lunes, 18 de noviembre de 2013

Maldito nombre abstracto

Perdona, perdona, perdona, sé que ahí había algo, cualquier cosa, un pensamiento, una vaga ilusión pequeña y antigua (¿te acuerdas?). Puedo intuir que aún guardabas algo dentro, y que no habrías negado una oportunidad a lo que el tiempo creó para acabar uniendo.

Espera. Dios mío.

Pero qué escandalosamente simple soy. 


Lo siento, pero ya no creo en ti, nombre abstracto, figura sin formar a través de los siglos. Dicen los entendidos que inflamas corazones y que elevas pensamientos, que satisfaces las pasiones y haces cabalgar las sonrisas más reticentes en los rostros más ácidos y tal vez hasta carcomidos por el odio o la impasibilidad.

Dicen muchos que sin ti no somos nada, que eres eterno, que nos tienes atados de pies y manos condenados a soportar tu placentera presencia. Dicen que nos torturas con el agrio almíbar de tus emociones confusas, y que resulta una tortura agradable, hermosa, amable.

Aún y con todo ello, en su mayoría dicen amarte, adorarte, dispuestos a ser tus esclavos, a ser quemados por ese fuego celebérrimo que dicen que siente todo aquel que te experimenta.

¡Están dispuestos a todo por ti! -observo con horror. Me retiro, asustada, mugrienta por tu falta, sola. Están dispuestos a dejarlo todo, a romperlo todo, sus vidas, su corazón, por ti, maldito nombre abstracto.


¿Pero es que no ven acaso la otra cara, el doble filo, la traición oculta tras el velo rosado?

¿Es que no ven que todo en ti es finito, mudable, alterable? ¿Es que no ven lo caprichoso de tu naturaleza, que cuando te vas dejas un hueco inmenso y no te molestas en mirar atrás? ¿Es que no ven tu carácter depredador, tu faceta hambrienta de corazones secos ya de tanto amar en vano?

No sé si es realmente así, o si ya desvarío e invento. Pero tengo miedo. Miedo de que el maldito nombre abstracto pueda surgir entre tú y yo y nos arruine la vida. Tengo miedo de acabar maldiciéndote y quedarme sola después de habértelo entregado todo, de haber mecido mis emociones en tus brazos y luego me los retires. Tengo miedo de terminar odiándote y sin embargo ligada a ti para siempre. Tengo miedo de lo que puede suponer a largo plazo el odioso nombre abstracto. Tengo miedo de gritar.


Perdona, perdona, perdona, sé que no es justo. Pero tengo miedo de acabar así, con el maldito nombre abstracto convertido en odio, o decepción, o en una triste y pobre vida arruinada para siempre...

Ojalá pudieras demostrarme que mi temido nombre abstracto existe de verdad.

Y aún así aprecio demasiado lo que pudiera conseguir.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

Ya no bailan

Ya no es posible más. Dos no bailan, juegan, ríen, lloran, se entienden, si uno no quiere. Una calla y espera, sobre todo calla ante las ocasiones arrebatadas, ante las frases cortadas, las opiniones arrancadas. Una se calla y sonríe y ríe cuando la otra parte lo necesita, cuando precisa alguien que le ría o que aguante las parrafadas incansables. Una se aguanta, porque el querer y la amistad priman y la situación así lo requiere. 

Después de tantos años, malditos silencios a tu incansable favor fugaz y repentino, que luego olvidabas, que nada jamás importa, todo lo olvidas en tu maravillosa mente fantásticamente vacía. Ni tan siquiera un hálito de gracias tardías, ni un reconocimiento febril en el lecho de muerte de tu empatía ya extinta.

Mírale como habla. Antes era un turno y un consuelo, primero su voz, luego la mía, una conversación cambiante y cortés de impresiones mutuas reales. Se entendía como un desfogue, ni siquiera había que comprender –la simple escucha atenta y leal bastaba–, era un pilar de ayuda y una muestra de confianza absoluta. 

Pero un día miras y dices: pero si ya no está, ha huido como tantos otros: soltando estupideces ciegas por la boca antes anegada de versos sin rima. Resulta tan distinto y tan descorazonador. Se han llevado a aquella alma solitaria al país de la obcecación cobarde y necia y te ha dejado aún más sola que antes, más vacía y más callada, –porque unos de los pocos oídos que antes se rebajaban a prestarte servicio, ahora tan solo se escuchan así mismos–.

