lunes, 30 de julio de 2012

Valle a cielo abierto

Casas en orden inconexo abren ante mí un mar de mareas pequeñas pero intensas, mareas de vidas entremezcladas y avasalladas con tejados y ladrillos.

No hay nada en ellas que merezca destacar; los colores pastel, los marrones lisos y feos naranjas desganados y enmudecidos por el tiempo... atrofian cualquier vestigio de belleza pasada o ficticia que tal vez en un pasado remoto adornó tales edificios.

Son cajas de zapatos, amontonadas en un cuarto trastero perdido en lo más bajo de un valle. Ladrillos puestos unos sobre otros, en perfecta y armoniosa monotonía, que forman y sostienen paredes frías y espantosas, paredes quejumbrosas manchadas de graffitis desconchados, y desgarradas por el puñal del tiempo, dejando a su paso la seca sangre de su herida.

Alumbran vidas ajenas, y contemplan en su pasivo plano las familias, familias como todas, familias como ninguna en sus desvaríos, virtudes, defectos y elegancias. Paredes rellenas de hombres cansados, exhaustos del trabajo, personas inteligentes que ocultan su chispa bajo una mirada indiferente. De personas ambiciosas,   de pobres desgraciados de mirada retorcida y maliciosa, de niños y niñas que se preguntan (en su indecible inocencia) el porqué de esas señales de tráfico rotas y mancilladas.

Albergan en su seno ancianos tranquilos que deambulean por las calles con las manos a la espalda, y juzgan a las nuevas generaciones con el rigor de las suyas ya pasadas. De ancianas chismosas que se paran en los portales a echar una partida de parchís con la dueña de la casa, a la que conocen desde que eran niñas.


Son calles de adoquines desgastados y tortuosos, de ese sol haciendo arder con rabia el hierro oxidado de las barandillas de los balcones. De esos geranios coloridos que aportan su granito de arena para intentar embellecer su entorno. De las esquelas de difuntos en la pared del ayuntamiento, del ama de la casa barriendo con saña su puerta para borrar de su calle los tormentosos y horribles restos de papeles y cáscaras vacías de pipas.

Son personas y más personas que caminan juntas sin verse, sin entenderse.

Son vidas y más vidas, hechas polvo del cansancio, del trabajo que conlleva llevar las cosas adelante, el dolor de la muerte, los huesos doloridos y los hijos de marcha entre risas, porque saben que al volver la comida estará caliente en la mesa.

Son personas de alma y corazón, inescrutables a los ojos ajenos, bellas personas malas y buenas, sin derecho a juzgar pero haciéndolo constantemente, con las cualidades y las penas de un león rugiente. 

Son personas, entre el yeso y los ladrillos ahuecados, dentro de cajas de zapatos con el cartón arrugado por la humedad de las lágrimas. En un valle a cielo abierto que todas las mañanas presenta su sol por el este y lo esconde por el oeste, y les deja el regalo de las estrellas sobre el terciopelo negro de la noche.

El mundo les observa y cada paso que dan se lo dificulta. El mundo conspira para que los delicados tacones de aguja resbalen entre los adoquines y quiebren... para tornarlos más fuertes o hacerlos perecer en la batalla.





lunes, 23 de julio de 2012

El ciclo

El cielo. Por el día, el sol cambiante, en línea recta su camino de metros humanos que esconden años luz tras su simpleza aparente. Es el corazón del mundo tornado en blanco cegador, de brío poderoso que no nos permite contemplarlo a los ojos. Él no quiere, no le gusta. Prefiere marcar su poder, su territorio, su dominio de nuestro mundo para que todos sepamos que a él le debemos la vida y que por él estamos aquí.

Las nubes son damas caprichosas, de gustos caros y vistosos. Enroscan sus cabellos en torno a sus ojos de luz, que revolotean en torno a sus rostros como una tormenta de arena, y se entretienen adoptando formas acordes con el viento.

El viento se retuerce sobre sí mismo, y los miles de hombrecillos invisibles que lo forman corren, gritan y juegan en perfecta sincronización mientras cantan una canción suave o furiosa, mientras abofetean los rostros de las personas, hacen volar los papeles o remueven con desgana el rubio cabello de un mozo del pueblo. Son traviesos y en ocasiones maleducados, como aquellos chiquillos que gozan de la libertad absoluta y hacen lo que les mejor les parece, causando así estragos a su alrededor.

Los duendecillos del viento tienen en un poder una carpeta invisible que contiene un sinfín de dibujos invisibles, creados por ellos. Solo las nubes tienen el poder de ver esos dibujos. Ellas se entretienen seleccionando los dibujos en los que van a tornan sus cuerpos escurridizos. Gozan con los trazos suaves, las curvas anchas, los detalles casi imperceptibles... Las texturas esponjosas, la suavidad del algodón... Aman los colores claros, y el blanco impregna sus cuerpos cuando el sol brilla con todas sus fuerzas y el tiempo es bueno. Aman el rosa claro y el naranja atardecer para las puestas de sol, embellecen sus tonos y sus miles de formas recién adquiridas con los cálidos tonos pastel.

