martes, 26 de junio de 2012

Conejo blanco con reloj de oro

Me he perdido entre cosas que no puedo encontrar, me he perdido bajo el mar tratando de encontrar la llave que allí cayó durante mis años de la infancia. 

Me he perdido tras las laderas de las montañas pobladas por árboles milenarios, de flores violetas sobre tallos de esmeralda y soles como escarlatas cuando caen del cielo a esconderse tras el horizonte poblado de ríos azules como zafiros. Me pierdo porque me dejo llevar por el viento perfumado de la misma montaña, con el ojo avizor por si entre las rocas distingo una cueva de la cual salga un conejo blanco con reloj de oro.


(Como si de una pequeña y dulce Alicia en el País de las Maravillas yo me tratara...)



Me he perdido también entre los árboles, entre las ramas verdes y cariñosas, que me sujetan la cintura procurando mi seguridad mientras yo trepo por su áspero tronco, porque siento su corteza raspar las llemas de mis dedos y me gusta, porque buscaba un mundo aparte en el que no pudiera ser descubierta y ahí lo tenía. Estaba perdida en aquel árbol de cincuenta metros, los pájaros cantaban nanas en mis oídos, las susurraban para adormecerme... yo sé que murmuraban mundos imposibles y las claves para encontrarlos cuando mi mente caía en un sueño profundo, tan solo velado por las ramas del árbol que me acunaba. 

Hay también seres extraños, de miradas huecas y brazos larguísimos, que quieren abrazarme para llevarme a su casa, de paredes de colores chillones y cálidos fuegos que crecen en la lumbre. 

Y yo quiero ir con ellos.

Me pierdo en puertas interdimensionales que rotan sobre sí mismas, de colores brillantes u oscuros, de destellos hipnóticos que me instan una y otra vez a introducirme en ellas, a llevarme a lejanos mundos de risas fáciles y misterios profundos que no podrán ser resueltos por el hombre... sino tan solo por mí.

Me pierdo entre las plumas dulces y suaves que hacen volar las alas de la imaginación, me pierdo en esos mundos perfectos que solo aparecen al cerrar los ojos o al callar, en el silencio, perdidos ellos también entre mis pensamientos anhelantes de algo que no existe. El mundo es perfecto cuando el real desaparece tras mis párpados cerrados, el mundo es hermoso cuando se transforma en cristales que dividen la luz del sol en haces colores que se reflejan en el rostro del chico de los ojos marrones. 

El mundo es hermoso cuando sueño que yo consigo que sea hermoso, por mis sueños e ilusiones hechos realidad bajo la luz de las estrellas, destacando como fuegos fatuos en la cúpula celeste, aterciopelada de color negro. 


Estoy perdida en un torrente de sueños imposibles, porque yo no puedo cambiar el mundo aunque con frecuencia sueñe con eso. No tengo más armas que mis pensamientos al cerrar los ojos, que la forma de expresarme, que mi mente cuando habla, cuando piensa, cuando se expresa, cuando quiere soñar y yo la dejo, porque sé que es su manera de cambiarlo todo. 


Perdida en un laberinto que no encierra ningún peligro, laberinto de paredes cariñosas que me indican el camino para perderme, camino que yo sigo, una y otra vez, porque perderme de lo real es mi pasatiempo favorito. 


Aún así, el laberinto está en continuo crecimiento y me aleja de la realidad, cada vez más. 


Yo sé que entre las grietas de sus muros hay llaves escondidas... llaves a mundos desconocidos. 







miércoles, 20 de junio de 2012

Qué alma más dulce la suya

A lo largo de mi corta vida no he podido encontrar más que a una persona con la inocencia suficiente como para que se la pueda tildar de inocente.

Fuera de lo que todo esto implica (la decadencia humana a edades aberrantemente tempranas y el gozo extinguido de la simple sonrisa que cualquier vecino pudiera ofrecerte) dicha mente tan sorprendentemente inocente (pero no por ello ingenua, aunque admitamos que la ingenuidad en esta persona no está especialmente mermada, sino más bien agradablemente desarrollada) ha sido una de las cosas que más confundida me ha dejado. ¿Bajo qué pretexto sonríe tan amablemente? ¿Qué maquiavélico plan se esconde tras esos ojitos grandes? Pero no se tarda mucho en comprender que toda sonrisa en ella es sincera.

