lunes, 25 de marzo de 2013

Ciegos hasta la muerte

No sé cuáles serán los pasos que me harán querer morir, ni cuáles los errores que me harán desear volver a un pasado certero donde la calma predominaba y aquel error, gran error, no existía.

Solo sé que camino hacia ellos sin poder detenerme (la vida me remolca y me doblega), porque no sé cuáles son, no sé si existen (bueno, eso puedo adivinarlo: ¿quién es capaz de andar por la vida sin sobresaltos, sin caer, sin fallar cuando menos se espera? Es, creo yo, inherente a nosotros), ni cuándo tendrán a bien asaltarme en emboscada, y destrozarme la vida por mi culpa, por mi propia culpa. Porque yo los creé: ¡son míos mis equívocos! Son por mi causa, por mi vida, por mi alma, por mis descuidos, por mi mente infiel al orden. 

Ay, Dios mío, ojalá supiera qué ocurrirá. ¿Somos libres? ¿Puedo yo saber mi destino? No se me da, no, lo establezco yo involuntariamente, y por mí y por mi alma, por mi forma de pensar, solo hay un futuro, uno solo, el que yo engendro por mis obras.

Nuestro sino es determinado... ¡determinado por nosotros mismos! En una circunstancia concreta... ¡solo podremos actuar de una manera, la que nos marca nuestro ser, la que acabaremos haciendo! Y dudaremos, lloraremos, nos debatiremos, querremos morir... ¡pero eso forma parte de nuestra reacción al dilema! 

Nuestra vida está escrita por el mundo. Nosotros guiamos sin saberlo la tinta que plasmó el texto de nuestro destino con la identidad que nos hace ser nosotros. Y esa libertad que nos permite elegir al mismo tiempo nos esclaviza. Porque somos presa inevitable y sumisa de nuestros actos futuros. La vida nos arrastrará y nosotros elegiremos... pero todo tiene un sentido y un orden, y el tiempo que nos lleva pasando sin cesar no es más que nuestra percepción. ¡Nuestra simple percepción! Qué ciegos estamos. Conforme pasan los días, menos sentido le veo al mundo, a la vida, al sentido. Y por los siglos que pasen, por los años, los segundos, pasados y futuros, siempre será así. Seremos siempre ciegos hasta la muerte, y nuestras palabras (estas palabras) serán vanas y estúpidas, invidentes hasta el fin de nuestros días, y ni siquiera podemos asegurar que entonces se nos desvele la verdad.

¡Y se nos dio la consciencia de estar vivos y de saber sentir, y de querer conocer, pero se nos negó la posibilidad de poder saber porqué...!

¡Somos una mezcolanza de niños ciegos y tullidos en un campo muy grande y muy verde que no se nos permite gozar hasta que alguien pueda curarnos! (Porque solo podemos tocarlo, y apenas explorarlo con las manos, pero no lo vemos, ni lo recorremos, ni lo sentimos, y por tanto no podemos amarlo).

(Pero ¿ese alguien que puede curar y liberar existe, o estamos solos de verdad en esta belleza verde y azul que es nuestro campo tan solo supuesto y largamente anhelado, dulce y a la vez amargo...?).



jueves, 7 de marzo de 2013

Reina de la broza (Extracto de un relato)

    Ellos son como la broza: son frágiles, volátiles, inestables. Podridos. Son como esos montones descompuestos de hojas húmedas sobre la tierra de los campos. Pueden quebrarse en cualquier momento, pueden volar sin saber adónde van. Son vulnerables, vacilantes, menudos. Se quiebran al tocarlos. Hay que manejarlos con cuidado. Son como niños sin inocencia. No saben nada, hay que enseñárselo, pero tienen malicia, perversión.

    Ellos son la broza y yo soy su jefa, yo les guío. Son una masa lacrimosa de hombres y mujeres ruinosos de cuerpo y alma que anhelan seguir a alguien que diga tener ideales a los que puedan amoldarse, porque a ellos ya no les queda nada, nada, nada. Están huecos, perdidos, no piensan, no razonan, no comprenden. Hay que enseñárselo. El bien y el mal, y para qué sirven las caricias y los puñetazos. Lo han olvidado todo.

    Y yo, yo soy la peor. Soy una aberrante deleznable y despreciable, tan ruinosa y malvada como ellos, soy una paria y un amasijo de locura incierta que me hace dar y giros y giros sobre un punto precario que en realidad no existe. ¡Pero, ah, soy fuerte! Y por eso me siguen, y yo deseo guiarlos, porque los veo desechos y sin vida ni razones, y pienso que yo podría ayudarles y decirles las verdades, las palabras que exaltarían sus corazones y crearían en ellos esperanzas. Ellos me adoran. Soy su reina y ellos mi corte fiel. La reina de la chusma, de la broza. Son mi séquito vestido de harapos, con guijarros engarzados en el pelo, con pétalos marchitos en sus brazos para señalar mi camino. No sé de donde vienen porque son desmemoriados, pero me rinden pleitesía y veneran mi rostro enjuto y mis formas difuminadas e imperceptibles tras los andrajos grasientos que antaño fueron blancos. Ya ni me acuerdo de eso.

    Vagamos fortuitos por el mundo y nadie desea acogernos. Somos gentuza. Y yo soy la dueña de esa muchedumbre mansa y a la vez violenta a la que nadie quiere en sus casas, ni en sus calles, ni en sus países. Y me siento orgullosa de que me sigan a mí y a nadie más estas almas bárbaras y mugrientas, almas marrones y polvorientas. Me río en la cara de quién se cruce de acera al verlos. Somos una familia sin nombre ni origen ni educación. No somos nada. Ni nadie.