Había leído muchas cosas en muchos libros, libros devorados y consumidos por un hambre tremebunda. Pero el filtro que distinguía la utopías literarias de lo que puede ser real hacía tiempo que se había rasgado, y ahora todo entraba en su mente y se mezclaba, se revolvía como miles de agujas en miles de pajares. Había leído cosas preciosas sobre la amistad, y sabía de historias que narraban aventuras trepidantes o simples conversaciones a la luz de una hoguera... historias en las que las personas juraban su amistad y la sellaban con sonrisas y promesas de las de verdad, de las que se cumplen y se llevan en el corazón en todo momento, como una presencia constante.
Había leído historias de personas cuya vida era terrible, pero que contaban con el apoyo de una mirada atenta, un pensamiento preocupado, unas manos entrelazadas. Había leído cosas muy bellas susurradas al oído y canciones muy lentas bailadas al amanecer...
Había leído fantásticos ideales en los que nada importa salvo el amor y la amistad, dichos por personas que encaran el mundo con valentía. Personas que nunca están solas y que, cuando lo están, demuestran una fortaleza que te hace admirarlos. Pero, al final, siempre encuentran a alguien al final del camino. Un amigo. Un final feliz.
Pero el otro día, perdida entre las calles mugrientas de una ciudad que la rechazaba, andando sola sabiendo que nadie la esperaba, descubrió que todo eso era mentira, que en estas historias se miente y se inventa para no enfrentarse a la dura realidad que aguarda agazapada cruelmente tras las páginas.
El otro día descubrió que en la vida real las melenas no ondean al viento cinematográficamente, que el rubor no cubre románticamente las mejillas de una chica dulce y encantadora mientras sus ojos desprenden un brillo inocente y que unas miradas cruzadas por azar no dan lugar a un tortuoso amor imposible que abrasa por dentro con su fuego a quien se enamoró.
No.
Lo que pasa es que te despeinas, que la timidez provoca que todo el mundo pase de ti y que unas miradas cruzadas por azar... no son más que eso, miradas olvidadas al segundo.
Seamos realistas. La soledad embarga a más de uno y es un dolor invisible al que nadie presta atención. Ella lo sabe porque ya no cuenta con nadie y, a pesar de todo, no se deprime, no llora.
Ella sencillamente se resigna porque sabe que no puede obligar a nadie a quererla.
Pero a pesar de su aceptación, la tristeza nunca da tregua.
miércoles, 26 de marzo de 2014
sábado, 22 de febrero de 2014
El silencio selectivo
Cómo quisiera poder callar en determinados momentos sin que nadie cuestionara el por qué de esa manera tan superficial y rastrera, como para hacer ver su interés en realidad ausente. Cómo quisiera poder rendirme sin más a la tentación que me supone el silencio imprevisto ante ciertas cuestiones y conversaciones. Pero no puedo, y es que vosotros no me dejáis. No debo, sin embargo, quejarme, porque yo haría lo mismo. Una lengua atada de manera inesperada destapa sospechas, preocupaciones, intereses ajenos, curiosidad sin satisfacer. En este gran juego en el que todos participamos, el hablar es imprescindible y depende de lo que cuentes y como lo cuentes la visión que otros tendrán de ti.
Así, el silencio te hace parecer raro y extraño al principio, luego aburrido, finalmente invisible.
Así de injustos son los pensamientos con los que juzga la humanidad, e innegable es que las etiquetas y san benitos se colocan por masas y en conjunto, por unanimidad contagiosa y frívola, por aletargamiento del entendimiento complejo y activación de la simplicidad odiosa.
Así, me voy amoldando a vuestros gustos e intereses para no quedarme sola, e invento intrincadas excusas para rellenar los huecos que supone mi muralla y que no decaiga a vuestros ojos (que necesitan ser satisfechos al instante, no entienden de esperas ni de la paciencia o el silencio que supone la sinceridad de algunas amistades, las verdaderas). Pero cómo cansa esta farsa continua, el control absoluto de los gestos y las miradas, la conversación siempre constante para que tu interlocutor no se aburra, la seguridad marchita como una pantalla de humo para encubrir la soledad.
Si me callara cuando lo deseara (mi personal silencio selectivo) acabaría volviéndome invisible a los ojos del mundo y a la gente se le olvidaría que alguna vez pasé por sus vidas, aunque fuera durante un gran lapso de tiempo y llegara a haber amistad. Las personas olvidan pronto y forjan nuevas alianzas de manera continua, desechando las anteriores si no tienen nada nuevo que ofrecerles.
Es como vivir en una mentira que te salva de la marginación y a la vez te recluye a ella.
Así, me voy amoldando a vuestros gustos e intereses para no quedarme sola, e invento intrincadas excusas para rellenar los huecos que supone mi muralla y que no decaiga a vuestros ojos (que necesitan ser satisfechos al instante, no entienden de esperas ni de la paciencia o el silencio que supone la sinceridad de algunas amistades, las verdaderas). Pero cómo cansa esta farsa continua, el control absoluto de los gestos y las miradas, la conversación siempre constante para que tu interlocutor no se aburra, la seguridad marchita como una pantalla de humo para encubrir la soledad.