La envidia que todos sentimos más de una vez en poco tiempo, envidia que nos come y nos carcome, que nos ata y nos aprieta sin dejarnos respirar y por ello no dormir tranquilos; por los méritos ajenos que nos devoran el alma y el orgullo... no han sido experiencias asiduas o simplemente jamás han sido experimentados por ella. Ha sido observado este sentimiento por sus propios ojos, pero nunca experimentado por ella misma. Ha mirado y entendido, entrecerrado los ojos en busca de entender el conmportamiento de esas personas que constituyen el resto de la humanidad y que tan egoístamente se comportan. Pero es tan inocente que no es capaz de entenderlo.

Qué alma más dulce la suya, capaz de caer al fango empantanado siempre que a cambio alguien pueda salir de él, que triste su mirada apenada cuando su vida se vuelve triste y no es capaz de echarle a nadie la culpa de su pena.

Yo, a pesar de la poquita inocencia que aún me queda (guardada en un frasco de nácar entre las ramas cariñosas de un sauce llorón) no soy capaz de entender la tierna mirada que una y otra vez aflora a sus pupilas cuando su persona es ocultada tras la sombra de alguien momentáneamente más grande.

Cuando le imagino y no está delante, veo siempre su rostro riéndose, con la cabeza echada levemente hacia atrás, y los ojos cerrados o mirada baja y párpados entrecerrados. Las manos sobre el rostro o en su defecto la boca, en un intento de ocultar con timidez su hermoso jolgorio.

Qué mente más sana la de esa persona sin igual, curiosa ante el mundo cruel y desalmado que la rodea sin reparar en su crueldad, que no envidia más que lo inevitable y de la forma más inocente posible.

La flor que ayuda a otra flor a desarrollar sus pétalos y no le importa la muerte de los suyos mientras los ajenos sigan brillando.

A veces me da pena la poca picaresca de sus ojos, la tranquilidad de sus dedos y la sonrisa dulce e ingenua que florece en su boca cada breves instantes y que solo se abre para cantar canciones en voz baja mientras apunta distraídamente las letras de la música sobre los renglones de su agenda.


Qué sonrojo más especial el suyo al ser halagada.



Y qué mirada más dulce empañada únicamente por la habitual tristeza que muchos no saben consolar.







viernes, 15 de junio de 2012

Inarticulada muñequita nívea

Qué ojitos tan bonitos los de la muñeca de inmaculada piel nevada cuando sus cejitas se alzaban para sonreírme cuando hacía algo bien.

Porque me dice hola entre susurros cuando me levanto por la mañana y sólo yo sé que ella es quién me lo dice... carita redonda de ojos de cristal que me murmura lo imposible instalando el terror en mi pequeña cabecita vacía. 

Mi nombre en su boca inmóvil es espíritu extinguido hace años, pero su mirada en fuego sobre mi columna aún sigue clavada cuando me doy la vuelta y sé que su mente maquiavélica me sigue allá por donde voy, y por la crujiente madera del pasillo su alma de dientes de sangre me persigue... 

Qué inocente carita la suya, de pocas pulgadas de altura, pupilas dulces y tremendamente acarameladas y empapadas de infancia... Coloreados de rojo, sé que esos labios serán los primeros en desangrarme. 

Sabía muy bien que sus delicadas manos podían agarrarme repentinamente y llevarme, llevarme de mi casa para hacerme llorar, y perseguirme por pasillos altos como Iglesias y de suelos transparentes como el cristal sobre la nada, oscuro como la boca de lobo, oyendo su risa a mi espalda. 

La risa de una adulta en los labios de una muñeca de porcelana. 


