La muñeca cruzada sobre el pecho detrás del puño cerrado con fuerza, y tensada con la fuerza de quién sabe lo que le espera. Le busco alas a mi espalda y no encuentro más que las costillas. Y desesperada por pulsar el botón inexistente que desconecte mis orejas y las deje caer al suelo, porque igualmente escucho las palabras que flotan en el aire surgidas de tu maldita boca endemoniada. Rebuscas en tu mente la frase más adecuada para tan solemne momento, tu saliva ponzoñosa no puede aguardar más para salir. Y tus palabras envenenadas descolocan mi mundo y me impiden hablar.
Y tienes esa pinta de niño pequeño, de no enterarte de nada, de rabiar por las cosas más nimias, de impartir inmadurez cuando deberías derrochar lo contrario...
No dices nada entre tanta palabra.
Tus labios solo sueltan basura, ironías sin sentido, palabras estúpidas, y buscas el afecto de la forma más patética inimaginable.
Mientras tú dices eso, yo callo, consciente de que cualquier palabra puede costarme cara; mientras que tú dices eso yo me muerdo los labios y los hago sangrar. Porque quiero gritar que te calles y te vayas, huir de ese pequeño infierno que debería haber sido nido de la victoria, y en vez de eso tu presencia me hizo rechinar los dientes con un odio que no había sentido antes.
Me pregunto qué cosas sabes tú, cuantas veces has llevado a la práctica lo que dices defender con tanta pasión, y si tus discursos mezclados con risas en medio del jolgorio sirven para algo más que para disfrazar lo que realmente eres.
Cállate y deja vivir. Porque he oído tus palabras y luego he visto tus acciones, y ninguna de ellas es tan similar a la otra como un día dijiste que serían.
Así que cierra la boca y guárdate tus mentiras de niño pequeño bajo la alfombra del salón.
A lo mejor ahí nadie las encuentra.
1 comentario:
Cuidado con la rabia y el odio: son fuerzas autodestructivas.
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