Si me callara cuando lo deseara (mi personal silencio selectivo) acabaría volviéndome invisible a los ojos del mundo y a la gente se le olvidaría que alguna vez pasé por sus vidas, aunque fuera durante un gran lapso de tiempo y llegara a haber amistad. Las personas olvidan pronto y forjan nuevas alianzas de manera continua, desechando las anteriores si no tienen nada nuevo que ofrecerles.
Es como vivir en una mentira que te salva de la marginación y a la vez te recluye a ella.
sábado, 8 de febrero de 2014
Condenada a la ruina
Solo me recomendáis caminos ya
trazados, esperanzas ya marchitas mucho antes de mi llegada. Siento como si
todos mis deseos ya hubieran sido antes suspirados por otros, como si todos mis
anhelos ya hubieran sido sopesados e intentados, como si mi vida
fuera una mezcla de otras vidas ya de por sí revueltas anteriormente, como si
mi existencia tuviera otras paralelas similares y tan infructuosas como la mía,
como si mis ambiciones no fueran más que un relevo muy manoseado, una herencia
menguante cuyo principal propietario se halla ya perdido en el polvo de los
milenios.
Solo me habláis de metas ya
alcanzadas, de caminos rápidos y seguros por donde caminar sin riesgo, de
maletas grandes donde poder meter toda mi prescindible vida, de mecanismos
fáciles que aletargan mis pasiones, de instrumentos fútiles para hacer sonar
una banda sonora ya rayada e insoportable.
Me habláis de una continuidad
aburrida y obvia, de una realidad soporífera y tentadora a partes iguales.
Me
habláis de sendas pintorescas, de interminables colas para llegar a donde todo
el mundo llega.
Me habláis de la impaciencia que
todo el mundo siente por llegar a un mismo sitio, de la esperanza que el mundo
deposita en unos procesos ya carcomidos.
Me habláis con entusiasmo de vuestro viejo puente mal construido. Me decís que yo también lo use. Que
atraviese esos caminos, que alcance esas metas ya logradas, que sienta
impaciencia por llegar a vuestras tristes salas de espera.
Me pedís que me muera habiendo
hecho lo que otros muchos ya han hecho, que siga la estela de otros tantos
millones de vivos sin sentido. Me pedís que me muera con una sonrisa en los
labios, como si tuviera que sentirme orgullosa de algo.
¿De qué me sirve a mí haber hecho
lo que otros ya consiguieron? ¿De qué me sirve alcanzar extremos ya
experimentados, si nada de lo que yo diga aportará jamás nada novedoso?
¿Qué gano yo siguiendo los pasos
inconclusos de un montón de almas en pena? ¿Qué gano dejándome llevar por lo
que otros ya conocen? ¿Acaso destacaré así en algo? ¿Acaso habré conseguido
algo? No. Nada.
Solo me habláis de otros. Queréis
convertirme en otra persona que anteriormente existió (o quizás aún
perviva), me centráis en unos ideales que otros en su momento elucubraron y que
muchos siguieron por lo maravilloso de los mismos.
Pero no puedo. No quiero llegar a donde otros ya
estuvieron, donde otros ya pisaron. El tiempo pasa y borra las huellas, pero
ese terreno ya fue visto, allanado, olido y experimentado. No quiero ser recordada (u olvidada) por haber estado compuesta de retales mal cosidos.
Qué proposición tan ambiciosa.
Estoy condenada a la ruina.
domingo, 2 de febrero de 2014
Sobre la seguridad que la mentira otorga
"No he querido saber, pero he sabido...". Así comienza "Corazón tan blanco", un libro de Javier Marías (uno de mis autores preferidos). No quiso, pero supo. Se le impuso por la fuerza (no física, sino tal vez moral o incluso visual, la fuerza del momento, la que resulta irremediable a todas luces). No tenía intención, pero se le contó. Y, a veces, pienso que se podría aplicar la fórmula contraria: no he querido contar, pero he contado...
Todos contamos demasiado, nos dejamos llevar por la embriaguez del momento, por la dulzura de saberse el centro de de una atención pasajera y poco aclamada (pero atención a fin de cuentas), de sentirse escuchado y percibir las ondas vibrantes de nuestra voz surcando una realidad en breve olvidada.
Lo damos todo por notar como el mundo se calla a nuestro alrededor para oírnos. Nuestro turno en los diálogos es usado hasta los extremos más desagradables, abusamos de él como si fuera a desaparecer y en ocasiones silenciamos el turno ajeno, lo anulamos o sería más exacto decir que lo relegamos, lo obviamos como si solo valiera el nuestro.
Lo damos todo por notar como el mundo se calla a nuestro alrededor para oírnos. Nuestro turno en los diálogos es usado hasta los extremos más desagradables, abusamos de él como si fuera a desaparecer y en ocasiones silenciamos el turno ajeno, lo anulamos o sería más exacto decir que lo relegamos, lo obviamos como si solo valiera el nuestro.