(Años después me despierto con la obvia y lógica certeza de que todo es mentira y de que la ingenua e inarticulada muñequita nívea que descansa sobre la madera de la estantería no es más que un trozo de porcelana moldeado).


(Pero tiene la mirada demasiado perdida en un horizonte inexistente... tanto que creo que un día se hartará de mirar a lo que no existe para mirarme a mí con esa sonrisa malvada y retorcida que de vez en cuando asolaba mis pesadillas infantiles).


(Y cuando eso ocurra... no lo aguantaré).






miércoles, 13 de junio de 2012

Iris y Rubén

Iris de azul por calles coloridas entre el gentío del mediodía. Iris desnudaba su alma a la confianza y esperaba por ello ser correspondida. Su mente era frágil y delicada, y solía volar por las nubes buscando esa misma confianza que, realmente, pocas veces solía encontrar. 

Solía llorar por las noches bajo las sábanas suaves, y bajo el resplandor de la ventana se dejaba llevar por causas sin sentido, rota de dolor ante emociones fútiles... sensible y delicada como una flor de invernadero ante el mundo desalmado que a menudo solía desbordarla. 

Rubén sonreía fuera de la comprensión ajena, porque no pensaba necesitar nada que no fuera la continua broma a la que una y otra vez sometía a su propia vida. 

Vivía en una burbuja de paredes brillantes y transparentes, hermosas que reflejaban el arcoiris de la vida. Veía a través de su burbuja y no sabía que existía. Porque su vida rotaba en constante primavera, y al no necesitar la comprensión ajena, nunca se le ocurrió que alguien pudiera ansiarla. 


Rubén e Iris se sonreían a miles de kilómetros, hablaban, se reían. Ambos se contaban sus días. Ella se emocionaba cuando de sus labios salía una palabra cariñosa. Los pétalos de esa pequeña flor se habrían ante el sol que creía tener ante sus ojos.

Un día, Iris se sumió en las desesperación más profunda jamás imaginada. Su frágil primavera que quebró en trozos insignificantes. Esa frágil y efímera primavera había volado y dejado a su paso la desesperación más profunda, el dolor más amplio en el corazón de una niña que solo quería ser feliz. 

Buscando ampararse en la alegría de Rubén, Iris se acogió a sus brazos jocosos, esperando que su continuo jolgorio pudiera reparar las consecuencias que su alma había sufrido, buscando la comprensión en su verde mirada y su pelo revuelto, buscando...

...buscando algo que no existía. 


Quitándole importancia a su desgracia, apartando con la mano lo que para él parecía una molestia, rehuyó sus penas convirtiéndolas en bromas. 

Iris le siguió el juego. Porque jamás pudo asumir que no existiera en él una parte sensible, jamás entendió que su burbuja aún flotaba entre los vientos del destino, pero que a su vez que le protegía del mismo. Rubén no entendía sus sentimientos, porque la pena para él no existía, y se había convertido en una molestia cuando alguien le hablaba de ello. 

Lo que Rubén no entiende es la cara rota y desconcertada de Iris, sus indirectas al aire, sus penas susurradas cerca de su oído, pero no en el mismo oído; sus intentos de que reaccione ante su realidad, de que se dé cuenta de que ella le necesita, y que le destroza el alma saber que nunca sabrá lo que para Rubén significa Iris. 

¿Acompañante?

¿Quiere pasar el tiempo con ella y luego desaparecer?

O tal vez no busca nada... ni siquiera piensa en ella.

Tampoco sabe que en un futuro su burbuja explotará, y ese muro de suave líquido maravilloso que le teñía el mundo de un color que no era el real desaparecerá entre los pedazos igualmente rotos de un sueño quebrado por las circunstancias. 


Y aunque a Iris le pese en el orgullo, ella sabe que cuando eso ocurra, va a estar bajo el jabón sucio y las cenizas de su vida incinerada, preparada para coger a Rubén en sus brazos vacilantes y seguros a la vez cuando él necesite su comprensión. 

