lunes, 30 de abril de 2012

Let's run away

Vamos a correr lejos de aquí. Te camuflaré esta petición de huida en un papel bajo tu estuche, en una piedra bajo las flores de tu balcón. La sellaré en mis ojos bajo mis párpados para que al mirarme lo comprendas y lo aceptes. En tinta negra sobre la superficie del agua, y un segundo antes de que se disuelva podrás leer las letras vacilando sobre las profundidades.

Lo leerás y vacilarás ante la duda. Entonces te llegará otro mensaje, otra frase, la misma de antes, estampada en los labios del olvido, mirarás a tu alrededor harto de las mismas fotocopias que pueblan tu mundo y querrás correr. Querrás correr tan lejos que te asustarás y caerás entre las flores con tu nombre.

Pensarás en mí y me darás la mano. Más bien la tenderás al cielo, porque en ese momento te sentirás solo y no sabrás que en todo momento yo estuve allí. ¡Pero no importa! Cuando caigas, yo te daré la mano.

Te aseguro que en ese momento seremos libres. Siempre de la mano, podremos correr hacia donde queramos, porque el mundo será nuestro y tú apenas acabarás de darte cuenta. Yo intentaré que entiendas lo espantosamente hermoso que es todo lo que nos rodea. Tú poco a poco irás comprendiendo el porqué del nombre de cada flor, y amarás las cortezas de los árboles cuando te acerques a uno y lo abraces así, sin más, cuando todo lo demás ya no importe y la aspereza de su corteza sea tu único consuelo.

Yo estaré allí en todo momento, cuando surquemos las playas de olas bravas que salpiquen tu rostro fascinado al pasar. Y estaré allí cuando caigas en la arena y no te puedas levantar.


En todo momento, rodeados de tiernas hojas verdes que nos acaricien nuestras manos entrelazadas, en lo alto de un acantilado, mirando al horizonte, los kilómetros de mar que nos envuelvan, las nubes teñidas de naranja y el sol a punto de decirnos adiós hasta un nuevo día... yo estaré ahí.


¡Pero no podemos estar quietos! Huiremos de la rutina para que jamás nos aburramos. Aprenderemos tantas cosas que tendremos que aprender otras para olvidar las anteriores. Cada noche al caer el sol nos reiremos tanto que acabaremos retozando como niños entre la hierba, y nos abrazaremos con ternura así, como quien no quiere la cosa.



En algún momento podrás pensar que estás lejos de tu mundo, pero yo me encargo de asegurarte que ese es el mundo.




viernes, 27 de abril de 2012

Carta al chico de los ojos marrones

Estimado chico de ojos marrones:

Perdido entre el polvo de la calle, no me dejaste seguir en ella. Andando entre los coches, las llantas oxidadas y los adoquines ardiendo con el sol de la tarde, volaste hacia la calle que tuerce a tu izquierda y yo anclada en el pasado de la calle de atrás.

Mordiendo las carteleras desconchadas en las fachadas, acariciando el graffiti descuidado sobre la pintura de las casas, corriendo como el viento y buscando tus huellas entre las basuras que pueblan el suelo. Buscando tus ojos en el horizonte que no existe, porque ha sido eclipsado por una farola de descomunales proporciones que ha decidido ser la barrera entre sus ojos y los míos.

Perdido entre los lloros de la gente sin escrúpulos, hecho escapar tu sonrisa con las otras falsas y usuales, abrigado en una certeza insana... vas a ser el ser más querido entre las olas, el más ansiado bajo la lluvia, los ojos más profundos donde nadar hasta tu alma.

El marrón de las hojas trituradas bajo los pies sin corazón, el chocolate caliente de las noches de invierno frente a la chimenea, de crepitante fuego saltando una y otra vez sobre mi espíritu henchido de sueños. Y las miles de imágenes que ruedan alborotando sin sentido, incoherentemente, una y otra vez, girando en continuo e incesante movimiento como la atracción de una feria en pleno hervor de los gritos de la gente.

Las luces que pueblan mi corazón no son otras que los temblores agitados que surgen sin control.

Busco tu mirada en los pasillos mientras ando, y no encuentro sino risas que no surgen de tus labios.




Adiós, chico de los ojos marrones...


(Aún busco tus huellas entre la basura de las calles...)







martes, 24 de abril de 2012

Odiamos las flores que surgen tras los espinos


Qué almas más enrevesadas las nuestras que sufrimos por el bien ajeno y morimos al no ser el nuestro suficiente.

Herimos corazones y rebajamos las esperanzas de la persona en quien más confiamos por destrozar la ínfima felicidad que han alcanzado.

Miramos sus ojos con rabia cuando atisbamos en sus vidas un leve suceso que nos eclipse. Ansiamos ser aquello que todos los ojos miren, que ocupe todas las mentes de la gente.

Somos tan felices... cuando conseguimos una etapa del camino, cuando damos a conocer lo que en realidad llevamos dentro. Tendemos la mano con alegría, amamos con ganas y corremos como niños rodando por los pétalos rojos de la fama. Elevamos la comisura de nuestros labios ansiando que vean nuestra sonrisa.

Habrá alguien que se muerda las uñas entre las sombras, que te odie por los méritos, que rezume rabia por todos los poros de su piel, escupiendo ponzoña por su lengua viperina.


Todos hemos sido alguna vez la bestia entre las sombras, el monstruo dominado por la envidia, el aguafiestas de las ilusiones ajenas, la roja sangre tiñendo con ganas el polvo de la estrella.
El defecto de la envidia puede incluso ser virtud al convertirse en sana competitividad, pero a su vez en horror al alcanzar tan fácilmente como solemos los límites de la humanidad, que tan constante y habitualmente traspasamos.