Nos puede el ansia por contarlo todo y demostrar que no estamos solos. Contar es una forma de ser escuchado, o por lo menos oído, y sentir que hay alguien al otro lado de nuestros versos sin rima y quizá sin sentido incluso. Contamos por contar y hablamos sin saber, olvidando luego lo que hemos dicho y enseguida volviendo a empezar nuestro caos vocal, nuestra insulsa charla sin ambición.
Y es que en realidad no nos importa lo que nos es contado, sino que entramos en una dinámica de poder y de atención, en la cual la forma de detallar lo que ningún interés tiene lo cambia todo, y quien queda fuera de ella queda fuera de todo, de las atenciones, de las miradas, de cualquier atractivo para el ojo ajeno. Nos volvemos invisibles si no hablamos o si lo hacemos poco, o si nuestra capacidad de ello se limita por el incontenible rubor, el rubor maldito que a todos nos ensombrece y nos margina, como perros apaleados sin capacidad de ladrar.
¡Pero es tan inútil! Jamás se cuenta absolutamente todo, sino que los detalles más ínfimos y a la vez más cautivadores quedan ocultos, incapaces de salir jamás a la luz de un día demasiado cruel y sobado por millones de personas tan solas como el resto.
Estamos solos y eso no se olvida, nos viene grabado a fuego en la carne más recóndita, la carne del alma que con frecuencia es desgarrada, dejando gotear la sangre de un dolor incierto cuya permanencia y agudeza nos vuelve LOCOS.
Morimos solos aún rodeados de gente. No importa cuánto hayamos hablado con ellos, cuántas palabras hayamos intercambiado (serias, intensas o para salir del paso), el fondo único de nuestro ser nos bloquea como fieras enjauladas, impide el paso de nuestra alma hacia los confines de la seguridad.
Somos únicos y por ello, estamos solos. Nadie desnuda jamás su ser, ¡nadie quema jamás las máscaras y las fachadas que nos protegen del desprecio ajeno!
Nuestra hipocresía es un escudo, nuestras mentiras un resguardo, nuestras calumnias son momentos de respiro para nuestra vulnerabilidad.
Por muy hermoso que queramos que sea, jamás cumpliremos el poema de Pedro Salinas:
"...enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
<<Yo te quiero, soy yo>>"
domingo, 15 de diciembre de 2013
Saber bailar
No puedo seguir así, reniego de
ello, de seguir en el mundo como un espectador pasivo y calculador, reticente,
callado, superfluo y prescindible. Ya no hay vuelta atrás, es una amenaza a mis
propias formas, mis maneras y mis rutinas; una amenaza a punta de pistola
–cargada y peligrosa, el cañón me apunta y ya no puedo arrepentirme–. No
funciona así, ya no, vivir de lo vivido y sacar el jugo hasta el tuétano, vivir
ya de las sobras y de los recuerdos condescendientes, usados y raídos ya hasta
el exceso: hay que reinventar nuestras memorias y hacer revivir la carne,
volver a excitar cualquier rincón de nuestra mente y agotar hasta el cansancio
para no tener ya fuerzas para protestar por nada. Y que aún me quede la baza de
poder hacerlo, esta vez ya con legitimidad.
Hay que hacerse imprescindible a
las almas ajenas: solo así te recordarán. Hay que influir en sus miradas, volverlos hacia la tuya, hacerles tus amigos, romperles la coraza, hundirles el puñal hasta el corazón, hasta los recovecos más invisibles, hacerse
necesaria, deseada, ansiada.
Ya no se puede seguir así. No toleraré
más las sombras, las preferencias, las confianzas extintas. No toleraré los
cambios imprevistos, la burbuja inexorable de siempre, la neblina de mis horas
pasadas, la huella infame de la soledad marchita, las risas cortadas en seco,
las maravillas ya tristes de un silencio prolongado en exceso.
Todo ha cambiado. Hay un antes y un
después.
Quiero saber y no puedo, por relegarme a un mundo voraz y
loco por el quiebro de mi vida. Vamos a girar el mundo, mi mundo,
vamos a romperlo y volverlo a juntar, qué narices, y luego remodelarlo a mi
gusto, a mi antojo arbitrario, qué más dará. ¡No quedará peor de lo que ya
está! Se acabaron los tiros fútiles, a
partir de ahora tiro a matar: el mundo entero es mi enemigo y difícilmente
habrá quien encuentre un hueco para socavar la armadura.
Y ahora mírame a los ojos, maldita cabeza vacía, hueca, retrasada. Tú y tu egocentrismo soez, vulgar, gritón. Tú y tus risas agudas, tus chillidos de pajarraco cabreado. Tú y todo lo tuyo os vais a ir al infierno de los méritos fáciles y las amistades podridas.
Y ahora... solo hay que saber bailar.
(Así es. Habrá mil maneras, pero todo se reduce a esto).
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