Se visten con opulentos trajes con forma de cocodrilos, de dioses, de manos extendidas, de perros juguetones, de flores paradisíacas, de dulces margaritas blancas...


Sin embargo... ¿cuánto dura una nube con la misma forma? Apenas nada. Malos como el demonio, los duendes que forman el viento empujan el vapor, el agua imperceptible que forma las nubes. Sus manos diminutas deforman las raíces del cielo. Acaban con sus propias creaciones. Sus dibujos hechos realidad acaban arrancados, disueltos, empujados hacia cualquiera de las direcciones que tan acertadamente la rosa de los vientos nos señala.


En ocasiones, la cálida y amable calma y de las nubes se revuelve por esa razón. Sus vestidos, copiados con tanto detalle y tanto cuidado, son destrozados por el viento, machacados por su furia, destrozados por su odio.

El esponjoso algodón rosado de las nubes se torna en pinchos de hierro. El blanco inmaculado de sus curvas desaparece hasta tornarse en gris. En gris frío, de lluvia, de neblina. Las nubes se acumulan sobre sí mismas, se tornan más fuertes, se oscurecen, se robustecen. Se vuelven  de dimensiones colosales.

Hartas de las travesuras del viento y de sus destrozos causados, la lluvia cae, impertérrita, como castigo natural, con su ira contenida suelta otra vez sobre los campos, las ciudades, sobre las personas que no acertaron a protegerse contra las fauces del tiempo.

Y el viento contraataca con su enfado, sus rabietas de niño pequeño. Todos los duendes invisibles surgen como un torbellino que trata de atravesar las lanzas de plata pura que son la lluvia lanzada por las encolerizadas nubes.

Tarde o temprano hay un pacto. Las nubes se aclaran, relajan sus músculos, se dispersan. El viento amaina, la lluvia hace una pausa. Como un buen niño, el viento se retira durante un rato y las nubes pueden vestirse tranquilamente con sus dibujos, experimentando telas, colores y formas.

El viento, como buen niño travieso, volverá tarde o temprano y el ciclo, como en todos los casos que suceden en la naturaleza, volverá a repetirse, una y otra vez.

En todos los casos, después de la tempestad viene la calma y después de esa calma, la misma tempestad de nuevo.






lunes, 9 de julio de 2012

No sois damas en apuros

No sois damas en apuros. No sois princesas rubias de hipnóticos ojos azules y vestidos de seda. No sois poseedores de el secreto de la humanidad, no sois los aguerridos príncipes de una hermosa ciudad que hay que salvar de las llamas de la guerra.

No sois hadas de alas delicadas, de cabellos volátiles y de cuerpos de dos pulgadas. No vivís en el País de las Maravillas, ni sois ángeles victoriosos, ni vuestras manos desprenden magia cuando rozan las flores...

No sois magos poderosos, de barbas blancas o inmadura juventud. No os batís con dragones de escamas doradas, que protegen tesoros tan antiguos como el mundo. 

Rubíes escarlatas que se desvanecen cuando piensas en ellos. 

Tampoco sois estudiantes de vidas perfectas, con amigos perfectos y una familia perfecta. No tenéis la perfección que se necesita para vuestra felicidad, no tenéis el cariño ni todo el amor que todos anheláis.

No sois personas de mentalidad estable, porque caéis una y otra vez en los altibajos del destino, deprimidos por un destino incierto y una indómita cantidad de problemas difícil de despejar de vuestro camino. 

No sois lo que deseáis, porque vuestros deseos se elevan al cielo y vuestro cielo está muy lejos. 

Vuestro ideal de vida queda drásticamente empañado una y otra vez por los nimios y aberrantes detalles. Los detalles que ora sí y ora también te machacan el alma, porque quiebran levemente pero sin descanso la vida que siempre has deseado tener. 


No sois perfectos, pero lo intentáis y al no conseguirlo, es eso lo que os carcome las entrañas. 

Sois y soy yo también, somos todos nosotros lo que no somos. 

No somos perfectos, no lo somos, no vivimos entre sedas blancas ni palacios de marfil. Siempre habrá algo que distraiga nuestra dicha. 

Somos personas, somos imperfectos, somos almas en pena encerradas en una envoltura de hierro que como una jaula nos aprisiona.

Pero somos humanos y lo intentamos, sí. Intentamos escapar de nuestra envoltura, con empeño y voluntad, y lo demostramos con frustada irritación cuando una y otra fallamos en nuestro empeño. 

Es lo horrible y crudamente hermoso de ser humano.