Nos enredamos con las ramas del camino.

Tropezamos con las raíces del destino.

Odiamos las flores que surgen tras los espinos.

Matamos los olores que nos acarician al pasar el viento.





jueves, 12 de abril de 2012

Tanta tristeza duele, pero tanto dolor me vuelve triste

Es muy, muy de noche, y el ónice pulido del cielo apenas tiene imperfecciones, tan solo estrellas reluciendo orgullosas de su eterna y bella inmovilidad.

Crepúsculo cerrado, cuando la luna nueva brilla por su ausencia, la negrura se traga tu alma y el silencio es tan sobrecogedor que te sientes muda en la inmensidad.

Eres pequeña. No eres nada. Un átomo en el universo. Apenas se puede decir que existes. Y la tristeza habla por ti, tu alma llora, giras el cuello hacia el cielo esperando ver belleza y solo ves una grandeza tan enorme que hace empequeñecer. Quieres acurrucarte en el suelo, junto a una pared, abrazarte las rodillas y mirar al cercano suelo.

Pequeñas serpientes de agua por tu rostro, bañándolo en lágrimas. No hay más que soledad, porque te giras y no hay nada.

Apenas eres una humana. Humanos, reyes de la creación, seres con pensamientos propios, emperadores indiscutibles de la tierra. Reímos y amamos por razones que no son instintivas. Amamos con fuerza, agarrándonos a donde podemos. Besamos labios con la pasión de un huracán y sollozamos con la grandeza de un desierto.

Destruimos el planeta con nuestros errores, matamos y teñimos de sangre nuestra alma, nos entregamos a cualquiera y nos reímos de los demás.

Humanos que nos abrazamos sin manos.

Somos tan ínfimos que nuestro juego de poder no es nada.


Al comprender todo eso, en un mísero segundo mientras admiras la bóveda celeste, romper a llorar por todo lo que acabas de entender, porque no eres nada y lo eres todo, por todos los grandísimos errores que cometemos vez tras vez, porque para nosotros las consecuencias son algo nulo y sin significado, que se puede afrontar más tarde con tal de hacer cualquier cosa hoy.

Vuélvete triste, por favor. Llora si tienes el corazón lo suficientemente grande. Desespérate en la inmensa oscuridad de la noche. Que te duela. Que comprendas todo. Todo. Que te arrepientas.

Si has sentido todo eso, vuelve a mirar las estrellas. Seguro que ya no te guardarán ningún rencor.


Y poco a poco podrás despojarte de tu dolor y tu tristeza.

lunes, 9 de abril de 2012

Toda esta mierda es ridícula

Mira a tu alrededor, y serás golpeado por una maraña perfectamente controlada de luces multicolores que tratan de atraer tu atención, de cuerpos perfectos, labios sonrosados, de músculos en un rostro hermoso, de productos invencibles, de ilusoria magia que al tocarla desaparece y no te deja nada, nada, nada.
Cuando andas por la calle eres presa de la sociedad que ejerce sobre ti la presión más grande jamás existente: tratas de estar guapa y sigues los cánones de la belleza, enseñando muslos y enseñando tetas, con gafas de aviador y el pelo liso hasta la mitad de la espalda. Te sientes guapa porque alguien, en algún momento, disparó la bomba de esa moda, de la misma forma que te sentirías tremendamente ridícula llevando algo a la moda de los 80.
Las luces de neón sobre tu cabeza, en un guirigay inmenso de publicidad absorbente que trata de pintarte la vida de una manera ideal, que caigas en la trampa.

Te manipulan, una y otra vez, solo eres lo que un puñado de personas quieren que seas, solo vistes como un puñado de personas han decidido que vas a vestir.

Te sientes increíblemente guay y provocativa con esa ropa tan "genial", pero lo que realmente pasa es que eres un títere que viste como millones de otros títeres, que no te atreves a llevar lo que realmente te gusta, aunque jamás lo hayas visto, porque temes quedar de excluida de esta mierda de sociedad.

Te vas a un botellón, el desmadre, el alcohol zumbando en tu cabeza, la boca seca, miles de fotos horribles, te enrollas con un tío que ni conoces, acabas hecha un desastre. En el fondo lo odias, pero... ¿y qué? Has quedado bien, estás por encima de los demás. Todo lo que no sea eso ha dejado de importar.

Sonríes encantado porque tienes seiscientos amigos en Tuenti, y lo que pasa realmente es que sus vidas y sus fotos, así como sus comentarios ("Sales wapísssima, tqq") te importan poco menos que una mierda, porque sus nombres en tu lista de amigos solo están ahí como en una exposición, solo sirven para que los demás los miren y te admiren. Y cuando lo pienses, verás que las personas que te interesan de verdad en tu Tuenti se pueden contar con los dedos de las manos. Y a los demás seiscientos, que les manden a la mierda.

No podrás admitir que la persona de la que estás enamorado te gusta por su sonrisa, por sus mejillas sonrosadas, por su hablar dulce o por ser diferente. Y si alguien te lo dice, no tendrás más remedio que reírte de él. Para quedar bien.



En definitiva, has acabado siendo algo que realmente no eres, un monstruo sin corazón ni cordura, una bestia reducida a instintos que no es capaz de admirar la belleza de un pétalo perdido en el viento, de un vestido de mariposas que vuele cuando la brisa decida hacerlo revolotear en torno a tu cintura. De apreciar lo que no está publicitado, ni promocionado, de la buena música olvidada y sepultada en una marea de publicidad y modernidad sin fin.


Siento decirlo, aunque ya deberías haberte dado cuenta, pero todos nosotros somos (unos más que otros) y TÚ también, unos niñatos ridículos, caprichosos y mimados.


Totalmente RIDÍCULO.