adornó tales edificios.
Son cajas de zapatos, amontonadas en un cuarto trastero perdido en lo más bajo de un valle. Ladrillos puestos unos sobre otros, en perfecta y armoniosa monotonía, que forman y sostienen paredes frías y espantosas, paredes quejumbrosas manchadas de graffitis desconchados, y desgarradas por el puñal del tiempo, dejando a su paso la seca sangre de su herida.
Alumbran vidas ajenas, y contemplan en su pasivo plano las familias, familias como todas, familias como ninguna en sus desvaríos, virtudes, defectos y elegancias. Paredes rellenas de hombres cansados, exhaustos del trabajo, personas inteligentes que ocultan su chispa bajo una mirada indiferente. De personas ambiciosas, de pobres desgraciados de mirada retorcida y maliciosa, de niños y niñas que se preguntan (en su indecible inocencia) el porqué de esas señales de tráfico rotas y mancilladas.
Albergan en su seno ancianos tranquilos que deambulean por las calles con las manos a la espalda, y juzgan a las nuevas generaciones con el rigor de las suyas ya pasadas. De ancianas chismosas que se paran en los portales a echar una partida de parchís con la dueña de la casa, a la que conocen desde que eran niñas.
Son calles de adoquines desgastados y tortuosos, de ese sol haciendo arder con rabia el hierro oxidado de las barandillas de los balcones. De esos geranios coloridos que aportan su granito de arena para intentar embellecer su entorno. De las esquelas de difuntos en la pared del ayuntamiento, del ama de la casa barriendo con saña su puerta para borrar de su calle los tormentosos y horribles restos de papeles y cáscaras vacías de pipas.
Son personas y más personas que caminan juntas sin verse, sin entenderse.
Son vidas y más vidas, hechas polvo del cansancio, del trabajo que conlleva llevar las cosas adelante, el dolor de la muerte, los huesos doloridos y los hijos de marcha entre risas, porque saben que al volver la comida estará caliente en la mesa.
Son personas de alma y corazón, inescrutables a los ojos ajenos, bellas personas malas y buenas, sin derecho a juzgar pero haciéndolo constantemente, con las cualidades y las penas de un león rugiente.
Son personas, entre el yeso y los ladrillos ahuecados, dentro de cajas de zapatos con el cartón arrugado por la humedad de las lágrimas. En un valle a cielo abierto que todas las mañanas presenta su sol por el este y lo esconde por el oeste, y les deja el regalo de las estrellas sobre el terciopelo negro de la noche.
El mundo les observa y cada paso que dan se lo dificulta. El mundo conspira para que los delicados tacones de aguja resbalen entre los adoquines y quiebren... para tornarlos más fuertes o hacerlos perecer en la batalla.