Y lo notas por la retahíla de palabras inútiles: tanto como se podría contar, tanto de lo que hablar y ya no hay nada, solo un monólogo desgraciado y fútil, transformado en escarcha para mis oídos, desvaído y febril. 


Yo, en el fondo, lo entiendo. Es tan fácil perderse. Hay demasiados discursos convincentes, y siempre se siente la necesidad apremiante de agarrarse a algo y manifestar una opinión continuada y fuertemente machacada, para demostrar al mundo –¡catástrofe de masas!- y sobre todo a uno mismo que no se está solo en un planteamiento –lo cual siempre resulta descorazonador–, además de exteriorizar la seguridad y la determinación de cualquier líder estereotipado.

Yo, lo siento, no soy capaz. Tendré que quedarme en este mundo yo sola, tecleando en soledad.

PD.: Jamás te negaría un regreso. Es difícil encontrar cosas así. Aún así es una pena, este distanciamiento cansino y pueril. Pero ya lo entenderás.



martes, 27 de agosto de 2013

Pereza vital

Me han dicho tantas cosas y he hablado tanto, que solo de pensar en todo lo que me queda por comentar, por discutir, defender, departir, escuchar, aconsejar e incluso lisonjear y amenazar a quien fuera pertinente me canso ya de antemano y quisiera dormir hasta saltar toda mi vida futura como en un rápido y abrumador sueño exasperante cuyo único fin es depositarme ante las laboriosas puertas de la muerte.

Me frustro, sin embargo, aún sabiendo que tanto vericueto y tanta andanza inútil son necesarios para llegar a algún lugar más allá de lo cognoscible, o simplemente para abandonar este mundo –malcriado y mal aprovechado– lo cual ya de por sí podría resultar premio suficiente para tanto sufrimiento fútil e incansable, ridículo y mezquino.

Por eso me da por pensar en lo joven que soy y en tanto como me queda por vivir –dando por hecho, aunque no tendría por qué, que no fuera a atropellarme mañana un autobús despistado o (ya ves tú qué diferencia) un meteorito malparado– y en base a estas cavilaciones me consumo de impaciencia sabiendo que mi vida no será muy distinta que la de cualquier otra persona –viva dónde y cómo viva, es indiferente, todos callan y todos sufren: los pueriles, los ignorantes, los simples y más aún los más pensativos, callados y cultivados–.


Voy a vivir tantas desilusiones, desamparos, decepciones, alegrías y arrebatos como el más común de los mortales, y lo máximo a lo que yo o cualquiera podremos aspirar jamás será a conseguir algún logro lo suficientemente significativo como para que se nos recuerde durante un tiempo –es como comprar un aplazamiento en la memoria del mundo, un poco de tiempo más para perdurar–, y luego –sin duda– morir entre las ruinas de un olvido ilustre pero tan constante como otro menos selecto pero igualmente eficaz. 


Es la vida, el mundo, nosotros, conceptos tan inexorablemente absurdos. ¡Ninguno sirve para nada! El final no es más que el mismo círculo vicioso de siempre. Pero ya cansa. 

Miro todo el camino que me queda por recorrer, y quisiera sentarme en un lado del camino... y allí quedarme. Sin más. 


Tal vez no sea más que pereza vital.



lunes, 5 de agosto de 2013

Lo siento y gracias, profesor

Lo siento y gracias. Más no sé decir, o no puedo, o resultaría excesivo y me iría por las ramas, como siempre. No puedo, en cambio, quedarme aquí en una frase y cuatro palabras por muy auténtico que fuera su significado (que lo es), porque aquí hablamos, precisamente, de la literatura y el valor de lo escrito y hasta cuán lejos puede llegar ese valor sin ayuda, él solo y desdeñando todo aquello que lo retiene, que lo araña y lo desgarra. 

Así pues, hablemos. Expliquemos. Y vayámonos por las ramas en la explicación de lo inexplicable.

Lo siento va más allá de una simple fórmula de cortesía: yo lo siento de verdad, en el sentido exacto y conciso de la frase (con su sujeto omitido respectivo y un entrañable complemento indirecto -¿o tal vez es directo? Apostaré a que es indirecto, mas si fallo tampoco sería ninguna sorpresa-) porque más allá de una presencia puntual cuando se requiriera en el horario, era usted alguien distinto, un profesor que se salía del carril, por decirlo así, pero también deseaba salirse de ese carril. ¿Cómo explicarlo? Deseaba usted ser un recuerdo sobresaliente en nuestras mentes futuras, provocado por sus rarezas y virtudes salidas del estereotipo. Le comprendo muy bien. Había de haber, seguro, mucha soledad allá por sus pensamientos, pero una soledad resignada, como asumida por una vida elegida de palabras reivindicadas de cara a quien no entendía o simplemente no sabía. 