Seguro que ella jamás convertirá sus penas en bromas.








martes, 12 de junio de 2012

Guarda tus mentiras bajo la alfombra del salón

La muñeca cruzada sobre el pecho detrás del puño cerrado con fuerza, y tensada con la fuerza de quién sabe lo que le espera. Le busco alas a mi espalda y no encuentro más que las costillas. Y desesperada por pulsar el botón inexistente que desconecte mis orejas y las deje caer al suelo, porque igualmente escucho las palabras que flotan en el aire surgidas de tu maldita boca endemoniada. Rebuscas en tu mente la frase más adecuada para tan solemne momento, tu saliva ponzoñosa no puede aguardar más para salir. Y tus palabras envenenadas descolocan mi mundo y me impiden hablar. 

Y tienes esa pinta de niño pequeño, de no enterarte de nada, de rabiar por las cosas más nimias, de impartir inmadurez cuando deberías derrochar lo contrario... 

No dices nada entre tanta palabra.

Tus labios solo sueltan basura, ironías sin sentido, palabras estúpidas, y buscas el afecto de la forma más patética inimaginable. 

Mientras tú dices eso, yo callo, consciente de que cualquier palabra puede costarme cara; mientras que tú dices eso yo me muerdo los labios y los hago sangrar. Porque quiero gritar que te calles y te vayas, huir de ese pequeño infierno que debería haber sido nido de la victoria, y en vez de eso tu presencia me hizo rechinar los dientes con un odio que no había sentido antes. 

Me pregunto qué cosas sabes tú, cuantas veces has llevado a la práctica lo que dices defender con tanta pasión, y si tus discursos mezclados con risas en medio del jolgorio sirven para algo más que para disfrazar lo que realmente eres. 

Cállate y deja vivir. Porque he oído tus palabras y luego he visto tus acciones, y ninguna de ellas es tan similar a la otra como un día dijiste que serían. 


Así que cierra la boca y guárdate tus mentiras de niño pequeño bajo la alfombra del salón. 


A lo mejor ahí nadie las encuentra.




martes, 5 de junio de 2012

Querido plato roto

Querido plato roto:

Te digo que podrías tomarme como loca sin un mero reproche por mi parte en cuanto te diga que tu superficie irisada en mis manos no es más que metáfora cada vez que te sujeto.

Si te digo que adoro el momento en el que te resbalas de entre las palmas de mis manos y caes al suelo rompiéndote en mil pedazos... ¿qué pensarás? Con razón podrás mirarme con el recelo del que se sabe en peligro pues tu sufrimiento es mi pasatiempo. 

No niego que cuando caes y estallas, y el suelo se vuelve blanco de tus pedazos, y las flores azules que enmarcaban en bello dibujo tus bordes ondulados quedan esparcidas por las losas del suelo rotas a la mitad y despojadas cruelmente de sus pétalos, sonrío. 

¿Sabes por qué sonrío? No es por tu sufrir en la caída hacia tu perdición, ni por las hermosas flores deshojadas. Sonrío cuando miro al suelo y tus pedazos han quedado rotos de tal manera que los más grandes tienen en sus bordes las caras tan suaves que tocarlas, aún a riesgo de hacerme daño, me fascina por la suave peligrosidad hipnótica de la misma. 

Otros más medianos hienden el suelo como agujas de plata afiladas como dagas, brillantes como el marfil. Y los más pequeños cubren las baldosas de polvo fino y blanco como si la nieve pudiera molerse y esparcirse por entre mis pies descalzos. 

Admito que ante el espectáculo de tu derrota puedo sonreír embelesada, acercarme a ti y coger con cuidado un trozo con sus aristas perfectas brillando al sol del mediodía y admirar el resultado de tu pena y tu muerte.


Entonces, y solo entonces, alzo la mano al sentir una punzada de dolor, porque una aguja de porcelana, rota de dolor y de pena, se ha hendido en la palma de mi mano, haciéndola sangrar.


Comprenderás entonces, querido plato roto, dónde queda la metáfora de las debilidades humanas en las que tan frecuentemente tú yo y cualquiera hemos caído sin reparar en las consecuencias.