Me he perdido entre cosas que no puedo encontrar, me he perdido bajo el mar tratando de encontrar la llave que allí cayó durante mis años de la infancia.
Me he perdido tras las laderas de las montañas pobladas por árboles milenarios, de flores violetas sobre tallos de esmeralda y soles como escarlatas cuando caen del cielo a esconderse tras el horizonte poblado de ríos azules como zafiros. Me pierdo porque me dejo llevar por el viento perfumado de la misma montaña, con el ojo avizor por si entre las rocas distingo una cueva de la cual salga un conejo blanco con reloj de oro.
(Como si de una pequeña y dulce Alicia en el País de las Maravillas yo me tratara...)
(Como si de una pequeña y dulce Alicia en el País de las Maravillas yo me tratara...)
Me he perdido también entre los árboles, entre las ramas verdes y cariñosas, que me sujetan la cintura procurando mi seguridad mientras yo trepo por su áspero tronco, porque siento su corteza raspar las llemas de mis dedos y me gusta, porque buscaba un mundo aparte en el que no pudiera ser descubierta y ahí lo tenía. Estaba perdida en aquel árbol de cincuenta metros, los pájaros cantaban nanas en mis oídos, las susurraban para adormecerme... yo sé que murmuraban mundos imposibles y las claves para encontrarlos cuando mi mente caía en un sueño profundo, tan solo velado por las ramas del árbol que me acunaba.
Hay también seres extraños, de miradas huecas y brazos larguísimos, que quieren abrazarme para llevarme a su casa, de paredes de colores chillones y cálidos fuegos que crecen en la lumbre.
Y yo quiero ir con ellos.
Me pierdo en puertas interdimensionales que rotan sobre sí mismas, de colores brillantes u oscuros, de destellos hipnóticos que me instan una y otra vez a introducirme en ellas, a llevarme a lejanos mundos de risas fáciles y misterios profundos que no podrán ser resueltos por el hombre... sino tan solo por mí.
Me pierdo entre las plumas dulces y suaves que hacen volar las alas de la imaginación, me pierdo en esos mundos perfectos que solo aparecen al cerrar los ojos o al callar, en el silencio, perdidos ellos también entre mis pensamientos anhelantes de algo que no existe. El mundo es perfecto cuando el real desaparece tras mis párpados cerrados, el mundo es hermoso cuando se transforma en cristales que dividen la luz del sol en haces colores que se reflejan en el rostro del chico de los ojos marrones.
El mundo es hermoso cuando sueño que yo consigo que sea hermoso, por mis sueños e ilusiones hechos realidad bajo la luz de las estrellas, destacando como fuegos fatuos en la cúpula celeste, aterciopelada de color negro.
Estoy perdida en un torrente de sueños imposibles, porque yo no puedo cambiar el mundo aunque con frecuencia sueñe con eso. No tengo más armas que mis pensamientos al cerrar los ojos, que la forma de expresarme, que mi mente cuando habla, cuando piensa, cuando se expresa, cuando quiere soñar y yo la dejo, porque sé que es su manera de cambiarlo todo.
Perdida en un laberinto que no encierra ningún peligro, laberinto de paredes cariñosas que me indican el camino para perderme, camino que yo sigo, una y otra vez, porque perderme de lo real es mi pasatiempo favorito.
Aún así, el laberinto está en continuo crecimiento y me aleja de la realidad, cada vez más.
Yo sé que entre las grietas de sus muros hay llaves escondidas... llaves a mundos desconocidos.