También explicaré el gracias, ya sin verbos ni complementos, por la poesía y por los libros, y por tantas palabras con sentido, acertadas donde las haya, por tantas rimas y tantísimos versos que conmovieron mi alma con metáforas extraordinarias y frases geniales... La Sonatina de Rubén Darío (con ella aprendí a leer), podría haberla leído miles de veces, fascinada por todo aquel cúmulo de letras tan genialmente dispuestas. Siempre me supe de memoria aquel precioso poema. Desde niña. 

Así que sí, profesor, recordaré aquellas clases probablemente como pocas. ¿La razón? Una mezcla de actitudes, de discursos, de poemas. 

Muchas gracias (creo que usted fue el único que dijo: si te gusta, hazlo, es tu futuro. Y eso no se olvida. Aunque probablemente no lo vaya a hacer.)


martes, 11 de junio de 2013

Huella

Vuelve la sombra cierta y cobarde, agobiante, de lo que en otro tiempo fue certeza física a mis espaldas, palabras y movimientos sonrientes bajo el resguardo de una mayoría creciente y aburrida, monótona y voraz, muerta de ansia sobre aquellas tristes demostraciones de un juicio velado y despreocupado, cambiante, cruel en ocasiones.

¡A veces dudo por tu culpa, me revuelco en mis indecisiones, cambio! Y podría haber sido otro blanco aquel que señalaban tus letras, tus frases desordenadas. 

Podría yo haber quedado al margen y hacer olvidar lo que nunca correspondió a esta mente retorcida y singular, o simple y mayoritaria, pero propia y por tanto sensible a mis lágrimas, a tus índices acusatorios -dirigidos hacia un mar embravecido donde muchos residimos y por tanto todos nos damos por aludidos. 

Y tú y tus intrigas danzantes eran tan seguras y tan acertadas que igualmente me hundí en aquel pozo mío de inmundicias apagadas adonde me arrojaste, ente cruel. Tú y mi estilo fuisteis almas engendradas en opuestos y antagónicos puntos del lugar donde moran las personalidades nonatas. Y el tuyo fuerte y angosto dobló lo que fue creado para romperse, para quebrar. 

AHORA SOY CIEGA Y ME DETENGO.

He perdido la ilusión fuerte y valiente que me guiaba allá por donde iba, ahora estoy muerta y perdida sin fuerza ni razón, y sigo allá a quien dice tener razón por no tener yo fuerzas para razonar sus argumentos. SOY UN DESPOJO PORQUE TÚ SIN RAZÓN ROMPISTE LO QUE ERA MÍO.

Arrollabas por el mundo lo que se te ponía ante tu cuerpo atronador, todo lo querías bajo tus pies, bajo tus garras, juzgando, apisonando y dejando atrás a quienes como yo abrazamos al silencio y nos escondemos huyendo de un tornado tan fuerte que lo arrastra todo, que no deja razonar porque lleva a temer ser inferior. Todos tenían que seguirte. Y yo tenía que ser hundida.


Pero esto no quedará así. No se suprime el orgullo feroz y aquella ambición que en otros tiempos me llevó a querer ser mejor y a superarme, porque esos son las virtudes que prevalecen y que de ti me guardan, aunque menguadas y a la espera de una llama que las reviva, porque ahora agonizan como únicas supervivientes de una guerra cuyas principales víctimas fueron todos mis sueños y la fuerza necesaria para llevarlos a cabo.

Sí. DEJARÉ MI HUELLA EN EL MUNDO. Y si no soy capaz de ello, tú irás detrás de mí y tampoco lo lograrás, porque reivindicaré lo que el mundo me niega por ser tan cortos -"azogues, almas cortas"- y tan ciegos y tan débiles.

¿Crees que no? Ahora empiezan tus juicios, tus mentiras multicolores. Tus palabras atropelladas, esa facilidad tan grande para decir las cosas con tanta seguridad.

Como si supieras. Como si supiéramos.

Pero aquella promesa... la pienso llevar a cabo como si en ello me fuera la vida, Y DEJARÉ UNA HUELLA MUCHO MAYOR DE LA QUE JAMÁS IMAGINASTE.


Sí. Con la rabia se es capaz de llegar lejos. Y lo siento. Pero es así.